25 de Junio 2013

Cavallo: "Prefiero que me comparen con Kicillof y no con Boudou"

El ex superministro habla sobre la economía, cuenta cómo se gestó la convertibilidad y asegura que él "nunca se quiso ir". Cómo fue su relación con Menem.

Cavallo:




Miércoles 15 de mayo. Pocos minutos pasadas las 18, la hora acordada. Suena el timbre del chalet de Tagle, su refugio cada vez que está en Buenos Aires. Una. Dos. Tres veces. Sorprende: él mismo abre la puerta. Poco parece importarle que, apenas cruzando la calle, esté el ingreso de servicio de Canal 7, cuartel de militancia mediática del Proyecto Nac&Pop. Domingo Felipe Cavallo está curtido. Más sereno, sí, que en sus febriles épocas de superministro, tanto en el esplendor de la Presidencia de Carlos Menem, como en su estéril lucha por evitar el hundimiento, con Fernando de la Rúa. El rostro, más cansino, refleja el paso del tiempo. También, lo evidencian algunas medidas adicionales de cinturón. Pero los años –cumplirá 67 en julio– no apagaron la chispa que brilla en esos ojos de profundidad oceánica, intacta para encender un fuego que atiza, palabra a palabra, a medida que avanza la charla. Sobre todo, si de reivindicar a los malditos ’90 se trata.

CAVALLO RETOQUE copia“Se derrotó la inflación y el país volvió a crecer. Fue una década en la que se produjo una gran modernización de la economía. Produjimos una gran transformación estructural. Los beneficios se cosecharon en la última década. Pero todo el esfuerzo, la inversión, se hizo en los ’90”, se defiende, en una batalla cultural que, sabe, le es bastante adversa. Punto de partida para dos horas de entrevista, que no interrumpió para beber, siquiera, un sorbo de agua. Sus palabras, nunca, generan indiferencia. Odiado por muchos. Añorado por algunos. Siempre, polémico. Cavallo, todavía, habla. Y tiene bastante por decir.

¿Usted nunca “se quiso ir”?
(ríe) Por supuesto que no. Al contrario. En algunos momentos, personalmente, me hubiera convenido. Pero no me interesaba eso. Nunca me hubiera ido.

¿Por qué se fue, entonces, en 1996?
Tuvimos una desinteligencia con Menem y él quiso que me fuera. Pero yo, también, estaba cansado de luchar sin su apoyo. Yo había denunciado a las mafias, que eran serias. Hasta su reelección, sentí que Menem me apoyaba. Pero, después de que hice la denuncia en el Congreso (N.d.R.: la interpelación de 11 horas de agosto de 1995, en la que develó el nombre de Alfredo Yabrán como “jefe de la mafia enquistada en el Poder”), empecé a tener dudas. Mucha gente del Gobierno mismo me atacaba. Incluso, me mandaban a procesar por jueces que controlaban. Me decían que Menem les había dado esa instrucción. Pero, desde el punto de vista de la organización económica, nunca tuvimos discrepancias.

Siempre se habló de una segunda agenda de reformas, en la que no se avanzó. ¿Menem se conformó con lo hecho?
No. En materia económica, se hicieron todas las reformas que se necesitaban. Sí faltó que la reforma del Estado que hicimos, con tanta energía, entre 1991 y 1996, llegara a las provincias. Muchas siguieron manejándose con los mismos vicios. Los gobernadores manejaban los fondos para política social, no la Nación. El clientelismo continuó y se acentuó en las provincias. Sobre todo, en la de Buenos Aires.

¿Cuánto influyó en su partida que Menem tuviera otro staff?
No, no… (piensa) Es un tema muy largo de explicar. Él estaba muy condicionado por compromisos que había asumido. Algunos, sin saberlos. Incluso, compromisos externos. Además, creyó que algunas cosas malas que habían ocurrido (como los atentados y otras cosas) tenían que ver con mi afán por desmontar el sistema mafioso. Su error (y es algo que hablé con él) fue no haberme transmitido qué es lo que, realmente, le pasaba. De haberlo sabido, yo habría encontrado la forma para que no se sintiera condicionado. Son cuestiones muy difíciles de explicar y de entender por quien no vivió toda esa lucha.

Pero, en ese momento, Corach ya era ministro del Interior y su relación con él no era la mejor...
Carlos Corach lo entendía más a Menem que yo. Y él trató de hacer lo que Menem quería que hiciera. El que me había ayudado mucho y se había alejado del Gobierno era Eduardo Bauzá. Pero no le atribuyo a nadie los problemas que tuvimos con Menem. Era una cuestión de él y mía. Es muy difícil gobernar… Con Menem, tuvimos que hacer cosas muy difíciles. Y el ritmo al cual se trabajó en esos años era inédito. Juntos, hicimos reformas trascendentales, que requerían mover muchos obstáculos. A diferencia de muchos, que hoy se dicen anti-menemistas, yo lo critiqué y dije las cosas cuando había que decirlas para que, en todo caso, Menem las tuviera en cuenta y corrigiera sus errores. Pero otros... Por ejemplo, Pichetto, el jefe del bloque oficialista de Senadores, era un “chupamenem” alevoso y, hoy, aparece avalando todas las posturas difamatorias que impulsaron los Kirchner.

¿Cómo se gestó la Convertibilidad?
Caía de cajón. Con la hiperinflación, la gente se había acostumbrado a manejarse con dólares. En el dólar, creía; con el dólar, ahorraba y, con el dólar, hacía transacciones. Así que la economía estaba, de hecho, totalmente dolarizada. La idea del peso convertible funcionó muy bien porque fue una solución que, en realidad, ya había sido elegida por la gente, cuando decidió dolarizarse.

1 peso, 1 dólar. En 1991, Cavallo dio a conocer el plan de convertibilidad que terminó en medio de la crisis de 2001.

¿Cuándo se la presentó a Menem? 
Yo ya le había comentado esta idea antes. Incluso, se la propuse a Erman González, cuando lanzó el Plan Bonex. Pero no quiso implementarla. Por supuesto, cuando asumí como ministro (febrero de 1991), de inmediato, nos pusimos a preparar los instrumentos legales. La dimos a conocer el 14 de marzo. El 28, la aprobaron ambas cámaras. Y entró en vigencia el 1º de abril. Recibimos mucho apoyo. La gente la entendió. Con lo cual, desapareció la inflación de la Argentina. Como si fuera un milagro. Por supuesto, eso y todas las demás reformas le permitieron al grueso de los gobernadores peronistas que ganaron las elecciones ese año gobernar bien. Duhalde, Kirchner, Gioja –que, hoy, sigue–... Todos lograron su primer período en esa época.

¿Qué factores permitieron salir de la híper?
La determinación política de introducir, simultáneamente, muchas reformas importantes. La monetaria fue clave. Pero el día que pusimos en marcha el Plan de Convertibilidad, también, eliminamos las retenciones agropecuarias. Al mismo tiempo, bajamos a cero el arancel de importaciones de bienes de capital. Desregulamos y pusimos en marcha planes de privatizaciones bien diseñados, a diferencia de las primeras (como Aerolíneas). Avanzamos con las de electricidad, gas, petróleo (la reestructuración de YPF que lideró José Estenssoro), los puertos, el agua... Lamentablemente, el gobierno de los Kirchner revirtió muchas y, como consecuencia, hoy incurre en los mismos déficits y financia inversiones, además, de manera muy ineficiente y con sobrecostos escandalosos.

¿Hubo oposición interna?
No, nadie retaceó el apoyo. Tampoco la oposición. Hubo respaldo pleno porque el país estaba desesperado por la hiperinflación. Y vieron que esto era una solución. Además, en aquel momento, nadie se oponía a las privatizaciones; era tan desastrosa la situación de las empresas del Estado... Habían sido responsables de un aumento inusitado del gasto público. Era el 35 por ciento del producto. Lo bajamos a 25, gracias a las privatizaciones y a toda la reforma del Estado. Hoy, está en más del 40.

¿Nadie planteó reparos? ¿Ni siquiera los gobernadores más cercanos al peronismo clásico?
No, no. En aquel momento, nadie planteaba reparos porque todos estaban desesperados. Algunos gobernadores se indisciplinaron después, en 1993/94, endeudándose con sus bancos provinciales. Y eso sembró la semilla de la debilidad con la que enfrentamos la crisis Tequila, en 1995.

¿El Tequila fue una prueba de fuego?
Demostró que el régimen era sólido. Por supuesto, necesitamos el apoyo de un prestamista de última instancia, que actuó como debía actuar: el Fondo Monetario de entonces. Y nos permitió resolver un problema: la relación entre las provincias y sus bancos. Conseguimos apoyo del Fondo, del BID y del Banco Mundial para reestructurar el sistema bancario. Le dimos a los gobernadores que se habían indisciplinado la opción de liquidar sus bancos (y asumir las pérdidas) o que los recapitalizaran con los fondos que les dábamos pero bajo condición de que los privatizaran. No pudimos con dos: el de Córdoba, porque Angeloz no quiso, y el de Buenos Aires, porque tiene un régimen muy particular.

Años después, el Provincia detonó el estallido.
El gran problema se suscitó cuando Duhalde, a partir de 1997, en el afán de ser candidato presidencial, empezó a endeudar a Buenos Aires con el Banco Provincia. Algo parecido hizo De la Sota, en Córdoba. Esos tremendos endeudamientos fueron acompañados por otros, de varias provincias, con los bancos privados. Cuando me fui del ministerio, en 1996, se derogó un decreto que le impedía a las provincias tomar deuda con los bancos privados, afectando los recursos de coparticipación como garantía. Eso permitió que, en períodos pre-electorales, las provincias se endeudaran mucho más de lo prudente. El problema se agravó en 2000, cuando el Banco Nación, que presidía Chrystian Colombo –así, se hizo muy popular entre los gobernadores–, también empezó a prestarles. Fue el Talón de Aquiles para enfrentar la crisis de 2001, potenciado por circunstancias externas muy adversas. Casi, una tormenta perfecta. Nos tomó debilitados por el problema del endeudamiento provincial y precipitó la crisis financiera, que nos resultó tan difícil de manejar a lo largo de 2001. La hubiéramos podido manejar bien si el FMI no nos retiraba el apoyo. La postura de la administración Bush hijo fue muy distinta a las de Bush padre y Clinton. Alentó el default y la devaluación. La clave fue la decisión del Fondo de quitarnos apoyo. 

¿Sólo se cayó por esa falta de apoyo?
Acá, en la Argentina, había sectores interesados en beneficiarse con esas medidas. Algunos políticos ansiosos de tomar el poder, como Duhalde, lamentablemente, también apoyado por dirigentes radicales de la provincia de Buenos Aires, se prestaron a este muy mal consejo que daba el Fondo y la muy mala aspiración de los grandes endeudados en dólares. Cuando empezamos a tener problemas de vencimientos de deudas provinciales y comenzó la crisis financiera, en julio/agosto, los gobernadores, formalmente, nos daban apoyo y nos votaban las leyes. Pero empezaron a especular con la posibilidad de reemplazar a De la Rúa y sacarme a mí del medio. No sólo provocaron el golpe institucional para sacarme a mí del Gobierno –y a De la Rúa–, sino que tomaron el poder y alteraron todas las reglas de juego de la economía. Destruyeron la base contractual.

Pero ya se estaba en el cuarto año de recesión y todos apuntaban al corsé cambiario…
Nadie le atribuía la recesión al corsé cambiario. Todas las encuestas, al 19 de diciembre de 2001, decían que la gente adhería a la Convertibilidad. Y todos los dirigentes, incluidos Duhalde y Lemes Renicov, habían hecho campaña con el uno a uno. Todos estaban a favor. Abandonarla y pasar a la pesificación era una locura. Nadie la hubiera anunciado. La hicieron una vez que tomaron el poder y, después, trataron de echarle la culpa al gobierno anterior. Montaron una campaña publicitaria fenomenal: criticaron que se les hubiera bajado el 13 por ciento a los empleados públicos y jubilados que ganaban más de US$ 500 y ellos provocaron una caída del 40 por ciento en el poder adquisitivo de todos los salarios: públicos, privados y, en particular, los menores a US$ 500. Y la devaluación fue la que fue no porque el tipo de cambio estuviera atrasado, como dicen ahora, sino por la pesificación: una vez que, a la gente, le dicen que sus ahorros pasaban a ser pesos, se desespera por reconvertirlos a dólares. Hay una demanda tan grande como todos los pesos que la gente podía gastar o sacar del sistema.

¿Qué fue peor? ¿La irresponsabilidad fiscal de los gobernadores o el atraso cambiario?
(interrumpe, tajante) Hablar de atraso cambiario es un sinsentido. No había ninguna restricción al ingreso y salida de dólares. La gente que quería dólares llevaba sus pesos y los transformaba.

Pero la paridad estaba fijada por ley.
No había mercado. No había un mercado libre de cambios porque teníamos, en la práctica, una moneda, que era el dólar. Esta historia de que había atraso cambiario... Puede haberlo cuando uno tiene una moneda, como el peso actual, sin respaldo en dólares. Hoy, sí, hay un claro atraso cambiario. Se puede ver en la brecha entre el paralelo y el oficial. Si hoy lo dejaran enteramente libre, obviamente, la cotización subiría mucho, en relación con el dólar oficial.
Cuando una economía está dolarizada, no se puede hablar de atraso cambiario. En todo caso, el dólar puede estar muy fuerte en el mundo, que era lo que pasaba. Pero eso se iba a corregir. Pero comparar el actual atraso cambiario con 2001, como hacen algunos economistas, no tiene ningún sentido. Porque tenemos dos sistemas monetarios completamente distintos. Hoy, sí se puede hablar de atraso cambiario porque tenemos una moneda que no es convertible, cuyo valor, en relación a otra, lo fija arbitrariamente el Gobierno y, además, no hay libre transacción de la otra moneda. Eso hace que haya un dólar paralelo que, a su vez, empuja muchos costos internos muy por arriba del precio oficial. Eso, obviamente, crea un problema muy serio en la economía.



Por televisión. Cavallo compartió una comida con Tato Bores, en el clásico show que daba el humorista, un crítico de la realidad argentina.

¿Por qué cree, entonces, que se habla mal de los ’90?
Porque se engañó, alevosamente, a la gente con una propaganda muy concentrada en 2002. Junto con todos los desmanejos económicos que impulsó Duhalde, hubo una gran campaña de engaño. Los grandes medios le dieron un gran apoyo a Duhalde. Les pesificó sus deudas o les dictó una Ley de Protección Cultural. Y ellos le pagaron, digamos así, haciendo propaganda en contra de los ’90. Por supuesto, había quienes pensaban así. Pero eran minoría.

¿No fue al revés? ¿Qué la mayoría de los políticos pensaba así pero apoyó la Convertibilidad mientras le convino?
Abandonar la convertibilidad no les convino para nada. El “Que se vayan todos” y el desprestigio de la clase política tiene mucho que ver con la crisis de 2001 y 2002. Que haya llegado alguien como Kirchner, que se transformó en un presidente autoritario, irrespetuoso de todos los derechos y libertades individuales, y que lo haya continuado su mujer; que quieran crear una dinastía y que, hoy, seamos un país que se parece más a Venezuela que a Brasil o Chile; todo es fruto del desprestigio que la clase política adquirió por los errores cometidos en 2001 y 2002. Más que económicas y sociales, las peores consecuencias fueron políticas. La dirigencia que se postula para reemplazar a Cristina no tiene propuestas bien diferentes. El otro día, veía a Morales, el jefe del bloque radical, frente a los Cinco Grandes del Buen Humor (sic). De una manera muy tenue, repasaba los proyectos que la UCR le aprobó al Gobierno para quejarse de que, ahora, le venían con el blanqueo. Obviamente, una oposición con un discurso de esta naturaleza no ofrecerá una alternativa a este gobierno.

Hay temas en los que el 80 por ciento del espectro político coincide con el kirchnerismo.
El 80 por ciento de la dirigencia política coincide con el clientelismo, el populismo y el estatismo. ¿No es cierto? Pero, cuando advierte que esa forma de hacer política u organizar la economía produce efectos muy malos (inflación, estancamiento, estanflación, hiperinflación), cambia. Es lo que pasó a fines de los ’80 e inicios de los ’90. Ahora, lamentablemente, volvieron a predominar esas ideas equivocadas, esos vicios de la política argentina, porque las circunstancias internacionales les hicieron creer que todo eso es compatible con crecimiento y estabilidad. Y se encuentran con la sorpresa de que, a pesar de la bonanza económica, afloraron los viejos problemas. Y lo hicieron porque nos quedamos sin moneda. Una en la cual nadie cree y busca otra es papel pintado. No tenemos crédito, productividad, ni eficiencia. Somos no competitivos no tanto porque el dólar está atrasado, sino porque la economía está absolutamente desorganizada. No hubo inversión modernizadora. No invertimos en sectores clave. Así que llegará un momento en el que la dirigencia tendrá que darse cuenta de que lo que habrá que hacer el 10 de diciembre de 2015 será parecido a lo que hicimos el 1º de abril de 1991. Parecido, en el sentido de que sea una política que explique cuáles son las reglas de juego. Y que la gente las entienda y esté dispuesta a apoyarlas.

¿Qué quedó inconcluso en los ’90?
Hicimos muchísimas reformas. Prácticamente, todas las que se necesitaban para producir un aumento de productividad. Es decir, por inversiones eficientes y por incorporación de las tecnologías que nos permitirían producir más eficientemente bienes y servicios de mejor calidad. Se invirtió en energía, en infraestructura. Se produjo una gran modernización del aparato industrial porque hubo mucha inversión en bienes de capital, que incorporaron tecnologías avanzadas. Toda la capacidad instalada para la producción de automóviles y autopartes, que se aprovecha plenamente ahora, se construyó en los ’90.

No es lo que los industriales suelen recordar del uno a uno.
Los industriales inteligentes lo reconocen. No fue sólo el uno a uno. Fue que el arancel de importación de bienes de capital era cero. Y, además, la presión tributaria bajó mucho porque se eliminaron impuestos distorsivos, como ingresos brutos o retenciones a las exportaciones agropecuarias. La performance exportadora agropecuaria e industrial de los ’90, en volúmenes físicos, fue no sólo superior a la década anterior, sino también a la siguiente.

Pero, si uno mira los crecimientos de PBI de los años 2000…
Las estadísticas de PBI de la década siguiente son tan mentirosas como las de inflación. Mientras los ’90 fueron una década de modernización del aparato productivo, la siguiente fue de declinación. El síntoma más claro se ve en el sector energético y en la infraestructura del transporte. La degradación del servicio de trenes –sobre todo, el de pasajeros– no se puede atribuir a la privatización de los ’90. De la industria, lo único que revivió esta década fue la sustitutiva de importaciones, que, sin protección de dólar súper alto o prohibiciones para importar, no progresa. En los ’90, se desarrollaron las que tuvieron que ver con la base agroindustrial y, también, las empresas con tecnologías avanzadas, en distintos rubros. Esos son sectores capaces de sostenerse en el tiempo, sin que las políticas públicas les sean extremadamente favorables. Los industriales que creen que la solución es el dólar alto y el proteccionismo –los, digamos, “De Mendiguren”– pasan por alto las distorsiones fiscales y las trabas a la modernización y a la eficiencia. No les interesan. Ellos creen que, siempre, tendrán una moneda débil y prohibiciones aduaneras que les den protección infinita para soportar esos mayores costos. Pero los empresarios inteligentes, los que saben que, a la larga, un país no es competitivo por la protección de su política monetaria o arancelaria, sino por la eficiencia productiva, no pueden argumentar que las reformas de la década posterior fueron mejores que las de los ’90.

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Cavallo dixit.
"Pichetto, el jefe del bloque oficialista de Senadores, era un “chupamenem” alevoso y, hoy, aparece avalando todas las posturas difamatorias que impulsaron los Kirchner".

¿Qué siente cuando lo comparan a Kicillof con usted?
(ríe de nuevo) Puede ser porque es un chico con cierta formación académica y trata de explicar con argumentos. Pero su ideología y su entendimiento de la economía son completamente distintos a los míos (y a los que tenía a su edad). Pero prefiero que me comparen con Kicillof y no con Boudou. En este gobierno, hay un montón de gente deshonesta, tilinga, que tiene una ideología y hace lo contrario. Kicillof, por lo menos, es sincero. Los otros no explican desde ninguna perspectiva ideológica. La mayoría de los funcionarios de este gobierno –sobre todo, los más escondidos– actúan como empresarios. Saben bien lo que buscan: enriquecerse a costa del bienestar de los argentinos.

¿Qué opinión tiene del equipo económico?
Pésima. Pero de este gobierno, no sólo del equipo económico. En esa conferencia que dieron, trataron de perseguir a los periodistas. Este tipo (N.d.R.: Guillermo Moreno) intentó hacer confesar a uno si operaba en el mercado paralelo. Eso demuestra que es gente sin condiciones profesionales, ni intelectuales, ni la mínima decencia en las relaciones interpersonales que se necesitan para gobernar. Para mí, el mejor de todos fue este muchacho, que fue sincero. El que se quiere ir. A Lorenzino, al menos, le da vergüenza mentir.

Así, alguien como Lavagna brilla por contraste.
Pero él es de los que le hace creer a la gente cosas diferentes a la realidad. Lavagna es el responsable de que tengamos 25 por ciento de inflación anual y no 5, como Brasil. Cuando se hizo cargo del ministerio, el dólar valía 4 reales (o un poquito menos) y $ 4. En Brasil, asumía Lula y los industriales querían que hiciera lo mismo que Duhalde. Lula se negó. Designó a un ministro de Economía (Palocci) y a un presidente del Banco Central (Meirelles) que manejaron las políticas fiscal y monetaria enderezadas a bajar la inflación. Lavagna criticó a Fernando Enrique Cardoso y a Lula. Decía, se habían “cavallizado” porque aplicaron una política de tipo de cambio real bajo. Lo contrario a lo que él hizo en la Argentina. Y, hoy, quiere ser el ideólogo de la próxima etapa política y económica. Es más: ahora, trata de despegarse de 2002 –le echa la culpa a Duhalde y Remes Lenicov– y dice que no tiene que haber devaluación. No sé cómo llega a un tipo de cambio real alto sin devaluar. Si lo hace, se viene un Rodrigazo.

Al menos, es un diagnóstico que comparten.
Pero mi diagnóstico es consecuente con lo que vengo pensando, diciendo y haciendo. El de él no tiene nada que ver con lo que dijo ni con lo que hizo. Además, la pérdida de crédito del país tiene que ver con cómo reestructuró la deuda. Lo presentó como un gran triunfo y quedó afuera una gran cantidad de bonos con derecho a poder hacer juicio. Demoraron la oferta hasta 2005. No renegociaron con el Club de París y dejaron que avancen las causas en el Ciadi. No respetaron las sentencias de la Corte para ajustar jubilaciones. Es decir, crearon una situación muy compleja. Mientras persistan estos conflictos, no tendremos crédito. Entonces, que hoy se vea a Lavagna como quien puede ofrecer soluciones me parece poco serio. Él es un hombre muy hábil para crear imagen. Y parece que todos (De la Sota, Macri) lo ven como el gran salvador. Están absolutamente equivocados. Salvo que, como dice, se haya “cavallizado”.

Es un hombre astuto, con olfato político.
Bueno, ojalá.

En su blog, usted escribió que Cristina debería delegarle el manejo económico a tres profesionales ideológicamente afines: Lavagna, Javier González Fraga y Mario Blejer.
Propuse que Cristina buscara a la gente mejor preparada que, en algún momento, la había acompañado. Me gustaría mucho eso. Pero Lavagna, por supuesto, no lo hará: se acordará de lo que me pasó en 2001. La probabilidad de que le ocurra eso es mucho más alta ahora. Porque la cantidad de distorsiones que hay y el riesgo de una explosión no fabricada (lo contrario a la de 2002), por todas las bombas de tiempo que están montadas, es muy, muy alta. Y es muy difícil que alguien, sobre todo, con un gobierno tan poco creíble, pueda desmontarlas sin que le exploten en la mano. Ahora, él, que es pícaro, inteligente, dirá que no quiere la devaluación. Pero rogará que se le produzca un Rodrigazo a Cristina. Y él querrá ser Presidente, jefe de Gabinete o ministro del gobierno que, después de la explosión, tenga que estabilizar. Tras un estallido tipo Rodrigazo, las correcciones se tornan muy fáciles. Por ejemplo, ajustar tarifas, en medio de un descontrol total. Probablemente, el Rodrigazo venga por el lado inflacionario.

Es notorio que economistas de muy distintas escuelas coincidan en citar el mismo ejemplo histórico.
La diferencia es que yo vengo diciéndolo desde 2008, cuando escribí “Estanflación”. Es tan obvio que esto es igual a 1973/74 que, ahora, nadie que se precie de entender la Historia argentina puede desconocerlo.


Nota publicada en la edición 234 de la Revista Apertura.



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