31 de Julio 2018

Radiografía de un sherpa: cómo trabaja, la dificultad del consenso y la agenda que viene

En un mano a mano, el diplomático comparte cuáles son las prioridades del país frente a la Cumbre de Líderes.

Radiografía de un sherpa: cómo trabaja, la dificultad del consenso y la agenda que viene

Se conoce bajo el nombre de sherpas a los pobladores del Himalaya que guiaban las expediciones occidentales al Everest. Y, también, a los negociadores gubernamentales de alto rango en las cumbres internacionales, como el G8 y el G20. Los sherpas son, por caso, los representantes de los mandatarios de Estado y máximos responsables de las negociaciones para la coordinación de gobernabilidad y políticas del sistema social, financiero y macroeconómico global.

El exvicecanciller Pedro Villagra Delgado, diplomático tucumano con 40 años de profesión, ostenta hoy el cargo de sherpa argentino ante el G20. Junto a sus pares de las otras 18 naciones más la Unión Europea, trabaja en la elaboración de recomendaciones sobre 10 áreas de trabajo (agricultura, anticorrupción, comercio e inversiones, desarrollo, economía digital, educación, empleo, salud, sustentabilidad climática y transiciones energéticas) que serán, luego, enviadas a los líderes de gobierno. En un mano a mano con APERTURA, compartió su visión acerca de cómo se están llevando adelante las casi 50 reuniones, con mesas de trabajo, cuyo cierre se coronará en la Cumbre de Líderes, que se desarrollará el 30 de noviembre y 1º de diciembre en Buenos Aires.

Se habló mucho de la falta de consensos en Hamburgo, sede de la Cumbre 2017. ¿Qué lectura puede hacer?

Hamburgo fue mi primera participación como sherpa del G20. Unas pocas semanas antes de la Cumbre, Trump había sido electo presidente. La cumbre se hizo con las delegaciones nuevas de los Estados Unidos, que proponían cosas distintas de lo que se venía trabajando con los presidentes anteriores del G20. Pero las verdaderas modificaciones se conocieron recién casi al final. La cantidad de modificaciones que proponían, lo cual es legítimo porque cada gobierno tiene sus propias ideas, abarcaban enorme cantidad de temas. De todas esas discrepancias, al final no pudo lograrse consenso en una: cambio climático y energía. Pero también es cierto que el nivel de ambición de otras partes disminuyó sensiblemente respecto a lo que se venía haciendo. Quienes aprueban las cosas son los líderes en las cumbres.

¿Puede ocurrir que ustedes, los sherpas, lleguen a consensos y luego los líderes tomen otro rumbo?

En general, no tanto. Los sherpas tenemos que saber qué quieren nuestros líderes. Desde luego, podemos tener ideas que después se discuten con el presidente. Pero si los presidentes y los líderes van a cambiar el nivel de la cumbre, estamos ante un problema de falta de coordinación. Lo que sí puede pasar es que, de la interacción directa, puedan surgir otros compromisos sobre la marcha. Soy un gran defensor de que en el G20 haya tiempo para que los líderes interactúen entre ellos sin, necesariamente, tener a toda la burocracia a la vuelta. El factor humano juega un papel muy grande. Ahora, por ejemplo, con esta situación que estamos viviendo con el tema del acuerdo con el FMI, estar en el G20 permite una gimnasia de estar en contacto con todos esos actores. Tanto el Presidente como los equipos técnicos tienen la posibilidad de llamar a quienes son cruciales en la toma de decisiones.

¿Cuáles son los beneficios concretos para la Argentina de presidir el G20?

El G20 es la mesa más importante del mundo para la coordinación de políticas y gobernabilidad y estabilidad del sistema financiero y macroeconómico. Para eso fue creado en 1999 y en 2008, con la crisis financiera, pasó a nivel de cumbre. Ahí se acuerdan cosas que después tienen impacto en todos los foros internacionales, en la política doméstica, en la fijación de las reglas que rigen el sistema. Estar en esa mesa o no hace una diferencia fundamental. Si uno está en esa mesa, puede influir en lo que se acuerda. Aunque hay que tener sentido de las dimensiones: la Argentina no influye igual que China o que los Estados Unidos. Pero está. No conozco a ningún país que no quisiera estar o a ninguno que esté y que quiera dejar de estar.

¿Qué implica la presidencia? Que coordinamos esa agenda de esos países que representan el 70 por ciento de la masa geográfica, dos tercios de la población mundial y tienen un efecto sistémico enorme. Y, efectivamente, coordinamos, no imponemos. Hay que negociar con los demás y, cuando existen rispideces, hay que ver cómo se manejan. Eso en sí mismo es un desafío enorme y una responsabilidad tremenda. También es la oportunidad de demostrar que la Argentina lo puede hacer, que estamos en condiciones de jugar papeles importantes en las primeras ligas. Dentro del G20 tenemos que asegurarnos que las normas, criterios, acuerdos que salgan de ahí beneficien a la Argentina en su proceso de desarrollo.

Villar Delgado se recibió de abogado en la Universidad Nacional de Tucumán y realizó un posgrado en la Universidad de Londres.

¿Cómo impactan en la imagen de la presidencia las turbulencias financieras argentinas?

No creo que impacten en la imagen de la presidencia como tal. Ciertamente, es parte del mix. La gente tiene presente que eso está sucediendo. Pero no tiene por qué impactar sobre la presidencia porque el manejo de la agenda que tenemos es muy razonable. Las prioridades argentinas han sido aceptadas por los demás miembros del G20, independientemente de que tengamos algunos baches y turbulencias financieras o del tipo de cambio. Seguimos trabajando como debemos: hacer las cosas lo mejor posible. Tenemos una agenda muy intensa por delante. 

¿También porque el foco del G20 está en temas de mediano y largo plazo?

El G20 no se dedica a las cuestiones puntuales del país. Tenemos que seguir tratando la agenda que hemos marcado, vinculada al futuro del trabajo, la educación, la digitalización, el desarrollo de infraestructura, que, independientemente de que se apliquen a la Argentina o no, puede ser muy útil para todo el sistema.

Diversidad de género es un tema que está a tope de agenda.

Está ganando espacio. En el G20 hay una parte que está ya vinculada a la mujer (N. de la R.: se refiere al grupo de afinidad W20). Pero queremos, además, que la perspectiva de género se incluya en toda la agenda del G20.

¿Qué dejó el encuentro de sherpas realizado en Ushuaia a principios de mayo?

Fue un encuentro más bien práctico. En la primera reunión de sherpas, en Bariloche, se filtraron cuáles iban a ser los grupos de trabajo. Cuando hablamos de las prioridades argentinas, son los temas a los que les vamos a dar un énfasis adicional respecto de la continuidad de la agenda de las presidencias anteriores. En Ushuaia identificamos los puntos sobre los que se podría avanzar y validarlos con los otros sherpas. El objetivo fue un intercambio con todos los miembros del G20: que fuesen diciendo qué se estaba haciendo bien en los grupos de trabajo o si surgían nuevos temas. Fue muy útil porque va a permitir que en la tercera reunión de sherpas, que es en septiembre, tengamos una especie de borrador de lo que podría empezar a bosquejarse en un documento para los líderes.

Dentro de la agenda de trabajo, mencionaba el tema de empleo y de educación. ¿Desde qué aspecto se está abordando?

No se va a cambiar el sistema educativo, obviamente. Es visto por el futuro del empleo. Porque las modificaciones por la digitalización y la automatización requieren nuevas capacidades. Estos nuevos medios cambian a una velocidad asombrosa y no alcanza con decir “me voy a formar en estas nuevas tecnologías” porque en dos años, en cinco o en 10 van a estar obsoletas. Hay una especie de educación continua que va a ser la regla a futuro. Es necesario que los sistemas educativos vayan adquiriendo flexibilidad para educar a la gente en las habilidades que van a ser necesarias para los nuevos puestos de trabajo, empleos y profesiones. Una buena cantidad de profesiones van a desaparecer. Pero, también, se van a crear muchas nuevas. Tenemos que asegurarnos que la gente esté preparada para beneficiarse de esos cambios.

 

 

Se cuestiona por qué la Argentina no pudo seguir el camino que hicieron países como Canadá o Australia. Usted vivió varios años en Canberra. ¿Por qué nosotros no pudimos ser como ellos?

No tenemos que aspirar a copiar otros países. Somos argentinos. No somos ni mejores ni peores que los otros. Tampoco los australianos hicieron gran cosa por copiar a los demás. Yo viví más de 10 años en Australia. Las dos cosas más notables de ese país son la estabilidad institucional (con una institucionalidad democrática, transparente) y que ha recibido e integrado muy bien a los inmigrantes, cosa que la Argentina también hace. Pero creo que, fundamentalmente, la institucionalidad democrática y la transparencia fueron centrales en el éxito australiano. Una de las prioridades de la Argentina en el G20 es la lucha contra la corrupción. La corrupción es un problema serio, no solo en la Argentina sino también en muchos otros países. Australia y Canadá tienen un grado mucho menor. Y lo mismo en la estabilidad institucional. No han pasado por golpes de estado ni han tenido violaciones a los derechos humanos, como la Argentina. Todo eso hace una diferencia muy grande.

En estos 40 años de diplomacia, atravesó la hiperinflación, la crisis de 2001, los distintos ciclos económicos de la Argentina. ¿Qué aprendió el país y qué falta?

No lo mediría solo con eso. También viví la violencia de los ’60 y los ’70 cuando era estudiante. Aprendimos a convivir en democracia, que no es poca cosa. Manifiesto mi profunda admiración por Raúl Alfonsín porque, efectivamente, con todos los defectos y crisis, es fundamental que la democracia se haya recuperado. Pero hoy hay gente que está haciendo esfuerzos enormes y la está pasando muy mal, que la viene pasando muy mal hace tiempo, no es solo de ahora. Hay grandes sectores de la sociedad que no nos acostumbramos, y me incluyo, a que tenemos que vivir mucho más austeramente que como vivimos en algunos niveles. Porque es un país que tiene sus vulnerabilidades. Tiene muchos recursos y posibilidades, pero requiere mucha más disciplina. Las cosas no mejoran de un día para el otro.

¿Volvemos al dilema de si había que adoptar medidas graduales o de shock?

Había que cuidar a mucha gente. Un tercio de la población está debajo de la línea de pobreza y ese sector requiere de muchos cuidados. Y tenemos grandes sectores de la clase media que tampoco están muy florecientes. Hemos tenido años muy duros en la última década. Entonces, ajustar requiere un esfuerzo de todos. No solo del Gobierno, sino de todos. La confianza la tenemos que trabajar todos los argentinos. Y todos juntos. Acá está en juego la república.

Para el diplomático, la Argentina es uno de los mejores países del mundo "por tamaño y los recursos".

¿El argentino sigue siendo paternalista?

Es una mezcla en el sentido de que a veces seguimos a los líderes pero, por el otro lado, somos muy indisciplinados. Y hacemos lo que se nos da la gana. Países como Canadá o Australia tienden a tener menos vaivenes que en países como los nuestros. Hay un marco de equilibrio. Y eso lleva a una de las cosas más importantes que deberíamos aspirar en la Argentina: tanto Canadá como Australia, en materia de distribución del ingreso e igualdad, son de los mejores del mundo.

¿Quiénes son los principales aliados dentro del G20?

Todos. La Argentina está jugando el papel de amigable componedor. Tenemos nuestros intereses y los defendemos. Pero, desde la presidencia, el interés que hay es ser percibido como alguien imparcial, que actúa honestamente. Hasta ahora no puedo decir que haya más aliados que otros. En general, la relación con todos es buena y así debe ser el trato, de tener el mayor contacto posible con los colegas sherpas.

Al momento de sentarse a negociar, ¿se vuelve a los clásicos?

No sé si a los clásicos. Al más clásico que hay que seguir es al sentido común y el ser honesto con los interlocutores. Hay una percepción equivocada de la diplomacia: se cree que somos gente que anda mintiendo por el mundo. Uno miente una sola vez. Porque después pierde credibilidad. Eso es un gravísimo error. Uno puede ser discreto, reservarse algunas cosas, no ser expansivo pero mentir es una muy mala política.

¿Es optimista?

Sí, soy optimista. Con este país ser pesimista sería muy triste. Este es uno de los mejores países del mundo, por su tamaño y por los recursos que tenemos. Por eso hay que esforzarse para crecer. 

 

La versión original de este artículo fue publicada en la edición 294 de Revista Apertura. Enterate cómo conseguirla acá.



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James Rake

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