20 de Enero 2017

La politóloga que luchó contra la corrupción en África y convivió con nativos en una isla del Pacífico

Catherine Rumillat es francesa, pero pasó gran parte de su vida trabajando en distintos países del mundo. Su historia.

La politóloga que luchó contra la corrupción en África y convivió con nativos en una isla del Pacífico

Vanuatu queda en Oceanía, tiene poco más de 12 mil kilómetros cuadrados de superficie y está habitada por casi 300 mil personas. En esa isla del Pacífico, los idiomas oficiales son tres: el bislama, el inglés y el francés; este último, el mismo que Catherine Rumillat ostenta como nativo. A esta licenciada en Ciencias Políticas, su trabajo en Orange Business Services –subsidiaria del gigante de telecomunicaciones Orange dirigida a grandes empresas– la llevó a vivir tanto en ese país insular como en otros a lo largo de África, donde tuvo que adaptarse a las culturas más disímiles, luchar contra la corrupción, y ganarse el respeto de sus pares en un rubro dominado por el sexo masculino.

Desde 2015, y tras cumplir seis décadas de vida, Rumillat decidió que era hora de descubrir un nuevo rincón del mundo y aceptó el desafío de convertirse en la nueva Directora de Orange Business Services para Latinoamérica, posición que la llevó a liderar a la filial en Argentina, Brasil, Chile y México, entre otros países y al día de la fecha.

“Desde que era una niña, a mis 22 o 23 años, ya formaba parte de una comisión internacional, por lo que mi trabajo consistió en viajar y tratar de comprender diferentes culturas desde mi primera posición”, explica la politóloga francesa, en diálogo con Mujeres que hacen.

Fue en ese momento, cuando recién empezaba a transitar su carrera profesional, que Rumillat se dio cuenta que había algo que compartían tanto el sector de las telecomunicaciones como el de la política: ambos estaban dominados por hombres. “Yo estaba encargada de la prensa internacional y trabajaba con ministros y directores, preparando conferencias de prensa, preguntas y respuestas; era muy joven, pero hablar con gente de tanta jerarquía no me inhibía”, recuerda la licenciada.

En sus primeros años, la ejecutiva aprendió que “cuando sos mujer, que te reconozcan en lo profesional requiere hacer el doble de trabajo, ser dos veces más buena que el resto y doblemente fuerte ”, y según sus palabras, le tomó 6 a 7 años obtener el reconocimiento de sus pares masculinos.

Adquirida la consideración de sus colegas, Rumillat se abocó entonces a otro desafío, esta vez, más personal aún: el de seguir a su enamorado. “Nadie me pidió ir a África, sino que fue una iniciativa mía, porque mi esposo era originario de allí, y para mí representaba una aventura importante”, revela sobre el inicio de su trabajo en el continente africano. A la politóloga, encontrar trabajo le fue difícil, y cuando lo obtuvo, tuvo que hacer “mucho con poco”, aunque confiesa que lo más difícil fue ver niños morir en sus brazos.

Sin problemas para acostumbrarse a la cultura y el modo de vida de cada lugar –sostiene que se trasladó “de países católicos a musulmanes, y de otros muy avanzados a algunos con décadas de atraso”–, Rumillat sí se tropezó con dificultades al enfrentarse a la epidemia que la enviaron a erradicar: la corrupción empresarial. “Confrontarme con políticos y hacerme escuchar siendo mujer fue de lo más difícil que tuve que atravesar a nivel profesional”, recuerda.

Parte de esos desafíos fue su experiencia en otro país africano que la entrevistada prefiere no mencionar. “Debía quedarme allí 2 años, pero mis colegas del lugar hacían apuestas y decían que no duraría ni 2 meses; en ese momento, era la única CEO mujer del país”, relata la ejecutiva. Fue en esa misión y durante una auditoría que Rumillat descubrió la identidad de quien había generado, a través de maniobras corruptas, numerosas pérdidas a la empresa. Aquella investigación terminó así en un llamado a las autoridades del gobierno nacional, una cita con el procurador general, y la pena de prisión para el encontrado culpable, alguien directamente relacionado a la cúpula política del lugar. Además, claro, de generar un crecimiento del 30 por ciento de las ganancias de la empresa.

Otro caso fue el de Nigeria, donde los niveles de violencia y corrupción la superaron e hicieron que su trabajo allí durara 4 meses, en vez de los 3 años correspondientes.

Para ganarse el respeto y la confianza de los locales de cada lugar al que fue, Rumillat siguió siempre la misma receta: “En mi profesión, hay que relacionarse tanto con presidentes como con ministros y directores, y reconocer quiénes te apoyan y quiénes no. Y también con el pueblo, con la gente. Las empresas ofrecen alojamientos en bunkers donde sólo hay expatriados, y viviendo allí es imposible conocer la vida de cada país. Yo siempre me sentí más segura rodeándome de lugareños que de muros, incluso en las islas del Pacífico, ¡donde los hombres iban casi desnudos!”.

Según Rumillat, sea como extranjera, como CEO o como mujer, “para que te escuchen, primero tenés que escuchar”. “Si uno no es humilde, siempre va a fracasar; yo no escucharía a alguien que viene creyendo que sabe todo”, sentencia.

Sobre Argentina, la representante de Orange Business Services tiene opiniones concretas. “Hay un potencial muy importante en términos del negocio, es un país que podría desarrollarse muy rápidamente si no fuese por las restricciones del gobierno”, comenta, y luego agrega: “Como todos los países de América latina, aquí hay oportunidades, recursos humanos, naturales y tecnología, pero también trabas burocráticas, aunque existe la voluntad de desarrollar el negocio y hacerlo más fácil para las empresas y los empleados. Hay cosas que, desde hace algunos meses, están cambiando”.

Por su parte, Rumillat confiesa  que aunque viajar la agota, no se cansa de descubrir. “Viajar es interesante, pero descubrir es fascinante; cuando tenía 9 o 10 años le decía a mis padres que quería conocer todos los países del mundo, y hoy estoy segura de que la verdadera riqueza es la de la experiencia”, afirma. Tras criar a sus dos hijas en diferentes partes del planeta, hoy elige su departamento en Lisboa, la capital portuguesa, para descansar junto a su familia. Sin embargo, no cierra ninguna puerta: “¿Mi próximo destino? El mundo. Voy a viajar, si Dios me da la salud, hasta el fin de mi vida”.



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1 Comentario

Gustavo Woltmann

No debemos subestimar a las mujeres en la política ni en niguna otra profesión.

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