04 de Mayo 2018

Acceso laboral formal, una deuda pendiente para las personas trans

En un contexto en que el 95 por ciento de este colectivo no cuenta con la posibilidad de acceder a la educación y a un trabajo, el relato de quienes sí lograron hacerlo. En primera persona, testimonios de lo que podrían ser llamadas “pioneras en los entornos corporativos”.

Acceso laboral formal, una deuda pendiente para las personas trans

"Necesitamos una política de Estado que nos rescate, porque todavía no estamos incluidas en la sociedad. Yo soy una privilegiada desde todos los puntos de vista: tengo el apoyo de mi familia, me pude educar y tengo un trabajo formal. El 95 por ciento de las personas trans no tienen estas oportunidades. Con la Ley de Identidad de Género (26.743), se reconocieron algunos derechos, pero no hay una pauta en relación con lo laboral”, enfatiza Martina Córdoba Ansardi, mujer trans de 36 años, que trabaja como operadora de callcenter de Gire.

Según el Inadi, el 90 por ciento de las personas trans no está incorporada al mercado de trabajo formal. Además, el 73 por ciento no completa el secundario. El 25 por ciento de las denuncias por discriminación que recibe el organismo por parte de este colectivo se relaciona con el ámbito laboral.

La realidad es que las personas trans en la Argentina tienen una esperanza de vida que ronda los 35 años. “Esto se da por la exclusión social total, es decir, por la falta de atención médica y de acceso a políticas públicas”, aclara Marcela Romero, presidenta de la FALGBT (Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans) y de la ATTTA (Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina), y coordinadora Regional de la REDLACTRANS (Red Latinoamericana y del Caribe de Personas Trans). Ella fue una de las impulsoras de la Ley de Identidad de Género, sancionada en 2012, que implicó una transformación para el reconocimiento político y legal de las identidades y corporalidades travesti-trans.

“La mayoría de las compañeras tienen como oficio la peluquería, la costura y muchas son modistas, pero no tienen su certificado o diploma. Por eso les cuesta ingresar al circuito laboral. Muchas, a los 18, ya ejercen el trabajo sexual. A los 35 años, una mujer trans es una adulta mayor. Creo que, en los últimos años, se buscó regularizar su estado. Si una persona era peluquera y no tenía certificado, podía hacer capacitación para obtenerlo”, explica Romero.

Mara Pérez Reynoso

Según el informe Situación de los derechos humanos de las travestis y trans en la Argentina, elaborado por diversas organizaciones de la sociedad civil, solo un 32,6 por ciento de las personas trans relevadas mayores de 18 años habían completado la secundaria. En la misma línea, de acuerdo con el informe realizado por Lohana Berkins y Josefina Fernández, la asunción y manifestación social de la identidad de género inicia antes de los 18 años. Por lo tanto, el proceso se da en simultáneo con la edad escolar. Las burlas, el maltrato, el desaliento y las trabas administrativas provienen tanto de los compañeros como del personal docente y directivo.

Micaela Saban Orsini, coordinadora de Programas y Proyectos Interinstitucionales del Inadi, señala que, frente a este contexto, existen algunas medidas de acción positivas: “Existe la Ley de Cupo en la provincia de Buenos Aires, pero es una iniciativa que se agota en el ámbito público. El Inadi está trabajando en el  privado con talleres de gestión de diversidades”.

En la provincia de Buenos Aires, el 17 de septiembre de 2015 se sancionó la Ley 14.783 de Cupo Laboral Trans, conocida como Ley Diana Sacayán, que fue su promotora. La norma establece la creación en el sector público bonaerense de un cupo mínimo de al menos el 1 por ciento de los empleos para el colectivo travestis, transexuales y transgénero. La norma aún no está reglamentada.

“En nuestro país, todavía es necesario armar una estrategia para que las personas trans ingresen al mundo laboral formal. Además, el Estado tiene que reparar la situación en la que se encuentran las mujeres trans mayores de 40 años porque nos han prohibido todo. Hace cinco años, una mujer trans puede alquilar un departamento con su documento. Antes no teníamos los derechos sociales, culturales y políticos”, comenta Romero.

Gire es una de las empresas que ya cuenta con personas trans entre sus empleados. “Cuando tenés la predisposición de incluir, tenés que mirar toda la cadena de valor. Mi preocupación es que en ningún proceso las personas sientan exclusión. Para lograrlo, es importante conversar con los proveedores. Nosotros veníamos de un proceso de decisión tomada respecto a la inclusión y eso implicó mover paradigmas y estructuras culturales dentro del directorio. La única manera de desafiar los juicios y prejuicios es viviendo la experiencia. Hace dos años que Martina está en la empresa y todas las cuestiones negativas que se pensaban se desterraron porque no había de eso”, relata Adrián Barreto, gerente de Cultura, Comunidad y Comunicación de la firma, para quien no sirve de nada “la sobreprotección del diferente”, porque de ese modo no se lo estaría respetando. “Si tratamos al que consideramos diferente de una manera distinta, no hay una verdadera inclusión. Para mí, es importante generar más espacios de posibilidades, pero siempre respetando los momentos de transformación cultural”, agrega.

Demostrar las habilidades

“La primera entrevista de trabajo que tuve en Buenos Aires fue para un callcenter a través de una consultora en 2007. En esa oportunidad me rechazaron y a los tres meses volví con una imagen diferente, una que coincidía con lo que decía mi DNI, en el que figuraba que era hombre. En esta segunda entrevista me tomaron”, cuenta Martina Córdoba Ansardi.

Unos meses después, entró a una firma en donde también se enfrentó a obstáculos por su identidad. “Cuando empecé a pedirle a mis jefes que reconozcan mi identidad, se generó una crisis. Yo no podía sostener una identidad que no sentía. Luego del planteo, empecé a sentir rechazo y hostigamiento. Desde que la jueza María Elena Liberatori me otorgó el DNI en 2011, pude exigir que en el trabajo me reconozcan como mujer. Además, desde que recibí mi nueva documentación y fui reconocida, siento la militancia como una responsabilidad. Por mi identidad de género hay muchos ámbitos en los que tengo que demostrar que realmente tengo habilidades, experiencias y comprobarlo el doble”, desarrolla.

En relación con la violencia que sufren las mujeres trans, Martina dice que el primer eslabón dentro de la sociedad es la propia familia. Recuerda que, a los siete años, escuchaba de boca de sus padres la palabra maricón cuando se referían a ella. “Por suerte, ellos pudieron hacer un quiebre y vieron que eso no determinaba el amor que sentían por mí. En general, la expulsión del hogar es lo que provoca que se abandone la escuela. El 50 por ciento de las personas trans todavía no hizo el cambio registral. Eso muestra lo alejadas que estamos del derecho, de poder entender que tenemos derechos civiles a partir de 2012”, relata.

Durante muchos años, Martina militó en Mujeres Trans Argentina. El año pasado se abrió y comenzó a trabajar en el Bachillerato Popular Travesti Trans Mocha Celis, un espacio que surgió desde el impulso del derecho a la educación y el diagnóstico de la falta de acceso efectivo a ella por parte de la población travesti y trans en la Ciudad de Buenos Aires. El año pasado empezó a funcionar  en Tucumán.

En el Mocha Celis, ella dicta clases de danza ad honorem y estudia dirección teatral. “En general, las personas trans nos peleamos con el cuerpo. Sentimos que es nuestro enemigo y tenemos que librar una batalla para que la sociedad nos pueda reconocer como nos sentimos. La danza me reconcilia un montón con mi cuerpo. Entendí que socialmente puede haber un montón de prejuicios, pero en el arte mi cuerpo tiene un valor enorme. Lo pude resignificar y amar desde ese lugar”, cuenta.

Hace dos años, Martina trabaja en Gire. Al respecto, relata: “La empresa me tomó una entrevista como a cualquier persona. No advertí que era trans y nadie me preguntó. Después de mi incorporación, se hizo un cambio de la prestadora de preocupacionales porque los médicos tenían un concepto muy patologizante sobre las identidades trans. Hay veces que lo médicos dicen que no sos apto para determinado trabajo porque la identidad no condice con el cuerpo. Además, en el proceso, me hicieron preguntas que no corresponden, por ejemplo, la fecha de mi última menstruación”.

En relación a sus compañeros de trabajo, dice que, como ella es activista, siempre les cuenta sobre las actividades de las que participa. Muchas veces, notó miedo en sus colegas a decir algo equivocado o a ofenderla con alguna pregunta. “Mientras el diálogo se mantenga, todo fluye”, asegura.

Mara Pérez Reynoso

Personalidades fuertes

Mara Pérez Reynoso es la primera funcionaria trans en el área de seguridad a nivel mundial y en un gabinete nacional de América latina. Con 27 años y proveniente del pueblo Coronel Martínez de Hoz, es la coordinadora del área de Diversidad en el Ministerio de Seguridad. Si bien admite que este rol la llena de orgullo, también reconoce que es un peso muy grande, ya que una parte de la sociedad va a buscar motivos para demostrar que una trans no está capacitada para eso. “Tenés que esforzarte el doble, ser súper profesional y capacitarte constantemente. Lo tomo con mucha responsabilidad”, asegura.

Al comenzar la primaria, Mara se cambió de colegio. Al conocer a sus nuevos compañeros, se sorprendió cuando escuchó que uno de los chicos se llamaba Marcos, nombre que ella recibió al nacer. “Cuando él dijo su nombre, me horroricé. Vi que era un nene y se llama igual que yo. Quedé triste. Entonces, le pregunté a la maestra si Marcos era un nombre unisex. Me llevaron a dirección y al gabinete psicopedagógico para mostrarme distintas diapositivas con nenas y nenes. Me enojé mucho y les dije que no tenía problemas madurativos”, relata Mara. Y añade: “Mi mamá tomó la iniciativa de hablarme. Igual, no es que de la nada apareció Lionel Messi con falda y senos. Mi proceso fue algo muy gradual y durante la infancia. Lo tuvo más naturalizado mi familia que yo. Es difícil entenderse. Las batallas más duras son las internas”.

En relación a la escuela primaria, Mara cuenta que iba a un colegio de doble jornada y que en el turno tarde tenían catecismo. “A mí me gustaba hablar mucho y sobre todo preguntar. Un día le pregunté a mi catequista si Jesús era bisexual, porque yo había escuchado que amaba tanto a hombres como a mujeres. Como no supieron que contestarme, me expulsaron de la catequesis”, cuenta. A partir de entonces, comenzó a participar de un taller de radio por las tardes. A los 10 años ya era conductora del programa juvenil y al año siguiente, el director de la radio habló con la directora del colegio para darle a Mara  –en ese momento Mar– una columna en un programa político. En una oportunidad entrevistó a Elisa Carrió y, cuando terminó, la joven ya sabía que quería ser abogada y diputada. “Admiraba la personalidad de mujeres fuertes”, afirma.

En relación a los obstáculos con los que se fue encontrando en su carrera política, dice: “Llamativamente, fue el sector socialista progresista el que me resistió mucho. Recuerdo que, con 18 años, iba a reuniones de la provincia de Buenos Aires. Ellos estaban mal predispuestos a sentarse en la mesa con una chica trans a discutir”.

Terminar Abogacía es una deuda pendiente. “Empecé la carrera muchas veces, pero siempre puse a la política por encima de todo”, resalta. Previamente, estuvo en el Poder Legislativo.

Mara afirma que lo importante para ella desde su rol es dar respuesta a la poca oferta formal de trabajo para chicas trans. Cuenta que, hoy, hay seis mujeres trans en la policía federal, una subcomisaria, tres en gendarmería y dos en prefectura. “Saber que antes a las chicas trans se las perseguía solamente por ser trans y ahora empiezan a ser parte de la institución, me pone contenta”, resalta.

Lara María Bertolini

Otras formas de identificación

“No todas queremos ser mujeres trans. Voy en contra de la construcción social que pretende que todos seamos un hombre o una mujer. Yo me autopercibo travesti. No me identifico con la mujer, porque no tengo ningún privilegio de mujer. Hay que construir las cosas desde otro punto. La sexualidad ya se agotó. Hay otras formas de identificación”, enfatiza Lara María Bertolini; escucharla hablar es como participar de una clase magistral sobre diversidad. Ella es activista en defensa, promoción y creación de derechos de las personas travestis y trans, estudia Abogacía y se define como Femineidad Travesti y TraVajadora.

Hace muchos años, hubo un desfalco en la sucursal de la empresa en la que trabajaba y a la primera persona que llamaron para despedir fue a ella. Luego, se enteraron de que había sido la gerenta. “En ese momento, yo hacía shows de transformismo y ya había una imagen no binaria en transición muy fuerte. Aprovecharon la situación para despedirme”, menciona.

En paralelo a la transición que estaba realizando, fue buscando otros trabajos sin éxito. Hizo shows de transformismo en un boliche por dos o tres años, pero permanentemente sufría las redadas esporádicas de la policía federal. “A partir de los edictos policiales me aprendí a esconder. Cuando venía la policía, le pedían a los dueños la recaudación completa de la noche para no detenerme. Una vez lo hicieron, pero la siguiente ya no pudieron y me detuvieron”, relata. A continuación, la única forma de supervivencia para ella fue la prostitución.

“El hombre cumple su deseo. Como luego siente culpa de haber estado con una trans, la tiene que exterminar. El trauma lo tiene él, no nosotras. Hay una conciencia colectiva social de que a las travestis se las puede asesinar”, dice, en relación a la violencia que sufren las personas trans. “Tuvimos que crear una ley para que nos den la categoría de personas. Ahora se tiene que hacer una en provincia para reconocer el derecho laboral. La Ley de Cupo Laboral Trans se hizo muy livianamente y aún no se reglamentó. Además, no todas las personas trans están formadas para acceder a un trabajo. Es importante que estas leyes estén apoyadas en un sistema alterno de acompañamiento y educación”.

En 2005, Lara pudo dejar la calle porque comenzó a trabajar como modista. Confeccionó vestidos de alta costura. “Pedía trabajo por las redes. Me presentaba a las entrevistas cuando el Estado convocaba a personas trans para trabajar”, relata.

Hoy, Lara trabaja en la Procuración General de la Nación. “Un día me llamaron de la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres  porque habían leído un trabajo mío y me propusieron una entrevista. Por teléfono, les dije: ‘Estoy contando $ 40 en monedas y $ 7 en la SUBE, no me llamen para decir que entrevistaron una trava, no quiero perder el tiempo’. Finalmente, fui a la entrevista y el 13 de marzo de 2017 entré a trabajar. No lo podía creer. Ahora estoy en planta permanente. El posicionamiento laboral de una persona trans le trastoca la vida trasversalmente”, cierra.



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