24 de Abril 2013

Donald Trump: “Nunca hablo sobre mis rasgos malos”

Un almuerzo con el multimillonario desarrollador inmobiliario que construyó una de las marcas más reconocidas del mundo. El hombre detrás del showman.

Donald Trump: “Nunca hablo sobre mis rasgos malos”




“¡Dele un poco de arroz, también!”, instruye Donald Trump al mozo detrás del mostrador del buffet. ¿Arroz? No pedí arroz. Soy más una persona de papas, y eso es justo lo que pedí para acompañar mi pollo asado relleno. Pero si Donald quiere que también pruebe el arroz, parece grosero negarme. Éste, después de todo, es su restaurante, The Trump Grill, un enclave estilo club que sirve platos estadounidenses en el patio de comidas del subsuelo de su edificio más conocido en Manhattan, Trump Tower.

Si hay que decir la verdad, preferiría estar pidiendo del menú fijo del grill –el turista en mí quiere la hamburguesa grillada Trump, seguida del helado Trump– pero el multimillonario desarrollador de real estate dio a entender que sería bueno probar el buffet que, me dice, es “el mejor en Nueva York”. El negocio no está exactamente activo en el mejor buffet de Nueva York. De hecho, Trump y yo somos las únicas personas haciendo un pedido. Pero es un amargo día de invierno, no la temporada turística, cuando, insiste Trump, las filas aquí se vuelven muy largas.

Alto y robusto, Trump se ve bien para sus 66 años, aunque su inflado pelo que desafía la gravedad es más blanco y no tan vital como esperaba, mientras que las arrugas están invadiendo la tersura de su rostro. Está usando su familiar uniforme de trabajo de traje gris, camisa blanca y una corbata de seda lisa, hoy en rojo brillante. Me ayuda a elegir mi pollo. “¡Esa presa se ve como una ganadora!”, me dice, apuntando a la porción más suculenta y dorada. Para él, pide un sándwich de carne roja y papas. Mientras volvemos a nuestra mesa, me maravillo ante su necesidad de prodigar superlativos a las cosas más comunes relacionadas con Trump. La alharaca parece estar profundamente enraizada en él. Tiene que haber un adjetivo para describirlo: ¿trumptástico, quizás? Pero Trump –o el “multimillonario fanfarrón”, como lo llaman los tabloides de Nueva York– creó una de las marcas más reconocidas del mundo a través de la incesante autopromoción, empleando cualquier medio disponible: tiene un estante lleno de libros con su nombre, con títulos inspiradores como Piense como un multimillonario; es una presencia asidua en la televisión, al tiempo que su propio programa exitoso, The Apprentice –ahora rebautizado Celebrity Apprentice– está iniciando su 13º temporada en los Estados Unidos; y tuitea ávidamente a sus 2 millones de seguidores sobre todos los temas, desde política (la reelección de Obama fue “una farsa total y una parodia”) hasta filosofía de los negocios y golf. “Gané muchos torneos de clubes”, me dice dos veces.

Donald Trump IMG
Negocios y showman, en una sola persona. Tuitea sobre golf, invierte en real estate y hasta se le animó a los realities. 

Espero que, en la atmósfera relajada del almuerzo, pueda ir más allá del extrovertido showman, pero el entorno no es precisamente confesional. El buffet significa que no nos tomamos un tiempo para consultar el menú. Bebiendo Coca Light mientras esperamos que lleguen nuestros platos, abro la conversación preguntándole sobre sus gustos gastronómicos (“de todo tipo: pastas, carne...”, dice) y el hecho de que el alcohol nunca pasó entre sus labios. Se inclina hacia adelante, y responde cuidadosamente, con una formalidad de conferencia de prensa, su voz sorprendentemente suave. “Durante muchos años vi a demasiadas personas que destruyeron sus vidas con el alcohol... Tengo algunos rasgos buenos y algunos malos. De los malos, no hablo nunca”. Bromeo con que podemos hablar sobre esas características después, pero su expresión no registra la chanza. En lugar de romper el hielo, parece que lo estoy espesando.

Llevo la conversación a un tema más seguro, como el inmobiliario, y le cuento que tenemos una conexión: mi casa está en Riverside Boulevard, un grupo de departamentos nuevos, construidos por Trump, que se alinean con el río Hudson durante 10 de las cuadras principales del Upper West Side. Él se pone menos rígido, más animado. Estoy aliviado, pero no sorprendido: el real estate es donde él empezó y, a pesar de su nueva faceta como estrella del showbiz, todavía es central para sus negocios.

Hijo de un constructor multimillonario artífice de su éxito en Queens y Brooklyn, en Nueva York, a Trump lo enviaron a la escuela militar para dotarlo de algo de disciplina. Luego fue a la escuela de negocios de Wharton, antes de comenzar en el negocio con su padre, un supervisor duro y una influencia profunda. Contra el consejo de su progenitor, se puso en la mira construir en la ostentosa Manhattan.

Haciendo gala de su ojo para el factor de localización, su genio para la autopromoción y una extraordinaria confianza para alguien tan joven, había completado la Trump Tower en 1983, cuando todavía estaba en la mitad de su tercera década. Pero luego tuvo su merecido. La recesión y el crash de la propiedad a principios de los ‘90 lastimaron con dureza sus operaciones, particularmente los altamente apalancados casinos y hoteles en Atlantic City. Desde entonces, los negocios que están allí, con la bandera Trump, presentaron la solicitud de protección de bancarrota del Chapter 11 varias veces. Pero –una distinción vital– Trump personalmente nunca estuvo en bancarrota, y cada vez ha tomado nuevo impulso para crear un imperio que va desde las propiedades, a través de una extraordinaria gama de bienes brandeados como Trump, al entretenimiento.


Es copropietario no sólo de The Apprentice, ahora una franquicia global, sino también del concurso de belleza Miss Universo. Trump Tower, donde eligió celebrar este almuerzo, todavía está en el corazón de su imperio. Con su fachada vidriada en bronce y su distintivo diseño escalonado, como los dientes una sierra, lleva bien los años; y su ubicación, en la Quinta Avenida, al lado de Tiffany & Co, es el sueño de todo shopper. Trump trabaja aquí y vive en la cima de la torre con su tercera mujer, Melania, una exmodelo eslovena 24 años más joven, en un lujoso departamento rococó dorado con vistas fabulosas sobre el Central Park. Es la vida fantaseada por cualquier adolescente de sangre caliente.

La historia del desarrollo inmobiliario en el Upper West Side es más terrenal: las 40 hectáreas solían ser terraplenes abandonados junto a las vías. Trump, todavía en sus veintes, se dio cuenta de que estaban entre las mejores tierras sin desarrollar en Manhattan. Pero le tomó tres décadas, con extraordinarias subas y bajas financieras y batallas de planeamiento, antes de que finalmente desarrollara el área, con financiación china. Y su visión original, de anclar el proyecto con un estudio de televisión y el edificio más alto del mundo, estaría reduciéndose a un conjunto de insulsos bloques de departamentos desde su salida a la venta.

Trump pregunta en qué edificio estoy. “Muy bien”, dice. “Tienes que ser feliz ahí. Es un gran lugar. Sabes que construí todo allí; fue muy exitoso para mí... ¡Y la gente ama el barrio!”. Le digo que le llevó mucho tiempo lograrlo. “Es la vieja historia. Nunca darse por vencido. Pero terminé ganando una tremenda cantidad de dinero y, quizás más importante, construyendo una ciudad dentro una ciudad... A la gente le encanta. Le encanta de veras. ¡Así que eso es genial!”. Me felicita por mi buen gusto en real estate y le elogio por la calidad del staff que su compañía emplea en mi edificio. El hielo se rompió.

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Forma de vida. El lujo es parte de su día a día, incluso cuando va a cenar.

Nuestra comida llega. Hay pollo y arroz en mi plato, pero no papas. No importa. Trump señala las suyas. “¡Están geniales! ¿Querés las papas o el arroz?”. “Me quedo con el arroz”, digo, dispuesto a evitar más retrasos. Le pregunto en qué está trabajando ahora, y lleva la conversación hacia Escocia y el campo de golf que construyó en la costa cerca de Aberdeen, que abrió el último verano boreal. “Está muy, muy bien calificado. Increíble. Quiero decir, desde el punto de vista de la crítica, ha sido increíble. Están diciendo que es uno de los mejores campos de golf del mundo”. La declaración podría sonar trumptástica pero el campo, de hecho, recibió evaluaciones estelares de los golfistas top.

Sin embargo, le señalo que tuvo mucha oposición: el desarrollo ganó el apoyo de políticos y líderes de empresas, pero fue atacado por ambientalistas y algunos residentes locales, furiosos de que obtuviera el permiso, a pesar de estar situado entre dunas clasificadas como sitio de especial interés científico. “Tú sabes”, dice Trump, “siempre hay oposición cuando uno hace algo grande”. Recorre una lista de sus desarrollos –en Nueva York, Chicago y Escocia– que provocaron protestas. “Hago muchas cosas que son controversiales. Cuando las personas las ven, ¡les encantan!”. De hecho, agrega, la oposición escocesa ha sido una gran publicidad, haciendo que el campo tenga incluso más difusión.

La conversación se interrumpe cuando un hombre joven se acerca a la mesa a saludar. Es Eric, el tercero de los cinco hijos de Trump, quien, como sus hermanos mayores Donald Jr. e Ivanka, trabaja para Trump Organisation. Estaba almorzando en el grill. Eric desaparece pero, casi inmediatamente, dos más están saludando. Son Donald Jr. e Ivanka, y también estaban en el grill, celebrando un “buen negocio” que su padre había firmado para ellos.

“El mejor restaurante en Midtown”, explica espontáneamente Ivanka, con una sonrisa ganadora. “Lo sabemos, ¡porque comemos acá todo el tiempo!”, suma Don Jr. Ivanka es una celebridad por derecho propio, con líneas de joyas y fragancias, una vital y fresca extensión intergeneracional de la marca Trump. Incluso hay una ensalada en el grill nombrada en su honor. ¿Quizá tendría que haber pedido eso? Cuando desaparecen, me pregunto si hay un componente genético en las declaraciones trumptásticas. “Es bueno cuando tus hijos trabajan contigo”, dice Trump, “y son muy capaces”. ¿Capaces?

De repente suena sorprendentemente modesto.

Trump lleva varios minutos hablando sobre su triunfo en la construcción entre “esas dunas monumentales, los grandes médanos de Escocia, los más grandes del mundo” sin mencionar un problema bastante sustancial: ahora está en una disputa con el gobierno de Alex Salmond para que no otorguen la autorización para un parque eólico costero justo en la línea visual del campo de golf de Trump, y de un segundo que está planeando construir.

Saco el tema. “No creo que se instale”, dice. “Construí una obra maestra. No quiero verla destruida por molinos de viento. Los molinos de viento van a ser la muerte de Escocia e incluso de Inglaterra si no hacen algo con ellos. Están arruinando el paisaje rural”. Acalorado por el tema, continúa: “Le hice un gran favor a Escocia, e incluso a Gran Bretaña... Muchas personas estaban devastadas cuando sus casas se vieron arruinadas y sus tasaciones destruidas cuando les pusieron un molino cerca. Pero no tuvieron voz. Ahora tienen una voz: yo. Les di poder para pelear. Y las personas están peleando contra estas feas monstruosidades”. La ironía de Donald Trump como el paladín de las personas contra monstruosos desarrollos no parece hacerle mella. ¿Y si los molinos obtienen luz verde? “Voy a presentar una demanda y creo que va a quedar inmovilizado varios años en la Corte. ¿Cómo está el pollo?”. “Bien”, me arriesgo. “Es una gran comida, ¿no?”, dice. “Este lugar es el más vibrante de Nueva York”. Miro alrededor para confirmarlo. Sigue pareciendo bastante apagado. Quizás porque es invierno.

Llega un mozo para retirar nuestros platos. “Mirá ese plato vacío”, exclama Trump. “¡Creo que le gustó! Para un hombre poco robusto, limpiar todo un pollo, ¡está bastante bien! ¡Buen trabajo, muchachos!”, le dice al personal. Momentáneamente, mi mente se vuelve trumptástica. ¡Sí! Para un hombre ‘poco robusto’ (en un lenguaje menos eufemístico, pequeño) como yo, comer todo un pollo debe ser una muestra de mi apetito masculino y la excelente calidad de la comida. Pero el momento pasa y me doy cuenta de que no comí un pollo entero, solo un muslo, y que mi ingesta calórica probablemente no haya sido mayor que la de cualquier otro día. Sin embargo, pienso, debe ser lindo boyar con ese sentido intoxicante y autoengañoso de éxito todo el tiempo.

Pido café mientras Trump continúa con la Coca Light. Nos movemos hacia la política, donde Trump tiene un registro de extemporáneas intervenciones que provocan burla entre los demócratas y malestar entre los republicanos. La última fue su promesa, en octubre, de anunciar algo que cambiaría el curso de la elección presidencial. En el evento, simplemente resucitó el tema del nacimiento –la pretensión de que el presidente Obama nació fuera de los Estados Unidos– y dijo que le daría u$s 5 millones a la caridad elegida por el mandatario si Obama mostraba sus solicitudes para ingresar a la universidad, tramitar su pasaporte y otros registros. Estados Unidos bostezó y siguió adelante. ¿Se arrepiente? “No, muchas personas me amaron por eso”, dice, y asegura que incluso aumentó la suma a u$s 50 millones.

Giro la conversación hacia el envejecer: él es conocido por trabajar extremadamente duro pero, ¿está bajando el ritmo? “No, me siento bien... Tengo una buena salud. ¡Toco madera!”. Golpea un panel de la pared e incluso lo alaba: “¡Es una linda madera!”. “Si uno ama lo que hace, si uno ama ir a la oficina, si a uno realmente le gusta –no sólo lo dice, pero realmente le gusta–, se mantiene joven y con energía. Realmente amo lo que hago”. Hay un sentido de pasión real en esto. ¿Y su legado? “Sabes que me volví muy exitoso con los años. Creo que poseo las mejores propiedades del mundo. Valgo más de u$s 8 mil millones”.

Entre las cortesías del almuerzo, hay un momento difícil. Que su compañía sea privada, junto con sus negocios y las extensivas licencias de la marca Trump, hace difícil que se pueda calcular su fortuna independientemente. Me preparo, y le digo que, según Forbes, su fortuna es cercana a los u$s 3 mil millones. Trump desestima la sugerencia. “No sé lo que dicen. Nadie tiene acceso a mis números, pero valgo más de u$s 8 mil millones”. Agrega que, cuando estaba pensando en meterse en la política, confeccionó un expediente que justifica esa cifra. Y con esa riqueza, dice, ya no trabaja más por el dinero. “Simplemente disfruto el crear cosas”.

¿Se ve a sí mismo dejándole el negocio a sus hijos? “Sí, en el momento correcto”. Pero, agrega, los empresarios del real estate nunca se retiran. “Se vuelven más viejos... Es gracioso, hacemos cirugía plástica en nuestros edificios en lugar de arreglarnos nosotros, ¿no?”.

Es momento de pagar. Le divierte que Financial Times insista en abonar la cuenta de su almuerzo en su restaurante. “Esto es muy divertido. Es la primera vez. En general, simplemente nos levantamos, ¿sabes?”.

Me acompaña hasta el lobby de mármol rosa, alineado con vitrinas que venden todo tipo de productos con la marca Trump: libros, gorras, camisas, corbatas, ositos de peluche, colonia, gemelos. Pregunta cómo van las ventas. “Realmente bien,” se entusiasma el empleado, que nos dice que un ítem que se vende particularmente bien es un pequeño ejemplar de consejos de Donald envuelto en celofán junto con una barra de chocolate, con la dorada estampa TRUMP.

Y sin embargo, el entorno no parece muy activo. De hecho, no veo a otros clientes. Debe ser porque es invierno, me digo a mí mismo mientras salgo a la Quinta Avenida, con mi cuerpo entumecido por el frío y mi mente, por los superlativos. 



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