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Mano a mano

Federico Ribero: "Cuando hay luz, siempre sale"

Su vida cambió por una enfermedad. Pero, lejos de victimizarse, aprendió a vivir. Hoy disfruta de lo importante e inspira a infinidad de personas que, ante una situación similar, se paralizan. La historia  de su reacción frente a la adversidad.

José Del Río y Carla Quiroga

@josedel_rio
@carlaquiroga




Celular encendido las 24 horas. Tareas pendientes. El llamado que no puede esperar a mañana. La agenda de salidas con amigos y también los programas para encarar con su mujer. Trabajo. Discusiones típicas y momentos imperdibles que se escapan por la obligada rutina. Cansancio. Así describe Federico Ribero, empresario gastronómico, su vida antes de que un severo cáncer le marcara un punto de inflexión.

El sol pega de lleno en su casa de Tortugas y se nota que Ribero ya no es el mismo. Se lo ve bien. Se toma su tiempo para responder y demuestra que cree que “la enfermedad me vino para aprender”. No se victimiza, ni lo intenta. Como cuando entró a la soledad de un tomógrafo y, ante el “momento de la verdad” —como lo llaman en familia—, supo que ya nada sería lo mismo.

La entrevista empieza poco después de las seis de la tarde. Andrea Bursten, su mujer, lo acompaña y lo escucha con atención. Luego llega Stéfano (7) del colegio, saluda a sus padres y se queda sentado, abrazado, junto a él. “Hoy estoy pleno. La sensación que tengo no la tuve nunca antes. Me dieron la peor noticia, pero recibo tanto amor que, si me curo, quiero vivir de esta manera”, resume quien, junto a su grupo de médicos, logró frenar la enfermedad, sobre la que realiza controles cada 70 días.

Hijo de padres separados antes de haber nacido, de chico no pasó ninguna Navidad ni Año Nuevo con la familia entera. Eso recién ocurrió cuando conformó la propia con Andrea, Stéfano y Francesca (11), quien a esta altura del relato ya está también de regreso del colegio. “De chico era malo en el estudio, gordo, asmático y no tenía dinero. Todas las montañas por escalar”, grafica en su libro Inspirar, el arte de vivir mejor, que escribió junto a su amigo Juan Mora y Araujo —su instructor en su primer curso de El Arte de Vivir— y en el que buscaron reflejar cómo se pueden transformar las experiencias dolorosas en “ofrendas y actos de servicio para los demás”.

Su historia es la de un emprendedor nato. Trabajó de cajero, en una pista sobre hielo, “hacía changuitas”, recuerda. Luego fue relaciones públicas de discos, tarjetero, organizador de fiestas hasta que, de a poco, se familiarizó con la gastronomía.

Hace 12 años llegó su primer negocio: Francesca. “Ella estaba en la panza. No encontrábamos nombre y dijimos: ‘¡Nada mejor que el nombre de un hijo!’. Fue la primera vez que invertimos un capital, que tuvimos gente a cargo... También tenemos los Stéfano”, relata, con una sonrisa que no lo abandona en ninguno de los más de 50 minutos que dura la charla. ¿Y ningún Andy? “Ya está registrado”, aclara. ¿Aciertos y errores? “Errores, todos. Aprendía todo los días”.

Ribero I
Dulce hogar. En su casa de Tortugas el empresario gastronómico contó cómo vive con su enfermedad. 

Ribero no es un hombre que cultive el alto perfil. Por ejemplo, no atiende los números desconocidos en su celular: “No soy fácil. Estoy cerrado. Toda la exposición tuvo que ver con la enfermedad y con el libro”, explica. Y, sin embargo, admite que, “cada vez que me llega un e-mail o me comentan que el libro ayudó, me llena el alma. La gente me da mucha fuerza”. Como anécdota, grafica cuando corría en Punta del Este y la gente le gritaba desde los autos, lo alentaba. “Un hombre hizo marcha atrás y se bajó, con su familia: me decían que era su ídolo, me pedían que los abrazara. Yo les aclaraba que estaba transpirado, pero no les importó...”, se emociona.

Escribir el libro le demandó 8 meses, en los que atravesó diferentes procesos de salud. Por momentos, la experiencia fue muy movilizadora; por otros, liberadora —“como que me vaciaba”, describe—. Su objetivo fue hacer algo que le sirviera a los otros. “Mientras escribís, no lo tenés claro. Pensaba que la gente iba a decir: ¿Y éste, pará que escribe su historia?’. Tenía miedo de que no les interesara pero, cuando a los dos días de publicado recibí un e-mail muy movilizador, me di cuenta de que servía. Después, fui recibiendo a diario correos electrónicos de gente enferma, o que está atravesando una situación complicada. Es increíble lo que representó o representa para esa gente...”.

¿Eso te moviliza?

Ufff, te carga. Voy por la calle y la gente me da cartas muy grosas o recibo e-mails muy fuertes. Saber que pudiste colaborar en algo... Es... (silencio). Viví todo tan naturalmente que es difícil sentir que así vas a ayudar a alguien porque, para vos, es natural. Hoy se me ve como una persona buena, con fuerza, y no hice nada, me surgió así. La respiración y la meditación (N. de R.: Técnicas que aprendió en El Arte de Vivir. Su primer curso lo hizo en marzo de 2008) me hacen estar en ese lugar. La gente me ve como un pibe bueno, me para por la calle...

Ribero habla pausado. Y mira profundamente a los ojos. Transmite paz en uno de los momentos más difíciles de su vida. El 31 de mayo de 2011, a los pocos días de aterrizar de un viaje espiritual a la India que combinó con una visita a París junto a su mujer, recibió el peor diagnóstico: su cuerpo estaba enfermo. Tenía un tumor en el pulmón, ramificado en la pleura, el pericardio y el diafragma, que explicaba la dificultad para moverse, la agitación y los fuertes dolores que padeció en el ashram. “Al principio tuve mucho miedo, pero luego sentí que me vaciaba de todo y que la enfermedad me cargaba de amor y confianza. Recordé que esto me estaba pasando para aprender algo. Empecé a vivir la enfermedad como una oportunidad y me aferré a ese pensamiento”, relata en su libro. Después llegó la primera operación, la segunda y más... También los drenajes, la angustia de los primeros controles, los pensamientos de tristeza y dolor relacionados con sus hijos. No podía creer tener algo que no podía controlar.

¿Tuviste la sabiduría de capitalizarlo todo?

Vos me preguntás: ¿Fue un año malo? Y te digo: no.
Andrea (interrumpe): Fue difícil, pero de aprendizaje.
Federico (concede): Mucho aprendizaje.
Andrea (insiste): Fue difícil. Es difícil...

¿Saliste del lugar de víctima?

En la vida, uno puede elegir dónde pararse así y todo con una enfermedad que puede ser terminal o no, con un mal negocio, una pareja, la familia. A veces lo hablo con Andrea: tengo un amigo, al que conozco hace 10 años, y hace 10 años que tiene diferentes problemas y siempre está parado en el lugar de víctima. A medida que pasa el tiempo, digo: él disfruta de eso. A veces disfrutamos de sentirnos en ese rol de víctima pero, otras veces, a los mismos hechos podés vivirlos desde otro lugar.

Hombre de respuestas cortas, habla pausado, con tono bajo. Los silencios se cuelan en la charla. Federico Ribero habla desde el corazón, sin eufemismos. “Uno piensa que tiene que educar a sus hijos y actúa como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo sentí que no podía tener todo el tiempo del mundo y, entonces, empecé a jugar todos los días con Stéfano a la pelota. Con Franchu me dedico a escuchar de otra manera su frase: “Papá, me gusta hablar con vos”. Ya no me importa marcarles a cada rato sus defectos y errores. Todos los “no” y “te lo dije” desaparecieron y vinieron los “dale, dale”, los “vamos, vamos”. En definitiva, Ribero vive al ciento por ciento cada uno de los momentos que le regala la vida. No se pierde nada. Cada instante, cada detalle.

Viendo la película, ¿creés que fue casualidad que te hayas preparado de antemano para un momento tan duro?

Creo que todos venimos a recorrer un camino. Si tenés que vivir ciertas cosas, las vas a vivir. Seguramente habré tenido que estar en estas prácticas, me habré tenido que enfermar, para que pase lo que pasó...

¿Cuál fue el primer sentimiento cuando te enteraste de la enfermedad? ¿Bronca?

Lo acepté: me movilizó y me sentí tan en el centro que no sentí bronca. Hubo momentos de miedo, pero podía detectar que eran pensamientos.

Hoy, ¿cómo estás de salud?

Estoy bien, haciendo un mantenimiento, que es lo que frena a la enfermedad, cosa que no es menor porque, a veces, puede no frenarse y te podés morir.

¿Estás trabajando?

Sí, a otro ritmo, porque tenés otros compromisos, otras prioridades. El tratamiento y los médicos te llevan tiempo.

¿Entendiste que lo importante venía por otro lado?

Fue natural, sucedió todo lo que sucedió. Lo de la respiración y meditación... Tengo amigos que empiezan en el camino y te ven a vos como que ya recorriste algunas cosas... Pero las cosas van sucediendo y te das cuenta de que estás adentro cuando tenés experiencias más fuertes o más suaves, cuando pasan determinadas cosas. Podés reaccionar diferente frente a las agresiones. Empecé a tomarme las cosas de otra manera: antes era más impulsivo, más limitado, más ansioso. Ahora respeto el momento de cada uno, no me enojo tanto y, cuando lo hago, me dura poco. En esas situaciones, te sorprendés de vos mismo.

Ribero II
Mentalidad. Federico asegura que los hechos pueden vivirse desde distintos lugares.

¿Cuándo arrancó la búsqueda espiritual?

Siempre compré libros para seguir aprendiendo sobre mí mismo. Lo que me pasó con El Arte de Vivir fue que se trató de práctica, no de teoría... Con la práctica de la rutina de la respiración y la meditación, cuando llega el momento, tenés las herramientas. Y las cosas suceden...

Se te enfrentaron mundos antagónicos: la frivolidad y la espiritualidad.

Sí, puede ser... Si le decimos frívolo como que lo descalificamos, suena como algo vacío y creo que cada uno atraviesa el momento que tiene que atravesar y está bueno. El que está viajando por el mundo comprando cosas está viviendo ese momento y está bien si lo está disfrutando. Yo creo que la felicidad está en otro lado.

¿Qué lugar ocupa hoy lo material en tu vida?

Menos que antes. Me doy cuenta de que me gusta lo material, lo necesito, pero la felicidad no está ahí. Uno piensa que la felicidad está cuando compra un auto, la casa... Cuando lo lograste, sentís que no necesitás más nada. Después, te das cuenta de que lo disfrutás un mes, dos meses, tres meses. Pero te acostumbrás y querés más. Recuerdo que me había ido a vivir solo: alquilaba un departamento de un cuarto y medio y me preguntaba qué habría que hacer para poder comprar uno en el edificio de al lado, en construcción. Para mí era como que hoy me dijeras: “Hay que comprar un país”. Y, de repente, con Andy estábamos comprando ese departamento. Cuando entramos, le dije a mi socio: “Ya está”. Y él me respondió: “Vas a ver que te vas a acostumbrar y vas a querer más”. Y sí, cuando pasan seis meses querés más...

¿Sentías que tenías todo lo material y no eras feliz?

Obvio que sí. Una vez le escuché decir a Guruji (N. de R.: Sri Sri Ravi Shankar, fundador de El Arte de Vivir) que la ventaja que tiene el rico material por sobre el pobre es que se da cuenta que la felicidad no está en el dinero, mientras que el pobre material piensa que cuando consiga todas las cosas que desea, llegará la felicidad. Tengo un montón de amigos muy ricos que por momentos son felices y, por otros, viven profundas depresiones...

Hablás mucho de tu experiencia en El Arte de Vivir, ¿qué sentiste cuando se criticó tanto a la fundación?

Dolor, no sé... Es querer entender para qué, por qué. Seguramente lo que sucedió será para mejor, pero no entiendo por qué pasa eso acá y no en los 249 países donde está la fundación. Será para aprender... Cuando hay luz, no hay nadie que la pueda tapar: la luz siempre sale.

¿Cómo hiciste para, durante este proceso, no alejarte del camino solidario? (N. de R.: Es voluntario de la Fundación El Arte de Vivir, miembro del consejo directivo de Un techo para mi país y padrino del colegio María Guadalupe, Las Tunas, Tigre)

Si todos hacemos un poquito, se puede transformar el mundo. Si hay hambre, hay problemas, gente sin abrazos, es por no estar organizados, porque creo que hay un montón de gente que quiere ayudar y no sabe cómo. El que nunca hizo nada, que tenga la intriga de hacer algo; el que hizo, que pueda hacer el doble; y el que hace mucho, que haga más. Y no siempre es dinero, puede ser tiempo, lo que tengas. Hoy podés involucrar a un amigo, luego a 10. Mi experiencia con la enfermedad es que yo estaba en un camino solidario, hacía y pensaba que daba y, a lo largo de la enfermedad, todos los compromisos solidarios me sacaron de la cama. Con el grupo de la quinta (N. de R.: Amigos con los que organiza partidos de fútbol todos los miércoles y sábados desde hace 15 años) empezamos hace dos años. Me propuse todos los años ayudar el doble y los involucré para lograrlo. Primero les pasé un video de un lugar asistencial para 450 chicos en Tigre: la primera semana juntamos el dinero para hacer un gabinete, fuimos a hacer magia con mis amigos, empezamos a interactuar y pensamos: ‘¿Qué hacen los chicos cuando se van de acá a los cinco años?’. Entonces, comenzamos a planear un colegio que abrió sus puertas este año. Y en 2013 vamos a construir las aulas de cuarto grado. Todo pasó porque 30 ó 40 amigos decidieron hacer un colegio.

¿Cuál fue el momento de mayor felicidad de los últimos meses?

Y... Cuando salgo de los estudios (inspira).

¿Cada cuanto vivís ese estrés?

Era cada 50 días, ahora lo extendieron cada 70.

Andrea (interrumpe): Ese tiempo me genera mucha ansiedad. La llamo ‘la máquina de la verdad:’ te metes ahí y salís, y te dice la posta...
Federico: En esos lugares hace mucho frío y estas sólo...

Y tu mente a mil...

Trato de meditar en esos momentos. Pero desde que termina el estudio y hasta que te vienen a buscar y te encontrás con tu médico, ése es el momento en el que estás pensando. Por suerte es breve.

¿Qué es lo que más te preocupa hoy?

(Silencio prolongado) Lo que más me preocupa (piensa) es estar bien de salud. La de Andy, la de mis hijos...

Que haya pocos médicos cerca...

O que haya muchos... Pero estar bien (sonríe).

¿Qué consejo le darías a quien está atravesando un diagnóstico complicado?

A mí me ayudó mucho la respiración y la meditación para aprender a vivir las cosas de una manera linda, a tener poco miedo y a poder entregar la situación. Saber que lo que va a pasar, va a pasar. Lo único que tiene que hacer uno es poner el cuerpo y ayudar en todo lo que pueda. No importa cuánto vas a vivir, sino cómo.

De eso se trata. ¡Pero qué difícil es darse cuenta! Es tiempo de apagar el grabador. Quedan sólo 72 horas para desgrabar la entrevista, pensarla y escribirla. 72 horas que ya no serán las mismas porque, como dice Ribero, lo importante es darse cuenta de la oportunidad que uno tiene. Y disfrutar del día a día, de los momentos que pasan cada vez más rápido. El sol se esconde en Tortugas, pero no para Federico, quien ya no es el mismo. Ni espera volver a serlo.

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