El bon vivant Miguel Brascó y su vuelta a la literatura

El bon vivant Miguel Brascó y su vuelta a la literatura

Abogado, humorista, dibujante, poeta, vuelve al ruedo literario de la mano de El prisionero, una novela de traiciones, emboscadas, intrigas eróticas y partidas de ajedrez, ambientada en los años de la Revolución Francesa.

23 de Noviembre 2012




No es un dandy, sino un bon vivant. Su casa irradia luz y cultura. Una biblioteca generosa, plagada de reliquias, recuerdos, fotos y hasta dibujos de su hija Milagros, quien pronto cumplirá sus 15 abriles, invita a la admiración. Miguel Brascó, abogado, poeta, dibujante, humorista, conocedor de artes y oficios, se reclina plácidamente sobre un mullido sillón de cuero negro.

Él mismo, a sus ochenta y tantos, es un tesoro viviente. Como eximio ajedrecista, movió las piezas del tablero estratégicamente. E hizo, del juego de su vida, una partida difícil de perder. Editó publicaciones pioneras como Claudia y Cuisine & Vins; fue director editorial de las revistas Diners, Status y Ego; hizo guías de vinos argentinos; expuso sus obras en galerías; escribió canciones folclóricas; degustó cuanto menú gourmet pudo; fue amigo de próceres de la cultura como Ástor Piazzolla y Julio Cortázar; ofició de secretario del exclusivo club Epicure en el centenario hotel Marriott Plaza; y se casó 6 veces, entre una larga nómina de
aciertos y experiencias. Brascó, un hombre que no sabe vivir de otro modo que no sea al máximo, acaba de publicar El prisionero (Editorial Vocación), una novela de emboscadas, traiciones e intrigas eróticas ambientada en los años de la Revolución Francesa. Allí, el ajedrez ocupa un rol primordial. 

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“Inicialmente, se titulaba El jugador de ajedrez, porque esa disciplina tiene bastante presencia y se vincula a la idea de libertad, cuyo concepto, en la novela, se encamina más bien por una cuestión erótico-amatoria. Las descripciones de los partidos de ajedrez son muy importantes y responden a cosas de mi infancia. Juego desde hace muchos años. Al principio, no veía el aspecto abstracto, sino que lo entendía más como un pasatiempo de chicos. Entonces, cuando salteaba a un peón con el caballo, en realidad estaba viendo tres regimientos de caballería que venían bajando con trompetas. Las descripciones de las batallas de los juegos de ajedrez impresionan mucho a los propios jugadores, que suelen ser muy abstractos. No lo era la propuesta de Xul Solar (N. de la R.: El panajedrez o panjuego, basado en la astrología, consiste en un tablero de casillas y piezas móviles), que tiene un rey que, cuando llega el momento, vos lo sacás y lo metés dentro del tablero en el casillero que quieras. Todo esto confluye en que la fenomenología de la escritura de una novela sea muy apasionante para mí”, concede.

¿Por qué ambientó la novela en 1794, año de la muerte de Maximilien Robespierre, líder de la Revolución Francesa?

Quería sacarlo de la actualidad para que no hubiese correlativos ni asociación con la política argentina. No es que me importara, pero no es una novela política. Aunque, personalmente, prefiero las épocas de orden y tranquilidad y no las de sobresalto y desorden.

Abogado, humorista, escritor, dibujante. ¿Con qué se identifica más?

Soy escritor, básicamente. Todo lo demás me gusta. Dibujar, por ejemplo, es fundamental para mí. En general, los escritores siempre dibujan: mal, aunque lo hacen. Pero escribir realmente me apasiona. Y, dentro de la escritura, me gusta la poesía. Sin embargo, siempre escribí cuentos y novelas.

 

 

Abogado, humorista, escritor, dibujante. ¿Con qué se identifica más?

Soy escritor, básicamente. Todo lo demás me gusta. Dibujar, por ejemplo, es fundamental para mí. En general, los escritores siempre dibujan: mal, aunque lo hacen. Pero escribir realmente me apasiona. Y, dentro de la escritura, me gusta la poesía. Sin embargo, siempre escribí cuentos y novelas.

¿Qué es lo que más disfruta en el proceso de escribir una novela?

Es una experiencia fascinante desde todo punto de vista. Cuando empezás, tenés una vaga idea, no sabés muy bien todavía qué es, tenés una sensación: sabés lo que querés decir, cuál es el entorno y quiénes son los protagonistas más importantes. Pero, de repente, figuras secundarias empiezan a sumar fuerza y te tuercen el destino general del grupo, como sucede en la vida. En Quejido huacho, mi libro anterior, hay una mujer que tenía un destino pequeño originariamente y después comenzó a tomar fuerza, al punto de que casi se convierte en la protagonista de la novela.

Su primer libro, el poemario Raíz desnuda, lo publicó a los 20 años. ¿Por qué eligió formarse en el campo del Derecho cuando en realidad su vocación por las letras nació tempranamente?

Sucedió como parte de una negociación con mis padres. Mi padre era médico rural en la Patagonia. Fue un pionero y tenía una vida dura. Y, cuando yo, más o menos en segundo año del Colegio Nacional de Santa Fe, vi que mi vocación era escribir, dejé que eso creciera al margen de la familia. Mi padre tenía ideas muy concretas sobre cómo debía ser mi desarrollo educativo. Cuando estaba casi terminando el secundario, le dije que quería estudiar Filosofía y Letras. Y me respondió con una frase cortita: “Vas a ser un empleado del Estado toda tu vida”. Entonces, le propuse estudiar las dos carreras. Me recibí de abogado y ejercí 8 años. Trabajaba en un estudio y eso me permitió sostenerme financieramente. Empezar como periodista es terrible: estás muerto de hambre, no te pagan hasta que te hacés un nombre. Así que, al fin de cuentas, no fue tan mala idea empezar como abogado y volcarme luego hacia el periodismo y la escritura, como quería.

¿Y cómo se decidió a dar el salto a las letras, finalmente?

Sucedió de un modo gradual. Y, al mismo tiempo, súbito. Era un abogado junior en un estudio importante: llevaba expedientes, iba a tribunales y lo hacía bastante bien. Pero, a la vez, empecé de a poco a hacerme un nombre en las revistas. Tuve mucha suerte en ese sentido. Por ejemplo, en Claudia, que era una revista importantísima de Editorial Abril. Su dueño era César Civita y su mujer, Mina, que era una italiana, manejaba la publicación. A ella le encantaba cómo escribía yo, pero no entendía nada, las sutilezas no las pescaba. De todos modos, se daba cuenta de que yo tenía un estilo que entraba en el público. Recuerdo que me pedía que fuera a la boutique de la revista, donde vendían los canjes. Me decía: “Brascó, vaya a Claudia Shopping y escuche cómo hablan las mujeres para que le entiendan”. Yo le contestaba que las mujeres ya me entendían. “Si no, ustedes no me darían notas”, le retrucaba. De hecho, tenía a cargo como 8 páginas, una sección que se llamaba La buena vida. De una manera natural, y por gravitación, empecé a tocar los temas de cómo vivir bien.

¿Qué recuerda de su experiencia como director de revistas?

Todas mis revistas tuvieron éxito. Soy buen organizador de equipos. Empecé con la publicación de la tarjeta Diners, que mandaban gratis y no leía nadie. Un día, me pidieron mi opinión. Les dije que me parecía un disparate porque tenían 25 periodistas y ninguno escribía bien: era un house-organ. Les sugerí hacerla con cuatro personas, pero que fueran de combate. A partir de ahí, me pidieron que armara un plan de negocios. Les respondí como abogado: no haría ningún plan si no me pagaban antes. Así que conseguí que me pagaran, lo puse en marcha y me terminé quedando. Resultó ser un gran negocio: tiraba 120 mil ejemplares.

¿Está haciendo un nuevo libro sobre vinos?

Estoy escribiendo unas memorias sobre el vino, que está más apoyado en mis experiencias anecdóticas que en la vitivinicultura. Así que me está dando bastante trabajo. Además, tengo una un libro terminado, titulado Los leopardos son cosas del atardecer. Es una novela de aventuras corta, muy linda, de fácil lectura.

¿Descansa cada tanto?

Poco. Para mí, vacaciones es estar en mi casa sin tener que trabajar para nada. Tengo problemas con mis matrimonios y con las vacaciones.

 



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