Cómo estudiar en el exterior y sobrevivir al cepo cambiario

Cómo estudiar en el exterior y sobrevivir al cepo cambiario

Las desventuras de los argentinos que hacen sus estudios de posgrado en el exterior en la era del dólar blue. Testimonios en primera persona.

06 de Diciembre 2012




Uno toma la decisión. Ahorra. Analiza posibles universidades y propuestas. Ahorra. Prepara exámenes. Ahorra. Reúne cartas de recomendación y demás papelerío. Ahorra. Aplica en una institución. Ahorra. Saca la visa. Ahorra. Se presenta a una beca. Ahorra. Averigua dónde vivirá durante el próximo año o dos. Ahorra. Y, cuando piensa que está todo listo, mientras prepara las valijas, rompe la alcancía para convertir su contenido en la moneda local del destino elegido y la respuesta no es, precisamente, la que se esperaba.

Hoy día, los argentinos que tengan intenciones de estudiar un posgrado en el exterior no pueden descuidar esta variable fundamental que es la restricción a la compra de divisas extranjeras. La única alternativa que plantea el Estado para adquirir dólares es para el turismo. Por eso, irse a estudiar un año, o más, no entra dentro de los supuestos que contempla la normativa.

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Las experiencias de aquellos estudiantes que se están capacitando en otros países demuestran que los montos autorizados para conseguir dólares no tienen relación directa ni con el salario –aunque esté justificado–, ni con las necesidades que se presentan a la hora de vivir por uno o dos años sin trabajar.

“¿No te parece injusto preguntar por el cepo cambiario?”, le preguntó la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, a un alumno durante la conferencia de prensa que realizó en Harvard.

Iván F. –por precaución, pidió reserva de su apellido–, un médico pediatra de 29 años, ingresó a esa misma universidad hace dos meses, para realizar un MBA que paga con sus ahorros y ayuda familiar. “Estuve a punto de cancelar todo, ante la imposibilidad de comprar dólares. Estoy acá porque Harvard me apoyó en todas las formas imaginables, para que no me pierda esta oportunidad. Cuando supo de mis dificultades para acceder al dólar, me becó en un 50 por ciento. Esto significa que me regaló más de US$ 90.000 sin conocerme y me dio un límite de hasta US$ 200.000 de préstamo, que tengo que devolver a tasas irrisorias. Además, me brindó soporte logístico, legal y académico”, relata.

Iván tenía el 40 por ciento de sus ahorros en pesos y, aún hoy, continúa con dificultades para transferirlos a dólares. Cuando solicitó permiso a la AFIP, se le autorizó a comprar US$ 5000 únicamente. “Una suma ínfima, considerando que viviría dos años en el exterior y tengo ingresos estables en blanco, como para justificar una compra que supera, al menos, 10 veces esa cantidad. Además, perdí muchísimo tiempo en trámites en la AFIP que no tuvieron ningún sentido. Luchar contra la burocracia gubernamental me trajo enormes gastos y, peor aún, amenazas e intimidaciones de que, si seguía intentando comprar dólares, podía sufrir consecuencias legales”, señala.

Esta presión, cuenta el médico, fue de manera informal, a través de empleados de la AFIP que le indicaron que no le convenía recurrir a la Justicia para solucionar la imposibilidad de comprar divisas porque le traería consecuencias “difíciles de afrontar”. “En carne propia, sufrí la cancelación de mi tarjeta de crédito para usar en el exterior. Cuando llamé a la compañía, me indicaron que esto se debía a que la AFIP la había bloqueado, algo que, claramente, extralimita sus potestades legales. Ahí fue cuando decidí no insistir más con la dolarización de mis ahorros”, se resigna.

Robertino Correa Sanz, de 27 años, es licenciado en Administración de Empresas y está realizando un master de dos años en Comercio, con título en Estrategia de Negocio y en Banca, en la Universidad de New South Wales (UNSW) en la Australian School of Business. “Honestamente, no hay mucho que uno pueda hacer. Se trata de medidas que nos afectan y que hace que tengamos que limitarnos en gastos y tengamos un estilo de vida acorde a la situación. De más está decir que la opción de no trabajar más allá de la carga horaria que implica realizar el master no es viable si no podemos contar con nuestro dinero o si nos empobrecen con retenciones o impuestos”, dice.

Correa Sanz tiene jornadas full time y, aunque la carga horaria de cursada es intensa, le preocupa más el tiempo que debe destinar a estudiar e investigar fuera de clase dado que, además, trabaja en una empresa australiana de comercialización de commodities para poder pagar su vivienda y demás gastos.

“Antes de venir a Australia, necesitaba comprar dólares y apliqué a la AFIP, informando que viajaba por motivos de estudio por dos años. Me habilitaron a comprar US$ 2000, mientras que, en Sydney, alquilar un monoambiente cuesta 1800 dólares australianos (US$ 1860, aproximadamente) por mes. Planeé el viaje con varios meses de anticipación y contaba con poder comprar dólares a un tipo de cambio oficial. Finalmente, me vi forzado a perder el 20 por ciento de mis ahorros en el mercado paralelo”, relata.

Los estudiantes entrevistados, unánimemente, trasmiten el esfuerzo que implica cursar un posgrado en el exterior, debido a la exigencia académica que presentan las carreras y universidades. En este contexto, a esta situación de presión, deben sumarles preocupaciones económicas no contempladas.

“La imposibilidad de transferir divisas de un país al otro hace que me retrase con los pagos y no pueda concentrar toda mi atención en el estudio. Tengo que hacer malabares con las tarjetas para no exceder el límite y, además, ahora, también debo tener en cuenta el 15 por ciento de recargo. Las tarjetas de crédito son la única opción que encontré para poder seguir este proyecto. Mi novia, que viajó conmigo, logra conseguir trabajos eventuales. Entonces, el mes que trabaja bien no necesitamos que nos envíen dinero. Pero, si el mes es malo, no sé qué haríamos sin las tarjetas de crédito”, explica Daniel, de 30 años, quien, por miedo a presiones de la AFIP, prefiere no dar su apellido.

Es licenciado en Economía y viajó a Australia al obtener una beca del 60 por ciento para realizar un master en Políticas Públicas y Management. Sus gastos están destinados al 40 por ciento de la carrera y a los costos que implica vivir allá. “Para poder viajar, saqué un préstamo en un banco en la Argentina y, con eso, compré dólares. En ese momento, el mercado de divisas estaba recién empezando a cerrarse y, a pesar de que perdí mucho tiempo –de hecho, días– haciendo trámites en la AFIP, logré pasar la totalidad del préstamo a dólares y, con eso, viajar y pagar la universidad”, indica.

Así, las experiencias se repiten una y otra vez en la otra punta del mapa. Un abogado de 30 años que está realizando una maestría en Derecho en la Universidad de Minnesota, en los Estados Unidos, y que también prefiere no dar su nombre por miedo a represalias por parte del Gobierno, coincide en que invirtió mucho tiempo y esfuerzo en un largo proceso del cual no obtuvo la cantidad de divisas que necesita para estudiar en el exterior. “Lo que más me preocupa no es el dinero, sino el tiempo y el esfuerzo que todo esto implica. Todo lo que tengo son ahorros, producto de mi trabajo declarado a lo largo de más de 10 años”, dice el joven, quien contrató a un contador para poner sus papeles en regla luego de solicitar a la AFIP la compra de dólares y recibir, como respuesta, que adeudaba una declaración jurada.

“No tengo holgura económica y todo resultó más caro de lo que estimaba en un comienzo. Los dólares que me permitió comprar la AFIP eran muy pocos para vivir un año en el exterior sin trabajar. Si bien el organismo siempre respondió a mis consultas por correo electrónico, las respuestas fueron un abecedario de normativas sobre una operación que no está del todo clara aún. Hay mucha falta de claridad sobre los controles y mucha incertidumbre”, declara el abogado, quien vivió en carne propia lo que define como una pesadilla.

Plan B(lue)

Iván, el médico que hace su MBA en Harvard, sabe que la opción de comprar dólares en el mercado blue existe. Pero se niega a que sus ahorros disminuyan en un 30 por ciento “por ilógicas cuestiones políticas”.

La alternativa más utilizada por los estudiantes es la tarjeta. Correa Sanz cuenta que logró sacar provecho del plástico antes de que se anunciara el impuesto del 15 por ciento. “Comencé utilizando la tarjeta de crédito para poder acceder al cambio oficial. Un compañero venezolano me advirtió que la próxima medida sería sobre las tarjetas de crédito, así que traté de pagar absolutamente todo con ese medio, para, así, liberar el dinero de allá. Pero no hice a tiempo y, al mes de estar acá, aplicaron el impuesto. A pesar de que, ahora, soy un 15 por ciento más pobre, en términos de poder adquisitivo, todavía, me resulta más atractivo perder ese porcentaje, porque las otras opciones, ya sea comprar dólares o girar al exterior, son más costosas”, resume su experiencia.

Por su parte, Daniel, el economista que está en Australia, también utiliza poco efectivo: “La modificación en la política cambiaria me impactó mucho, dado que el costo de toda la carrera me aumentó un gran porcentaje en pesos. Cuando decidí viajar, tenía que multiplicar todo por 4,5. Hoy, por 6,5”, explica el joven, quien, todavía, debe terminar de pagar la segunda cuota de la carrera, que ya venció.

Intercambio de realidades

Daniel agradece la flexibilidad de pago que le otorgó la universidad, al enterarse de su situación: “Le conté a las autoridades que el dinero para pagar la cuota estaba en la Argentina pero que no me lo habían enviado porque no podía comprar dólares. Me miraron asombrados; no podían entender que, siendo mi dinero, no pueda disponer de él libremente. Por suerte, me dieron tiempo hasta resolver el tema”.

En tanto, fue Correa Sanz quien se sorprendió al charlar con sus compañeros de maestría sobre la ayuda económica que gobiernos de otros países les brindan a sus estudiantes: “Acá, veo que muchos gobiernos de países nórdicos, o el australiano, les dan préstamos a sus estudiantes, a una mínima tasa de interés, para que realicen sus estudios. A tal punto que, en Noruega, les pagan las carreras de grado y posgrado a aquellos jóvenes que deciden estudiar fuera del país, más un sueldo mensual, sólo, por ser estudiantes. Es muy fuerte la sensación que me produce escuchar esto cuando lo único que recibo de mi país son trabas e impuestos sobre mis ahorros, que decido invertir en educación”.

Día a día, estos estudiantes resisten las dificultades cambiarias y continúan en la lucha diaria para pagar sus gastos en dólares. “Invertí todo en esta decisión. No es una opción abandonar estos estudios, cueste lo que cueste. Sí me planteé, dada la situación, si había elegido el mejor momento para comenzar este proyecto. Aunque, por instantes, lo dudé, luego de ver cómo se está viviendo en la Argentina, en contraste con Australia, no tengo ninguna duda de la decisión que tomé”, concluye Correa Sanz.

La edición original de este artículo se publicó por primera vez en la revista Apertura N° 227 (11/2012).
 



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