Hoteles, restaurantes y tango, los negocios del presidente de Racing
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Hoteles, restaurantes y tango, los negocios del presidente de Racing

El domingo, los socios decidieron en las urnas su continuidad al frente del club de Avellaneda. Por Juan Manuel Compte 12 de Diciembre 2014

 


Llega a Bice, uno de los restaurantes más cotizados de Puerto Madero. Saluda, con un beso, al encargado y a cada uno de los mozos. Con un llamado, consigue un lugar en el Savoy, uno de los hoteles más emblemáticos de Buenos Aires. O algún reservado en otro, refugio habitual de quienes frecuentan el inframundo del poder. Domingo de por medio, Víctor Blanco sufre y goza desde el palco presidencial del Cilindro de Avellaneda. Pero es en otra cancha, la de la gastronomía y la hotelería, donde, realmente, juega de local.

Víctor Blanco Rodríguez, se lee en su DNI. Nació en Pontevedra, Galicia, el 27 de febrero de 1946. Desembarcó en Buenos Aires a los 5 años, de la mano de sus padres. Tiempos en los que la Argentina prometedora ofrecía cobijo esperanzador, frente a la desazón que provocaba la Europa de posguerra, en general, y la España dividida y empobrecida, después de su Guerra Civil. Los Blanco se radicaron en Barracas. A los 14, Víctor empezó a trabajar. Consiguió un empleo en Bagley. Dividía sus horas entre el secundario y la fábrica, en ese entonces, un imponente edificio que era –como las plantas de Alpargatas, Canale, Cruz Malta, Águila y otras tantas– uno de los íconos de la pujanza industrial del barrio. “Che, pibe…”, escuchaba y él satisfacía el pedido. Con diligencia. Hizo rápido carrera como administrativo. También, a esa velocidad, encontró un techo. “Esto no es lo que quiero para mí”, se plantó. Renunció. Tenía 21 años.

Como muchos otros, fue entrepreneur mucho antes de que se popularizara el término. “Laburante”, se le decía entonces. Consiguió empleo como mozo. Así, se insertó en ese cerrado y exclusivo círculo de gallegos que son amos y señores de la gastronomía de la Avenida de Mayo y alrededores. Una suerte de logia, en la que escaló escalón a escalón, grado a grado. El mérito se premió con crecientes participaciones accionarias. Hasta que, con sus primeros ahorros, pudo comprar un primer local. Su prueba real de iniciación. Vivía, literalmente, ahí. Cada noche, cerraba el boliche, dormía sobre las mesas y a la mañana, al alba, atendía a los proveedores. Lo trabajó. Lo potenció. Lo vendió. Era El Vesuvio, heladería en Corrientes y Libertad que, fundada en 1902, es la más antigua del país. El rito se había completado.

Compró más restaurantes. Abrió otros. Vendió algunos. Sumó socios. Los dejó. Incrementó su cartera. Siempre, con la aspereza propia de un negocio que, en aquellos años –’70 y ’80 – distaba del glamour, sofisticación o suaves modales que podría connotar hoy. Creció. Diversificó su cartera. Se expandió a la hotelería.

El Boletín Oficial arroja que integra el directorio de, al menos, una decena de empresas. Preside la mayoría. Hay de rubros varios, desde inversoras financieras a inmobiliarias. La principal, VBR Group, sociedad que declara un capital de $ 9,8 millones, según un edicto publicado el 13 de marzo de este año. También, encabeza Fagral, la razón social detrás del Hotel Savoy, del que es accionista. Lo más grande de su portfolio gastronómico, hoy, es La Madelaine, El Parque Cervecero y Bice. Además, es dueño de La Esquina Carlos Gardel y Tango Porteño, que ofrecen cena y show de tango. Es lo más visible de sus negocios. Hasta no hace mucho, sus inversiones daban trabajo a 5000 personas, directa e indirectamente, aseguran en su entorno. Siempre, con extremísimo bajo perfil, eso sí.

“No me puedo lavar las manos. Tengo que asumir”, le anunció a su familia. En realidad, se lo dijo a sí mismo. El 27 de septiembre de 2013, las “diferencias irreconciliables” –según arguyeron los protagonistas– entre Gastón Cogorno (presidente) y Rodolfo Molina (vice primero) detonaron las renuncias de ambos. Angustiado en lo deportivo –estaba último en el campeonato–, apremiado en lo económico –el club iniciaba su año fiscal con un presupuesto deficitario en más de $ 7 millones–, Racing estallaba en lo institucional. “Es mi responsabilidad. Si me voy, el club termina intervenido y se va a la B”, explicó. “En ese momento, era mucho más fácil decir ‘no’ que ‘sí’”, cuenta un testigo de ese momento.

El Boletín Oficial arroja que integra el directorio de, al menos, una decena de empresas. Preside la mayoría. 

No hacía mucho que se había sumado a la vida interna del club. Socio de toda la vida, nunca había tenido actividad política. Lo acercó su hija, Bárbara, a fines de la década pasada. En el verano de 2010, Blanco aportó parte de los US$ 3 millones que se juntaron para comprar a Gabriel Hauche, delantero que, a fuerza de endemoniados piques, desbordes y, sobre todo, goles –en particular, contra Independiente– no tardó en ganarse el afecto de La Guardia Imperial. Pero su contribución no se limitó a la beneficencia. Congenió con Molina, quien, desde 2008, era el primer presidente electo del club en una década, tras el gerenciamiento de Blanquiceleste. Ofició como asesor externo. Cada vez, más involucrado. Lo acompañó en la renovación de autoridades de 2011, como el tercer hombre en la boleta que encabezó Cogorno. Lo demás es historia conocida.

Simple, calmo, lo describen. Transmite serenidad. “Ante la adversidad, más tranquilo está”, se pinta la cara de su moneda. “Es un gran negociador. Un exprimidor. Es muy difícil sentarse con él y sacarle algo. Al contrario”, se lee en la ceca. “Yo elegí ser de Racing”, suele decir él para diferenciarse. Es que, de chico, un tío hincha de San Lorenzo lo llevó a la cancha y él, en cambio, se enamoró de la hinchada rival. Una primera señal. La segunda, un pañuelo albiceleste que, a poco tiempo, le regalaron en una sastrería a la que lo llevaron a hacerse un traje. Cuando, cada fin de semana, su padre le tiraba unos pesos para ir al cine, Blanco enfilaba para Avellaneda. Festejó los campeonatos de 1959 y 1961. Enloqueció con El Equipo de José, ganador local en 1966 y de América y del Mundo en 1967. Sufrió el descenso de 1983. Penó los dos años en la B. Se desahogó con el ascenso de 1985. Revivió con la Supercopa de 1988. Lloró con el paso a paso de 2001. Consagración que testimonió en la cancha de Vélez –donde Racing se consagró– y, después, festejó en el Obelisco. A menos de 100 metros de El Vesuvio, un hito fundamental de su propia historia.

El azar quiso que el domingo tenga una doble oportunidad: gozar otro campeonato y ser reelecto presidente. Se daba por hecho; no se quería presentar. Pero sus colaboradores lo convencieron de continuar. “Si te vas, todo lo que hiciste se desvanece”, insistieron. Es que rivales no le faltan. Pablo Podestá, vicepresidente entre 2008 y 2011, y hombre cercano a Horacio Rodríguez Larreta. También, Daniel Lalín, el presidente que, en 1999, presentó al club en quiebra, la puerta de entrada al gerenciamiento. Y Mariano Cúneo Libarona, penalista de la City que, en los ’90, ganó celebridad mediática con el caso Coppola y, hoy, tiene apoyo de Daniel Vila, el dueño del canal América.

Pero, a Blanco, además del buen presente deportivo, lo apuntala un para nada despreciable apoyo oficial. Por historia y tradición, Racing, tal vez, sea el club más peronista de la Argentina. Y, en el headquarter de Blanco, se oye mencionar –y, en algún caso, se ve– a encumbradas figuras del kirchnerismo: Diego Bossio, Julio Alak y hasta la omnipresente espectro de Máximo K. Nombres que, también, se mezclan con los de conspicuos hombres del establishment y la Corpo, como el del economista Carlos Melconian (de pública identificación con el Pro) y hasta Marcelo Bonelli, uno de los más afamados frontmen del Grupo Clarín. Uniones nunca entendibles para la razón. Tan inexplicables como esa pasión que, según cantan sus hinchas, es el Racing Club de Avellaneda.



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