La historia del empresario que reconstruyó a Racing
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La historia del empresario que reconstruyó a Racing

Víctor Blanco llegó a la presidencia por casualidad. Cómo fue el camino que recorrió para convertirse en quien es hoy en día. Por Juan Manuel Compte 26 de Marzo 2015

 

Casualidad. Francois Marie Arouet, Voltaire (1694-1778), la definió como la causa ignorada de un efecto desconocido. Gracias a ella, Víctor Blanco llegó a la presidencia del Racing Club de Avellaneda. Por ella –River pidió postergar una semana los partidos decisivos–, la definición del Torneo de Transición 2014 coincidió con las elecciones de la entidad. El 14 de diciembre, a la tarde, el 50,85 por ciento de los 9849 socios que votaron le dieron a Blanco un nuevo mandato. Horas después, el gol de Ricardo Centurión a Godoy Cruz detonó la euforia en el Cilindro. La Academia festejó su primer título en 13 años. “La casualidad nos da, casi siempre, lo que nunca se nos hubiera ocurrido pedir”, sentenció otro ilustre francés, Alphonse de Lamartine (1790-1869).

No me puedo lavar las manos. Tengo que asumir”, le anunció Blanco a su familia. En realidad, se lo dijo a sí mismo. Era el 27 de septiembre de 2013. Las “diferencias irreconciliables” –según arguyeron los protagonistas– entre Gastón Cogorno (presidente) y Rodolfo Molina (vice) condujeron a las renuncias de ambos. Angustiado en lo deportivo –estaba último en el campeonato–, apremiado en lo económico –el club iniciaba su año fiscal con presupuesto deficitario en más de $ 7 millones–, Racing estallaba en lo institucional. “Es mi responsabilidad. Si me voy, el club termina intervenido y se va a la B”, explicó. “En ese momento, era más fácil decir ‘no’ que ‘sí’”, cuenta un testigo presencial de ese anuncio íntimo.

No hacía mucho que se había sumado a la vida interna del club. Socio de toda la vida, plateísta de buenas y muchas malas, nunca había tenido actividad política. Lo acercó una de sus hijas, Bárbara. En el verano de 2010, Blanco puso parte de los US$ 3 millones que se juntaron para comprar al delantero Gabriel Hauche. Blanco congenió con Molina, quien, en 2008, fue el primer presidente electo de Racing en una década, tras el gerenciamiento de Blanquiceleste. Ofició de asesor externo. Cada vez, más involucrado. Lo acompañó con la renovación de autoridades de 2001. Fue el tercer hombre en la boleta que encabezó Cogorno.

Hasta entonces, Víctor Blanco Rodríguez –tal cual se lee en su DNI– era conocido, apenas, en el hermético circuito gastronómico. Nacido en Pontevedra, Galicia, el 27 de febrero de 1946, desembarcó con sus padres en la Argentina a los 5 años. Se radicaron en Barracas. A los 14, empezó a trabajar. Consiguió empleo en Bagley. Dividía sus horas entre el secundario y la fábrica. Hizo carrera como administrativo. A los 21, renunció. “Esto no es lo que quiero para mí”, se plantó.

Consiguió empleo como mozo. Derecho de piso que pagó para insertarse en ese cerrado y exclusivo círculo de gallegos que son amos y señores de la gastronomía porteña. Una suerte de logia, en la que ascendió escalón a escalón, grado a grado. Al año, Blanco atendía la caja de un restaurante en Flores. Al poco tiempo, era encargado. “Siempre, fue alguien de absoluta confianza: si le daban $ 1 millón, él devolvía $ 100.000 de más. Nunca de menos”, pondera un ejecutivo hotelero que conoce muy bien su historia.

El mérito se premió con crecientes participaciones accionarias. “Se armaban sociedades de capital. Un líder proponía un negocio, compraba un fondo de comercio y, para pagarlo, le vendía puntos del paquete accionario al resto. Y alguno se hacía cargo para hacerle ganar dinero a los demás, con dividendos”, explica un colaborador suyo, experimentado en el esquema. Así, Blanco llegó a manejar su primer local. Su prueba real de iniciación. Vivía ahí. Literalmente. Cada noche, cerraba, dormía sobre las mesas y, a la mañana, recibía a proveedores. Lo trabajó. Lo potenció. Lo vendió. Era El Vesuvio, heladería en Corrientes y Libertad que, fundada en 1902, es la más antigua del país. El rito se había completado.

De aquella época, cuentan, le quedó una frase: “De ese negocio, viví…”. La usa para referirse al tiempo que cada emprendimiento puso el pan –y varias cosas más– en la mesa de su familia. Otro hábito que le quedó de entonces: asociar a sus empleados cercanos, con participaciones chicas. “Así como a él le dieron su oportunidad, también se la ofrece a otros”, cuenta uno de sus asesores.

Blanco compró restaurantes. Abrió otros. Vendió algunos. Sumó socios. Los dejó. Incrementó su cartera. Creció.  Hoy, su mayor activo hotelero es el Savoy, uno de los más emblemáticos de Buenos Aires. Su portafolio gastronómico va de la exclusividad de Bice, en Puerto Madero, a los más populares La Madeleine y El Patio Cervecero. Además, es dueño de los tango show La Esquina Carlos Gardel y Tango Porteño. Es lo más visible. Hasta no hace mucho, sus inversiones daban trabajo a 5000 personas –directa e indirectamente–, aseguran en su entorno. Siempre, en extremo bajo perfil.

“Es más reformador que emprendedor”, describe uno de sus consiglieri. “Le gusta mucho poner en valor como accionista”, agrega. Menciona como ejemplo los hoteles. Si bien antes tuvo shares, cuenta, Blanco pisó fuerte en el sector después de la crisis de 2002. “La hotelería es una industria muy demandante, que exige una inversión anual de 4 ó 5 por ciento de capex”, explica. Muchos hoteles no recibían desembolsos fuertes desde el Mundial ’78. Arengado por un amigo –alto ejecutivo de la española NH en la región–, Blanco hizo check-in en el Lancaster y el Crillon. Los puso en valor. Hizo lo mismo con Tango Porteño, en el viejo cine Metro, inmueble que MGM tenía en abandono a metros del Obelisco.

“Compra barato y vende muy bien”, virtud que se le reconoce. Los hoteles son, otra vez, ejemplo. En 2005, le vendió su mitad en el Lancaster a NH. Un año antes, había hecho lo mismo con el Crillon. Embolsó US$ 18 millones entre los dos, publicó Ámbito Financiero. “Mucho más de lo que invirtió”, asegura un conocedor de esas transacciones. “Sale poco de un negocio. Pero lo hace muy bien”, valora otro partícipe de esas transacciones.

Simple, calmo, lo describen. Transmite serenidad. “Ante la adversidad, más tranquilo está”, se pinta la cara de su moneda. “Es un gran negociador. Un exprimidor”, se lee en la ceca. “Cuesta sangre sacarle un billete”, asegura alguien que intentó venderle algún proyecto. “Es terrible, rígido...  Nunca enfrenté a nadie como él”, se sincera la fuente, de trato habitual con grandes cadenas. Valora que lo hace con buenas armas: “Para él, la palabra es la palabra: sagrada”.

“Tiene una memoria prodigiosa para los números. Y, como conoce muy bien su negocio, eso le da una ventaja grande. Se pone muy rápido en la cabeza del otro”, lo admira uno de sus confidentes. Despliega recursos, trucos que desgastan a la contraparte. Por ejemplo, toda decisión pasa por él. Pero, a su vez, se maneja con un puñado de hombres de confianza –entre ellos, un muy eficiente abogado– a quienes, súbitamente, suele enviar a reuniones en las que él se ausenta. “Entonces, uno queda incómodo, desencajado. De repente, tiene que enfrentar a varios y sabe que carecen de poder de decisión”, relata una víctima de esos manejos.

“Es duro pero en el buen sentido. Discreto, con muchísimo código”, lo pinta uno de esos ablandadores. Apunta otra particularidad: en un negocio –el gastronómico– en el que la informalidad es menú diario, Blanco, siempre, fue prolijo. “Nunca tuvo conflictos. No entra en juicios. Es muy cuidadoso. Donde ve algo raro, se va”, subraya. Destaca otro rasgo. Si bien pasó momentos de angustia, no dejó que un negocio suyo quiebre. “Cuando le fue mal, prefirió cerrar”, dice.

“No me puedo lavar las manos. Tengo que asumir”, le anunció Blanco a su familia.

“Aprende rápido, escucha mucho. Y no es necio: cuando ve que un negocio va mal, da vuelta la página”, insiste su colaborador. Leading case, Cinema. A fines de los ’80, quedó libre la esquina de Santa Fe y Callao. A Blanco, entonces, se le ocurrió ocupar el local –lo había dejado Casa Scioli– para abrir un bar temático. Estaba rodeado por los cines Atlas, América, Capitol y Grand Splendid. Negoció co-brandings en los que, con la entrada, se ofrecían promociones o descuentos para alguna consumición. Además, era su lugar, se cuenta. Su oficina durante 20 años. Hasta que, pocos años atrás, vio que el negocio gastronómico se polarizaba en lugares muy exclusivos o muy masivos. El modelo pizzería-cafetería tenía la cuenta cerrada. Un día, los dueños le comentaron que tenían otra oferta por el local. Era de McDonald’s. En no más de 24 horas, tomó la decisión.

Cinema exhibió, también, su guión como inversor gastronómico. Pese a contar con el capital, prefiere no ser dueño del local. “Si uno es propietario, se auto-engaña. Para que el negocio funcione, hay que obligarse a que genere, como mínimo, el pago del alquiler”, se le oye decir.

“No se asusta. Es muy paciente”, se enfatiza sobre él. Se resalta que mucho de eso se vio en Racing. Siempre quiso repatriar al emblema, Diego Milito. Pero esperó dos años, hasta el fin de su contrato con el Inter, para hacerlo. En julio, aprovechó una deuda de 525.000 euros del Genoa por Centurión –transferido un año antes, en US$ 1,6 millón– para exigir su devolución. “Mi vida fue de a poquito, de menos cero. Llegué como inmigrante, sé lo que es cuidar el peso”, declaró hace poco a Olé, en una nota en la que, todavía, gozaba la miel del campeonato. Estaba con el plantel en Mar del Plata. Desde otro punto atlántico, un conocido suyo asegura: “Su carrera en el fútbol es la demostración  de su capacidad”. Le augura futuro en FIFA, si se lo propone. Por lo pronto, en el posgrondonismo, Racing (Blanco) ya consiguió la estratégica presidencia del Colegio de Árbitros. Sin descuidar sus negocios, por supuesto. Este verano, se anunció el comienzo de la construcción de la Trump Tower en Punta del Este. Lanzado en 2013 y valuado en US$ 100 millones, recién ahora alcanzó el mínimo de ventas necesario para el inicio de obra: 40 por ciento de sus 157 apartamentos, con precios de pre-venta de US$ 440.000 a US$ 2 millones. La mitad de lo comercializado fue a argentinos. Entre ellos, Blanco. “Un ejemplo claro de lo que es como inversor: entró recién ahora, cuando la torre llevaba dos años sin arrancar”, ilustra un testigo de la operación.

Nota publicada en la edición de febrero de la revista Apertura.



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