Douglas Casey: “Esta depresión es peor que la de 1929”
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Douglas Casey: “Esta depresión es peor que la de 1929”

Best-seller global, cada vez que aterriza en la Argentina lo escuchan los empresarios más influyentes. Definiciones de un “anarco-capitalista”.

Por José Del Río e Ignacio Federico 31 de Julio 2013

 


Fue compañero de clase de Bill Clinton. Se graduó de economista en 1968 en la Universidad de Georgetown, Estados Unidos, y, desde allí, hizo una carrera basada en lo que él denomina “romper las reglas preestablecidas”. Su nombre: Douglas “Doug” Casey, un hombre que, cada vez que aterriza en la Argentina, convoca a inversores de todo el mundo que llegan, especialmente, para escucharlo. Pergaminos no le faltan. “Crisis investing” fue el libro financiero más vendido en la historia, ocupando el puesto número uno en la lista del New York Times Best Seller por 12 semanas consecutivas. Luego, Casey rompió su record con su nuevo libro, “Strategic investing”. Por días, ya superó las 15.000 copias de “Totally incorrect”.

Tiene más 180.000 seguidores en todo el mundo y, en sociedad con Mauldin Economics, alcanza a un millón de suscriptores. Cigarro en mano, detrás de un humo que, por momentos, lo dejaba oculto, se define: “Soy muy controversial. La gente me quiere o me odia. No doy ningún crédito a las teorías económicas convencionales y establecidas. Creo que son corruptas, estúpidas y contraproducentes”, dispara sin anestesia, y enseguida va más allá: “Digo estas cosas porque, como tengo algo de dinero, puedo hacerlo y no me importa si a la gente le gusta o no. Pero digo lo que creo que es la verdad”.

Douglas Casey - IMG¿Cuál es más? ¿La gente que lo quiere o la que no?
Cuando doy un discurso, nadie queda en el medio. Creo que un tercio, realmente, me quiere y el resto me odia. Eso me parece interesante. Pero es por mi punto de vista, no por algo personal. Soy muy encantador cuando llegan a conocerme. No insulto a la gente, sólo las ideas. Me gusta la gente.

Lo llaman anarquista. ¿Se considera tal?
Absolutamente. El problema es que los anarquistas tienen mala reputación por culpa de algunos imbéciles que se llaman así y, en realidad, son socialistas o comunistas. Pero no se puede ser anarquista y socialista al mismo tiempo porque el anarquista no cree en el control del Estado. Mucha gente no entiende lo que es. Les gusta la idea romántica del anarquismo pero no lo son. Los anarquistas no son gente con capa negra, poniendo bombas. El anarquista es gentil. No creemos en la coerción organizada, ni en el Estado, ni en guerras, regulaciones, confiscaciones, impuestos. Somos malentendidos.

Pero, también, es un creyente del libre mercado y del capitalismo...
No es un “también”. Van de la mano.

Pero no es lo común...
Porque la gente usa el término impropiamente. Piensa que el prefijo “a” es violencia y caos. En realidad, quiere decir que el mercado decide las cosas, no el Gobierno. Es muy confuso. Capaz haya que buscar una palabra diferente porque es una cuestión semántica: en los Estados Unidos, en el siglo XIX, hubiese sido llamado liberal pero, hoy, un liberal es un socialista. Capturan las palabras y las corrompen, como pasa con “anarquista”. Me gusta que me llamen “anarco-capitalista”.

¿Por qué, según su visión, cree que el mundo está en crisis?
Visité 175 países. Viví en 12 –incluyendo la Argentina– y el mundo está en lo que llamo la “greater depression” (“mayor depresión”). La de 1929 fue la Gran Depresión. Pero esta es peor, mucho peor. Además, la última fue por ciclos creados por los bancos centrales. Y los gobiernos no sólo están haciendo algo mal, sino totalmente lo opuesto a lo correcto.

¿Cómo cree que evolucionará la crisis?
Soy muy optimista. La persona promedio, si bien está corrompida, entiende que tiene que producir más de lo que consume y hacer la diferencia, si no, se queda sin nada. Entonces, la persona promedio es productiva y ser productivo crea capital. Mi optimismo se basa en que 7000 millones de personas tratan de hacer eso. Algunos, con éxito. Otros, no. La segunda razón es la tecnología: hay más científicos e ingenieros vivos que los que hubo en toda la Historia. Mientras haya capital para crear cosas, la situación irá mejor. Por eso, en el largo plazo, soy optimista.

¿Y en el corto o mediano?
En los próximos años (cinco, 10 o 15), habrá una gran depresión. Será un período de tiempo con distorsiones y asignaciones erróneas (“misallocations”) de capital, causadas por la intervención del gobierno, con impuestos, regulaciones, políticas monetarias. Hay que parar eso. Pero no vimos todo. Estamos en el ojo del huracán que empezó en 2007. Aún, hay que atravesarlo. Se volverá peor y durará más.

¿Cree que la inflación es una enfermedad que se curó en el resto del mundo?
No. Los gobiernos deprecian su moneda. Empeorará. Y la Argentina no es el único con problemas. Hay US$ 7/8 billones fuera de los Estados Unidos. En ese caso, la gente no está obligada a tener dólares, sólo le es conveniente. En algún momento, volverán a los Estados Unidos, donde el Gobierno puede imprimir indiscriminadamente. Habrá una inflación catastrófica. Y esta gente, con los US$ 7/8 billones... No sé qué hará. Será como tener un peso argentino.

Y, como defensor de la libertad, ¿qué piensa de la Argentina, donde todo es control, cepo y restricciones?
Empobrece al país pero, también, al ciudadano promedio. Es un error trágico. Este país debería ser el más rico del mundo y podría serlo rápidamente porque las cosas cambian a gran velocidad. En 1946, Hong Kong no tenía recursos y bienes, nada más que chinos pobres; un desastre. Y es lo que es ahora por el libre mercado. La Argentina debería seguir sus pasos.

¿Por qué “Totally incorrect” es el título de su último libro?
En los Estados Unidos, tenemos el término “politically incorrect” y, cuando lo escuché por primera vez, en los ’80, pensé que era un chiste. Pero no. Realmente, se cree que se puede ser políticamente incorrecto. Es como los soviéticos solían decir: ser ideológicamente incorrecto, ideológicamente desconfiado. Para mí, los socialismos y fascismos son veneno. Empobrecen al ciudadano promedio. No creo que el Estado deba existir. No quiero cambiar el gobierno porque la gente se corrompe cuando llega al poder… Creo que el Estado es un anacronismo, es innecesario y obstruye. El mejor Estado es el de Hong Kong: no hace nada. Yo creo en las relaciones voluntarias, no en usar armas para que la gente haga las cosas.

¿Por qué halla atractiva a la Argentina, si no encaja con su ideología?
Por un proceso de eliminación. No me gusta estar en los Estados Unidos. El Gobierno está en el mismo camino que la Argentina en los ’40 o ’50 y es muy peligroso. No quiero estar allí. A uno, lo tratan como a una vaca lechera, es propiedad del Gobierno. Y no quiero ser una vaca, ni lechera ni de carne. Pero Europa está peor y tiene más problemas. Será la mascota de China en un par de años. Es linda para visitar, no para vivir. África, si uno es joven y quiere hacer US$ 1000 millones, es el lugar ideal. Pero no quiero. Oriente me gusta pero el problema es cultural, es difícil integrarse. Entonces, queda América latina. Desde el punto de vista económico, el mejor país sería Chile, seguido de Colombia. Pero, culturalmente, no. Por eso, terminé en la Argentina: me gustan los espacios abiertos, el clima, su cultura.

Pero usted suele decir que no está bien elegir el mal menor porque sigue siendo un mal, como pasa cuando se vota.
Eso es así: el mal menor sigue siendo un mal. Por eso, no voto y aliento a la gente a que no lo haga. Porque sólo alimenta de poder a los políticos.

¿Qué futuro le depara a la Argentina?
Tengo mucho dinero en la Argentina, como US$ 20 millones, y, a veces, me siento un idiota. Pero me gusta el país. Es el que más tradición liberal tiene en la región y el más internacional y sofisticado. Pero debería cambiar sus políticas para atraer inversiones. Yo compré hace unos años, cuando era barato. Por eso, me siento bien. Si pierdo el dinero, no cambiará mi manera de ver las cosas.

Si hubiera llegado este año, ¿hubiese invertido?
Me gusta comprar barato. Cuando la gente tiene miedo, uno debe ser valiente. Y a la inversa. Hoy, muchos le temen a la Argentina. Entonces, sí consideraría invertir. Pero es riesgoso. Nunca se sabe qué pasará con este país. Si tuviera que invertir hoy, sin tener en cuenta África, iría a Burma (N. de R.: actual Myanmar). Lo dije hace cinco años, cuando todo estaba mucho peor. No me asustan los países que tienen problemas políticos.

¿Es un momento caro para comprar?
Nadie sabe. El que es dueño no quiere vender porque sería en pesos y nadie los quiere. Es difícil saber cuál es el precio real. No hay un libre mercado de moneda. El momento era 2002. Nosotros compramos en 2005, que, todavía, estaba barato. Estamos bien.

¿Qué espera de las commodities?
Ya no son baratas. La mejora en agricultura es el ganado. Teníamos cero vacas. Ahora, 2000 y queremos llegar a 10.000. Y, para ese entonces, ojalá haya de nuevo libre mercado ganadero.

¿Invertiría en oro?
No diría “invertir”. Uso esa palabra para referirme a usar capital para crear más capital. Y, al comprar oro o plata, se preserva el capital, no se lo crea. Y se especula con que los precios aumentarán. Hoy, no están baratos; lo estaban hace 10 años. Pero, igual, compro todos los meses porque el oro es el único activo financiero que no es simultáneamente el riesgo de otro. Sobre todo, en un mundo en el que hay US$ 1 trillón en dividendos, que es un papel. No es seguro.

¿Cree en el dólar?
No. Como otras monedas, alcanzará su valor intrínseco. ¿Y cuál es el del dólar? La insegura obligación del gobierno de los Estados Unidos, que estará quebrado. Japón también será un desastre porque está imprimiendo otra vez. China tendrá problemas económicos. Esa es otra razón por la que me gusta la Argentina: porque está out of the way (fuera del camino): me gusta ver estas cosas por TV desde Cafayate y no verlas en vivo.

¿Por qué sus libros son best sellers?
Se venden porque digo cosas con las que la mayoría de la gente coincide pero que tiene miedo de expresar. 



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