El número puede engañar. Una caída del 2,5 por ciento del PBI en el año en que el mundo sufrió de lleno las consecuencias de su peor crisis financiera en 70 años podría sonar entendible, y más aún cuando esa economía ensaya la recuperación. Pero, si se piensa en la velocidad que traía el nivel de actividad en los últimos seis años, con tasas de crecimiento promedio del 8 por ciento, el impacto de semejante desaceleración cobra otra relevancia. La recesión sufrida este año dejó su huella en muchos sectores, potenció la conflictividad social –por el incremento de la pobreza y el desempleo– y acentuó varios problemas de fondo sin resolver que seguirán latentes en 2010.
No obstante, la buena noticia es que el mundo vuelve a jugar a favor de la Argentina. El “viento de cola” que determinó la suerte del kirchnerismo está soplando otra vez, impulsado por la demanda sostenida de commodities de China y la India, que casi ni se enteraron de la crisis mundial. Ello permite a los economistas proyectar tasas de crecimiento del 3 por ciento promedio para el año que viene, gracias a la buena cosecha de soja esperada (60 por ciento superior a la de la anterior campaña, afectada por la sequía), la debilidad del dólar (que devolvió competitividad al tipo de cambio sin necesidad de devaluar) y el empuje que representa el gran momento que atraviesa Brasil. La recuperación traerá aire a las cuentas fiscales y permitirá al Gobierno –si no ocurre ningún hecho inesperado en el mundo, claro– sobrellevar la situación sin tener que atacar de raíz las debilidades que acumula el modelo, evalúan los especialistas. Algo así como seguir barriendo la tierra bajo la alfombra. O dejar que el costo del ajuste lo pague la próxima administración.
¿En qué rincones se está pasando más la escoba? La inflación aparece al tope de la lista. Con un aumento de precios que navega entre 13 y 15 por ciento anual (más de un punto mensual), la consigna de que la propia recesión resolvería el problema inflacionario no se cumplió este año. Para 2010, las presiones alcistas aumentarán por la recuperación del consumo y la distorsión de precios relativos que sigue encerrando la economía, alertan los expertos.
El incremento del gasto público, que crece al 30 por ciento anual (entre enero y octubre, sumó $ 191.000 millones, frente a $ 148.600 millones del mismo período de 2008, según Econométrica) es la otra bomba de tiempo que el matrimonio K viene cebando, y cuya reducción encuentra serios escollos en el actual contexto político. Mucho tiene que ver, además, con la aceleración inflacionaria registrada desde 2006. Si bien el problema no estallaría el año próximo –y menos aun si se logra colocar nueva deuda–, su dinámica abre serios interrogantes más allá de 2011.
La debilidad fiscal de las provincias, en cambio, sí enciende luces de alerta inmediatas. Las 24 jurisdicciones –provincias más Capital Federal– cerrarán este año con un déficit primario (antes del pago de intereses) de $ 13.400 millones, que se elevarán a $ 16.400 millones luego de cumplir con sus compromisos, según la consultora abeceb.com. El fantasma de las cuasimonedas se paseó durante gran parte del año por unas cuantas gobernaciones y aún permanece expectante.
Mientras tanto, la desconfianza sigue siendo el rasgo saliente del entorno económico. Dos datos lo certifican: la fuga de capitales entre abril de 2007 y octubre último ascendió a US$ 46.000 millones –casi el mismo nivel que las reservas del Banco Central–, y se revirtió recién cuando el Gobierno anunció la reapertura del canje de deuda, para resolver la situación de los holdouts. La devaluación de dólar también puso su grano de arena para aplacar la salida de fondos, que fueron financiados durante dos años y medio por el superávit comercial. El otro dato que refleja la desconfianza hacia los manejos económicos K es el desplome de la inversión, que este año bajará entre 12 y 14 por ciento respecto de 2008, ubicándose en un 20 por ciento del PBI. Un porcentaje que le pone un techo al crecimiento.
Ix2 “La agenda para el año que viene tiene una doble i: inflación e inversión”, sentencia Ricardo Delgado, director de la consultora Analytica. “El PBI crecerá un 3 por ciento el año próximo. Estimábamos un 2 por ciento hasta la asignación del beneficio de $ 180 por hijo, que agregará casi un punto del producto”, señala. Pero aclara: “La inversión se recupera muy despacio. Está por debajo del 20 por ciento del PBI y eso es muy poco para crecer al 5/6 por ciento”.
Según Delgado, en el derrumbe de la inversión –que será del 15 por ciento en 2009– no sólo influye el factor desconfianza. “Hay un problema de demanda, vinculado con la creación de empleo y con el poder de compra, por el deterioro del salario real”, explica. Por eso, estima que la recuperación del consumo se concentrará en los segmentos medio-altos, y que el desempleo estará en torno a 9 por ciento.
“El ruido político influye en las decisiones de inversión de largo plazo. No observo que la Argentina pueda recuperar posiciones relevantes en el mapa de inversión internacional como hoy tiene Brasil o, incluso, Colombia y Perú”, redondea.
Maximiliano Castillo, director de la consultora ACM, coincide en que la recuperación de la inversión será “muy magra”, porque el clima de negocios sigue deprimido. “Están pendientes una solución consistente para los problemas del sector agropecuario, como así también los marcos regulatorios de los servicios públicos, asociados con la redefinición de las tarifas”, enumera. “La forma en que el Gobierno vaya atendiendo estos desafíos tendrá una influencia crucial sobre las perspectivas de inversión”, indica.
Con todo, Castillo prevé una expansión del PBI de 3,3 por ciento por el dinamismo exportador, “justificado en la perspectiva de la cosecha agrícola y la recuperación de la demanda internacional de algunos productos industriales, como los autos”, dice. Las exportaciones superarán los US$ 64.000 millones el año próximo, según proyecta abeceb.com, y el superávit comercial rondará los US$ 16.000 millones, igual monto que en 2009.
Para Luciano Laspina, economista Jefe del Banco Ciudad, el clima de inversión es más negativo hoy que hace tres años –cuando las medidas de intervención que tomaba el Gobierno no eran tan distintas, después de todo– porque la fragilidad macro aumentó. “La Argentina pasó de tener dos puntos de superávit fiscal consolidado (Nación más provincias) en 2008 a tener dos puntos de déficit este año. Y no parece que ese déficit tenga un carácter coyuntural, como ocurre en otros países de la región”, alerta. “El modelo mutó de uno en el cual la política fiscal era el ancla salvadora de las desprolijidades que había en todos los frentes, a otro distinto, donde ese ancla desapareció”, explica.
Laspina cree que, si bien las condiciones de solvencia no están en duda, porque el ratio neto de endeudamiento argentino es bajo, la película fiscal proyecta un final poco feliz. “El crecimiento del gasto tiene componentes estructurales, como salarios en provincias y subsidios más gasto social en la Nación. Sólo la mitad del déficit es coyuntural”, argumenta, y recuerda que la presión impositiva “está en el record histórico”. Según el IERAL de la Fundación Mediterránea, en 30,7 puntos del PBI.
Más allá del canje Juan Miguel Massot, director del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad del Salvador (que prevé un piso de crecimiento del 3 por ciento), también pone el acento en el aspecto fiscal. “Un crecimiento de 30 por ciento anual no es sustentable en los próximos dos años, más allá de que se hagan amigos de los mercados”, lanza, en referencia al canje. Y apunta que el conflicto social impide ponerle freno a la dinámica expansiva, aun cuando en octubre último el aumento haya cedido al 18 por ciento interanual.
Según Massot, el problema central está en las provincias. “Si no emiten bonos el año que viene, lo harán el otro. No están en condiciones de afrontar discusiones salariales del 15 ó 20 por ciento”, dice.
“Este es un gobierno gastador, ni procíclico ni anticíclico. Es probable que la meta de 12 por ciento de aumento del Presupuesto sea vulnerada”, opina Delgado. En la óptica de Ramiro Castiñeira, economista de Econométrica, el mercado descuenta que el canje de deuda será exitoso, y la Argentina podrá volver a colocar bonos en forma voluntaria. “Como ya no hay superávit fiscal, lo más urgente es asegurar el financiamiento, para despejar la duda de que se cumplirán los compromisos el año que viene”, sostiene. “Si no, vuelve la salida de capitales”, advierte.
Y aunque comparte la preocupación por la dinámica del gasto, no deja de observar que el mercado “parece” no hacerse problema por ahora, siempre que haya financiamiento. ¿El germen de los 90?
“Si no se consolida la posición fiscal, inexorablemente volverán las dificultades para el financiamiento voluntario”, se suma Castillo. El superávit fiscal primario concluirá 2009 en menos de un punto del PBI, y tras el pago de intereses el resultado financiero mostraría un rojo de $ 15.000 millones, financiado con colocaciones de deuda intra-estatal.
Animal suelto En tanto, la inflación cerrará en niveles cercanos al 15 por ciento, y para 2010 ese será su piso. “Se acumularon atrasos en precios que generan una inflación inercial fuerte, las expectativas rondan el 20 por ciento y eso pone una presión enorme sobre las discusiones salariales”, afirma Laspina. Sin haber detenido nunca su marcha, el animal se puso a caminar más rápido a partir del tercer trimestre del año.
“Si se quiere mantener un tipo de cambio competitivo, la política fiscal debe ser muy prudente, caso contrario se ceba la demanda”, apunta Castiñeira, que también ve al índice de precios entre 15 y 20 por ciento en 2010.
Para Massot, es clave el rol del Central. “La demanda de dinero está planchada. Si emite un milímetro más, se hará una bola de nieve. Es importante que cierre los grifos”, subraya. Pero el Gobierno no sólo intervino en 2007 el Indec para alterar las estadísticas, sino que jamás reconoció el problema. Para los economistas, hay que ponerlo de una vez en el centro de la agenda. “Un programa de estabilización de precios, que coordine las expectativas de corto con las de largo plazo, rápidamente permitiría tener una inflación del 5 por ciento anual”, sostiene Delgado. “Pero lo más probable es que tengamos una del 20”, aclara.
¿Puede la inflación ser una piedra en los engranajes de la reactivación? Las condiciones externas lucen tan favorables que, salvo que ocurra un nuevo temblor global (no descartado todavía), la Argentina no debería tener problemas en recuperar su nivel de actividad. El empujón le permitiría eludir el gran riesgo del círculo perverso que describe Laspina: “La inflación genera tensiones sociales, las tensiones ponen presión al gasto público, y el gasto puede terminar siendo financiado con emisión monetaria”.
Como siempre, depende de lo que haga el Gobierno. Porque a la suerte, dicen, hay que ayudarla.
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