18 de Diciembre de 2009 - 13:06 | Style
Crónicas de Hong Kong o la otra China
Mezcla de pasado y futuro. Mercados bulliciosos donde conviven mariscos y patos con zapatillas, electrónicos y carteras. Apasionante contraste entre los tiempos británicos y la actualidad china a través de una ciudad que es mucho más que esa descripción del caos. Un mundo de luces, sensaciones y reflejos.
>> por José Del Rio
  
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Quienes  aterrizan en Hong Kong deben estar dispuestos a vivir China de una manera distinta. Ciento cincuenta y cinco años de dominio británico (1842-1997) dejaron su sello en este archipiélago que se esparce en el delta del río Perla, sobre la costa sur del Mar de China, y en el que el inglés se entiende con facilidad. Posee 260 islas, de las que sólo diez son habitadas, y entre las que Hong Kong está a la cabeza en cuanto a reconocimiento internacional y densidad de población. El estilo es no menos particular. Después de las cerca de 30 horas de vuelo necesarias para conectar Buenos Aires con el nuevo aeropuerto, conocido como Chek Lap Kok, las grandes torres, montañas y obras edilicias sorprenden por su tamaño. También las costumbres que, a través de la conexión de Air Canada, desde Toronto, empiezan a sentirse al momento del tradicional pollo o pasta del vuelo. Será el tiempo de los nudles, de los sonidos particulares de los vecinos y de hasta un escarbadientes que llega en la bandejita y que forma parte de uno de los hábitos de educación oriental. El nuevo aeropuerto de Hong Kong es, junto al gran río artificial de Libia, uno de los dos proyectos de ingeniería más costosos de toda la historia y logró reemplazar al aeropuerto internacional Kai Tak, cerrado en 1998, que era considerado uno de los más peligrosos del mundo.

Hoy, recibe hasta 35 millones de pasajeros por año y se convirtió en el ganador de los principales rankings internacionales de seguridad aeroportuaria. Esa es otra de las características que uno reconoce desde el comienzo. La mirada de largo plazo y el tesón para reconvertir las adversidades son valores que los ciudadanos de Hong Kong se preocupan por destacar en todo momento, al igual que sus diferencias respecto de China, repetirán una y otra vez quienes habitan la isla. Las grandes torres corporativas conviven con edificios de baja altura y los complejos en los que la densidad de población supera la media conocida se atenúan con templos sumidos en su trayectoria y religión. Sus mercados se mueven con sus propios códigos. Los relojes y carteras se encuentran por doquier, atiborrados entre mariscos y frutos del mar. Los patos reposan cabeza abajo, esperando a los consumidores que, luego, los servirán así de completos para demostrar que se está ingiriendo lo que se promete. Algo similar ocurre en los mercados de peces, donde los consumidores los eligen desde grandes peceras y pasan sin escala de su vida artificial a una bolsa de shopping, preludio de su posterior cocción. Los ojos de los peces son la clave distintiva para quienes buscan frescura, advierte uno de los comerciantes. El regateo de compra es un ritual para propios y ajenos. Pelea en puerta, se pueden conseguir descuentos de hasta el 50  por ciento sobre el precio inicial pero, para sorpresa de muchos, las imitaciones llaman la atención por la ausencia de detalles importantes y los electrónicos no son tan competitivos como uno imagina. Los precios están, en promedio, un 35 por ciento por encima que en los Estados Unidos, y las particularidades del idioma llevan a que, en el caso de los electrónicos, sea mejor negocio adquirirlos en el país de origen.

Los festejos del Año Nuevo chino suelen liderar el ranking de celebraciones con visitantes de todas partes del mundo, aunque también se recomiendan los festejos del cumpleaños de Confucio.

La línea gourmet ha ido variando con el tiempo y, si bien hoy se sigue manteniendo como el alto de gama de un almuerzo o cena de negocios la sopa de aleta de tiburón o el nido de golondrina, también aparecen nuevas tendencias globales. Por caso, la exclusiva apuesta molecular, que ya hizo furor en Nueva York, encuentra en Hong Kong una inolvidable versión local.

Por otra parte, si usted es cabulero, seguramente regresará con nuevos vicios. Por ejemplo, en el hotel Harbour Plaza, uno de los más reconocidos de la isla, encontrará el 13 entre los deseados pero no formará parte del ascensor el cuatro (su fonética lo remonta a la palabra muerte-) ni el 14, que simboliza malos augurios para la superstición china, país del que Hong Kong volvió a ser parte en 1997. El 8, en tanto, es símbolo de prosperidad. De ahí una de las principales diferencias: el bridge, las apuestas y los caballos son sólo algunas de las pasiones heredadas de los británicos, al igual que los double deckers, el hábito de conducir por la derecha y los castigos económicos para todo aquello que no respete el marco legal.

Los habitantes de Hong Kong festejan sus privilegios. Por ejemplo, a protestar en público o a criticar a sus representantes, algo totalmente prohibido en la China tradicional. “Un solo país, dos sistemas”, es la forma en la que Alex Cheung, el guía que acompañó con su excelente español a los periodistas argentinos, resumió la fórmula para mantener un sistema capitalista bajo los parámetros de una ideología comunista. “Capitalismo total. Aquí vendemos todo”, repetirá una y otra vez en el marco de la apasionante visita para intentar describir cuáles son las principales diferencias culturales.

Los imperdibles de un lugar exótico
Hay algunos signos distintivos de este “capitalismo total” que pueden cuantificarse. Por ejemplo, Hong Kong es la ciudad que tiene más Rolls Royce per cápita en el mundo, posee el mayor show estable de luces y sonidos (según el Guiness) y su Bolsa de Comercio es la segunda más importante de Asia, muy cerca de Tokio. La organización gubernamental se asemeja a la del mundo corporativo. Por el momento, es un CEO quien administra el territorio hasta que, en 2047, migre del actual sistema de región administrativa especial a la que rige en China. Contra los pronósticos, hay también otro dato que marca a las claras el poder adquisitivo de sus habitantes: cuenta con 13 locales Gucci, además de una tienda Louis Vuitton que figura en el top tres de los más grandes del mundo. Las propiedades, aunque la tierra es del Estado, forman parte de uno de los bienes más preciados y se ha llegado a quebrar un nuevo récord en los valores pagados, según el propio Financial Times. Los economistas suelen hablar de bienes escasos, y de eso se trata cuando se considera que hay sólo 1.100 kilómetros cuadrados para más de siete millones de habitantes. Las diferencias están a la orden del día. En el mismo territorio hay infinidad de edificios pintorescos que datan de los ‘70 y donde la ropa de sus habitantes se cuelga de las ventanas como una manera de ganar espacio. También hay grandes rascacielos que, por las noches, se iluminan dando lugar a un show de música y luces de neón que sólo puede apreciarse desde un barco que surca las aguas de cara a la isla. Rara paradoja de esta tierra, los habitantes de Hong Kong no tienen permitido subir a esa sinfonía que ocurre todos los días desde las ocho de la noche. Allí, los reflectores iluminan a unos 30 rascacielos y a ambos lados del río que divide la isla de la península de Kowloon. Los colores varían en función de la música y el marco es realmente imponente. Allí es donde aparece una de las postales más reconocidas de Hong Kong. Los celulares y I-Pods pueden sincronizarse dentro del ferry para dar lugar a la imaginación.

Otro de los grandes atractivos de esta ciudad es visitar el Big Buda, como llaman al gigante de bronce que pesa unas 210 toneladas y que se erige a unos 26 metros de altura. Aunque parece milenario, fue construido en 1993 y se ubica en el Monasterio Budista de Po Lin, encaramado en la cima de una montaña de la isla de Lantau. Varios gift shops estilo Disney, la cadena de cafeterías Starbucks y otros negocios de recuerdos dejan entrever el atractivo de esta actividad en la que se pueden tomar las mejores fotos a través del teleférico con piso de vidrio que permitió acortar las distancias entre la ciudad y la fe.

El tranvía centenario es otro de los must que hay que conocer al visitar Hong Kong. Sube por la ladera del monte Victoria a más de 550 metros de altura y permite descubrir otro de los grandes puntos de interés de esta ciudad: su vista. El Centro de Convenciones, la obra encarada por el argentino César Pelli, y algunos de sus principales templos pueden ser descubiertos desde este lugar tan exótico. Construido en 1847, el templo taoísta es uno de los más antiguos de la isla, rinde tributo a los dioses de la literatura (Man) y de la guerra (Mo) y constituye otra de las visitas obligadas. Enormes campanas de incienso yacen en el lugar y cuenta la leyenda que los deseos se cumplen cuando uno allí los pide. Existe también una particular lapicera gigante que, se supone, ilumina a grandes y niños al momento de estudiar. Como reconocimiento, los feligreses dejan grandes cerdos, frutas, verduras y hasta dinero.

Pero, si de dinero se trata, tanto los habitantes como los turistas de Hong Kong encontrarán infinidad de oportunidades. La tierra de Lamma es el lugar donde la paz de los pueblerinos coincide con la falta de infraestructura. Las casas sobre pilotes, la venta de productos de mar y la benevolencia de sus habitantes constituyen otras marcas distintivas. Los precios son muy accesibles, pero habrá que acostumbrarse a la falta de condiciones de salubridad.

Luego llega el tiempo para otro de los must: los mercados locales. Desde el de las Flores, donde los turistas utilizan la particular escenografía para fotografiarse, hasta el de los pájaros, donde las mascotas se eligen desde jaulas en las que no falta ninguna especie. El Ladies Market constituye la oportunidad imperdible para el regateo y los regalos de cara al regreso a Buenos Aires. Desde un Mao for export hasta los tradicionales palitos del sushi japonés. Porque, como bien dicen sus habitantes, Hong Kong es la tierra del capitalismo total.

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