08 de Septiembre de 2009 - 13:24 | City
Los hombres de la Bolsa
No sólo el mercado local tiene más de 150 años de historia. También, las casas que nacieron con su fundación. Vida y obra de las sociedades que pasaron la antorcha de generación en generación.
>> por Sabrina Corujo
  
Imprimir Recomendar

Aldazabal, Bagnardi, Corsiglia, Mascaretti y Molinari son sólo algunos de los muchos apellidos de familias que, generación tras generación, guardan un tesoro en común: la Bolsa porteña. No son sólo tradicionales sociedades sino, más bien, parte de la extensa vida de la centenaria institución. 

Basta recordar que la Bolsa de Comercio de Buenos Aires nació hace más de 150 años. Exactamente el 10 de julio de 1854, fecha desde la cual debió sobrevivir a varias guerras, crisis, depresiones y auges económicos, ajenos pero, sobre todo, propios. La familia Aldazabal, por ejemplo, lleva ni más ni menos que cinco generaciones en Bolsa. Rafael Aldazabal cuenta con orgullo que fue de su bi-sabuelo, José, de quien heredó su profesión.

“Llegó a la Argentina a mitad del siglo XIX y se volvió a ir, en 1888, a San Sebastián, teniendo gran parte de ahorros en cédulas hipotecarias. Pero éstas, a fines de ese siglo, perdieron mucho valor. Eso lo obligó a volver a la Argentina para ver cuál era la situación. Y fue, de nuevo acá y ya teniendo experiencia por su actividad comercial, que se instaló en la Bolsa como corredor”, explica Aldazabal. ¿Cuánto tiempo? “No mucho. En cuatro o cinco años, las cédulas recuperaron su valor y se retiró de nuevo a España. Le dejó el negocio a su hijo, mi abuelo. Como suelo decir, José vino a ‘hacer la América’ dos veces”.  Así, el negocio pasa de manos generación tras generación. Hoy, quienes están al mando son los nietos del primer heredero: Pablo Aldazabal, actual presidente del Mercado de Valores (Merval), y Rafael, quien ya incorporó a sus propios hijos.

“Tengo siete varones y tres están trabajando en el negocio”, expresa. Cuenta que uno de los mayores logros de la firma fue haber superado, sanamente, las crisis del ’30, del ’49, el Tequila (diciembre de 1994) y la de 2001.

Otra familia con tradición en Bolsa es Mascaretti. Su historia comenzó en 1910, de la mano de Leopoldo, quien, con sólo 17 años, se volcó al mundo bursátil. De familia de licoreros, Leopoldo contaba en una entrevista con Clarín, muchos años atrás, que poseía el carnet número 2 del mercado. Narraba, con orgullo, que fue el único en el recinto que trabajó con su hijo y su nieto simultáneamente.

Ricardo Mascaretti (hijo de Leopoldo) y su descendencia son quienes hoy están a cargo del negocio. “Prácticamente, nací escuchando hablar de acciones. La Bolsa es mi vida, mi forma de hacer y actuar”, destaca. Al preguntarle por anécdotas, no duda: afirma que tiene guardadas “miles” en su memoria. De hecho, rápidamente, le surge un recuerdo: el de su primera sensación de comerciante. “Fue en Mar del Plata, en un remate muy importante. Mi padre usó mi voz para comprarlo. Lo mismo me pasaba cuando lo veía en la Bolsa y eran los tiempos del mercado a viva voz. Yo gritaba por él. Y había que hacerse escuchar”, comenta. “Es un gran trabajo. Siempre hay que pensar antes que el otro. Es decir, leer hoy el diario de mañana”, agrega.   

Con más de 65 años, Mascaretti no oculta su amor por el mercado. Varios años presidente de la Bolsa y del Merval, además ocupó la máxima silla de la Cámara de Agentes y de la Caja de Valores. Desde adentro, apoyó la evolución del mercado. “Todos los días sigo yendo a la oficina. La Bolsa es mi vida y, ahora, mi gran deseo es que mis nietos también se integren al negocio”, subraya. 

San Martín, Rosas y stock

El primer antecedente de la Bolsa de Comercio fue la Bolsa Mercantil, que tuvo su origen hacia febrero de 1822. Pero fue un intento sin éxito: desapareció rápidamente. En 1841, los comerciantes extranjeros le solicitaron a Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires y encargado de los asuntos externos de la Confederación Argentina, la formación de una Sociedad de Residentes Extranjeros. Tampoco prosperó esa propuesta, aunque sí sentó las bases para lo que vendría.

La Bolsa nació enmarcada en una situación interna muy especial: un país dividido. A tres meses de su fundación, el Estado de Buenos Aires desconoció la Constitución sancionada en 1853 y redactó la propia, en 1854. Las operaciones, no obstante, tardaron en llegar. Las primeras recién fueron a principios de diciembre de 1854, cinco meses después de su inauguración oficial. Al principio, se reducían a cotizar las onzas al contado y a variado plazo. Una curiosidad: su primera casa fue prestada, en San Martín y Cangallo (hoy, Perón). El inmueble era propiedad de la familia de José de San Martín.

Las décadas siguientes, el mercado evolucionó. Y más familias se sumaron. Entre ellas, dos que dejaron su paso: los Bagnardi y los Corsiglia. Mario Bagnardi, actual vicepresidente del Merval, cuenta que su bisabuelo, Francisco, inmigrante italiano, comenzó en 1886, como comisionista de bolsa. Más de 120 años después trabaja la quinta generación del clan, representada por el hijo de Mario y su sobrina.

“Nos dejaron el mejor legado. Heredamos un apellido, una trayectoria y tratamos de darle cada vez más prestigio. Prácticamente, fue nuestra única actividad”, destaca Mario. Su sobrina, Josefina, recuerda que su abuelo la llevaba a la rueda con él. “Está en mi sangre. Toda la familia la mamó”, asegura.

Los jóvenes también llevan la voz en Corsiglia Sociedad de Bolsa. Ignacio Corsiglia, cuarta generación, está al mando en estos días. “Es claro que, para mí, el mercado implica muchas cosas. En especial, el absoluto respeto de la palabra empeñada. Nuestro valor principal es ‘cumplir lo pactado’. Llevamos cuatro generaciones cumpliendo y nuestro capital son los clientes”, afirma.

Esta historia arrancó con Federico Corsiglia, antes de que terminara el siglo XIX. Para llegar al recinto de operaciones, donde los hombres vestían levita larga y galera de felpa, se tomaba el tranvía a caballo. En 1969, en una entrevista, el propio Federico recordó: “Empecé a trabajar a los 15, en 1899, como cadete de un comisionista. La Bolsa estaba ‘donde las paralelas se encuentran’: en Rivadavia y Bartolomé Mitre… Cuando empecé a trabajar en la Bolsa, todavía estaba en la postrimería de las cotizaciones de oro, que siguió hasta la implementación de la Ley Pellegrini”. Entre sus recuerdos, el patriarca destacó los festejos por el Centenario, en 1910. “Ese sí que fue un año de prosperidad”, reflexionó.

La participación de los Corsiglia en el desarrollo del mercado de capitales es muy fuerte. Federico presidió el Mercado de Valores y participó como directivo de otras instituciones del sistema. Su nieto, Luis, fue varios años presidente de la Caja de Valores y de la SGR Garantía de Valores. También, incluso, fue director secretario de la Bolsa y del Merval y, con la llegada de los Kirchner a la Casa Rosada, director del Banco Central. “Mi padre, Luis, recuerda que, cuando era muy chico, iba a visitar a su abuelo, Don Federico, los domingos, después de misa, y estaba pasando él mismo sus libros a ‘pluma y tinta’, con una caligrafía excelente y prolija. Hoy, eso mismo lo superviso yo personalmente. Pero, lógicamente, mediante contabilización absolutamente digital”, une pasado y presente Ignacio, con su anécdota. 

La generación del ’80

Los finales del siglo XIX no fueron fáciles. Puntualmente, la última década y media. Una crisis llegaba y producía un quiebre institucional. El Banco Hipotecario de la provincia de Buenos Aires no respondió a los cupones de cédulas que tenían los inversores y se aceleró la ruptura. Otras entidades también suspendían los pagos y existían corridas, a las que sucedieron las consecuentes quiebras. El país sufría: entre el 1880 y el 1890, el Presupuesto Nacional y de las provincias creció 193 por ciento, mientras que la deuda pública se disparó 200 por ciento en sólo cuatro años. El punto más crítico fue 1892. Luego, de a poco, la recuperación.

Mientras tanto, la Bolsa sobrevivía como podía. Incluso, por un tiempo, sufrió una clausura. Las operaciones de acciones y fondos públicos seguían siendo mínimas. Aunque lo que tenía, claramente, mayor penetración eran las cédulas hipotecarias. Sólo el paso de los años y el boom agrícola-ganadero, ya a inicios del siglo XX, permitieron dejar atrás lo que fue uno de los primeros grandes escollos que se debieron superar. No sería el último. Aún faltaban la Primera Guerra Mundial, la crisis del ’30, la Segunda Guerra y más… Pasaron, así, políticos con sus respectivas recetas mágicas. En el medio, la “casa propia”.

En 1916, ya en su cuarto domicilio, la Bolsa se instaló en su actual ubicación, en Sarmiento y 25 de mayo. Una foto que muchos guardan es la marcha que encabezaron los socios y comisionistas más veteranos del viejo al nuevo edificio, esa tarde del 15 de diciembre. Sin ir más lejos, Héctor Bacqué es uno de ellos. En su oficina, en un lugar de privilegio, se ubica la postal de época, en la que su abuelo y otros miembros de la Bolsa se trasladan por la City hacia la actual casa.

Bacqué es otro apellido sinónimo de la plaza bursátil. Sus inicios fueron en 1896, de la mano de Luis. Luego, se sumó Alberto y, tras él, sus hijos: Marcelo, Luis y Jorge Antonio. Los tres, con una importante trayectoria dentro de las instituciones del mercado. Sus sucesores fue la generación hoy a cargo, la de Héctor.

Héctor ingresó a la firma en 1966. En 1971, con sólo 26 años de edad, obtuvo su inscripción como agente de Bolsa. Punto de partida para una carrera que lo llevó a ocupar la presidencia del Mercado de Valores durante diez años y, actualmente, la del Banco de Valores.

“Hoy, ya trabaja la cuarta generación, representada por mi hija, Chantal”, cuenta Bacqué. “¿Qué es la Bolsa? Fundamentalmente, representa el desarrollo del mercado de capitales. Si bien hoy no es de la fuerza y envergadura que debería, estoy seguro de que, en un futuro cercano, lo tendrá”, expresa su deseo.

Explica que el negocio pasó de su abuelo a sus tíos y de ellos, a él. Sostiene que, al igual que toda su familia, lucha “a muerte” por el mercado. “La solución del país está en un gran mercado de capitales”, asegura. La historia fluye cuando se habla con los herederos. “Fui operador, tanto en mercado electrónico como en el de voceo. Y la realidad es que extraño aquellos tiempos, en los que uno podía estar frente a frente con quien hace la operación. Hoy, en cambio, todo es más frío”, opina Alberto Molinari, actual Tesorero de la Bolsa. Molinari Bolsa también tiene varias generaciones. El padre de Alberto dio sus primeros pasos a principios del siglo XX, cuando se incorporó a una firma como comisionista. En la sociedad familiar, hoy, ya trabajan los nietos que, relata Alberto, “mamaron la profesión del abuelo”. 

Fuentes: Libro del Sesquicentenario de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires; Libro 75 años del Merval; oficina de Prensa del Merval.

Ingrese su comentario
Nombre Código de validación
Comentario
Galeria de Imagenes
Herramientas
del.icio.us
Google
Bookmark
Technorati
Barrapunto
Neodiario
Facebook
Meneame
Yahoo My Web
Fresqui
Barrapunto
Enchilame
Copyright 2008 - Apertura.com - Todos los derechos reservados  
-->