03 de Julio de 2009 - 13:40 | Perfil
Enrique Eskenazi: en qué cree y cómo piensa
Es el timonel del Grupo Petersen. Cuál es su visión del país y por qué entró en YPF.
>> por Juan Manuel Compte
  
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Hoy, Enrique Eskenazi está en boca de todos. En diciembre de 2007, su grupo, Petersen, comprometió US$ 2235 millones para comprarle a Repsol el 14,99 por ciento de YPF. Pero, hasta entonces, el empresario era prácticamente un desconocido para el gran público. Podía saborear un café en el Tabac, tranquilo de que su presencia era intrascendente para el resto de los parroquianos. Eran realmente pocos quienes conocían su cara. La mayoría, apenas, sabía que se había convertido en próspero banquero, gracias a las privatizaciones que encararon varias provincias. Alguno, tal vez, que es ingeniero de profesión, especializado en alimentos, y que había hecho sus primeras armas como ejecutivo en Bunge & Born. Pero la fama le golpeó la puerta, recién, a los 81. Aquí, un repaso por sus principales ideas, que confiesas haber “mantenido durante décadas” y que expresó en más de un discurso.

“Nuestra sociedad debe cambiar”, proclama. “Pertenezco a una generación determinada”, continúa. “Hay generaciones capaces de hacer países, de armar naciones en medio de guerras; otras que pasan a la historia por ser indiferentes; y otras, que son destructivas. Con todo dolor, debo decir que pertenezco a esta  tercera clase: a una generación que llevó nuestro país a la mediocridad,  nos hizo perder rango internacional y nuestro propio respeto”, confiesa, con tono desgarrador. Silencio. Levanta la vista, como buscando inspiración. Encuentra musas en la mitología griega. “Mi generación abrió la Caja de Pandora argentina”, define. “Lo primero que salió fue la ideología, que llenó a toda la sociedad. Después, la cultura de sospecha: todo lo que es exitoso en la Argentina, aparentemente, es sospechoso. Y, además, un sentido de anticompetencia, de no querer ser primeros, salvo, en los deportes. Pero la competencia saca del ser humano lo mejor que tiene para vencer”, avanza con su autocrítica.

Cita a Borges, así como después, mostrando holgada amplitud intelectual, lo hará con Perón. “Borges decía: el mundo existe cuando uno nace. Porque si no nace, no hay mundo. Yo agregaría: el mundo existe y le da a uno un camino para recorrer. Y uno lo llena de yuyos o flores, que son objetivos. Pero son móviles: no hay que esperarlos para ser feliz. Como decían los vedas hindúes, la felicidad, la tristeza o la alegría están en el camino, no en los objetivos”. Agregará que, como se siente en la etapa final de ese sendero, ve las cosas desde otro lugar. “Cuando uno toma un vaso de vino, los mejores sorbos, los de mayor perfume y más gusto, son los dos o tres últimos”.

Recordará un discurso que, 30 años atrás, pronunció en ese mismo lugar, pero como presidente de la COPAL, la cámara de la industria alimenticia. “Fue la primera vez que hablé sobre los empresarios. Dije que había roles. Un rol militar, que debe defender las fronteras. Uno moral, correspondiente a las organizaciones religiosas. Un rol sindical, que tiene que superar el manifiesto comunista y reemplazar la lucha de clases por el diálogo permanente. Y uno empresario: crear riquezas, dentro de la ley y con responsabilidad social”.

Nueva pausa. “En nuestra sociedad, la figura del empresario está denigrada; no es objeto de imitación”, retoma, con sonoro énfasis. “Cuando llegué, hace unos minutos, me saludó una nieta, que vino a escucharme. Pero si le preguntan qué es tu abuelo, seguramente, dirá ingeniero. Jamás, que es empresario”, cuenta, con pena. “Esa figura tiene que ser cambiada en la Argentina”, proclama, una vez más. “Somos todos empresarios: cada uno hace su aporte a la riqueza final. El inversor, el dueño, es un señor que pone el dinero. Pero los que hacen son del CEO para abajo. Esos son los que construyen esa riqueza que sirve para la nación”.

Gente que lave los platos
Las palabras brotan con fluidez, emanadas, quizás, con el orgullo herido de sentirse uno de aquellos que, afirmó, siempre cargan con el peso de la sospecha. No se lo percibe incómodo. Por el contrario, se suelta sobre el sillón. Reposa su cabeza en su mano derecha, con elegancia. Es su estilo: sutil, pero directo. Cortés y tajante a la vez.

“El siglo XXI nos dio una tremenda sorpresa. Comenzamos con un default vergonzoso, aplaudido por mucha gente. Ahora se mira ese terremoto de 2001 y 2002 como si ya pasó: están equivocados. Ese problema, que son todos los pecados y errores que mi generación dejó como herencia, tardará cinco, 10 años más en ser solucionado”, se entusiasma una vez más. “La sociedad está cubierta de incertidumbre y los pueblos que avanzan son los que realmente están seguros de que tienen que triunfar. No con una mentalidad de derrota”, insiste. Evoca el primer centenario de la República, en 1910, cuando la Argentina representaba el 50 por ciento del PBI  de América latina. “Y ustedes conocen cómo estamos hoy... Necesitamos empresarios con ese empuje de quienes armaron la Primera República”, levanta una vez más la bandera.

“La Argentina tiene dos alternativas: nos alejamos y seguimos atrasándonos frente al mundo, o nos sumergimos en la globalización, que nos obligará a ser competitivos y eso hará que empecemos a valorar el éxito, lo que destruirá esa cultura de sospecha que tanto mal hizo a la sociedad argentina”.
“Tenemos que pegar un salto de la democracia hacia la Segunda República. Democracia es poder votar sin fraude. Y en esta democracia juvenil, de escasos 25 años, lo hemos conseguido. Pero necesitamos dar ese salto a la República. Y eso nos obliga a unirnos. Hay una sola clase de empresarios. La única diferencia entre los del campo y los de la ciudad es que los del campo son tremendamente eficientes y los industriales tendremos que seguir recibiendo la colaboración del Estado, para poder crecer, pero con eficiencia”, devela otra punta de su credo.
Sabe que esto dará lugar a la polémica, sobre todo para quienes identifican a Eskenazi con la cercanía al poder. “Como sociedad, tenemos que dejar de hablar tanto de economía y volver a los tiempos de Sarmiento, donde la educación y la excelencia en la cultura eran los temas prioritarios de discusión”, replica desde el estrado. Arenga a creer. “El argentino medio no cree. Siempre espera el precipicio. Pongámonos contentos de cuatro años de crecer al 8 por ciento. Hemos logrado un crecimiento que trae aparejados muchísimos problemas. Si el país no creciera a ese porcentaje no nos faltaría electricidad. Seguramente, tendríamos gas. Pero, como crecemos, esta situación exige la solución de problemas”.

“Pero siempre estamos pensando que todo se derrumba. Preferimos no mencionar lo positivo, sino la crítica feroz. Como cuando uno lava los platos: los rompen quienes los lavan, no los que miran y critican. Necesitamos gente que lave los platos: que se equivoque, que sufra, que tenga angustia, como los empresarios al iniciar nuevos negocios”.

Suspira. Cierra los ojos, por menos de un segundo. Retoma enérgico. Subraya cada palabra con su puño derecho. “Debemos creer en el Poder Judicial. Es el único que puede garantizar la seguridad jurídica. Dirán que soy oficialista. Pero, en mi vida, he tenido una Corte Suprema tan independiente como la actual. Tenemos que creer en el Poder Legislativo. Sencillamente, porque lo votamos todos. Y no llevar la República a las calles, las plazas o las rutas. Esta democracia puede ser república si se respeta la ley y la Constitución”.

El último fuego, reservado a la defensa del Poder Ejecutivo: “Tengo que creer en él y no me interesa su partido político. Se eligió un líder, por mayoría de votos, nos guste o no. Y ese líder tiene que ser acompañado por los empresarios. Tenemos que colaborar y criticar, pero no sólo criticar, algo en lo que nuestra sociedad es maestra, porque nos volvemos destructivos”.

Se apasiona, pero no se altera ni violenta. Justifica sus palabras, no en su interés particular, sino en el colectivo. “Necesitamos creer en los poderes del Estado para hacer esa Segunda República”, enfatiza, ante el Bicentenario que amanece. Dice que la compra de YPF es su aporte a ese histórico momento. “Era recuperar algo de la Primera República. Necesitamos levantar el ánimo, avanzar. Soñar con una Argentina grande”, asegura. “De energía conozco muy poco”, aclara, con tono ingenuo pero no inocente. Es que, hombre de negocios a fin de cuentas, hasta el altruismo tiene afán de lucro: “Cuando al multimillionario Paul Getty le preguntaron cuál fue su plan para triunfar, contestó: levantarse muy temprano, trabajar hasta muy tarde y tener un pozo de petróleo muy redituable”.

Comentario (1)
por sofia aldana
Me encantaria conocer al sr. eskenazi, para preguntarle como se hace tanto dinero,obviamente trabajando, y como se vive con tanto dinero. Yo tengo un prestamo en el banco suyo del nuevo bersa y me cuesta tanto pagarlo. Cuento, mes a mes, las cuotas que pago. Cuando lo puedo renovar hago mucho con el dinero a pesar que soy jubilada provincial y cobro escasos pesos. ¿Sera que me contestaran? Gracias
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