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Por Jane Sasseen La enorme victoria obtenida por el senador Barack Obama en la carrera presidencial provino del respaldo de votantes desesperadamente infelices con el estado de la economía y el deseo de una nueva dirección. Muchos en los negocios, sin embargo, todavía ven la elección con precaución (a lo mejor los mercados también lo hacen: el Dow cayó más de 400 puntos el día después de la consagración de Obama). De hecho, si se toma como muestra un sondeo de la revista Chief Executive, Obama tiene un gran trabajo por delante para atraer a los ejecutivos estadounidenses. El estudio realizado entre 751 CEOs y publicado en octubre mostró que el 74 por ciento teme las consecuencias de su presidencia, contra sólo un 19 por ciento a quienes les preocupaba la presencia de John McCain en la Oficina Oval. Motivos, el énfasis de Obama en el gran gobierno y sus planes para captar capitales de impuestos de los que más ganan pueden amenazar el crecimiento y la creación de puestos. También temen que no entienda los vínculos entre el comercio y el crecimiento y que no sea lo suficientemente agresivo para solucionar la inmediata crisis energética de su país. Quienes lo respaldan argumentan que cosechó mucho más apoyo entre los líderes de negocios que cualquier otro candidato demócrata: Warren Buffett o el CEO de Google, Eric Schmidt. Penny Pritzker, la heredera de Hyatt que condujo las finanzas nacionales de su campaña, utilizó sus extensos contactos en el mundo de los negocios para asegurarle el apoyo de los máximos ejecutivos. La asesora dice que la estrategia consiguió una red de cientos de líderes de negocios a los que Obama acudió por consejos, además de fondos. Los CEOs con los que se reunió están impresionados. “Obama entiende la importancia de invertir en la gente y las ideas, y la tecnología que ellos crean”, dice Schmidt, de Google. Los ejecutivos y grupos de lobby en Washington dicen que, más allá de cualquier cuestionamiento o discrepancia que puedan tener con las políticas de Obama, se preparan para trabajar junto con su administración. Incluso, la incondicionalmente conservadora Cámara de Comercio de Estados Unidos, que echó todo su peso sobre los candidatos a legisladores republicanos, suena conciliadora por estos días. “Estamos siempre preocupados cuando asume un nuevo presidente, pero la comunidad de negocios constituye un práctico distrito de apoyos casi único”, dice Bruce Josten, el lobbysta más importante de la Cámara. “Podríamos perder algunas batallas más de las que obtuvimos en los últimos años. Pero ellos están al mando ahora”, agrega. En el cargo, seguro. Pero ahora el país –el mundo, de hecho– tiene nuevas preguntas. Obama asume enfrentando los más difíciles desafíos económicos desde que Franklin D. Roosevelt (FDR) ingresó a la Casa Blanca en plena Gran Depresión. El senador de Illinois hizo campaña sobre una agenda ambiciosa con recortes de impuestos para la clase media y una oleada de inversiones públicas en todo, desde la envejecida infraestructura estadounidense hasta la investigación de energías alternativas de punta que permitirían algún día disminuir la dependencia del combustible extranjero. Al mismo tiempo, prometió invertir miles de millones para reparar el sistema de salud y brindar una mejor educación para todos. Aún así, con la economía intoxicada y el salvataje para el sector financiero enviando el déficit rápidamente a US$ 1 billón, Obama ofreció pocos detalles sobre cómo cumplirá sus ambiciosos objetivos. ¿Cuáles serán sus prioridades económicas y cuáles afrontará primero? ¿Cómo modificará el cada vez más caído presupuesto? ¿Habrá dinero disponible para educación, salud e infraestructura? Y, de ser así, ¿cuándo se dará? Para los líderes de negocios, las respuestas no son sólo una simple especulación. Cómo el presidente electo y su equipo cambiarán el destino del plan de rescate del Tesoro, por ejemplo, y cuán lejos pueden ir sus imposiciones de más estrictas regulaciones sobre el sector financiero jugarán un rol importante para determinar qué empresas prosperarán y cuáles deberán luchar. De muchas formas, la agenda a largo plazo de los negocios se corresponde con lo que Obama diseñó. Les gustaría que se enfocara en las medidas que sólo el gobierno puede tomar para mejorar la competitividad, capacitar a los trabajadores y ayudar a las compañías de Estados Unidos a sobrevivir y que, luego, se corra del camino para que las empresas puedan florecer. Daniel DiMicco, CEO de Nucor, expresa la opinión de muchos cuando aboga por un esfuerzo “similar a los programas espaciales Apolo” en aquellas áreas que pueden “transformar nuestras debilidades en fortalezas”. Eso significa, sobre todo, un esfuerzo masivo en la reconstrucción de la infraestructura, el desarrollo de nuevas fuentes de energía y capacitar a los ingenieros y trabajadores calificados que pueden hacer ese trabajo en sus casas. Porrista en jefe Obama debería también estar preparado para ser “porrista en jefe”, especialmente, tomando en cuenta que el liderazgo es una característica que estuvo ausente en Washington. “Cualquier cosa que haga para recobrar la confianza de los consumidores será fenomenal”, dice Ron Conway, managing partner de Angel Investors, uno de los primeros inversores en Google, PayPal y otras tecnológicas. “La mayor parte del problema es el Estado”. Preocupa particularmente al mundo de los negocios la retórica de la campaña de Obama, estridentemente anti-corporativa. Dada la resonante victoria demócrata, el lobby empresario puede imaginar fácilmente un escenario en el que el Congreso permita que el impulso reformista vaya demasiado lejos. “El primer consejo que le daría al Presidente es que deje de utilizar ‘negocios’ como una mala palabra”, dice el CEO de Staples, Ronald Sargent. También aflora en muchas mentes el temor de que la necesidad de mayor regulación puede convertirse en una densa capa de reglamentos. “No hay dudas de que estamos a favor de más regulaciones”, dice James Turley, CEO de Ernst & Young. “Pero espero que se analice conscientemente cómo lo hacemos para no coartar la innovación”. Aún más, a pesar del cambio de Obama a una postura más moderada luego de su triunfo en las primarias, muchos ejecutivos están preocupados de que el país pueda moverse en dirección proteccionista. Aseguran que la implementación de acuerdos de libre comercio será vital para renovar el crecimiento. “El nuevo presidente debe darse cuenta de que el comercio fue uno de los conductores –sino el conductor primario– de nuestro progreso económico, y no podemos quedar atrapados en una red proteccionista”, afirma el jefe del Nasdaq, Robert Greifeld. Una notable ironía de los CEOs y Obama: cuando los líderes hablan del presidente electo normalmente invocan a Roosevelt. “Necesitamos un líder realmente fuerte, casi como FDR”, dice Garo Armen, CEO la firma de biotecnología Antigenics. “Necesita llevar adelante un efecto como el de FDR”, añade el CEO de Dow Chemical, Andrew Liveris. FDR fue, en muchos casos, antagónico con los negocios, pero electrificó al país con su determinación. Los ejecutivos de negocios, como muchos otros estadounidenses, esperan ansiosos por ver qué efectos FDR Obama puede producir. |
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