Desequilibrios macroeconómicos globales con superávit en cuentas corrientes en el Este Asiático y países exportadores de commodities causaron continuos ingresos de capitales en los EE.UU. que han permitido financiar sus déficits de cuentas corrientes. La consecuente alta liquidez internacional y políticas monetarias laxas indujeron fuertes caídas en los premios al riesgo, innovaciones en productos estructurados y derivados con pobre monitoreo y fuertes apalancamientos. Éstas son solo algunas de las características que precedieron a la crisis financiera internacional.
Las primeras señales de contagio de la crisis del mercado de crédito aparecieron en agosto de 2007 cuando quedó en evidencia el problema con los préstamos hipotecarios subprimes y tuvieron como respuesta la provisión de liquidez para mantener el sistema financiero. El primer paso lo dieron el Banco Central Europeo (BCE) y la Reserva Federal de EE.UU. (Fed) a través de la inyección de 112 mil millones de euros. Este tipo de medida imperó durante varios meses hasta que en marzo de 2008 Bear Stearns detonó un fuerte proceso de desapalancamiento.
Tras algunos intentos fracasados de que los rescates fueran liderados por el sector privado, las intervenciones de los gobiernos en las instituciones financieras fueron tomando creciente relevancia. Fue en el mes de setiembre que se precipitaron una serie de acontecimientos. Mientras Fannie Mae y Feddie Mac, las dos mayores compañías hipotecarias de EE.UU., recibieron una inyección de 200 mil millones de dólares, Lehman Brothers fue librada a su suerte. Este hecho fue considerado por muchos un grave error de política económica. En efecto, la banca interpretó que si Lehman podía fallar, entonces todos podían hacerlo. El efecto no se hizo esperar. A la semana, el Tesoro norteamericano tuvo que salir al rescate de la aseguradora American International Group (AIG), ex líder mundial de seguros, y el banco Washington Mutual, entidad con 119 años de historia que lideró los préstamos a personas sin recursos rechazadas por otras entidades y que se preciaba por ser la “Wal-Mart” de la banca.
En tanto, en el viejo continente, Bélgica, Francia y Luxemburgo inyectaban liquidez a la compañía bancaria y de seguros Fortis y a Dexia. El gobierno británico avanzaba en la capitalización del banco hipotecario Bradford & Bingley y el gobierno alemán ofrecía garantías para evitar la insolvencia de Hypo Real Estate, la segunda entidad hipotecaria del país. El gobierno de Islandia comenzaba a nacionalizar su banca, ante el inminente colapso de su sistema financiero. Mientras que el gobierno irlandés se comprometía a garantizar los depósitos de sus seis bancos nacionales hasta setiembre de 2010 y a ampliar la garantía de depósitos de 20 a 100 mil euros. Como respuesta a esto último, el gobierno británico se vio forzado a extender la garantía de depósitos en su país para evitar la fuga de capitales hacia Irlanda, medida que fue seguida por otros países.
Tras la evidencia de que las líneas de créditos extendidas a los bancos centrales no solucionaban el problema de mantener los créditos de corto plazo, a principios de octubre el gobierno norteamericano optó por armar un fondo de 700 mil millones de dólares para recomprar activos riesgosos o “tóxicos” de los bancos con problemas. Se incluyó en la llamada “Ley de Estabilización Económica de Emergencia de 2008” la posibilidad de que el gobierno norteamericano adquiriese acciones de las entidades financieras. Esta iniciativa, que surgió tras un arduo debate entre el Congreso y la Casa Blanca, quedó parcialmente opacada por el pragmatismo del gobierno británico, que decidió que el Banco de Inglaterra inyectara capital a los bancos y garantizara los préstamos interbancarios a las instituciones financieras que así lo solicitaran, de manera que el crédito siguiera fluyendo, elemento crucial del funcionamiento del sistema financiero. Se procuró así limar la desconfianza reinante entre los bancos.
La crisis financiera rebasó la frontera de los países desarrollados con un efecto contagio sobre los países emergentes. Hacia mediados de octubre, el gobierno brasileño se vio obligado a destinar 50 mil millones de dólares para garantizar liquidez en los bancos y autorizó por decreto la posible capitalización de bancos privados por parte de los dos grandes bancos federales del país, Banco do Brasil y Caixa Economica Federal. Como reacción ante la profundización de la crisis, la Fed anunció el suministro de cuatro líneas de crédito hasta 30 mil millones de dólares en liquidez a cada uno de los bancos centrales de Singapur, Brasil, México y Korea. Estos swaps de monedas constituyen una medida sin precedentes.
Una de las cosas que ha puesto en evidencia la actual crisis es la insuficiente regulación en el sistema financiero. Complejos instrumentos financieros sin supervisión adecuada recorrieron el mundo… El Estado ha aparecido como el agente de última instancia capaz de inyectar capital y liquidez y otorgar garantías con el ánimo de restablecer la cadena de pagos y por ende la confianza. Los gobiernos han anunciado que las intervenciones serán acotadas en el tiempo. Como novedoso y a destacar es que a las capitalizaciones temporales de las entidades financieras, se ha agregado la posibilidad de comprar acciones preferenciales de modo que el Estado podrá recuperar en un futuro los recursos invertidos a través de la venta de sus participaciones accionarias.
Si bien, las intervenciones gubernamentales han calmado en parte al sector bancario, las mismas continuarán hasta tanto los mercados vuelvan a funcionar normalmente. Sin duda, la credibilidad de muchas instituciones ha quedado resquebrajada y llevará tiempo restaurarla. El refugio masivo en bonos del Tesoro de los EEUU es una muestra de ello. Ya hay promesas de mayor regulación. El debate sobre la regulación financiera futura excederá sin duda las fronteras nacionales dado la evidencia de la fuerte interrelación de los mercados financieros en todo el mundo.
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