La cara del ejecutivo se endurece. “Repítame eso, por favor”, exclama en un perfecto inglés. Desde el otro lado del mostrador, la joven empleada de Aerolíneas Argentinas apenas atina a replicar. “El vuelo fue cancelado y no sabemos cuándo va a salir. ¿Cómo, no le avisaron?”. Visiblemente irritado, el CEO de una multinacional con intereses en la Argentina dispara: “Obviamente no. En caso de haberlo hecho no estaría perdiendo el tiempo. Pero despreocúpese, este es mi último viaje con Aerolíneas”. Para ese entonces la cola en el mostrador de Miami superaba ampliamente el espacio asignado y a los empleados ya no les preocupaba justificar las razones de la cancelación en el marco de gritos e incidentes. Turistas del exterior perdían sus conexiones, otros tantos el inicio de las vacaciones en la Argentina y los menos emprendían el regreso a sus trabajos que finalmente se postergaría por otras injustificables doce horas. En Buenos Aires, en tanto, las pantallas de Ezeiza marcaban constantes cancelaciones, los aviones no salían y poco se informaba a quienes tenían que embarcar. Se destrozaron oficinas, rompieron vidrios, atacaron a empleados y la imagen recorrió el mundo con un efecto directo en la marca país. La empresa culpaba a los pilotos, el gremio de pilotos al personal de rampa y así sucesivamente.