>> por Manuel Parera
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Su destino estaba escrito. Desde chico mamó la cultura del vino, gracias a los constantes viajes familiares que lo depositaban en los viñedos sanjuaninos. No era para menos: su padre era el presidente de Peñaflor, grupo donde dio sus primeros pasos y conoció de manera integral el funcionamiento de una bodega. Así arrancó Federico Pulenta, fundador de la bodega Augusto Pulenta, que hoy factura $ 3 millones anuales. Al principio, la empresa comenzó produciendo para terceros, sin embotellar. A partir de 2002, pasado el momento más crítico post devaluación, comercializaron etiquetas propias: Valbona, Valbona Reserva y su producto insignia, Augusto P, enfocándose en los canales especializados. Hoy la capacidad vinaria anual es de 2 millones de litros y explotan el 75 por ciento de las 200 hectáreas de viñas ubicadas en el Valle de Tulum, en San Juan. La segunda etapa del proceso es entrar en las grandes cadenas de supermercados. El crecimiento de la bodega fue a un ritmo anual del 25 por ciento, producto de la consideración que, por trayectoria y tradición, le fijaron al mercado local. “La Argentina es el sexto consumidor del mundo y, como mercado interno, no lo podemos desaprovechar”, afirma Pulenta, que para 2008 proyecta aumentar un 35 por ciento las ventas, ayudado por la ampliación de la cobertura y la red de distribución. Por el momento, sólo el 20 por ciento de la facturación total proviene de exportaciones, siendo Brasil y Estados Unidos los principales destinos, mientras que prevé incorporar en breve a Colombia, Paraguay y Uruguay. “La idea es no crecer mucho más, porque cada mercado te lleva tiempo y preferimos focalizarnos en los que estamos ahora”, adelanta este fanático del deporte y la pesca con mosca. Haber vivido la cultura del vino desde chico le dio mucho, pero no se cree un experto: “Yendo todos los meses a la bodega es donde realmente aprendo. No hay otra forma de hacerlo que probando”, concluye. Tradición bodeguera |
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