Los amigos que repensaron la idea de feria americana y facturan $ 30 millones
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Los amigos que repensaron la idea de feria americana y facturan $ 30 millones

Galpón de Ropa logró, gracias a su modelo, darle una segunda vida a 170.000 prendas al año que, de otra manera, terminarían en la basura. Cómo consiguieron que la ropa usada se volviera un movimiento fashion.

Por Eugenia Iglesias 28 de Diciembre 2017

“Queremos establecernos como líderes del movimiento de la ropa usada”, sostuvieron Juan Báez y Gonzalo Posse durante su exposición frente al Comité de Expertos del concurso Protagonistas de una nueva economía, organizado por Apertura y Sistema B. Estos dos amigos son los fundadores de Galpón de Ropa, una empresa que dio vuelta la idea de las tradicionales ferias americanas, hasta el momento pasadas de moda y poco valoradas por el público, para convertirlas en nuevos espacios actualizados que ofrecen ropa de tendencia en ambientes con estilo.

Sin darse cuenta, el dúo se lanzó a construir un negocio más sustentable del que imaginaban. Su historia empezó cuando ayudaron a un amigo a vender la ropa usada que tenía en su placard. Tenían apenas 22 años y enseguida entendieron que tenían en las manos la posibilidad de trabajar en la industria de la moda pero sin tener que producir ni una sola prenda: era un negocio verde desde el comienzo.

Con un préstamo de $ 6000 que proveyó un conocido, decidieron poner a la venta la ropa que familiares y amigos les entregaban en consignación. Recibían a los vendedores en el garaje de la casa de Báez y todas las transacciones se hacían a través de la web, mientras que las entregas (a $ 10 el envío) las hacían en bicicleta por los barrios aledaños.

Pero mientras el caudal de ropa que recibían era cada vez más grande, las ventas se mantenían bajas. Así que apostaron al modelo de feria y alquilaron un bar en Palermo para ofrecer un día de ventas en el mundo físico. El resultado los sobrepasó: “Fue el gran cambio en nuestra forma de pensar, porque en un día vendimos 10 veces más que en toda nuestra historia online. Solo habíamos tirado en tablones la ropa que teníamos, pasamos buena música y atendimos nosotros”, recuerda Posse. En poco tiempo pasaron a hacer una feria por mes, dieron de baja su web y se animaron a dar el siguiente paso. 

Los abuelos de Báez se convirtieron en nuevos inversores, y aportaron $ 25.000 con los que alquilaron su primer local en Villa Crespo, a principios de 2014. Sin embargo, el concepto iba más allá de las propuestas que se veían en la ciudad para comprar y vender ropa usada: “Nos dimos cuenta de que había ciertas cosas que atrapaban a la gente. Desde la selección de la ropa y nuestro estilo hasta el hecho de buscar un ambiente ameno, que sumara a la experiencia de la gente. Invertimos mucho en muebles nuevos y en la decoración”, explican. Solo aceptan ropa en perfectas condiciones, de temporada y, preferentemente, de marca.

Cuando un cliente entra al Galpón, lo último con lo que se encuentra es con la sensación de estar comprando ropa de segunda mano. Los locales son luminosos, colmados de plantas, con música y con las prendas bien exhibidas y ordenadas por color. Según los fundadores, su comunidad se fidelizó gracias a su política de transparencia: “No le mentíamos a la gente con los precios. Incluso diseñamos un sistema para que puedan chequear online todas las prendas que dejan en consignación para que tengan la certeza de que están cobrando lo correcto. Nuestro objetivo siempre fue sacar el estigma de lo que es una feria americana”.

El servicio se basa en cuatro pilares. El primero es ofrecer ropa de tendencia a precios accesibles –los fundadores aseguran que se encuentran precios un 50 por ciento más baratos que en los outlets de Buenos Aires. Segundo, brindar una experiencia de compra agradable a través del ambiente, que se diferencie de la oferta tradicional. El tercer pilar es el equipo, con el que ponen especial foco en la atención al cliente. Y, por último, la honestidad a la hora de comunicar sus precios y ventas.

Se hicieron fuertes con su apuesta a los locales a la calle y hoy suman cuatro tiendas –a la de Villa Crespo le siguieron una en Belgrano, otra en Las Cañitas y una más en Almagro– y esperan abrir tres más en 2018. Para quienes se acercan a vender su ropa, su modelo de adquisición ofrece tres variantes: se puede cambiar por efectivo en el momento (a cambio del 30 por ciento del valor de venta), dejar en consignación (y obtener el 40 por ciento si se vende) o canjearla por crédito para usar en los locales (por un equivalente al 50 por ciento del importe).

Cuando vestirse genera impacto

“Redefinimos la relación con nuestros clientes al hacerlos partícipes y colaboradores de un modelo que se basa en la reutilización y el consumo consciente de una industria contaminante”, definen los fundadores sobre su negocio, con el que quieren provocar un cambio en la mentalidad.

Su intención es darle luz a la reutilización, acción que les permite rescatar 170.000 prendas al año que, de otra manera, terminarían como desecho textil. “Son 6 toneladas de las 4500 que genera la Ciudad de Buenos Aires que volvemos a poner dentro del circuito comercial”, cuantifican.

Sin embargo, además del impacto que generan con darle una segunda vida a cada prenda, el dúo entendió que era su misión ir un poco más lejos. “Tomamos solo el 40 por ciento de la ropa que nos trae la gente. Sobre el 60 por ciento restante, nos preguntamos qué es lo que podemos hacer”, plantea Báez.

Con eso en mente, los creadores de Galpón de Ropa asumieron el compromiso de donar la ropa que no consiguen vender y ofrecerles la posibilidad a sus clientes de dejar ellos prendas para regalar. “Algunos galponeros vienen a vender y tienen ropa que no se selecciona que pueden donar. Otros vienen directamente para eso”, agregan sobre la iniciativa que todos los meses despacha un flete a distintas organizaciones que luego venden la ropa para solventarse. Al año se reparten 30.000 prendas entre organismos como el Hospital de Niños, el Patronato de la Infancia, la Fundación Franciscana, Casa de niños, niñas y adolescentes del Gobierno de la Ciudad o Fundación Tzedaká.

También trabajan con el proyecto Dacal, en donde diseñadores toman las prendas que ya no están aptas para venderlas y las reciclan creando nuevos modelos con los que le dan una tercera vida al producto.

Otras políticas de sustentabilidad atraviesan a la compañía, como la decisión de no entregar bolsas con cada compra, separar los residuos o incluso reciclar las etiquetas de la ropa. Los emprendedores, que aspiran a certificarse como empresa B, aseguran que se encontraron tomando decisiones que no siempre pasaban por la rentabilidad: “No solo nos importa el crecimiento del Galpón, sino también cómo lo hacemos”, destacan quienes hace un año pusieron en marcha un programa de desarrollo sustentable en el que capacitan a sus 30 colaboradores bajo estas prácticas. Los modos de gobernanza y la construcción de los equipos también entran bajo este paraguas. “Uno como empleador no tiene que hacer solo lo mínimo y necesario que exige la ley. Tiene que preguntarse qué quiere que el equipo tenga”, detalla Báez.

El objetivo es mirar hacia adentro como empresa y revisar procesos para preguntarse cómo quieren mostrarse. Los emprendedores que apuestan a ser líderes de la ropa de segunda mano todavía tiene mucho camino por andar. Pero, eso sí, lo caminarán con zapatillas usadas.

 

La versión original de esta nota salió publicada en la edición 288 de la Revista Apertura. Enterate cómo conseguirla.
 



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