Por qué es inteligente parecer tonto
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Por qué es inteligente parecer tonto

Desarma a los demás, hazles olvidar que eres aterradoramente poderoso y tranquilízalos para que te tengan confianza. 

Por Lucy Kellaway 11 de Noviembre 2013



La semana pasada salí a tomar una copa con una mujer que acababa de conseguir uno de los mejores empleos en su industria. Mientras bebíamos un par de Negronis con toronja, ella me dijo que no tenía idea de por qué la habían ascendido y que no estaba segura si en realidad quería el puesto.

Por mi parte, le dije que yo andaba a tropezones pero más o menos bien, aunque mantener mi rumbo se volvía cada día más difícil. Cuando regresé de esta agradable noche de auto-desprecio mutuo mi hijo menor me informó que yo no había asistido a un evento en su escuela. También me dijo que una amiga mía, una abogada con un hijo en la misma clase que es la primera en dejar de asistir a los eventos escolares, había ido.

Le envié un texto a ella inmediatamente: “La ganadora del Premio Padre Inútil del 2013 soy . . . YO". Ella me contestó por texto: “Puede que el premio no sea tuyo por mucho tiempo. Dale una semana, quizás 2, y será mío de nuevo.”

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¿Qué nos pasa? Las tres somos mujeres hechas y derechas que en general logramos salir adelante en nuestro trabajo y en la casa. Sin embargo, insistimos en inflar nuestros fracasos en un interminable juego de auto-desprecio.

Éste se supone que sea una de las maneras en que las mujeres nos hacemos sabotaje a nosotras mismas. Nos reducimos al hablar mal de nosotras mismas y al hacerlo, nos ponemos ataduras. Hasta las mujeres que han logrado sobresalir siguen haciéndose daño al proclamar descontroladamente lo incapaces que son.

Hay un estudio sobre las mujeres en las juntas directivas de grandes empresas del Reino Unido que muestra que las mujeres son cuatro veces más dispuestas a menospreciarse que sus colegas masculinos, lo cual resulta en que sean vistas como seres débiles.

Pero concluir que el auto-desprecio es malo y debe ser eliminado es completamente erróneo. Sólo se trata de usarlo correctamente. Hace unos años, los académicos de la Universidad de Nuevo México publicaron un artículo con el simpático título, “Faltarse el respeto a uno mismo versus faltarle el respeto a los rivales.” Demostraba que los hombres que hacen chistes en los que se menosprecian a sí mismos se vuelven irresistibles a las mujeres – pero sólo si ellos son tipo alfas para empezar.

Los hombres que hacen chistes en los que se menosprecian a sí mismos se vuelven irresistibles a las mujeres – pero sólo si ellos son tipo alfas para empezar.

Cuando un hombre de bajo status se falta el respeto a sí mismo, las mujeres lo rechazan. Si bromea sobre ser inútil, las mujeres concluyen que consecuentemente debe ser inútil.

Aunque la investigación estaba dirigida al dormitorio, funciona lo mismo en la sala de reuniones, o en cualquier oficina. Se aplica con igualdad a hombre y mujeres, aunque les da la ventaja a los británicos ya que faltarnos el respeto a nosotros mismos es algo para lo cual somos intrínsecamente geniales.

Siempre que no haya duda sobre el status y la superioridad de la persona que la usa, el auto-desprecio es una de las herramientas más efectivas que existen.

Desarma a los demás, haciéndoles olvidar que eres aterradoramente poderoso, y los tranquiliza para que, en vez, tengan confianza. El único jefe que he tenido a quien yo genuinamente adoraba se menospreciaba constantemente.

Entre amigas funciona como una cláusula de no competencia. Yo en realidad no pienso por un instante que soy la peor madre del Reino Unido: Si lo pensara me lo callaría. Pero al decírselo a mi amiga abogada lo que estoy diciendo en realidad es: No soy peligrosa. Acércate.

Mientras más absurda es la falta de respeto, mejor funciona. Pensemos en algunos de los maestros de nuestros tiempos: Tony Blair, Boris Johnson o Justin Welby, el Arzobispo de Canterbury. Cuando entrevisté a este último recientemente, me dijo que era inútil comparado con su predecesor, que era aburrido, no muy santo, poseía una mente de segunda categoría y que le aterrorizaba dar grandes discursos. De cierto modo era pura mentira. Pero me cautivó de todas formas.

El auto-desprecio es peligroso si existe alguna posibilidad de que la persona con quien uno está hablando pudiera estar de acuerdo. Esto lo aprendí de mi madre. Aunque nunca logró enseñarme a cocinar, si me advirtió que nunca le faltara el respeto a la comida que acababa de poner en la mesa.

Decir: “Ay no, esta pasta está tan blanda que es un asco” simplemente llama la atención de los comensales a que se cocinó demasiado, algo que quizás podía haber pasado desapercibido. Peor, les obliga a decir: “¡Pero no! Está deliciosa.”

El auto-desprecio que requiere una contradicción nunca funciona. Demuestra que uno está emocionalmente necesitado, lo cual siempre es aburrido. Esto muestra donde fallan todas esas mujeres en las juntas directivas. Los hombres en esas reuniones todavía no están convencidos que lo que ellas están produciendo para la compañía no es el equivalente administrativo de una pasta recocida. Hay que esperar hasta que quede claro que las mujeres son totalmente capaces, para que ellas puedan decirle a todo el mundo que son inútiles.



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