Los negocios en los que el yerno de Trump participó antes de convertirse en asesor estrella
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Los negocios en los que el yerno de Trump participó antes de convertirse en asesor estrella

Por Devin Leonard 18 de Noviembre 2016

Mientras los difusos compases de “Revolution”, de los Beatles, llenaban la habitación, Donald Trump subió al escenario el 9 de febrero en Manchester, New Hampshire, para celebrar su victoria en la primaria republicana. Antes de reiterar sus promesas de deshacerse de Obamacare, construir un muro en la frontera con México y reconstruir al Ejército para que “nadie se meta con nosotros, créanlo, nadie”, les agradeció a los miembros de su familia, incluyendo a su hija Ivanka, quien estaba junto a él, y a su marido, el alto y juvenil neoyorquino Jared Kushner.

“Jared es un emprendedor de real estate muy, muy exitoso en Manhattan”, declaró Trump con orgullo. “Pero creo que le gusta más esto que el real estate”. Por esto, claramente, se refería a la política. Ivanka sonrió como invitada a un programa de entrevistas de la noche. Kushner rió con vergüenza, como si se sintiera un poco avergonzado por su suegro. De 35 años, se convirtió en una presencia frecuente en los eventos de campaña de Trump y un miembro de su círculo cercano. En su esfuerzo por mostrarse a sí mismo como un acérrimo partidario de Israel, a Trump le gusta mencionar que tiene nietos judíos. Le puede agradecer a su yerno por eso. Cuando se casaron, en 2009, Ivanka se convirtió al judaísmo. “Denle algo de crédito a Trump”, dice Shmuley Boteach, líder judío de New Jersey y columnista del Jerusalem Post que se llama a sí mismo el “Rabino de América”. “Quiero decir: tiene una hija judía. Tiene nietos judíos ortodoxos. Fácilmente, cuando Ivanka pasaba por el riguroso proceso de conversión, podría haber dicho: ‘Tienes un apellido famoso. Eres hermosa y famosa. ¿Necesitas esto?’”.

La participación de Kushner en la inesperadamente exitosa campaña presidencial de su suegro es el último paso en un rápido ascenso. Comenzó a tomar grandes decisiones en la compañía de real estate familiar, entonces basada en Florham Park, New Jersey, en 2004, cuando tenía 23 años, cerca del momento en que su padre, un prominente recaudador de fondos demócrata y aspirante a creador de reyes, se confesó culpable de fraude impositivo, engaño a funcionarios electorales y represalia contra un testigo. El Kushner junior expandió el negocio, comprando US$ 7000 millones en propiedades en menos de 10 años, muchas de ellas, en Nueva York.

Hace una década, adquirió el New York Observer, en ese entonces, un diario influyente pero que perdía dinero, conocido por su atractiva y fulminante cobertura de los multimillonarios de la ciudad, lo que le confirió a Kushner un poco del brillo reflejado del periódico color durazno. “Jared entiende que ser el dueño de un diario te mueve a una liga diferente”, observa Mitchell Moss, profesor de Política Urbana y Planeamiento en la Universidad de New York y conocido de Kushner. “Los políticos tienen que cultivarte como contacto. La elite va a uno en busca de atención, en lugar de ir uno hacia ellos. Invierte la relación”.

No hizo mal que Kushner se haya casado con una de las dinastías de real estate más famosas de la ciudad. Kushner tiene una relación cálida con su suegro. Si Trump gana, visitará regularmente la Casa Blanca, aunque más no sea porque él, su mujer y sus tres hijos serán frecuentes invitados a comer.

Myers Mermel, Managing partner de Mermel & McLain Management, desarrolladora inmobiliaria de Nueva York, y amigo de Kushner, lo ve como un Jack Kennedy contemporáneo: el hijo atractivo de una familia rica con los recursos para convertirse en una fuerza propia en Washington e, incluso, un candidato potencial para un cargo público. “Tiene una mujer hermosa y brillante”, dice Mermel, impulsor de Trump. “Claramente, es un hombre de fe. Estos son todos valores que contradicen la imagen negativa empujada por el Partido Republicano como valores de Nueva York. Jared tiene los valores que patrocina el GOP”.

La gente que piensa bien de Kushner, y la que no, habla sobre sus modales impecables. Dice que nunca pierde su temperamento, al menos, en público. Es amable sin fallas. Recuerda nombres y abre puertas de autos. “Es muy humilde y calmo, siempre”, describe Asher Abehsera, socio suyo en tres proyectos inmobiliarios de Brooklyn. También, es extremadamente precavido. Da pocas entrevistas y, cuando habla, suele resultar insípido, como si tratara de desalentar interés en sus actividades (o en él mismo).

Pero tuvo una vida ajetreada. La manera de entenderlo mejor es a través de su padre, con quien tuvo un aprendizaje inusual. Charles Kushner es un ostentoso desarrollador de Nueva Jersey que llevó Kushner Cos., el negocio familiar, a una operación multimillonaria con más de 25.000 departamentos. Como su hijo, el Kushner mayor buscó influencia. Donó generosamente a los demócratas, como al expresidente Bill Clinton y al exgobernador de Nueva Jersey James McGreevey. También, a republicanos, como al exalcalde de Nueva York Rudolph Giuliani.

Luego de ganar la carrera gubernamental de 2001 con la ayuda de Charles, McGreeney lo recompensó nombrándolo en el directorio de Port Authority de Nueva York y Nueva Jersey, que controla los tres grandes aeropuertos de la región junto con muchos de sus puentes y túneles, y, hace tiempo, es fuente de trabajos y contratos para los políticamente conectados. Era una posición buena. Pero Kushner no la mantuvo mucho tiempo.

En 2003, el Newark Star-Ledger informó que Kushner había tenido una furiosa discusión con un senador estatal de Atlantic City en un casamiento. Kushner se molestó por la demanda del senador, que había pedido que se presentara en Trenton para responder preguntas sobre acusaciones de que había hecho contribuciones ilegales a la campaña. “Se saldría con la suya, incluso, aunque significara tener una fea pelea en los diarios”, recuerda Micah Rasmussen, secretario de Prensa de McGreevey en ese momento. En 2004, sin embargo, Kushner admitió ante un juez federal que había contribuido con más de US$ 385.000 en nombre de algunos de sus socios sin su aprobación. También, confesó engañar a funcionarios electorales sobre eso y arregló que su cuñado fuera grabado con una prostituta en un hotel de Nueva Jersey para castigar a su hermana por cooperar con la investigación. “Era un capítulo de ‘Los Sopranos’”, recuerda Jeff Tittel, director del New Jersey Sierra Club y adversario de larga data.

El Kushner senior fue sentenciado a dos años en prisión. Para entonces, su hijo había asumido el liderazgo en la compañía. Aunque tenía sólo 23 años, Jared había crecido yendo a las obras con Charles. Mientras estudiaba en Harvard, compró y manejó departamentos en Somerville, Massachusetts. “Me acuerdo de él constantemente en el teléfono y trabajando en desarrollos de proyectos y encontrándose con gente de la construcción”, cuenta Nitin Saigal, quien vivió con él durante tres años en la universidad. Cuando, todavía, estaba en Harvard, Kushner hizo una pasantía de verano en SL Green Realty, una de las dueñas de propiedades comerciales más grandes de la ciudad. “Era bastante obvio que era un joven especial”, dice Marc Holliday, CEO de SL Green.

Una vez que se convirtió en CEO del negocio familiar, el Kushner joven cambió su foco, de Nueva Jersey a Nueva York. “Supo temprano que la forma de volverse importante era salir de Jersey y convertirse en desarrollador de Manhattan”, dice Moss, de NYU. Kushner no tenía perfil en la ciudad. Pero eso cambió en 2006, cuando compró el Observer (US$ 10 millones). “Jared lo vio como una forma de tener una voz en Nueva York”, explica Bob Sommer, quien fue presidente del Observer Media entre 2007 y 2009. “Lo ayudó a convertirse en un jugador serio”.

En 2007, Kushner pagó US$ 1800 millones por 666 Fifth Ave., una torre de oficinas cubierta de aluminio que ocupa toda la cuadra entre las calles 52 y 53 en Manhattan, cerca del Rockefeller Center. En ese entonces, fue el precio más alto pagado por un solo edificio en Nueva York. Kushner no puso mucho de su dinero. Se financió con un préstamo de US$ 1200 millones de Barclays Capital y US$ 535 millones de deuda de corto plazo. Fue mucho apalancamiento. Pero muchos inversores de real estate pedían prestado fuerte en ese entonces. El deal, junto con la compra del Observer, establecieron a Kushner como una fuerza en Manhattan. Cuando apareció en CNBC, un conductor lo suficientemente viejo como para ser su padre estaba atónito. “¡Estás en tus 20 y ya eres un magnate!”. “Está usando ese término muy libremente”, protestó Kushner, en una voz suave.

Kushner se casó con Ivanka Trump en octubre de 2009 en el Trump National Golf Club en Bedminster, New Jersey. Fue la fusión de dos prominentes familias de real estate y fueron estrellas como Russell Crowe y Natalie Portman, personalidades de la TV como Barbara Walters y Regis Philbin, y políticos como Giuliani y Andrew Cuomo, actual gobernador de Nueva York. Con su glamorosa mujer, Kushner se convirtió en un fijo de las columnas de chismes e, incluso, apareció en las páginas de US Weekly y Vogue. “Tiene una presencia muy común y corriente”, dice David Patrick Columbia, cofundador del sitio web New York Social Diary. “Ella, por otro lado, es bastante notable. Fue un buen movimiento para él”. La pareja socializó con Rupert Murdoch y Ronald Perelman. Fueron a fiestas elegantes, como la gala del Costume Institute del Metropolitan Museum of Art. Kushner, también, hizo algunas brillantes fiestas por su cuenta, a las que el Observer, obedientemente, cubrió.

Cuando la economía colapsó en 2008, los alquileres de oficinas en Manhattan se derrumbaron y se volvió claro que Kushner había pagado de más por su propiedad trofeo en la Quinta Avenida, que, ahora, tenía un valor estimado menor al de su deuda. Se las arregló para pagar la porción de corto plazo vendiendo el 49 por ciento del espacio comercial por US$ 225 millones a una sociedad que incluía al Carlyle Group. Pero los buitres, todavía, rodeaban su brillosa torre. Los inversores inmobiliarios en problemas, como Colony Capital y Vornado Realty Trust, y el hedge-fund Cerberus Capital Management, compraron partes de la deuda de Kushner, con la esperanza de posicionarse para ganar el edificio en un remate o lograr que él les recomprara su parte.

Kushner trató de compensar su débil posición financiera con amabilidad. Voló a California en 2009 para ver a Thomas Barrack, presidente Ejecutivo de Colony Capital. Barrack esperaba que Kushner entrara con “17 abogados”, listo para pelear. Eso podría haber sido el estilo de su padre. Pero él era más diplomático. Entró por su cuenta a la oficina de Barrack. “No tenía un solo papel”, cuenta. “No tenía lapicera. Sólo dijo: ‘Quiero un poco de tiempo para explicar mis situaciones y mis pensamientos’”.

Finalmente, Kushner pudo comprar tiempo hasta que el mercado se recuperó. Terminó vendiéndole 49 por ciento de su participación remanente en la torre a Vornado por sólo US$ 80 millones. Pero retuvo el control de su edificio de oficinas.

Desde entonces, Kushner suele invertir con socios, poniendo en riesgo menos del dinero familiar. Eligió áreas menos costosas de la ciudad, como el East Village, Queens y Brooklyn. Construyó seis departamentos de lujo en SoHo encima del histórico Puck Building. “Es un edificio hermoso y mágico”, le dijo Kushner al New York Times en 2013, sonando como su suegro. “Pero quería que se convirtiera en lo más increíble que pudiera, dejarlo cumplir su potencial completo”. Recientemente, vendió uno de los departamentos por US$ 28 millones, un record del barrio.

El mismo año, Kushner y dos socios pagaron US$ 240 millones por un complejo estilo fábrica en Brooklyn, que pertenecía a los Testigos de Jehová. Lo están transformando en un hogar para inquilinos como Etsy, el mercado online de bienes artesanales, y WeWork, start-up que ofrece espacios de alquiler de oficinas para trabajadores contratados e independientes. “Creo que Jared es uno de los desarrolladores de real estate más sofisticados en la Tierra”, dice Adam Neumann, cofundador de WeWork. Escuchando a Neumann, Kushner también es el que tiene mejores modales. “Muchas veces, cuando estoy con Jared, veo su comportamiento para aprender cómo actuar”, dice. El 2 de mayo, Kushner y tres socios finalizaron un acuerdo de US$ 700 millones para comprarle más propiedades en Brooklyn a los Testigos de Jehová, donde esperan desarrollar otro campus orientado a la tecnología.

El New York Post informó el año pasado que Kushner y Vornado planean transformar a 666 Fifth Ave. en “una torre residencial, con hotel y shopping vertical de 426 metros”. Es un proyecto ambicioso. Pero Gabby Warshawe, directora de Investigación de CityRealty, dice que el mercado para los condominios de súper lujo se enfrió en los últimos meses: “Sería un edificio muy costoso porque tendría vistas sin obstruir del Central Park. Pero hay muchas preguntas ahora sobre si hay una sobreoferta en esa área a precios de entrada muy, muy altos”. Claro que Kushner podría mantener el proyecto en borrador hasta el próximo repunte inmobiliario. Mientras tanto, maneja su negocio desde una oficina en la torre con su propio jardín en la terraza. Las personas que lo visitan, a veces, se encuentran con su padre, quien sigue siendo uno de los consejeros más confiables de su hijo.

Bajo Arthur Carter, el anterior dueño del Observer y exbanquero de inversión, el diario perdió US$ 2 millones al año. Incluso así, Carter disfrutó publicar un diario que alteraba a los ricos con los que se codeaba. El periódico solía tirarle escupitajos retóricos a Donald Trump. “Lo llamé ‘El Príncipe de los Cerdos’”, recuerda Michael Thomas, quien escribió una columna llamada “El reloj de Midas” durante casi dos décadas. Los periodistas y columnistas del Observer fueron alentados por el fallecido Peter Kaplan, su editor Jefe de larga data. Hacía sermones sobre cómo las historias necesitaban tener héroes y villanos, y caía en largos silencios si buscaba la palabra correcta o había perdido la línea del pensamiento (fui escritor del staff del Observer entre 1996 y 1999. También, escribí una columna de jazz para el diario en 2009).

Un vocero de Kushner dice que transformó al Observer en un negocio rentable con un presupuesto editorial mayor y una creciente audiencia web. Sin embargo, Kushner no parecía disfrutar por usar el Observer para afligir a los ricos. Ex miembros del Observer dicen que se quejó –con amabilidad, por supuesto– cuando se escribía de forma poco agradable de sus amigos. Dicen que, también, se perturbaba cuando el diario no informaba tan duro como él hubiera querido sobre los viejos enemigos de su familia, como Chris Christie, quien había acusado a su padre como abogado y fue elegido gobernador de Nueva Jersey en 2009.

Luego de la partida de Kaplan en 2009, una cabecera rotativa de editores tambaleó para complacer al dueño. En 2011, Kushner contrató a Elizabeth Spiers, editora fundadora de Gawker, un corrosivo sitio que, en comparación, hacía ver al Observer como el Monitor de Ciencia Cristiana. Sin embargo, al poco tiempo, Trump comenzó a jugar con la idea de ser candidato a presidente. Ya no era otro personaje narcisista de New York.

Esta era, obviamente, una historia que el Observer tenía que cubrir. Pero, ¿cómo? En lo que se refería a su suegro, Kushner tenía dificultad en mantener su compostura. A principios de año, Spiers contó su experiencia en una entrevista con Story in a Bottle, un podcast orientado a la tecnología. Dijo que tuvo numerosas peleas con Kushner sobre la cobertura de Trump en el diario, que él quería que fuera “neutral”. Una vez, señaló, dejó la puerta de su oficina abierta durante una pelea a los gritos por teléfono porque pensó que sería bueno que los periodistas escucharan. Consideró renunciar. Pero, entonces, Trump abandonó su cruzada y el diario ya no necesitaba cubrirlo con tanta asiduidad.

Eso no quiere decir que Kushner no continuara siendo una presencia en la redacción. Exempleados del Observer dicen que presionó, primero, a un periodista y, luego, a otro para buscar una historia negativa sobre otra figura rica de real estate e, incluso, los acompañó a una reunión con una fuente que, prometió, tenía información jugosa. Sin embargo, la fuente se retractó y la historia nunca se completó. Spiers se fue en 2012.

Ahora, Kushner tenía que encontrar a otro editor Jefe. En enero de 2013, trajo a alguien que se quedaría: Ken Kurson. Más recientemente, había trabajado en Nueva Jersey para una firma de consultoría política que manejaba candidatos republicanos.

En 2013, el procurador General de Nueva York, Eric Schneiderman, demandó a Trump. Alegó que había manejado una “institución educativa sin licencia”, Trump University, que defraudó a 5000 clientes en US$ 40 millones con “tácticas para venta agresiva”. En una publicidad citada en el caso, Trump dijo: “En sólo 90 minutos, mis instructores elegidos compartirán mis tácticas (...). Luego, copien exactamente lo que hice y háganse ricos”.

El Observer publicó un perfil muy poco halagador de Schneiderman en febrero de 2014. Argumentó que trataba de usar su cargo como salto a la Gobernación. Varias de las casi 8000 palabras del texto describieron el “caso débil” contra Trump, y le dieron un amplio espacio para defenderse y atacar a Schneiderman. Los empleados del diario en ese entonces dicen que se asombraron cuando la historia se materializó en la web del periódico. Era lo primero que escuchaban de ese proyecto. Luego de leerlo, se fueron a buscar unas bebidas. “Fue más estilo ‘M****a, ¡busquemos un whisky!’”, recuerda Matthew Kassel, ex redactor del Observer. “La gente parecía bastante perturbada”.

Kurson insiste con que Kushner no tuvo nada que ver con la historia. Pero el New York Times y BuzzFeed informaron que él, originalmente, se la había asignado a un potencial redactor que trabajaba en una heladería de New Jersey y, luego, pidió no hacerla porque pensaba que Kurson quería una crítica feroz. Después de eso, Kurson se la asignó a un periodista de Arizona, quien había escrito de forma extensiva sobre póquer. “Es un amigo de hace 15 años, en quien confío y al que contraté millones de veces –dice–. No pedí que me trajeran un matón a sueldo”. Kurson defiende el perfil. Dice que nadie desafió la historia. Sin embargo, en 2014, la oficina del procurador dijo que había tantas cosas mal en la nota que no valía el esfuerzo. Mientras tanto, Schneiderman y Trump continúan peleando con entusiasmo en la Justicia.

Luego de que Trump anunció su candidatura, en 2015, Kushner se convirtió en habitué de los mitines de campaña. En enero, se unió a Ivanka en Council Bluffs, Iowa. Trump embistió contra los medios y el acuerdo nuclear con Irán de Obama. Luego, invitó arriba a su familia. Su mujer, Melania, habló primero. Ex modelo de Eslovenia, se encorvó como si estuviera en una sesión de fotos y se dirigió a la multitud, en un inglés con fuerte acento. La siguieron Ivanka y Kushner. Trump señaló que su hija estaba embarazada de ocho meses y medio. “Por cierto, tengo que decirles que ella es muy dura”, presentó Trump. “¿No, Jared?”.

Kushner movió la cabeza de arriba hacia abajo y lo miró, como diciendo “No me tienes que decir”.

“Políticamente, ¿no sería genial si tuviera a su bebé en Iowa?”, le preguntó Trump a la multitud, que gritó en aprobación.

Ivanka se rió y tocó el hombro de su padre. Kushner hizo un encogimiento de hombros con buena intención, como indicando que su suegro tenía un punto.

“¡Eso garantizaría la victoria!”, continuó Trump.

No está claro si Kushner apoya las ideas más excéntricas de Trump. No dijo virtualmente nada de forma pública sobre las aspiraciones presidenciales de su suegro, más que decirle al New York Times el año pasado que piensa que Trump “sería genial”. Pero trabajó detrás de escena para que sea elegido. Ayudó a armar una reunión en enero con Trump y una docena de líderes republicanos para tratar de construir una relación con el establishment del partido. A principios de año, también trató de suavizar las cosas con su amigo Rupert Murdoch, quien no estaba feliz con los ataques del candidato contra Fox News.

En marzo, en la redacción del Observer, comenzaron a sospechar que Kurson, también, trabajaba para la campaña de Trump luego de que apareciera online un video de su editor Jefe en la multitud del evento del 8 de marzo en Florida, donde el jefe de campaña, Corey Lewandowski, habría maltratado a la periodista Michelle Fields. Kurson dice que fue con Kushner como periodista: “Cubro política”.

Luego, a principios de abril, la revista New York informó que Kushner y Kurson ayudaron a Trump a preparar el discurso que entregó al Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelita en el que defendió fuertemente el Estado judío y condenó a Obama. “Jared me preguntó si podía mirar su borrador y lo hice”, la versión de Kurson. Luego de que apareciera el artículo, los miembros de la redacción del Observer llenaron su oficina y le pidieron explicaciones. Kurson dice que accedió a no dar más consejos políticos. “No sólo aplica a Trump. Si otra campaña quiere algún input, tendremos que pasar”, asegura.

Kushner no pareció molesto por la controversia del Observer. A fines de marzo, él y su mujer llevaron a su casa a su tercer hijo, desde el hospital hasta su penthouse en Park Avenue. Theodore había nacido unos días antes en New York. Podría haber sido muy tarde para ayudar a Trump en Iowa. Pero la primaria de Nueva York se acercaba el 19 de abril. La noche anterior, el Observer apoyó a Trump, que ganó cómodo. Él y su familia estaban un paso más cerca de la Casa Blanca.

 

Leé la versión original de esta nota de Bloomberg Businessweek en la edición número 270 de la revista Apertura.



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1 Comentario

Daniel Moro Reportar Responder

Muy larga y aburrida la nota.

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