La hipocresía del fracaso y el dramaturgo que lo redimió
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La hipocresía del fracaso y el dramaturgo que lo redimió

Por Andy Freire 21 de Enero 2014




Somos hipócritas. Y digo “somos” porque es un fenómeno que es, más bien, compartido. La hipocresía es una conducta que se potencia en sociedad, que necesita de otro para materializarse. Es una forma de mentira en la que se fingen cualidades o sentimientos que, en realidad, no se tienen. Desde esa perspectiva y, técnicamente, todos fuimos hipócritas alguna vez. Es difícil escapar a esa definición. A pesar de ello, existen diversos asuntos que algunas sociedades tratan de ocultar, de fingir que no están. En la nuestra, uno de esos temas es el fracaso. En la Argentina, el fracaso es estigmatizado de tal modo que nos transformamos en una sociedad que se esfuerza más por ocultar sus intentos frustrados que por compartir la experiencia obtenida de ellos.

Colectivamente, resaltamos nuestras falencias pero, individualmente, nos cuesta asumir la falta de éxito y eso, probablemente, sea la principal razón de que, en muchos aspectos, no lo podamos tener. La negación, la vergüenza de asumir que se intentó pero no se logró, es, a la vez, uno de los motivos por los que muchos emprendedores se pierden oportunidades increíbles de aprendizaje. Es una extraña manía que “castiga” lo que es natural. Todos amamos, todos sufrimos, todos reímos y lloramos. Todos, también, fracasamos. Aceptar la naturalidad de los fenómenos es comenzar a entender su lógica y su virtud. 

El fracaso no es una opción: es un hecho frente al cual debemos tomar posición. Es que, además, es tan magnánimo que nos permite elegir entre la humillación o el aprendizaje. Una misma situación nos puede hundir o potenciar. Muchas culturas optan por esto último. En ellas, los fracasos se estiman como un capital que se debe mostrar. Como un valor. No es extraño ver, por ejemplo, en los Estados Unidos, que se registren en los currículums emprendimientos truncos.

Colectivamente, resaltamos nuestras falencias pero, individualmente, nos cuesta asumir la falta de éxito y eso, probablemente, sea la principal razón de que, en muchos aspectos, no lo podamos tener.

No como un hecho planificado, sino, más bien, como una acción espontánea. La respuesta que dan al porqué es simple: “Es parte de mi experiencia, de quien soy”. Muchos son los que intentan y fracasan. Algunos otros aprenden de ese fracaso. Otros menos toman lo que aprendieron y vuelven a intentar. Aquellos son, por lo general, los que triunfan. No por predestinados, sino por una mezcla entre humildad y astucia. La humildad de reconocer que no pudieron y la astucia de ver que esa situación es, ante todo, una oportunidad para mejorar y no una herramienta de autoflagelo. Es que, para entender algo a fondo, también, hay que entender su oposición.

En el caso del emprendedurismo, se debe poder comprender que, para ser exitoso antes, hay que saber fracasar porque esa es la prueba irrefutable de que se está dispuesto a aprender. El dramaturgo Samuel Beckett escribió: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Y de eso se trata: de avanzar. De hacerlo, a pesar de lo inevitable. De tomar lo ineludible para aprender. Y de seguir avanzado y hacerlo mejor. Siendo sincero con las propias limitaciones. Asumiéndolas, ya que es la única forma de superarlas, y, en definitiva, de eso se trata el éxito. 



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