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Joseph Blatter: "Tengo la conciencia limpia"

Presidió la FIFA entre 1998 y octubre pasado, cuando fue suspendido en el marco del escándalo internacional por sobornos que arrasó con gran parte de la cúpula del organismo rector del fútbol a nivel mundial.  Por Malcolm Moore, corresponsal de Leisure Industries de Financial Times 04 de Diciembre 2015

A Joseph Blatter le gusta empezar el día justo antes de las 6 de la mañana. Se saltea el desayuno, pero bebe una taza de café y baila un poco para mantenerse en forma. “El ritmo es muy importante en la vida”, explica. El 27 de mayo pasado, 15 minutos antes de que se despertara, su rutina matinal fue interrumpida por un llamado telefónico. La policía suiza, que actuaba en cumplimiento de los pedidos de extradición del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, allanó el hotel Baur-au-Lac, en Zúrich, y arrestó a 7 directivos de alto nivel de la FIFA sospechados de haber cobrado, en conjunto, unos u$s 100 millones en sobornos. Las detenciones, que fueron seguidas por otra redada en la sede central de la entidad emplazada en una colina que se alza sobre la ciudad helvética, ocurrieron cuando cientos de dirigentes del fútbol, llegados de todo el mundo, se reunían en Suiza para elegir al nuevo presidente de la entidad. “Me sentía como un boxeador que acababa de empezar el round 12 y creía que estaba por ganar. Y de repente... ¡Pum!”, evoca ese amanecer Blatter, de 79 años, haciendo la mímica de una trompada de nocaut.

El efecto fue sísmico: aunque dos días después se llevó a cabo la votación, en la que fue reelecto para un quinto mandato, Blatter dejó el cargo a la semana siguiente alegando que tenía que “proteger a la FIFA”. Pero ese paso al costado no alcanzó. Fiscales suizos lo pusieron bajo la lupa y finalmente, el 8 de octubre, fue suspendida su participación en cualquier actividad futbolística y lo desalojaron de su oficina.

Pero, aunque es posible retirar físicamente a Blatter de la sede de la FIFA, algo muy distinto es separar al hombre de la organización que construyó a su imagen en los últimos 40 años: primero, como el cerebro de los planes que profesionalizaron ese deporte en África, después como secretario General y, desde 1998, como su presidente.

Nos encontramos en el restaurante Sonnenberg, que en su folletería se define como “el Club de la FIFA”, gestionado “bajo la protección de Joseph S. Blatter” y el lugar “en el que los fanáticos del fútbol del mundo de las finanzas, la política y el deporte de Suiza se reúnen con sus invitados en almuerzos y cenas, y fortalecen sus vínculos”. Llego temprano, pero Blatter ya me está esperando: lo veo conversar con el chef, cuya blanca chaqueta lleva bordado el logo azul de la FIFA. Nos llevan a una sala privada, con vistas magníficas de los viñedos, de los edificios y, a la distancia, del lago Zúrich. De pronto, las puertas se cierran detrás de nosotros y se produce un silencio incómodo. El hombre que durante años ha sido como el pararrayos de impactantes acusaciones de corrupción y transacciones bajo la mesa parece de repente frágil, mientras juega con los cubiertos y se frota las manos, que luego entrelaza. Es evidente que tiene mucho que decir –y varias bombas para lanzar– contra el proceso de elección de su sucesor. Y se nota que le resulta difícil decidir por dónde empezar.

Brindamos con sauvignon blanc suizo y le pregunto cómo se siente, ahora que el final está a la vista, ya que en febrero dejará la FIFA de manera definitiva, tras la nueva votación. Algunas fuentes cercanas al dirigente me han dicho que eso le causará una crisis existencial. E insinuaron que tal vez no pueda soportarla... Él admite que es un monomaníaco que no puede ni quiere dejar de pensar en la FIFA. Vive solo en un departamento en Zúrich y actualmente trabaja desde una oficina “muy pequeña”, con escritorio, computadora, pelota de fútbol y una foto del monte Cervino en la pared. “Lamento no poder regresar a mi despacho –en la sede de la FIFA– porque era algo más que un lugar de trabajo: era el lugar donde vivía”, dice en un inglés desordenado, ya que se siente más cómodo hablando en alemán o francés, aunque también domina el italiano y el español. Cuenta que sigue despertándose temprano y que examina los diarios y portales de noticias en busca de cualquier novedad respecto de la FIFA. “Sigo cuidadosamente lo que sucede allí. Por ahora, no puedo permitirme tener vacaciones. No puedo decir que me haya desconectado por el hecho de que ya no voy a mi antiguo escritorio. Sucede que mi oficina es mi memoria”, afirma, golpeándose la frente con el dedo.

Entra un camarero con una selección de amuse bouches del chef: salmón, pepino y caviar. Pero Blatter es alérgico a los frutos de mar, así que hace a un lado la bandeja. “Ellos lo saben. No sé por qué lo trajeron”, desliza. A cambio, pide cecina, que come con las manos, junto con un poco de pan. Cuando nos disponemos a conversar a fondo, rápidamente me señala el momento en que empezaron los problemas de la FIFA... Y los suyos. “Se vinculan con una fecha ahora famosa: el 2 de diciembre de 2010”, indica, refiriéndose al día en que extrajo el nombre de Catar de un sobre en el que se anunciaba al futuro organizador del Mundial de 2022. “En los videos, si ves mi cara al abrirlo, notarás que no era el hombre más feliz por tener que decir que ese sería el país anfitrión. Sin dudas que no”, aclara. La decisión generó malestar. “Estábamos en una situación en la que nadie entendía por qué el Mundial iba a realizarse en uno de los países más pequeños del mundo”, agrega.

Luego, Blatter tira la bomba: en efecto, confiesa, trató de arreglar la votación... Pero a favor de los Estados Unidos y no de Catar. Me cuenta que existía un “acuerdo de caballeros” entre los dirigentes de la FIFA respecto de que las competencias de 2018 y 2022 irían para las “dos superpotencias”, Rusia y los Estados Unidos. “Fue algo entre bambalinas, que se arregló a nivel diplomático”.

Ahora dice que si esa ingeniería electoral hubiera funcionado, seguiría en su cargo. “Estaría de vacaciones en una isla”, bromea. Pero a último momento el acuerdo se frustró “debido a la interferencia oficial del entonces presidente Nicolás Sarkozy”, quien –según Blatter– alentó a Michel Platini (NdE: Exfutbolista galo que desde 2007 preside la UEFA y aspira a sucederlo) a votar por Catar. “Apenas una semana antes de la elección recibí un llamado de Platini en el que me decía que ya no estaba a favor porque el jefe de Estado le había dicho que debían considerar la situación de Francia... Y agregó que ese pedido involucraba no solo a él, sino a un grupo de votantes”.

Blatter dice que solo habló una vez con Sarkozy desde la votación y que no tocaron el tema. Admite que la elección de las sedes del Mundial, que se efectúan en secreto dentro del Comité Ejecutivo de la FIFA, siempre han sido campo fértil “para la colusión”, que el Diccionario de la Real Academia Española define como “un pacto ilícito en daño de terceros”. Según Blatter, “en una elección semejante, eso nunca se puede evitar”. Al mes siguiente de que el Comité Ejecutivo de 22 miembros de la FIFA votara en secreto 14 a 8 a favor de Catar, ese Estado árabe anunció que había empezado a testear aviones-caza franceses para incorporar a su flota aérea. Finalmente, en abril de 2015, Catar compró 24 de esos jets por u$s 7 mil millones, con la opción de adquirir otros 12 a futuro.

El camarero llega con la “ensalada FIFA”, una mezcla de lechugas, croutons, fetas de panceta y huevo. Divertido, confiesa que “es la ensalada de ‘mamá Blatter’. Siempre la preparábamos adaptándonos a la verdura de estación”. Es oriundo de la pequeña ciudad alpina de Visp, de 7.500 habitantes, ubicada a unas dos horas de Zúrich en tren. De religión católica, tenía planificado pasar allí el fin de semana siguiente a nuestro encuentro. Su padre fue obrero en una planta química local. Y su única hija, Corinne, sigue viviendo allí, donde da clases de inglés. Tiene una nieta de 14 años, llamada Selena. Y admite que sus problemas la afectaron mucho: “Creo que sufre más que yo”, revela, al tiempo que aclara que él deja que las críticas le resbalen, mientras que la adolescente se las toma a pecho.

Cuando le pregunto qué piensa de Platini, Blatter se reclina en la silla, hace una pausa... Y me da una respuesta diplomática, aunque forzada: “Platini fue un jugador excepcionalmente bueno. Es un buen tipo. Podría ser un buen sucesor, sí. Ya antes se había pronosticado que iba a sucederme”. Pero la campaña de Platini por la presidencia de la FIFA se desvirtuó por haber sido suspendido, al mismo tiempo que Blatter, debido a la revelación de que hubo un desvío de 2 millones de francos suizos de la FIFA a su cuenta bancaria. “Según la legislación de este país, no hace falta firmar un contrato”, explica Blatter. Y agrega que ni siquiera hacen falta testigos: “Son válidos los acuerdos de palabra. Aquí, en el centro de Europa, el sistema no es igual al anglosajón”. Es cierto que la legislación así lo contempla, pero le señalo que no son prácticas que empleen las grandes compañías. “¡Pero somos un club!”, responde. Cuando intento profundizar en el hecho de que ese pago no pudo explicarse, da por terminado el asunto.

Aunque Blatter elogie, discursivamente, la idea de reformar la FIFA y sostenga que deben hacerse “mucho más que unos pocos cambios”, defiende –impávido– la cultura de los apretones de manos, los favores y los arreglos secretos que él mismo fomentó. “El sistema no está mal”, se desmarca. Y asevera que si él hubiera seguido en su puesto “estaríamos en el buen camino”. Quien lo suceda no debería tratar de cambiar lo que él creó, dispara. Le pregunto por las denuncias de sobornos y corrupción que lo persiguieron durante sus años de gestión. ¿Repartió él, o personas a su nombre, dinero para sumar el apoyo de miembros de la FIFA? Lo niega, invocando a sus padres: “En nuestra familia hay algunos principios. Primero, el de solo recibir dinero si uno lo gana. Segundo, no dar dinero a nadie para conseguir ventajas. Y tercero, el que tenga deudas debe pagarlas. Esas son las normas que seguí desde los 12 años. Por eso digo que tengo la conciencia totalmente limpia”.

¿Es Blatter un hombre rico? “No”, responde. Asegura que solo percibe lo que le paga la FIFA, suma que se niega a revelar porque la entidad únicamente divulga la cifra total de los sueldos de su dirigencia. El año pasado, declaró haber pagado u$s 39,7 millones a “personas clave de su top management”. Avanzo. Y me contesta: “¿Qué hago con el dinero? Mi hija tiene un departamento. Yo también tengo un departamento, uno aquí y otro allí. Eso es todo. No gasto dinero solo para demostrar que lo tengo. Si ven a las personas más ricas de Suiza, no me acerco ni a los primeros 3 mil, porque esos tienen hasta u$s 25 millones”.

El camarero llega con los platos principales. Para mí, costillas de ternera; para Blatter, carne hervida y verduras en juliana, que acomete con lentitud. “No se puede comer más de lo que se quema”, se justifica. Y, tras hacer una pausa, esboza cuáles cree que fueron sus dos principales logros en la FIFA: el Proyecto Goal, que destinó millones de dólares a los países más pobres, donde asegura haber construido 700 instalaciones deportivas desde 1998; y la decisión de rotar el Mundial entre los continentes y, especialmente, haberlo llevado a África en 2010. Su éxito en manejar la FIFA con puño de hierro ha dependido, en gran parte, del apoyo de los países africanos, a los que cortejó con asiduidad. Siempre merodea allí la sombra del colonialismo, en tanto los dirigentes del Continente Negro sienten que los europeos los tratan como si fueran de segunda clase. Blatter, en cambio, ha sido imperturbable en su apoyo expreso al fútbol local y trabajó sin cansancio por llevar el Mundial a Sudáfrica. También logró éxitos comerciales: en los cuatro años previos al campeonato de 2014 en Brasil, la FIFA tuvo ingresos totales por u$s 5.720 millones. En su opinión, ha creado un círculo virtuoso: la FIFA ayuda a chicos en países en desarrollo a jugar al fútbol, construyendo canchas y estadios, y ellos se benefician cuando llegan a casa y ven los partidos por televisión. Esa tarea, insiste, no puede dar un paso atrás. “Mi reputación se ha manchado porque fui atacado con dureza, me responsabilizaron de todo. Pero eso no dañará mi legado”, asegura. En perspectiva, se pregunta si hubiera sido mejor para él dar un paso al costado en el momento culminante de Brasil 2014...

Cuando le consulto acerca del caso ISL, de 2008, en el cual se reveló que una agencia de deportes fundada por Horst Dassler, de Adidas, pagó 138 millones de francos suizos en sobornos a directivos de alto nivel de la FIFA, Blatter se niega a responder. No lo declararon culpable de ninguna irregularidad, enfatiza, y ahora el caso está cerrado. Bromea, incluso: “¡En el Derecho estadounidense se dice que no te pueden condenar dos veces por lo mismo!”. Saco a colación otro escándalo, de 2006 y en los Estados Unidos, en el que la FIFA pagó u$s 90 millones a MasterCard en compensación por renunciar a un contrato para firmar otro más lucrativo con Visa. “No fuimos muy inteligentes. Estuvo mal. Pero a veces cometemos errores por trabajar mucho. No por eso hay que ahorcar a nadie”.

Blatter se muestra más calmado cuando dejamos atrás las dudas sobre su riqueza, la corrupción y el secretismo en la FIFA. Cree ser más víctima que victimario. Y repite que tiene poco control sobre el comportamiento del Comité Ejecutivo de la FIFA, cuyos miembros no fueron designados por él sino por las federaciones de los 6 continentes. “¿Remordimientos? No me arrepiento de nada. Salvo de que en mi vida en el mundo del fútbol he sido un hombre generoso, porque tiendo a creer que la gente es buena, y al final me di cuenta de que la mayor parte de las veces he sido engañado por los demás. Uno confía al 100 por ciento y después ve que eso fue aprovechado para sacar ventaja. Me pasó varias veces. Y he tenido que soportarlo”. Mientras tanto, fustiga a Suiza por no haberlo protegido: “Soy ciudadano de este país. Incluso comandé un regimiento de 3.500 hombres. ¡Serví a mi patria!”, protesta, en alusión a los tiempos en que estuvo al frente de una unidad de abastecimiento del Ejército, durante la Guerra Fría.

Confiesa que puede contar con los dedos de una mano la cantidad de afectos cercanos a los que podía llamar cuando debió decidir si renunciaba tras pasar años en la cima del fútbol. Admite que su reputación ha sido destruida. Pero está orgulloso del trabajo al que le dedicó su vida. “¿Podría haberlo hecho alguien más? Es difícil encontrar gente que haya estado en el juego no solo con el cuerpo, la mente o el corazón, sino con el alma. Y yo fui uno de esos. Si me preguntan qué voy a seguir haciendo, respondo que eso mismo”.

No pedimos postre. Solo unas tazas de café, que llegan acompañadas por unos bombones con forma de pelota de fútbol. Blatter me comenta que, por la noche, recibirá la visita de su novia, Linda Barras, una mujer de 51 años y madre de dos hijos. Ella vive en Ginebra, pero a Blatter no le molesta: “Las distancias no perjudican un buen entendimiento. Tal vez incluso sea mejor para alguien que dedicó toda su vida al fútbol. Cuando estás 100 % en tu trabajo y creés en los que hacés, es obvio que en cierto momento la persona a tu lado no va a ser feliz”.

“Mi reputación se ha  manchado. Fui atacado con dureza y me responsabilizaron de todo. Pero eso no dañará mi legado. No fuimos muy inteligentes. Estuvo mal. Pero a veces cometemos errores por trabajar mucho... No por eso hay que ahorcar a nadie”.



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