El plan del fabricante de libretas más famosas del mundo para seguir existiendo
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El plan del fabricante de libretas más famosas del mundo para seguir existiendo

Moleskine, referente de la industria de los cuadernos, cuenta cómo atravesar la era digital sin sobresaltos. Por Andrés Engler 05 de Diciembre 2016

Nadie está seguro de ello (y nadie lo estará). Pero Pablo Picasso pudo haber garabateado el Guernica en esas páginas y Ernest Hemingway, manuscrito el comienzo de “Adiós a las armas”. Un cariño especial por esas libretas sentía el escritor y cronista de viajes británico Bruce Chatwin, quien las llamaba Moleskine en su celebrada obra “The songlines”, publicada en 1986, mismo año en el que recibió la peor noticia por boca de su librero, el de la calle parisina Rue de l’Ancienne Comédie: “Las Moleskine reales no están más”. Lo que Chatwin no supo –porque falleció antes– fue que, en 1997, la empresaria italiana Maria Sebregondi reviviría –y registraría– la marca, que hoy no sólo posee capital intangible: su facturación alcanzó, en 2015, los 128 millones de euros –29 por ciento más que el año anterior– y sus productos son comercializados en 114 países.

Desde una de sus cuatro oficinas, la de Nueva York, Arrigo Berni, CEO de la compañía, habla con APERTURA. “Desde el principio, la idea fue que los productos de Moleskine cumplieran una función. Pero que, además, pudieran representar un estilo de vida, que dijeran algo de quién eres como persona: una interesada en la cultura, en la creatividad y en propia expresión”, dice.

En septiembre, la compañía belga D’Ieteren –distribuidora que comercializa los vehículos del grupo Volkswagen (VW, Audi, Seat, Bugatti y Porsche) y referente en reparación de vidrios para autos– compró el 41 por ciento de la empresa y, durante el actual trimestre, buscará quedarse con el resto del paquete accionario, para retirarlo de la Bolsa de Milán.

Moleskine anota cambios en sus hojas desde hace tiempo. En 2007, su cúpula advirtió que el futuro uso de dispositivos digitales venía en serio. “Vimos que, en el mundo normal, no había una línea clara entre las dimensiones analógica y digital. Existía una oportunidad y empezamos a trabajar con compañías del espacio tecnológico”, recuerda Berni. El primer acuerdo fue con la aplicación californiana Evernote, que derivó en un cuaderno que permite –fotografía mediante– trasladar el contenido del papel a la Nube.

Mientras miraba el Río Paraná, el diseñador gráfico Leo Kitay –argentino, residente en Entre Ríos; profesor en la Universidad de Buenos Aires y fundador del estudio Axis– pensó en cómo serían los videos del lanzamiento del producto. “Se hizo todo aquí menos el guión”, comenta. Para Moleskine, los nombres grandes del mercado creativo continuaban: Adobe, en 2015, con el que creó un cuaderno que alegró a más de un diseñador, ya que permite pasar a vectores (formato SVG) dibujos realizados en el papel, para, luego, retocarlos en Photoshop o Illustrator. “Allí, trabajamos en la interfaz de la aplicación”, cuenta Kitay, quien agrega: “Mucha gente se pregunta cómo se está usando la libreta de papel, cuando tienes a toda la avanzada digital encima”. Contesta: “Es que la pantalla invade, emite. Y la cuestión física tiene un relación muy fuerte con lo que pertenece, lo que uno puede guardar, proteger. No sé qué puede pasar con las nuevas generaciones”, sentencia.

La apuesta más fuerte, hasta el momento, lleva por nombre Smart Writing Set –presentada en el mercado este año–, un pack que incluye un bolígrafo inteligente –confeccionado por la empresa surcoreana Neo smartpen–, un cuaderno especial con hojas de 100 gramos de espesor y una aplicación que permite digitalizar instantáneamente notas y bocetos realizados en papel, además de dejar al usuario corregir sus notas con una grabación de audio en tiempo real. “Con este último lanzamiento, se tomó en cuenta al estudiante y al hombre de negocios. Encontró con este nuevo producto el tema del sharing. Cuando se toma notas en una agenda, generalmente, se hace cuando uno no está frente a la estación de trabajo”, plantea Kitay.

Según destaca la compañía en su más reciente reporte semestral, las ventas del segmento M+ (que nuclea a los productos digitales) crecieron 144,7 por ciento en la primera mitad de 2016, lo que duplica su participación de 2,2 a 4,7 por ciento de la facturación total. “Por un lado, provoca satisfacción por el producto y el interés en él. Además, está la combinación de que el precio es 10 veces mayor. Eso se ve”, argumenta Berni. Una libreta Moleskine clásica ronda los US$ 13. El set cuesta US$ 200.

Presente en más de 100 países, Moleskine posee 79 distribuidores –los canales van desde librerías hasta museos– y 65 locales ploteados sólo con su marca (hasta junio de 2015 eran 43; el plan para el resto de este año es alcanzar los 80). “Penetramos mercados asociando nuestras ventas con comunidades creativas locales”, explica Berni. Piensa en la Argentina aunque, por el momento, prefiera no opinar sobre los cambios económicos en el país, pese a que, dice, está al tanto de ellos.

No obstante, da a entender que llegaría con un socio local. “Es extremadamente importante para nosotros encontrar en cada mercado a los correctos para la distribución, que entiendan de qué se trata la marca y que sean pacientes para el desarrollo del negocio. A veces, no es fácil”. De todos modos, tiene esperanza. “Estoy confiado”. Este año no aterrizó pero casi: Moleskine cortó cintas en un local propio ubicado en calle Corso Buenos Aires, en Milán.

 

El original de esta nota fue publicada en el número 275 de la revista APERTURA.



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