Con humor es mejor: anécdotas de nuestro equipo en el Día del Periodista
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Con humor es mejor: anécdotas de nuestro equipo en el Día del Periodista

06 de Junio 2016

Como festejo por el Día del Periodista, en Apertura y El Cronista decidimos contarles las anécdotas más recordadas que alguna vez nos sucedieron. 

Puede fallar | Por Lucila Lopardo, de Apertura

Con dos amigas de la facultad teníamos la consigna de entrevistar a un periodista destacado y en una base de datos infinita que nos habían compartido estaba el teléfono de contacto de Magdalena Ruiz Guiñazú y dijimos ¿Por qué no? Una de las integrantes se dedicó a llamarla y concretar la entrevista. Al día siguiente nos dijo que Magdalena estaba encantada y que nos había citado en la casa. Perfecto, nunca pensamos que iba a ser tan simple concretar la nota, nos quedamos tranquilas. El día llegó, fuimos las tres, entusiasmadas, vestidas como nunca y con una caja de bombones que compramos de paso en la Avenida Santa Fe. Tocamos el timbre, estábamos nerviosas, nos atendió una mujer que, supusimos, era su empleada doméstica. Subimos por un ascensor antiguo, llegamos al piso, la mujer nos hizo pasar y esperar en el living. Todo cerraba, un edificio clásico, con cuadros y adornos de todo tipo. Nos sentíamos orgullosas por estar ahí y por haberle llevado la caja de bombones. Cuando escuchamos unos pasos desde el pasillo nos paramos las tres al mismo tiempo y apareció una mujer morocha de unos cincuenta y pico, que nos saludó muy contenta y se sentó. Pensamos, bueno nos explicará que Magdalena no pudo llegar a tiempo y nos entretendrá… Pero no, nos pidió que comenzáramos con la entrevista, nos quedamos paralizadas, era otra Magdalena.

 

Prode, corridas y emoción el día que Bergoglio pasó a ser Francisco | Por Ezequiel Chabay, El Cronista

Allá por 2013 trabajaba en una agencia de noticias y habíamos hecho apuestas sobre quién sería el reemplazante de Benedicto XVI. Incluso circuló un “Prode” con plata y almuerzos comprometidos para el que coincidiera su presentimiento con lo que preparaba el destino. 

El 13 de marzo, al salir humo blanco por la chimenea del Vaticano, nos atornillamos a la silla y pegamos los dedos al teclado. Yo tenía una entrevista para otro medio, y tuve que explicarle rápidamente a la fuente que me era imposible trasladarme hasta el lugar. No hasta que de una bendita vez saliera el tipo vestido de blanco por la logia de San Pedro.

A eso de las 14, la espera ya era insoportable. Yo transmitía por streaming las imágenes que llegaban de Roma y actualizaba las redes sociales minuto a minuto. En el momento en que esa cara conocida asomó por el balcón vestido de blanco, en la redacción gritaron “¡Es Bergoglio!”, con una mezcla de pasmo e incredulidad. ¡Hubo hasta quien soltó una puteada! Por mi cuenta, siendo el nuevito, los dedos me empezaron a temblar y no podía escribir ni bien ni de corrido que un argentino fuera ahora el Papa. Tomé aire, mandé una orden a las falanges y a los metacarpianos para que tipearan correctamente y logré comunicar: EL PAPA ES ARGENTINO.

Después sonó el teléfono. Habría una conferencia de prensa en Retiro, donde los obispos darían a conocer un comunicado oficial al respecto. Corrí al subte con la poca plata en los bolsillos y un grabador desvencijado. Al llegar, había solo dos periodistas gráficos. Había llegado la contraorden: la conferencia sería en la catedral. Pero en el saludo protocolar, quien había invitado a la fallida conferencia –y que me veía cara conocida- me deslizó por la mano una copia del saludo oficial enviado a Francisco. Lo tenía bajo embargo hasta ser pronunciado.

Con otro colega –que no conocía- nos fuimos comentando y analizando lo que sucedía. En un despiste de él, aproveché para llamar a la redacción y dictar el comunicado. Una vez en Plaza de Mayo, antes del atardecer, ya se concentraba una marea de gente. Los antiguos colaboradores del ahora Papa corrían de un lado al otro y algún que otro sacerdote fumaba como marrano para aquietar una crisis nerviosa.

Enseguida, las cámaras y micrófonos coparon el salón. La conferencia transcurrió sin más, y una vez satisfecha la voracidad informativa, volvimos a la calle. La avenida Rivadavia ya lucía cortada y tomada por un grupo de manifestantes que no pedían la condena a un represor ni la ampliación de un plan social, sino que festejaban casi tanto o más que un mundial. Todo terminó cerca de las 23, pero con la sensación de que el tiempo se había comprimido para hacerme vivir experiencias muy pero muy fuertes –como las que trae una verdadera exclusiva- en apenas minutos.

 

El día en que me confundieron con Cristina | Por Joaquín Garau, Apertura.com

Pirelli inauguraba una nueva planta en Merlo, provincia de Buenos Aires, y me habían mandado a hacer la cobertura ya que iba a ir Cristina a encabezar el acto.

La empresa nos reunió a todos los periodistas en avenida Del Libertador y Callao y desde ahí salimos en combi. Anduvimos un largo rato y llegamos a Merlo pero el chofer no tenía ni idea de dónde era la planta así que empezamos a dar vueltas hasta que encontró a un patrullero, le explicó que estábamos perdidos y los policías –que iban al mismo lugar- se ofrecieron a escoltarnos.

Llegamos a las inmediaciones de la fábrica y era una fiesta. Banderas de La Cámpora, gente con la cara pintada, choripanes y bombos esperaban por Cristina y, nosotros, llegábamos en la combi con vidrios polarizados. Cuando nos vieron con el patrullero adelante supusieron que esa combi llevaba a Cristina. Aunque había vallas de contención en las veredas, todos alcanzaban a estirarse y tocar los vidrios, hacer la V de la victoria y gritar: “Cristina, Cristina corazón, acá tenés los pibes para la liberación”. Encima, en la fábrica tardaban en abrirnos el portón y mientras tanto los militantes cambiaban sus estrofas. “Somos de la gloriosa juventud peronista, somos los herederos de Perón y de Evita”, cantaban con el señor del bombo ayudando a mantener el ritmo. Por fin la puerta se abrió y entramos. Cristina ingresó por otra puerta y los militantes deben creer, hasta el día de hoy, que ahí adentro estaba “La Jefa”. Lamento decepcionarlos: era yo.

 

¿Se murió o está todo bien? | Por Ricardo Quesada, Apertura

27 de octubre de 2010. Día en que se realizaba el censo nacional. La redacción de La Nación por la mañana estaba prácticamente desierta, porque se había armado un operativo de emergencia. Poco después de las 8.30 llega un mail de la corresponsal en Santa Cruz que decía, palabras más, palabras menos: “Internaron a Néstor Kirchner, está grave”.

Inmediatamente suena el teléfono. Era la corresponsal que llamaba para dar el parte. Atiendo y empiezo a escuchar la información que tenía para pasar. Ansiosa, mi jefa se acerca y empieza a hablarme. Mis gestos con la mano, indicaban: “Esperá un momento, que no les puedo prestar atención a ambas a la vez”. Ella entendía: “No te preocupes, que no pasa nada”.

La conversación se extendió por no más de cinco minutos. Cuando finalmente colgué el auricular, aviso: “Me dijo que está muerto, pero que todavía no lo puede terminar de chequear”.

Mi jefa, desconcertada, me pregunta: “¿Cómo que se murió? ¿No me estabas diciendo que estaba todo bien?”

Minutos después, y ya aclarado el malentendido causado por la comunicación no verbal, publicábamos la muerte del expresidente y marido de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

El resto es historia.

 

¿Y mis llaves? | Por Sebastián Salvador, El Cronista 

El entrevistado llegó a la redacción de El Cronista. El periodista le hizo la nota y yo me dediqué a filmarla.

El entrevistado habló del mercado de los autos, los precios y las expectativas de ventas para ese año. Cuando la nota terminó, saludó amablemente y se fue. Sin embargo, al rato, me acerqué al periodista y le dije: “¿Vos tenés mis llaves?”. No las tenía. Ni él, ni nadie. Mis llaves habían desaparecido y no sabía dónde estaban hasta que se me ocurrió: “¿No se las habrá llevado el entrevistado?”. Adivinen: el entrevistado se había llevado mis llaves a su casa. Cuando empezó la nota, el entrevistado había apoyado su billetera y sus llaves en un mueble y, al parecer, al irse agarró todo sin darse cuenta que se llevaba las llaves de mi casa. Para colmo, cuando nos dimos cuenta, ya había pasado una hora. Dos horas después, un auto llegó a la redacción con mis llaves. El entrevistado se lo tomó con humor. Y yo también.

 

Sorry, gorda | Por Carolina Potocar, Apertura.com

A la hora de dar entrevistas, hay personas a las que no les cuesta en lo absoluto seguir con sus vidas mientras un periodista les hacen preguntas. Semanas atrás, mi agenda marcaba que una de mis tareas del día era hacer un llamado entre las 17 y las 18 horas. La persona con la que tenía que hablar era una publicista de unos treintipico, con una agencia especializada, según ella misma, en “cómo hablarle a la mujer de hoy en día”. La charla fue corta pero “distinta”. A los “gordi” o “negri” que usaba la entrevistada cada vez que empezaba a responder una de mis preguntas, se sumó, en determinado momento, el sonido de una puerta rechinando. La publicista dejó de contestar por unos segundos, hasta que me aclaró: “Sigo acá. Me hacía pis así que vine al baño, pero vos seguime preguntando tranqui”. Cuando dan notas, algunos entrevistados pueden hacerlo todo.

 

El periodismo, un oficio en transformación: de la Olivetti a Internet | Por Gabriela Ensinck, El Cronista

Cuando pisé por primera vez una redacción, hace casi 20 años, siendo aún estudiante, el ruido de las máquinas de escribir poblaba el ambiente de la revista Semanario, de Editorial Perfil. Internet era una rareza destinada a centros académicos y casi nadie tenía un teléfono móvil.

El resultado de aquellas limitaciones tecnológicas era que los periodistas escribían sus notas de un tirón y sin equivocarse. Y como era muy difícil ubicar a las personas por teléfono, y era impensable mandarles un mail o “seguirlas por twitter”, había que salir a la calle y hacer entrevistas “cara a cara”.

Todo eso cambió con la irrupción de las TICs. Los periodistas “nuevos” preferíamos escribir con la compu a acalambrarnos los dedos en una Olivetti. Y así el procesador de textos nos permitía mover párrafos, insertar datos, y dar forma al relato a medida que lo escribíamos, en lugar de tenerlo claro de antemano.

Entonces llegó Internet, y provocó, como dice Ignacio Ramonet, la explosión del periodismo. La red de redes convirtió a la información -eso que antes había que salir a buscar y era difícil de conseguir-, en un commodity, abundante y accesible a un click.

Y después vino Internet 2.0, la de los usuarios y las redes sociales, que permite interactuar y producir información sin ser dueño de un medio ni periodista. Las “audiencias” que los esquemas tradicionales de comunicación consideraban “receptoras”, son ahora productoras y distribuidoras del “mensaje”.

Hoy el periodista, más que “informar” debe estar dispuesto a “interactuar”. Hay nuevos medios de información “automatizados”, como los Google News, y una tentación a “mirar los acontecimientos por la tele, usar como fuente a Wikipedia y a Google, hacer entrevistas por mail o levantar declaraciones desde twitter, urgidos por la instantaneidad, y muchas veces olvidando re-preguntar y chequear la información de primera mano.

Sin embargo, las tecnologías están abriendo horizontes laborales inesperados, que van desde convertirse en Blogger, Community Manager o dedicarse al Periodismo de Datos, que combina habilidades de periodista, diagramador, programador y hacker para bucear en la maraña informativa de internet, detectar datos y tendencias y presentarlas en forma atractiva. Hoy tenemos que reconvertirnos, pero sin perder la esencia del buen periodismo, que es saber contar una historia, con datos chequeados, aportando contexto y mirada crítica.



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1 Comentario

Agustina Mikulka Reportar Responder

Me encantó leer estas historias. Feliz día a todos los que hacen Apertura y El Cronista! Agus Mikulka (a.k.a Mika)

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