Cómo viven las industrias protegidas por el Gobierno
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Cómo viven las industrias protegidas por el Gobierno

 La realidad de los sectores que el Estado mantiene a resguardo de las importaciones mediante licencias no automáticas y trabas. Hasta dónde pueden competir.

30 de Agosto 2012




Son los primeros exponentes que emergen en la lista cuando se habla de protecciones, licencias no automáticas y restricciones a la competencia extranjera. También, los mismos que esgrimen datos sobre recuperación del empleo e inversiones sin ningún temor a ser tildados de oficialistas. A todo o nada, su destino parece inexorablemente atado a los designios gubernamentales de turno, con escaso margen de acción si el resguardo estatal de-sapareciera de un día para otro. Aunque, en el fondo, saben que la batalla por la competitividad es un camino largo y sinuoso que están obligados a recorrer sí o sí. Indumentaria, calzado y juguetes conforman –junto a la rama electrónica en Tierra del Fuego– los botones de muestra más salientes de la reindustrialización que hace flamear el Gobierno. ¿Hasta dónde llega ese proceso? ¿Es sustentable o meramente transitorio? Preguntas más actuales que nunca en medio de la sustitución forzada de importaciones y la obsesión por el cuidado de las divisas.

juguetesproteccionismo

Los liberales más puros que condenan el intervencionismo harían cola para refutarlos, con planteos en defensa de los consumidores y a favor de la mano invisible del mercado como mecanismo más adecuado de asignación de recursos. Pero los industriales se ponen en guardia para justificar la protección que ostentan y describir su situación actual.

“La del ‘90 fue la década del genocidio industrial. En 1995 había 235.000 empleados textiles y llegamos a un punto de quiebre en 2002. A partir de 2003 y gracias al tipo de cambio, crecimos”, dispara, de entrada, Marco Meloni, presidente de la Fundación Pro-Tejer, entidad nacida durante el primer año del kirchnerismo que agrupa a más de 180 integrantes de la cadena textil. Las cifras actuales del sector, según el empresario (socio gerente de Italcolore, tejeduría del polo fabril de Jáuregui), reflejan 500.000 empleos directos e inversiones que entre 2003 y el año último sumaron US$ 2000 millones. “La mayor inversión, de US$ 320 millones, se dio en 2011”, asegura Meloni. La actividad creció 150 por ciento en los últimos ocho años y el uso de la capacidad instalada pasó del 45 al 75 por ciento, reseña. Las firmas textiles registradas, con personal “en blanco” –aclara, porque en el sector también impera la informalidad– rondan 3000. “Se recuperaron 255.000 empleados, más del doble de los que había” a principios de la última década, pone de relieve.

El textil es un sector no exento de disputas internas, admite el empresario. La enorme oportunidad que abrió hace 10 años la barrera cambiaria empujó a sus integrantes a intentar defender sus intereses de manera coordinada, explica. Cada eslabón siempre vio con buenos ojos la importación del insumo anterior de la cadena (el de tejeduría, el hilado; el de confección, la tela) para bajar costos. Pero ahora, asegura el ejecutivo, tratan de ponerse de acuerdo, aun cuando el año último las importaciones textiles sumaron el record de US$ 1936 millones, con las licencias no automáticas de por medio, aclara.

“Necesitamos un mercado interno con un trabajador que gane lo suficiente para que siga consumiendo”, define su credo. Para eso es preciso defender el trabajo local y mantener a raya la competencia que llega desde el sudeste asiático, remarca. “Hay gente que dice que prefiere la ropa barata. Yo prefiero que sea más cara pero no conlleve a un modelo deshumanizador”, lanza.

Las denuncias contra la competencia asiática vienen de larga data. Según Meloni, la hora de trabajo de un textil, impuestos incluidos, se paga US$ 5 en la Argentina, frente a US$ 0,05 en Vietnam, Bangladesh o Myanmar. “Estamos hablando de US$ 20 mensuales, con 18 horas diarias de trabajo. Son 100 veces menos. Hablar de competitividad, en ese contexto, es relativo”, refuta. En el nivel local –compara– el sueldo promedio de bolsillo de un empleado textil no baja de $ 4000.

La protección de la que gozan, entre otros sectores, tanto textiles como calzado y juguetes –recursos antidumping en casos específicos, licencias no automáticas y, desde febrero último, las Declaraciones Juradas Anticipadas de Importación (DJAI)– se justifica, para Meloni, a partir del alto nivel de empleo que generan. “Todos se protegen. Europa lo hace con normas sanitarias y los Estados Unidos establecen cupos. La lucha, hoy, es no tener desocupación y los textiles aportamos mucho”, enfatiza. No sólo juega China
Postulados similares brotan del lado del calzado y de la industria del juguete. “En 2001, producíamos 36,4 millones de pares, y convivíamos con 27 millones de pares importados. Hoy pasamos a 115 millones de pares fabricados localmente”, indica Alberto Sellaro, presidente de la Cámara de la Industria del Calzado (CIC). Las 2000 empresas que componen el sector –unas 10 de ellas grandes, como Grimoldi; 300 medianas y, el resto, PyMEs de no más de 15 empleados, caracteriza el fabricante– emplean en forma directa a unas 45.000 personas y generan 25.000 puestos indirectos entre sus proveedores (celulosa, cuero, plásticos, químicos). “En lo peor de la crisis habían quedado 250 empresas. Muchas se reconvirtieron y crecieron”, apunta. Gigantes como Adidas y Nike también comenzaron a producir en forma directa o a través de socios gracias al tipo de cambio favorable.

Para el calzado, la competencia china es una preocupación existencial, aunque no la única: Brasil arranca más quejas. De los 20 millones de pares importados que ingresaron en 2011, señala el industrial, 14 millones llegaron del otro lado de la frontera, cifra similar a la de 2009 y 2010. “Si no existieran las trabas, no habría industria. Cuando Brasil exporta, tiene subsidios de un 42 por ciento. Eso jamás cambió”, protesta Sellaro. Ante la ausencia de un acuerdo entre los fabricantes de ambos países que delimite cupos –como ocurrió hasta diciembre último entre la CIC y Abicalzados, su par brasileña–, el flujo de ingreso de zapatos verdeamarelos lo maneja el omnipresente Guillermo Moreno a través de las licencias no automáticas, que provocaron múltiples reclamos del país vecino en momentos en que el comercio intra bloque está cayendo. “La balanza comercial, igual, siempre es favorable a Brasil”, aclara el empresario.

Según Sellaro, exportar al socio mayor del Mercosur no es nada fácil. “El calzado importado representa sólo el 1 por ciento de su mercado. Los brasileños son muy nacionalistas”, argumenta. Aunque la producción local domina hoy más del 80 por ciento de la torta –115 millones de pares frente a 20 millones foráneos– los fabricantes argentinos siguen viendo a Brasil como una amenaza, por su diferencia de escala (produce unos 800 millones de pares anuales). “En los últimos años se destinaron US$ 100 millones anuales a mejoras tecnológicas y maquinaria”, aclara, igual, Sellaro.

Fifty-fifty

Miguel Faraoni, presidente de la Cámara Argentina de la Industria del Juguete, sostiene que de las 250 empresas que llegó a reunir el sector a fines de los años 80, se pasó a las 60 que quedaron en 2001, tras una década de apertura a la competencia china. “Y de esas 60 firmas, 30 importaban más de lo que fabricaban”, dice. El brusco cambio de precios relativos de la devaluación les permitió sacar la cabeza del agua. En este momento, la cámara agrupa a unos 100 industriales –Rondi, Duravit, DiMare, Antex, entre los más grandes– que fueron recuperando participación de mercado: de menos del 10 por ciento que controlaban en 2002, saltaron al 40 por ciento actual. “Ganamos un 5 por ciento por año”, indica. El sector emplea a 3500 personas directas y a 8000 indirectas, y la inversión rondó los $ 25 millones por año durante los últimos ocho, completa.

El objetivo es llegar a una relación de 50/50 con los productos importados. “Nunca pensamos que se debía cerrar la entrada. Creemos que debe haber un mix, que obligue al industrial local a mejorar y bajar costos”, aclara Faraoni, más contemplativo con la competencia extranjera. La entidad que preside –agrega– está trabajando con la cadena de comercialización para lograr que lo que se importe sea complementario. “La idea es que no traigan baldecitos de playa, que acá se hacen a montones. Si el país debe gastar divisas, que lo haga de manera inteligente”, exhorta.

En 2011, la importación de juguetes alcanzó los US$ 105 millones, con 16 millones de kilos, un monto similar al de 2010, según Faraoni. El mercado total movió $ 400 millones, en precios al público. Las licencias no automáticas, que se extendieron a múltiples actividades desde 2010, comenzaron a aplicarse allá por 2005 para el sector. “Había que poner un control a las importaciones. En los’90 los productos entraban y no cumplían con las normas de seguridad. Todos los juguetes chinos que eran rechazados en los Estados Unidos o Europa terminaban acá”, cuestiona. Hoy afirma que las licencias no automáticas “las maneja el Gobierno, de acuerdo a sus necesidades”.

De todos modos, plantea que las restricciones no son impermeables. “Siguen entrando productos a US$ 1,5 el kilo, cuando un juguete no puede valer menos de US$ 4 el kilo. Son partidas que andan dando vueltas por el mundo”, protesta. Los recursos antidumping no constituyen una herramienta apropiada para la industria, explica, debido a que el universo de los juguetes es muy amplio.

Desafío compartido

Muchos elementos en común unen a los tres sectores, más allá de las trabas aduaneras que los amparan y del debate que suscitan en términos de las ventajas y desventajas que esa política genera. Pero un eje se despega de otros: la necesidad de ganar competitividad genuina y abandonar la mirada mercado internista, porque el colchón cambiario se evaporó por la inflación y las restricciones en las fronteras pueden no durar para siempre.

“La ventaja comparativa del tipo de cambio fue disminuyendo, por razones endógenas y exógenas”, admite Meloni y sentencia: “Crecieron los costos, especialmente los laborales, pero bienvenido sea, porque activó el mercado interno”. Según el textil, la medida del costo de producción a fasón cotizaba a US$ 0,25 en 2001 y hoy se ubica en US$ 0,19. El salario promedio del sector, que entonces rondaba US$ 250 mensuales, alcanza ahora los US$ 1000. “Pero tenemos más competitividad por volumen”, matiza. “Las rentabilidades no son las mismas que las de los últimos años”, reconoce Sellaro, quien agrega que la industria aprendió a reducir costos por la mayor producción. No obstante, advierte que los síntomas de desaceleración ya empezaron a percibirse, a través de retrasos en la cadena de pagos. Con todo, espera un crecimiento del 4 por ciento en volumen para este año.

El problema de la escala envuelve también a la industria del juguete, afirma Faraoni: “Nuestro mercado es chico y la inversión en maquinaria para desarrollar nuevos productos, muy grande para que el juguete desaparezca a los seis meses. Por eso muchas empresas tratan de exportar a los países vecinos aunque no ganen, para aumentar su volumen de fabricación”.

Justamente, la salida que los industriales están forzados a ensayar pasa por la búsqueda de nichos de exportación, donde puedan diferenciarse y escaparle a la batalla con Asia. “Con los pares textiles de la región se puede competir. Teniendo la escala que pretendemos de acá a 10 años, somos competitivos”, se anima Meloni. El sector, asegura el empresario, podría crear 100.000 nuevos puestos de trabajo en los próximos cinco años, siempre que se mantenga el paraguas que los resguarda, aclara. En 2011 exportó por US$ 924 millones, principalmente, al Mercosur. “Debemos competir con diseño. Sólo eso nos va a permitir ser como Corea (del Sur), que agrega valor por 50 veces sobre la materia prima”, sentencia.

“Nuestra salida pasa por la exportación, aunque no es fácil. Estamos haciendo viajes con apoyo oficial para abrir mercados”, comenta, con mayor cautela, Sellaro. Los zapatos argentinos –como los textiles– pasearon recientemente por Angola, en la excéntrica misión comercial que encabezó la Presidenta, y en 2011 sumaron 2 millones de pares despachados al exterior. “Exportamos 10.000 pares de zapatos de tango a Japón. Y casi 13.000 pares de botas de polo a China. Hay nichos en casi todos los mercados pero no es fácil encontrarlos”, se ataja el fabricante.

Diseño, diseño, diseño es la máxima que repiten, al unísono, los jugueteros. “Entendemos que la salida de la Argentina como productora de juguetes va a pasar por ahí”, define Faraoni. “No podemos exportar a otro país un juguete copiado de China y vendido más caro. Ahora, si vamos a Uruguay con un diseño nuevo, el precio pasa a segundo plano”, confía. Las exportaciones a los países vecinos totalizaron US$ 6 millones el año último.

A la hora de hablar sobre restricciones a sus propios insumos, en las cámaras minimizan la situación. No obstante, hay fabricantes que alertan sobre sus consecuencias. “Los principales problemas son la falta de insumos importados y la alta inflación”, señala Marcelo Ferraro, de la marca Ferraro. Si bien apunta que las ventas se mantienen en el nivel interno, el industrial advierte que el aumento de costos, combinado con el tipo de cambio atrasado, deja “fuera de competencia a nivel internacional” a los productores locales.

Textiles y calzado fueron incluidos en el Plan Estratégico Industrial 2020, diseñado por el Ministerio de Industria en 2011 para 11 cadenas productivas. Establece metas de producción y empleo que, supuestamente, deben alcanzar cada una de ellas en ocho años. Para los textiles, fija una producción de US$ 9200 millones, crecimiento del 10 por ciento anual y 250.000 nuevos empleos. En calzado, establece una producción de 200 millones de pares, 12.000 nuevos puestos y exportaciones de 50 millones de pares. “Al ritmo que veníamos creciendo tal vez llegamos a 200 millones de pares fabricados. Pero 50 millones de exportación son un sueño”, toma distancia Sellaro. “Exportar es un trabajo de largo plazo”, apunta, como si hiciera falta, Faraoni. Largo plazo. Dos palabras que suelen escasear en la Argentina, incluso, entre quienes gozan de protección.



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1 Comentario

Editor80 CMS Reportar Responder

Me parece bien que protejan la industria nacional y haya sustitución de importaciones. Pero también debería exigírse a los empresarios responsabilidad para no aumentar precios Además no deberían trabar importaciones de productos que no se fabrican ac

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