Cómo es ir al cole en otro país
Negocios

Cómo es ir al cole en otro país

Empezar en una nueva escuela siempre es difícil... ¿y en otro lugar del mundo?

Por Flavio Cannilla 07 de Agosto 2014

 



Al principio, ir a la escuela en otro país es, siempre, raro. No entendés nada. Los compañeros te miran como si fueses un extraterrestre y, al principio, no te enterás ni de la mitad de lo que tenés que hacer. Las reglas son otras, los tiempos diferentes. En algunos lugares, tenés que pararte para hablarle al profesor (y ni se te ocurra tutearlo). En otros, las clases no consisten de una hora sino de dos horas seguidas (¡Imaginate!). O sea, es otra cosa.

A mi me tocó ir a la escuela en Viena y Hamburgo. La primera es la capital de Austria, si el país de dónde viene la Sachetorte y la emperatriz Sissi; la segunda es una ciudad en el norte de Alemania, que no, no es la capital de las hamburguesas, pero que si tiene uno de los puertos más grandes de Europa.

flavio

En total, estuve 8 años allá y sí, al principio, costó. Por ejemplo, en Viena, para entrar a la escuela, que era una primaria en uno de los barrios de las afueras de la ciudad, tenías que sacarte los zapatos, dejarlos en la entrada, en un armario especial, y ponerte…pantuflas. Y no cualquier pantufla: tenían que ser las que se parecen a las de ballet…. Lo bueno es que en ese país no se usa uniforme . Podés vestirte como quieras para ir al cole.

¿Por qué? Porque los austríacos, como los alemanes y, en general todos los que viven en el Norte de Europa, hacen mucho hincapié en la limpieza. Una de las razones es que el clima no es tan lindo como el nuestro. Por ejemplo, en invierno, hace mucho frio y, en las calles, se junta una mezcla de nieve, lluvia, escarcha y barro. En verano, en cambio, no siempre hay sol y puede llover. Entonces, la idea es dejar la mugre afuera, para poder jugar, adentro, limpio. Igual, las escuelas, casi siempre tienen clases con sillas y bancos como las de acá. Solo en las clases de música, tenés pupitres con bandeja incluida.

Otra cosa, que no fue fácil, es que las clases, podían ser más largas que las nuestras. Había días que podías tener, la primera clase, de una hora, y, después de un recreo de 15 minutos, te podía tocar una de dos horas, con 5 minutos de pausa, en el medio. Por otro lado, también tenías escuela el sábado por la mañana. Sólo un fin de semana al mes, tenías libre todo el fin de semana. Y siempre, siempre, el respeto ante todo. A los profes y las seños, no los llamabas por su nombre (¡jamás!), ni por su apellido. Les tenías que decir: “Señor profesor” o “Señora maestra”.

Más tarde, ya en Hamburgo, la cosa aflojó un poco, por lo menos, en cuanto a las pantuflas. Sin embargo, el tema del respeto se mantuvo. Por lo menos, en la primaria. Después, cuando pasás a secundaria, ya podés tratarlos por su apellido. En cualquier caso, lo del respeto era mutuo: a medida que ibas creciendo, también tus profesores ya no te trataban de vos sino de Usted. Y, en ciertos casos, le anteponían el “Sr.” a tu apellido. Un tema muy importante, en ese sentido, eran lo de los horarios. Llegar tarde, no era una opción. Si los hacías más de dos veces en la semana, sin una nota de tus padres, que explicara el por qué, estabas en problemas. Otro tema era que hacían mucho hincapié en que no teníamos que aprender de memoria sino entender. A partir de cierto nivel, como cuarto grado, te empezaban a pedir que fundamentarás las cosas que decías, que explicará por qué y cómo habías llegado a tal o cual conclusión. Y no sólo en matemática, sino también cuando hablabas sobre un cuento o una película que habías visto en la tele.

Otra de las cosas que me tuve que acostumbrar fue que las clases, ya en la primaria, no eran sólo sobre las materias de siempre, como ciencias, idiomas o deporte. En Hamburgo, había también clases como: ‘Comportamiento en la vía pública’. Como casi todos íbamos en bici al cole, se suponía que teníamos que saber algo sobre cómo movernos. Entonces, nos daban clase acerca del significado de las señales de tráfico que teníamos que tener en cuenta, de dónde teníamos que ir, cuando andábamos en bici por la calle (y por dónde no) o de qué tenía que tener la bici para pasar un test de vialidad. Y, para colmo, al final del curso te tomaban examen: uno teórico y uno práctico. Este consistía de un viaje en tu bici desde un lugar determinado al colegio. A lo largo de la ruta, había policías que controlaban que hagas todo, según las reglas. Si pasabas, ambas pruebas, te daban un “Registro de Bicicleta”. En los meses posteriores, te podías encontrar con controles frente a la escuela, en los que se verificaba que la bici tenga todas las luces y frenos en orden y funcionando. La razón es simple y no tiene nada que ver -como muchos piensan- con temas históricos. El tema es que casi la mitad del año, cuando vas a la escuela o cuando volvés por la tarde a casa, es de noche. Y es importante que te vean bien en la calle para prevenir accidentes. Por ejemplo, en Hamburgo, entre fines de octubre y principios de mayo, hay días que la primera luz del día aparece a las 9 y que desaparece a las 16.30.

Una cosa que es bastante diferente a las de acá es que no tenés tanto doble turno. El horario más tarde de salida, solía ser, una o dos veces por semana, a las 15.00. Pero eso, recién, en la secundaria. En la primaria, terminabas casi siempre, a las 14.00. Después, tocaba almorzar y hacer la tarea y, después, lo que quieras. En la mayoría de los casos, por lo menos, entre mis amigos, terminamos en alguna actividad deportiva. Por ejemplo, mi madre me anotó en un club de fútbol de la zona, a dónde también iba gran parte de mis amigos de la escuela.

flavio2

Entrenábamos los martes y jueves, de las 17 hasta las 19. Los findes tocaba partido. En invierno, con calzas, guantes y camiseta interior. Porque, jugando sobre una cancha de arcilla (las canchas de césped estaban reservado para las divisiones mayores), con el piso congelado o también nevado, lo que no querías era recibir una pelotazo sobre la piel desnuda. No te hacés una idea, cómo duele. Pero, lloviera, granizara, nevara o hiciera calor, para salir a la cancha nuestro entrenador siempre nos exigía una cosa más: tener los botines bien lustrados con betún. Porque, decía, no alcanzaba con matarnos en los entrenamientos, ser talentoso, como Beckenbauer –que era el Messi de aquella época-, veloz como Cruyf o tener la garra Kempes. Para poder jugar, teníamos que prepararnos también fuera de la cancha, por respeto hacia nosotros y hacia nuestros compañeros. Y así fue desde los 9, que entré a jugar, hasta los 16, cuando me tocó volver a la Argentina.

Ah, casi me olvido: en todo ese tiempo –ocho años- no hubo un paro de docentes. Según me explicaron eso es porque los maestros son funcionarios/servidores públicos y, como tales, no pueden hacer paro. Tienen otras formas de protestar pero no el paro.
 

 



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos

Notas Relacionadas