Claudio Loser:
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Claudio Loser: "Hay peligro de una inflación mayor a la actual"

Precios altos de commodities, falta de capacidad ociosa y déficit energético, los principales limitantes, según el economista, el argentino que más alto escaló en el FMI.

Por Flavio Cannilla 23 de Julio 2013




Es difícil imaginarse a Claudio Loser como a un frío técnico de economía financiera que, con expresión adusta, recorrió, por 30 años, los pasillos del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Washington. Con casi 70 de edad, resulta demasiado cercano y alegre para parecerse al cliché del ogro que se adjudica a los funcionarios del organismo de financiamiento multilateral. Sin embargo, a la hora de analizar la realidad argentina, este porteño criado en Mendoza, que terminó su carrera como director responsable para el Hemisferio Occidental del FMI, no deja margen para la duda.

La Argentina está hoy –nuevamente– ante un momento definitorio, comenta en diálogo telefónico desde la capital estadounidense, donde reside desde su jubilación, en 2002. Pero, a diferencia de tantas ocasiones, “esta vez, el país no depende de otra cosa que de sí mismo” para corregir el rumbo, subraya. En este mano a mano con APERTURA, Loser se aventura, incluso, a predecir que, si el país toma al toro por las astas en materia de reordenamiento económico, en el plazo de un año, podría estar reinsertada en la comunidad económica internacional.

¿Cómo interpreta las medidas de blanqueo de capitales anunciadas hace unas semanas?
Las veo como una manifestación más de la profunda preocupación o desesperación por parte de las autoridades económicas argentinas para revertir la pérdida de dólares y capitales. Es una repetición más de errores cometidos en el pasado. Y, en cuanto a su éxito, no veo más beneficiados probables que a los amigos del Gobierno.

Sin embargo, en 2009, ya hubo un blanqueo de capitales que duró seis meses y se declararon US$ 18.000 millones. ¿No podría generarse un efecto similar?
Esta es una situación muy diferente. Primero, porque, mientras más blanqueos se hagan, menos efectos tienen. Segundo: en 2009, las condiciones eran otras. Había una economía en crecimiento y no existía un problema importante de tipo de cambio. Hoy, la situación es mucho más dramática. Hay una gran brecha entre el tipo de cambio blue y el tipo de cambio oficial, y las reservas caen.

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¿Cómo interpreta, entonces, a la Argentina versión 2013 en la visión de los últimas tres décadas?
Los últimos 30 años de la Argentina fueron un período muy traumático. En 1983, el país estaba en una situación de profunda crisis, por el manejo de la deuda, que resultó en un período de alta inflación, bajo crecimiento y con una situación de deuda impaga. A 30 años de eso, después de un período de hiperinflación y de una reestructuración con muchas fallas, como lo fueron los años ’90, la Argentina se encuentra en una situación similar pero con el agravante de estar perdiendo la histórica oportunidad de un dinamismo de altos precios de commodities. Además, hay un problema de reformas estructurales, una economía altamente e ineficazmente protegida, sin movimiento de capitales, como tampoco había hace 30 años. Otra semejanza es que, independientemente de sus visiones, (Mercedes) Marcó del Pont, la actual presidenta del Banco Central, tiene un manejo parecido al de (Domingo) Cavallo, quien, por esa época, ocupaba su cargo. Resumiendo, tenemos una situación de crecimiento a la baja y con alta inflación.

¿Hay peligro de una inflación galopante?
Creo que no, aunque hay un peligro de una inflación, incluso, de nivel mayor a la actual. Desde el Gobierno, se suele argumentar que se necesita inflación para seguir creciendo. Ese debate se puede dar cuando uno tiene una inflación del 3 por ciento versus una del 5. O, como en el caso de Japón, que tiene una inflación negativa y quiere tener una del 2 por ciento. Pero, en el momento en el que estamos hablando de inflaciones de más del 10 por ciento, no hay forma de controlarlo.

¿Cómo se podría reducir ese peligro?
Sonaré muy tradicional: lo que el Gobierno tiene que hacer, y sin hablar de deuda, que es un tema aparte, es lograr un manejo tradicional de la política monetaria. Y tradicional no quiere decir que sea restrictiva, sino que se implemente un manejo ortodoxo en materia de política fiscal y monetaria. Eso requiere concentrarse en emitir mucho menos, con una meta de emisión en torno a un 10 por ciento anual (N.d.R.: en 2012, fue del 37,1, según el Banco Central). Todo, con un manejo transparente y poniendo las cuentas fiscales en orden. Y eso implica tanto a las cuentas del Gobierno nacional como a las de las provincias.

Uno de los instrumentos que se debaten en ese sentido es el cepo cambiario. ¿Cómo lo interpreta?
Al respecto, creo que es inevitable una devaluación para, así, lograr un tipo de cambio realista y, preferentemente, flexible.

Entonces, ¿en cuánto recomendaría hacer esa devaluación?
La devaluación no es una cosa positiva, linda, ni, tampoco, agradable. Pero es necesaria. Pero, por sí misma, tampoco es la solución, ya que tiene que estar anclada en una política monetaria más controlada, que permita manejarla.


Como comparación del momento actual, también, suena otro punto de inflexión local: la crisis de 2001/02. ¿Cómo responde a esto?
Los precios de las commodities estaban en mínimos y había falta de inversión. Sin embargo, se disponía de una gran capacidad productiva ociosa. Hoy, esa ventaja no se da. Pero, además, hay un gran condicionante, que es el déficit energético: evolucionó hacia una dependencia del mercado internacional. En ese sentido, es mucho más grave, potencialmente, la situación actual a la de 2002. Por otra parte, en términos de inversiones, hay una gran falta de confianza y no sólo del inversor extranjero, sino, también, de los locales. Lo que tiene que existir es confianza para que haya inversión más allá de la actividad inmobiliaria. Los argentinos, sin contabilizar las reservas, tienen más de US$ 200.000 millones en el exterior. O sea, sus habitantes disponen de una suma de divisas en el extranjero que supera, fuertemente, a la deuda que tiene el mismo país con el exterior. Los únicos dos países que están en una situación así, en el mundo, son la Argentina y Venezuela. Sin embargo, estoy convencido de que, si se dan las condiciones de restablecimiento del Estado de Derecho y de políticas consistentes y predecibles, la Argentina podría recuperarse rápidamente porque tiene todos los elementos para hacerlo y sólo depende de sí misma.

¿Se anima a aventurar en cuánto tiempo se podría dar eso?
Si bien sé que me estoy tirando a un agua muy fría (ríe), me animo a decir, que, si la Argentina se pone a trabajar seriamente, en el plazo de un año, está reinsertada en el mercado, en el aspecto financiero.

En ese sentido, ¿cuáles serían los pasos a seguir?
Se trataría de limpiar el mercado cambiario. La mencionada devaluación implica eso. Luego, debería establecerse, y demostrarse, un régimen estable de los derechos adquiridos para el inversor. Finalmente, viene la parte de la deuda externa, donde la Argentina, aunque está peleando en este momento con los holdouts, deberá saber ordenar su situación con el Club de París y el resto de los acreedores internacionales. Porque la Argentina no está peleada con los fondos buitre: está peleada con los acreedores oficiales de los países más relevantes del mundo.

¿Qué escenario prevé para fin de año, si no hay cambios en la política económica?
Esperaría un estancamiento o caída del PBI, con alta inflación. El déficit fiscal aumentaría por razones electorales y la emisión monetaria, también. Y, si bien podrá verse algo de desembolsos en energía, por el acuerdo con Chevron, los incentivos para invertir empeorarían.

En base al conflicto con los holdouts, ¿cómo se percibe a la Argentina desde los Estados Unidos?
Claramente, no hay ninguna simpatía con la Argentina como jugador serio en la primera división financiera. Existe una percepción negativa, más allá del tema de los fondos buitre.

¿En qué sentido?
A los fondos buitre, nadie les tiene cariño. Ellos compraron barato y quieren vender caro. Eso es parte del negocio. Las personas entienden que eso es su negocio pero no, necesariamente, simpatizan con ellos. El tema es que la Argentina volvió a demostrar un comportamiento muy poco serio. A eso, se suman otros hechos, como las restricciones a las operaciones cambiarias y a las importaciones. Entonces, hay una percepción de falta de seriedad institucional. O sea, la mala imagen del país no se da por el tema de los hold-outs, sino por la combinación de una falta de consistencia, o falta de respeto, a las reglas aceptadas internacionalmente. No obstante, en el tema de los hold-outs, el Gobierno argumenta que, justamente, por respeto a esas reglas internacionales no puede pagarles a los holdouts, ya que sería fallarle a quienes ya entraron en las dos oportunidades anteriores (2005 y 2010). Ahí, hay todo un argumento legal que, si bien cambió en los últimos años, no lo puedo desmenuzar porque no soy un especialista jurídico. En cualquier caso, lo que hay es una situación en la que los holdouts pudieron manejar muy bien el tema en los tribunales, mientras que la Argentina actuó con soberbia y falta de pragmatismo.

Otro de los problemas que arrastra el país a través del último lustro es la falta de estadísticas creíbles. El FMI exigió un nuevo y creíble sistema de estadísticas para fines de este año. Ahora, ¿cuán autorizado está un organismo que se equivocó tan severamente con el país para exigir algo así?
El Fondo no es una organización que despierte mucha simpatía. Treinta años de trabajar en ella y 10 de estar jubilado de la misma, creo, me dan la experiencia para decir esto (ríe). Por ejemplo, mi suegra no se atrevía a decir, públicamente, que yo trabajaba en el Fondo. Pero, más allá de eso, nadie, en el mundo, duda hoy de que se trata de un jugador importantísimo en la esfera internacional: en Europa, tiene un rol crucial, por más que, en Grecia, Portugal o Chipre, nadie le tenga mucha simpatía. Y si bien uno puede tener una visión de que el Fondo pudo haber cometido errores, también, creo que la mayoría de los errores fueron autoinfligidos por parte de las autoridades argentinas. También en este contexto, se debe entender el reciente voto de censura contra la Argentina. Se da con un voto mayoritario de los países miembros. No es del personal del Fondo, ni de una institución de socios oscuros.

¿Cómo hay que interpretar ese voto de censura?
En mis 30 años de experiencia, nunca me encontré con algo así. Ciertamente, no en América latina. Es un proceso muy fuerte y puede culminar en algo muy grave: la Argentina puede llegar a ser expulsada del Fondo, si no cumple con lo exigido. Cabe recordar que, si el país tiene que irse del FMI, también deberá hacerlo del Banco Mundial y pierde sus derechos especiales de giros, o sea, el dinero virtual del Fondo. Se trata de US$ 3000 millones que la Argentina tiene por ser miembro del Fondo, independientemente de sus políticas.

¿Tras la moción de censura, cómo sigue el cronograma?
A partir de esta moción, para septiembre/octubre, la Argentina tiene que demostrar que hizo avances importantes. A seis meses de eso, podría ser expulsada. Es un panorama muy feo. Pero, a mi juicio, también autogenerado en un 80 o 90 por ciento. O sea, no es que el mundo está en contra de la Argentina.  



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