Las hermanas argentinas que venden joyas al jet set de Nueva York
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Las hermanas argentinas que venden joyas al jet set de Nueva York

Desde el MoMA hasta el Malba, pasando por Dubai, sus piezas ocupan las vitrinas de algunos de los museos más importantes del mundo. Su historia.

Por Carolina Potocar 19 de Mayo 2016

Lo soñaban desde chicas. Con diferentes perfiles, pero siempre unidas, Gabriela y Karina Iskin hablaban desde su adolescencia -o incluso antes- sobre un objetivo en común y en particular: crear una empresa en la que la primera se encargara de diseñar los productos a vender, y la segunda fuera la encargada de administrar el negocio. Hoy, ese sueño tiene un nombre propio, una historia y un futuro. Doce años después de su fundación en 2004, la marca de joyería y accesorios de diseño Iskin Sisters se vende en los museos tan exclusivos como el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA, por sus siglas en inglés), y a nivel local, en el Malba.

En una charla con Mujeres que hacen, Karina Iskin cuenta cómo nació el proyecto, por qué decidieron, junto a su hermana, apostar por comercializar sus productos primero en el exterior, y cómo le va al negocio hoy en día.

¿Cómo se toma la decisión de convertir un sueño de la niñez en un negocio rentable?

En realidad fue gracias a mi hermana. Ella era la que soñaba con hacer fundar una empresa juntas, y la que de grande tomó la iniciativa. Para 2004, que fue cuando fundamos Iskin Sisters, ambas ya nos habíamos recibido en la UBA; ella había estudiado Diseño industrial, y yo, Administración de empresas. El primer proyecto que Gabi había pensado tenía que ver con diseñar muebles para compañías argentinas, pero después de especializarse en joyería contemporánea armó tres colecciones distintas y decidió viajar a Nueva York para probar suerte vendiéndolas allá. Ella había armado la web del emprendimiento y toda la parte visual, hasta el packaging, pero me llamó para decirme que me necesitaba para hacer los números. Carburé un poco la idea y al mes de que ella llegara me pedí licencia por seis meses y me fui yo también a probar suerte.

¿Por qué Nueva York y no Buenos Aires?

En ese momento no había tantas tiendas de diseño como hoy, ni en Buenos Aires ni en Argentina, y lo que había diseñado mi hermana era demasiado moderno para el público local. Allá hicimos mucho trabajo de investigación, recorrimos barrios y buscamos tanto proveedores como clientes. El consulado nos ayudó muchísimo, y volvimos de ese viaje con cinco clientes, uno de ellos el MoMA.

¿Cómo es trabajar con un cliente tan reconocido como el MoMA y siendo argentinas?

No sentimos un trato diferencial, ni para bien ni para mal. En todo lo que es museos tienen un respeto muy importante por el diseñador, sin importar tanto cuál sea su origen; lo que les importa es que cumplas con todos sus requisitos. Sí nos jugó a favor la nacionalidad cuando empezamos a hacer cosas con cuero, porque vinculan al país con ese material. Pero entrar y lograr cumplir con todos los requerimientos no es un proceso fácil. Primero tenés que conseguir que te respondan un mail; después, que al comité de curadores le guste lo que hacés.

¿Es más fácil que se abran nuevas puertas cuando el arranque de un emprendimiento es bueno?

En nuestro caso, una vez que entrás en el circuito comercial a través del MoMA, aparecer en otros museos se hacía un poco más fácil. Después de los seis meses en Nueva York participamos de ferias internacionales en Miami, San Francisco, París, Tokio, Berlín, Barcelona, Amsterdam, Sao Paulo, Santiago y Londres, entre otras ciudades. También, cuando tenés tu negocio bien armado, el apoyo de la cancillería argentina es buenísimo. Nosotras estuvimos muchos años bancando con fondos propios nuestros stands pero en 2010 participamos de nuestra primera feria con apoyo del gobierno. Y esa ayuda, a cualquier emprendedor, diseñador o artista, le puede ayudar a ahorrar U$D 7 mil o incluso más. De todas maneras, para conseguir la prensa y los clientes que hacen recuperar el costo del viaje, a una feria hay que ir como mínimo dos años consecutivos.

Después de aparecer en decenas de museos hace dos años abrieron su tienda online; ¿cómo se da ese cambio?

Además de venderle al Malba, acá teníamos y seguimos teniendo un showroom en Vicente López, pero nos dimos cuenta que la gente hoy está buscando diferentes cosas en internet, entre ellas joyería. Con la venta online llegás muy directo al consumidor, y no sólo al local, sino que puede ser uno que viva en Inglaterra o Nueva Zelanda. A través  del contacto más directo con nuestros clientes nos enteramos qué es lo que quieren, qué buscan, qué necesitan, y eso ayuda muchísimo a mejorar el producto. Ahora estamos desarrollando una plataforma propia para el canal online.

¿Cuál es el próximo paso?

Hoy vendemos un 60 por ciento de las 5.000 unidades anuales que producimos en el país, y el otro 40 por ciento al exterior. Afuera vendemos tanto gracias a la tienda online como a nuestra presencia en el MoMa, el Guggenheim y el Jewish Museum de Nueva York, el SFMOMA, y el Smithsonian Museums de Washington D.C. El año pasado lanzamos nuestra línea de decoración y ampliamos la cartera de clientes, y en cuanto mejore la situación del país, nuestro próximo objetivo es abrir nuestra propia tienda.

A diferencia de cuando arrancaron, hoy tanto Gabriela como vos tienen hijos, ¿cómo es ser emprendedora y mamá?

Siendo mujer u hombre, en la Argentina ser emprendedor es sinónimo de ser valiente. Cuando nos lanzamos con mi hermana estábamos en otra etapa, ninguna tenía hijos y si no funcionaba, veíamos. Pero desde que tuve que dejar el trabajo y mantenerme sola con el proyecto me dije “esto tiene que funcionar”. Teniendo hijos, si no tenés un poco de ayuda se hace más difícil, pero yo creo que de todas maneras está bueno ser emprendedora y mamá. Podés manejar tus tiempos, estar al lado de tus hijos en sus momentos más importantes; sos tu propio jefe. Para mí fue buenísimo, yo pude disfrutar a mis hijos un montón sin que el trabajo fuera un impedimento para hacerlo. Y aunque por momentos era mucho el trabajo, cuando disfrutás lo que hacés, las ganas siempre están.

Año de fundación: 2004.

Inversión inicial: $ 6.000

Facturación anual:  $ 1.600.000

Cantidad de empleados: 5.

 



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