25 de Enero 2016

La historia de amor de la empresaria Andrea Grobocopatel y el político Walter Torchio

La historia de amor de la empresaria Andrea Grobocopatel y el político Walter Torchio

Amigos desde la adolescencia en su Carlos Casares natal, a Walter Torchio le llevó cinco años enamorar a Andrea Grobocopatel, la madre de sus cuatro hijos y con quien comparte la vida desde hace 27 años. “Siempre fui muy planificadora, me parecía que con 15 años me faltaban muchas cosas por vivir”, se excusa Andrea.

“Es una mujer de toma de decisiones, se le ocurre una idea y va por ella, logra sus objetivos con perseverancia”, comenta Walter, quien, según las palabras de su mujer, tiene un estilo de liderazgo masculino: es impulsivo y no suele consultar sus decisiones. Andrea, en cambio, escucha, busca consenso y suele pedirle consejos. “Él jamás me dijo que no haga algo, sino que facilitó”, agrega.

 

 

 

A la pareja la une su pasión por hacer y participar. Ambos sostienen que para transformar algo hay que participar. Tal vez la mejor explicación de por qué Walter, abogado y escribano, definió dedicarse  a la política. En octubre fue reelecto intendente de Carlos Casares con el 64 por ciento de los votos. Una apuesta que fue de toda la familia por la transformación que implicó en el día a día. Ambos reconocen que no fue fácil la reorganización. “Nos reinventamos, hay ciclos.

Durante algún tiempo, todos se adaptaban a mi agenda, hoy apoyamos a Walter”, agrega Andrea, dedicada full life a Fundación Liderazgo y Organizaciones Responsables, la plataforma que creó en 2012, un espacio para personas e instituciones que buscan promover gente que tenga buenas ideas, que crean que es posible construir una sociedad mejor y que estén dispuestas a comprometerse. Estos años, el foco lo tiene en la preparación de mujeres para que estén en lugares de decisión y emprendedoras del interior de Buenos Aires.

Atrás quedaron los tiempos en los que los Torchio-Grobocopatel trabajaban de sol a sol los siete días de la semana, pero permanecen imborrables los aprendizajes. El nacimiento de Agustina, la primera hija, con una discapacidad motriz, fue una lección de vida y convirtió a la progenitora en una fuente de sabiduría. No solo fortaleció la pareja, sino que obligó a Andrea a implementar el home office cuando nadie lo hacía. “Nunca perdí contacto con mi espacio laboral, me renovaba y podía conectar mejor con mis hijos cuando volvía”, dice la economista.

En la compañía familiar también hubo que adaptarse a cambios: la profesionalización, el reto de aprender a delegar, alejarse de las funciones gerenciales, la creación de la Sociedad de Garantía Recíproca y la preparación de una sucesión temprana, con apenas 41 años. Momento en el que ya había entendido la diferencia entre ejecutar y gobernar una empresa. Entonces, empezó a sentarse en el sillón de directora de diversas compañías. 

 

Nota publicada en el One shot del diario El Cronista, Mujeres que hacen.



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