La ejecutiva que sobrevivió a un tsunami y hoy inspira a equipos de trabajo
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La ejecutiva que sobrevivió a un tsunami y hoy inspira a equipos de trabajo

Claudia Tangarife Castillo estaba de vacaciones con su hijo en Tailandia cuando una ola gigante azotó a la costa occidental de ese país. Cómo la cambió el desastre natural y qué aprendizajes le dejó su supervivencia.

Por Carolina Potocar 12 de Mayo 2016

Era un 26 de diciembre de 2004 y Phuket, una de las provincias continentales más turísticas de Tailandia, esperaba a Claudia Tangarife Castillo y su hijo desde temprano. Sin embargo, el joven de 25 años había pasado varias horas desvelado la noche anterior, disfrutando de la vida nocturna característica de las islas Phi Phi, y el ferry de las 9 am. tuvo que salir sin él y su madre. “Podíamos tomar el bote de las 10 o las 11 am., así que no estaba preocupada por eso”, recuerda la ejecutiva colombiana, que agrega: “Estaba arreglando las cosas para salir cuando escucho un ruido similar al de los rugidos de mil gorilas. Todo se movía. Fue en ese momento que abrí la ventana y la vi; una ola estaba tapando a la isla y comiéndose a toda la gente en ella”.

Doce años después y en diálogo con Mujeres que hacen, Tangarife Castillo sospecha que en medio del shock, lo único que se le cruzó por la cabeza en ese momento fue que “Dios estaba furioso”. Su hijo la agarró del brazo y juntos corrieron hacía el pico más alto que pudieron alcanzar. Después de encontrarse rodeada de heridos y víctimas fatales, hoy confiesa que el tsunami la hizo sentirse una “mujer viva”. Dedicada a despertar el potencial de liderazgo de ejecutivos de distintos países de la región a través de charlas motivacionales organizadas por Quan Corporate Experiences, asegura que “no necesitamos un desastre natural para cambiar nuestra forma de pensar y liderar”, y cuenta cómo lograrlo.

¿Cómo era tu vida antes de 2004?

Yo trabajé 25 años en el sector corporativo relacionado a la salud, principalmente como representante de ventas de productos médicos quirúrgicos. Resulté buena en esa área y llegue a ser directora de desarrollo de toda la región. Lideraba a mucha gente; hacía todo un trabajo de direccionamiento estratégico para aumentar la productividad. Cuando regresé continué algunos años, pero a partir de la  experiencia que vivimos con mi hijo me di cuenta que más allá de ver una ola, tenía que encontrar la forma de ver cómo la gente se transforma y cómo podía yo, con mi historia, ayudarles a sacar lo mejor  de sí en esos momentos de shock o de mucha presión.

¿Cómo fue volver a tu vida cotidiana después de casi perder tu vida y la de tu hijo?

La experiencia que tuve hizo que cuando yo regresara al mundo corporativo al que estaba habituada me sintiera rara. Con el tiempo empecé a tomar aquella vivencia y relacionarla con mis mundos laboral y familiar. Ahí fue cuando me di cuenta que mi vida como sobreviviente era la anterior al tsunami;  actuaba como porque sí, adoptaba mis aprendizajes de una forma mucho más inconsciente, y el liderazgo que ejercía era igual.  No tenía tanta consciencia y claridad como ahora. Lo que veo hoy es que en esa montaña a la que me subí encontré, más que un refugio, la capacidad de ver muchísimo potencial en mí y en la gente, en cómo podemos empoderarnos y transformarnos, en términos de sacar lo mejor de cada uno  y en lugar de competir, cooperar.

¿Qué aprendizajes prácticos que te haya dejado el tsunami compartís con los ejecutivos que van a escucharte?

Ciertas bases para interpretar hechos y resultados y tomar decisiones desde otro punto de partida. Una de las lecciones más importantes que me dejó el tsunami fue la de las maletas. Yo relacionó la importancia de dejarlas en el bungaló con la necesidad de soltar ideas que traemos sobre nuestros hombros toda nuestra vida por costumbre, pero que por estar cargándolas, reducen nuestro potencial. En Phi Phi vi cómo cuando te ocurre algo “fuerte” simplemente lo soltás. Pero en verdad no necesitamos un tsunami ni un terremoto para detenernos y ver cómo convertimos esos bultos en algo que nos agregue valor, sin colocarnos en la posición de víctima. Yo volví a mi casa y transité un viaje interior en el que me di cuenta que uno de los bultos que tenía que soltar era el de pretender tener siempre la razón y no escuchar. No quiero decir que hoy no cometa ese mismo error, pero ser conscientes nos ayuda a eliminar progresivamente esos vicios. Hoy sigo cometiendo errores pero no me castigo, no me quejo, porque cuando hacemos eso en lugar de procesar cada error como aprendizaje, nos lastimamos a nosotros mismos.

¿Y qué vicios que antes no notabas empezaste a notar?

Vivimos regidos por el tener o el hacer más que el ser; algo así como “yo valgo lo que yo tengo que hacer, y yo tengo que lograr títulos”. Hasta se usa a las personas para escalar cargos. Para mí, para ser líder hay que primero liderarse a uno mismo, pensar qué comportamientos, lenguajes, actitudes y pensamientos agregan valor a uno mismo. Se mira mucho al exterior cuando el secreto está en mirarse a uno mismo y en mirar lo desde la abundancia y lo que uno tiene, y no desde lo que falta. Ser dueño del propio tiempo y no dejar que el tiempo se apodere de uno también es difícil pero importante. Y principalmente, falta disfrutar el camino antes de llegar a la meta.



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