Novak Djokovic: “Si podés canalizarlo de modo correcto, el miedo se convierte en fuerza”
Management

Novak Djokovic: “Si podés canalizarlo de modo correcto, el miedo se convierte en fuerza”

Los secretos del entrenamiento físico y mental del jugador que está en la cima, ganó 11 títulos y embolsó US$ 21,5 millones en premios tan solo en este ejercicio... Pero mantiene los pies en la tierra.

Por Peter Aspden 11 de Enero 2016

Estamos promediando el almuerzo y Novak Djokovic no ha tocado aún su comida. Me preocupa. Le digo al mejor tenista del mundo que le voy a hablar de mi nivel de juego para darle tiempo de comer. Lo confieso: “Soy lamentable. Pero las cosas me salen especialmente mal cuando estoy 30-40 abajo y acabo de fallar el primer servicio, momento en el cual siento que me estoy asomado a un agujero negro existencial. Entonces, percibo que mi autoestima se evapora e invariablemente arrojo la pelota afuera”. ¿Cómo se siente él en esos momentos bisagra en los que hay mucho en juego? “Lo primero es asegurarte de que estás en ese momento, en el presente –responde con serenidad–. Claro que eso es más fácil decirlo que hacerlo. Pero tenés que excluir todas las distracciones y concentrarte solo en lo que vas a hacer. Para llegar a ese estado de enfoque hay que tener mucha experiencia y fuerza mental. No se nace con eso. Pero sí es algo que uno puede formar”.

Su conversación es fluida, intensamente medida, nada diferente a sus golpes en el court. “Creo que la mitad de cualquier triunfo en un partido de tenis ocurre antes de pisar la cancha. Si no tenés esa creencia en vos mismo, el miedo termina por dominarte. Y después hay muchas otras cosas a manejar. Es una línea delgada... Es tan grande la energía de esos momentos que necesitás decidir cómo usarla: ¿vas a dejar que te consuma o la aceptarás como una presencia con la que trabajar en armonía?”. Cuesta creer que este campeón, con tanta confianza en sí mismo, tenga esos momentos de terror. ¿Llega a sentir realmente miedo en las canchas? “Sin dudas. Todos sienten miedo. No confío en un hombre que dice que no lo sufre. Pero el miedo es como una nube pasajera en el cielo. Cuando pasa, el cielo se aclara”.

Ahora estamos surcando el firmamento despejado del sur de Europa en uno de los nuevos modelos de la flota de NetJets, en viaje entre Belgrado y Mónaco, donde Djokovic vive con su esposa, Jelena, y su hijo de un año, Stefan. Me prometieron que voy a jugar con él, en el marco de las clínicas de tenis que dará en el Montecarlo Country Club a clientes de la compañía aérea privada que nos traslada. En rigor, Djokovic es dueño de parte de la aeronave en la que viajamos en virtud de un acuerdo: él les avisa cuándo lo necesita, y ellos arreglan los detalles. Es algo tan simple –siempre que el clima lo permita– como cambiar el encordado de su raqueta. En vista de las demandas del vertiginoso circuito profesional de tenis, esa es la única forma de viajar. Porque la agenda de Djokovic es implacable, ya que está en la cima del ranking de la ATP (como en 2011, 2012 y 2014). Entonces, no sóolo viaja de manera constante sino que, especialmente, necesita descansar, porque se ha habituado a no abandonar los torneos en las primeras rondas. A los 28 años está en la cumbre de sus capacidades: en estado físico, tolera la alta exigencia y se lanza a la persecución inexorable de los dos players contemporáneos que han sido sus mayores rivales, el español Rafael Nadal y el suizo Roger Federer.

Durante un tiempo, Djokovic ha sido víctima –aunque sea cuestionable usar esa palabra para aludir a una figura de tantos méritos– del Síndrome del Tercer Hombre. Su ascenso fue visto como una intromisión presuntuosa que alteraba el duelo perfectamente calibrado entre arquetipos: Federer, el elegante e imperturbable helvético, contra Nadal, el taurino ibérico. Sus batallas cautivaron la imaginación popular y elevaron al tenis a niveles inimaginados de excelencia. ¿Cómo podía encajar ahí Djokovic? Arrasándolos. El serbio se impuso a Federer en las cuatro últimas finales de Grand Slam, mientras que su triunfo a cinco sets sobre Nadal en el Abierto de Australia de 2012 está considerado como uno de los partidos más exigentes de todos los tiempos, el equivalente en tenis del combate

en Manila entre Mohamed Alí y Joe Frazier (NdE: Celebrado en 1975, se lo considera uno de los mejores cotejos de box del siglo XX entre pesos pesados). Cuando llegó su momento, Djokovic marcó un punto de inflexión en su disciplina: el tercer hombre había llegado para quedarse.

Nos sentamos enfrentados, en una cabina con asientos de cuero y paneles de madera. Poco después de despegar nos traen bandejas con una selección de sushi y sashimi. Vienen directamente de Maya Bay, el restaurante favorito de Djokovic en Mónaco. Lo felicito por su victoria en el US Open de septiembre y le pregunto cuánto tardó en volver a agarrar una raqueta después de recibir aquel trofeo. “Unos 10 u 11 días. Es la cantidad máxima de días que no juego tenis. Y los necesitaba, porque había tenido un año muy difícil y competitivo. Quería olvidarme de la raqueta y tener en brazos a mi bebé. Todos los torneos son agotadores, pero tienen mejor sabor cuando los ganás”, confiesa con humildad. Su semana anterior en Belgrado difícilmente pueda definirse como vacaciones: Djokovic y su esposa supervisaron el trabajo de su fundación solidaria, que está dedicada a mejorar la educación preescolar en su país natal. ¿Qué los inspiró a encarar esa misión singular? “La experiencia personal. Yo mismo no tuve ese tipo de formación porque venimos de una cultura que cree mejor que un chico se quede en casa con su familia. No es algo que rechacemos, pero la educación es un cimiento, algo que nadie puede quitarte. Te ayuda a formar el carácter y te estimula a ser independiente”.

Puede que Djokovic no viviera en carne propia los beneficios de socializar tempranamente en una guardería pero, en cambio, capitalizó algo que le cambió la vida para siempre: la ilimitada atención de su entrenadora, Jelena Gencic, quien lo vio por primera vez a los cinco años, apoyado contra el cerco de una cancha de tenis en la ciudad turística de montaña de Kopaonik, donde los padres de Djokovic regenteaban una pizzería. Ella le preguntó al niño, que contemplaba el juego maravillado, si quería pegarle a la pelota. El resto es parte de la mitología de Djokovic: su precocidad sorprendió tanto a la profesional que, de inmediato, buscó a sus progenitores para anunciarles que iba a nacer una estrella. ¿Es posible que Djokovic, que hasta ese día no había tomado en sus manos una raqueta, pudiera haberse perdido de jugar al tenis de no haber sido por ese momento fortuito? Agita la mano, como negándolo. “No me gustan los ‘¿Qué hubiera pasado si...?’ Creo firmemente que todo sucede por algo. Hacerte esa clase de preguntas puede complicarte la vida”.

Gencic decidió que iba a supervisar personalmente el desarrollo deportivo del pequeño Novak. “Vio la chispa en mis ojos. Mi padre le creyó a ella y creyó en mí”. La entrenadora se convirtió en su mentora, y lo guió no sóolo en el tenis sino también en la poesía, la ciencia y la música clásica. A Djokovic le ocultaron la muerte de Gencic hasta después del partido de tercera ronda del Abierto de Francia en 2013. La noticia fue un golpe devastador. “Fue mi segunda madre”, dijo luego, en conferencia de prensa.

El Djokovic adolescente arrasó en los rankings. Se hizo famoso por su nivel de juego admirablemente persistente, por su habilidad atlética y su estado físico. Así, fue logrando todo lo que quería. Le pregunto qué lo motiva tanto. “Puedo mantener este nivel porque me gusta pegarle a la pelota”, responde con sencillez. Le repregunto si hay jugadores a los que no les gusta hacerlo. “Sí, claro. Hay gente que no tiene la motivación justa. No hace falta hablar con ellos. Los veo, pero no los juzgo. Respeto totalmente la libertad de elección de cada uno. Si para ellos está bien...”. Le digo que ser el número uno consiste, en parte, en haberse convertido en un modelo a imitar. Djokovic asiente con entusiasmo. “Muchos jóvenes de todo el mundo siguen cada movimiento que hago”, reconoce. Eso suena exigente, deslizo. “Hay dos maneras de verlo. ¿Es una presión o un privilegio? A mí me da fuerza y energía. Por eso, para mí es un privilegio increíble”, resume.

Djokovic apenas mordisqueó su almuerzo. El sushi, como podía preverse, es excelente. Bebemos agua. No me sorprende: estoy frente a un hombre que piensa más que los demás en lo que incorpora a su cuerpo y en cuándo lo hace. He ahí otro fragmento de la mitología: cuando era más joven, solía verse afectado por emergencias médicas a mitad de un partido que a veces lo obligaban, incluso, a abandonar. Eso había comenzado a mellar su reputación a medida que subía en el ranking: el siempre educado Federer se burló alguna vez diciendo que Novak era “una broma”. Y entonces, durante un partido en Australia, el médico Igor Cetojevic lo vio por televisión. No era un gran fanático del tenis, pero al instante pudo diagnosticar que el problema de Djokovic era consecuencia de su alimentación. Se conocieron unos meses más tarde y el tenista adoptó una nueva dieta, libre de gluten, productos lácteos y azúcar procesada. La transformación de su salud, y de su juego, fue inmediata y radical. “Pensaba que comía sano –dice, recordando aquel punto de inflexión en 2010– porque no comía alimentos chatarra, no bebía gaseosas ni alcohol”. Pero se llegó a la conclusión de que el culpable era el gluten. “Lo pensé un tiempo y me di cuenta de que lo había comido todos los días. Está en nuestra cultura eso de comer pan con todo. Así que, simplemente, ya había comido demasiado”. En muy poco tiempo perdió cuatro kilos (“mucho para un deportista profesional”, enfatiza) y le advirtieron del riesgo posible de quedarse sin energía. Sin embargo, explica, “me sentí mejor que nunca: más alerta, más consciente, más enérgico”.

Todo eso fueron malas noticias para el resto del circuito, que de repente tuvo que enfrentarse a un adversario revivificado con niveles sobrehumanos de resistencia. Desde ese cambio en su alimentación, Djokovic disputó 16 de las 21 finales de Grand Slam. Ahora se preocupa por aclarar que sus nuevos hábitos no son una dieta sino una manera diferente de abordar su nutrición: “Trato de respetar todo lo que pongo en mi plato”. Hace dos años escribió un libro, El secreto de un ganador (Urano), mezcla de biografía, recetario y manual de autoayuda. La comida se transformó en un hobby importante para él y su esposa. “Hoy, el 50 por ciento de lo que como es crudo”, señala antes de levantar otro trozo de sashimi para subrayar la idea.

Los fanáticos del tenis tenemos un problema, le sugiero. La era dorada nos ha malcriado: Djokovic y sus rivales inmediatos elevaron demasiado la medida de excelencia y ahora tememos una caída. ¿Cuáles son las estrellas futuras del tenis? ¿Y podrán estar a la altura de sus antecesores? “Hasta hace un tiempo también estaba preocupado por nuestro deporte. Los jugadores jóvenes mostraban potencial pero no maduraban. La gente adora a Roger y a Rafael, pero sus días se terminarán, al igual que los míos. Sin embargo, en los últimos dos años creo que hemos visto muchas estrellas con un futuro prometedor, como Borna Coric y Nick Kyrgios”. Lo interrumpo: ¿no es ese el veinteañero australiano que, en el US Open, fue multado por hacer comentarios injuriosos sobre la novia de su rival Stan Wawrinka en pleno partido? “Bueno, sí, pero en lo profundo creo que es un buen tipo. Tiene algo así como una crisis de identidad y todavía está tratando de afianzarse. Hablé con él en Nueva York y le dije que yo también lo había criticado. Me gustó decírselo cara a cara. Pero quise contarle que yo también había sufrido cosas similares por algunos exabruptos, tal vez no a ese extremo, y que siempre es una experiencia valiosa. Le dije que iba a ayudarlo cuando quisiera hablar conmigo. A veces practicamos juntos y le hablo. Es un buen tipo, talentoso de verdad”.

Empezamos el descenso. Le cuento que el año pasado vi su foto en un mural en la ciudad serbia de Andricgrad, en el marco de un vasto proyecto de construcción concebido por el director de cine Emir Kusturica, amigo de Djokovic. Le pregunto cómo fue ser una estrella deportiva y patriótica en ascenso en la década de 1990, en medio de la guerra civil en Bosnia, cuando esos mismos sentimientos nacionalistas eran condenados en el resto del mundo. “Fue uno de los períodos más difíciles en la historia del pueblo serbio. Todos los días había filas de personas para comprar pan. Y en 1999, durante los bombardeos de la OTAN en la guerra de Kosovo, corríamos peligro a cada momento. Ellos mataron a muchos inocentes sin motivo. Pero esas vidas perdidas me ayudaron a ser la persona que soy. Me hicieron mentalmente más fuerte. Me hicieron anhelar el éxito. Siempre los tengo en el corazón. No los puedo olvidar. Lo único que queda es avanzar, perdonar, usar esa experiencia como refuerzo positivo. Si podés canalizarlo de modo correcto, el miedo se convierte en fuerza”.

El avión aterriza y nos separamos. Luego, por la tarde, observo a Djokovic al llegar al club en Mónaco. Es educado y cautiva al público. Adultos y niños posan por igual para una selfie. Está en el rol de modelo a imitar. Y lo cumple a la perfección. Se me ocurre que, en vez de pasar a la Historia como el tercer hombre, bien podría trascender las cualidades arquetípicas de sus dos rivales: más elegante que Federer y más implacable que Nadal. En un momento se aproxima a la desbordante mesa de refrigerios, toma dos porciones de pizza y las lleva a la boca. Me dirijo a Greg Rusedski, exjugador y maestro de ceremonias del evento. “¿No tienen gluten las pizzas?”, pregunto con ironía. Rusedski responde con una amplia sonrisa: “A veces creo que le hace bien liberarse un poco”. Ese tipo de comportamientos compensatorios no son inusuales: en 2012, Djokovic festejó su triunfo en el Abierto de Australia con una simple barra de chocolate.

Llega el momento de nuestro peloteo. Me sumo a una larga fila de clientes de NetJets. Cada uno tendrá dos minutos frente al serbio. Hay un auditorio de unas 200 personas que beben champagne y nos observan con mayor atención de la que yo esperaba. Llega mi turno y me esfuerzo por convertir el miedo en fortaleza. Intercambiamos varios tiros, hasta que él me permite ganar, al no molestarse en devolver una pelota. Llega a decirme que le gusta mi “cara de partido”. Me recupero, aumento mi intensidad y acorto el siguiente peloteo con una volea que, ante mi gran sorpresa, va exactamente adonde quiero que vaya. Hay algunos aplausos. Es, sin dudas, uno de los momentos soñados de mi vida. Djokovic se acerca a la red para saludarme. “¡Estar en el momento!”, digo. “En el momento”, responde riéndose. Y vuelve a la línea de saque para enfrentar al siguiente adversario.



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos

Notas Relacionadas