Zhu Min, director adjunto del FMI: “Hay que asegurar que los beneficios del crecimiento sean compartidos con justicia”
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Zhu Min, director adjunto del FMI: “Hay que asegurar que los beneficios del crecimiento sean compartidos con justicia”

En un mano a mano, analiza los desafíos de la relación del organismo con Asia y anticipa su regreso a China cuando se retire. El impacto de la revolución cultural en su formación y las oportunidades que se forjó cuando accedió a las universidades de los Estados Unidos.

Por Henny Sender 03 de Octubre 2013



Zhu Min, el director ejecutivo adjunto del Fondo Monetario Internacional (FMI), eligió para almorzar un restaurante chino ubicado a la vuelta de sus oficinas en el centro de Washington DC. Vestido informalmente con pantalones caqui, una camisa azul a cuadros y una campera azul marino (es sábado), de todos modos luce como un diplomático internacional.

Como Zhu, de 61 años, realiza más de 30 viajes por el mundo anualmente, este encuentro llevó meses de coordinación. Dos días después de nuestro almuerzo se habrá ido a Brasil, Kirguistán, Jordania y París. Su nombramiento en 2011 en una de las cuatro posiciones de director ejecutivo adjunto en el Fondo lo transformó en el chino más senior en funciones en una organización política global.

La vida de Zhu es muy diferente a la de sus pares en Beijing. Mientras él pasa más tiempo en un avión que en su casa en Washington, los funcionarios estatales chinos tienen límites estrictos sobre sus movimientos: sólo pueden realizar dos viajes al exterior al año y tienen restricciones sobre el número de países que pueden visitar y cuánto pueden permanecer fuera del continente. Esas barreras “son horribles”, dice Zhu. “Para que se entienda: en el esfuerzo por tratar a todos por igual y tener una política unificada, las personas con negocios reales en el exterior se ven perjudicadas porque los funcionarios del gobierno local quieren viajar, cuando ellos realmente no tienen ningún negocio afuera”.

Zhu 3 Bloomberg

Esta es una crítica bastante directa sobre la política opresiva del gobierno chino y, como tal, será inusual en nuestra conversación. En general, cuando habla sobre cualquier tema, desde las reglas de viaje del Partido Comunista de China (PCCh) hasta sus propias responsabilidades, Zhu despliega el rol que personificó durante la mayor parte de su vida adulta: intenta ser un puente entre dos orillas que suelen fallar a la hora de entenderse. “Siempre me enfrento a dos caminos”, asume, con un suspiro.

Cuando se dio a conocer la noticia de su nombramiento, el Global Times, manejado por el Estado chino, publicó un artículo de opinión titulado: “Zhu Min carga el peso de una nación en su nuevo rol en el FMI”. Zhu dice que no tiene dudas de que trabaja para el Fondo y refleja sus visiones en lugar de las del Banco Central de China, donde fue director adjunto, y que originalmente esponsoreó su nombramiento. “Represento al FMI. Sirvo al mundo. Soy responsable por 70 países”, aclara. Y se desmarca: “China tiene un director ejecutivo en el Fondo que representa sus políticas”.

Nuestra charla se ve interrumpida por una moza que, con un golpe, apoya sobre la mesa dos carpetas plásticas con los menús. Antes de ordenar, debemos decidir el té. Le cedo la elección a Zhu quien, asumo, tendrá convicciones más fuertes sobre el tema que yo. “Quiero un buen té”, instruye a la moza, en chino. “Cualquiera que sea el mejor”. La mayoría de los chinos tienen preferencias más concretas que la suya, pero hay algo característicamente diplomático en la manera en que Zhu lo deja en manos de la experiencia de la moza. El té, fresco, con aromáticos pétalos de jazmín, llega un instante después, junto con una tetera de agua caliente adicional.

Zhu me sirve y ambos olemos nuestros cuencos apreciativamente. Luego él toma la iniciativa pidiendo una comida simple de chauchas con ajo, tofu mapo (una especialidad picante de Sichuan) y pescado al vapor con cañas de bambú, ajíes rojos y un tipo de hongos considerados buenos para el corazón. Compartimos, al estilo chino. A pesar de que estoy hablando en chino, lo que sugiere que tengo algo de familiaridad con esa cultura, la moza me alcanza un cuchillo y un tenedor con desdén. “La comida china es mejor en Nueva York”, concede Zhu mientras hablamos sobre la pequeña posibilidad de encontrar pescado realmente fresco aquí. “Es porque a los neoyorquinos les importa mucho más la calidad de la comida que a la personas en Washington”.  

 

Represento al FMI. Sirvo al mundo. Soy responsable por 70 países Zhu Min


Nacido en 1952, Zhu parece mucho más joven de lo que es, a pesar de las adversidades que experimentó como adolescente en Shanghái durante la Revolución Cultural. Zhu (y su hermano, que es cuatro años menor) creció en un hogar inicialmente privilegiado en Shanghái. Su padre, que había estudiado Economía en la elitista Universidad de Beijing, era funcionario gubernamental, y Zhu recibió una educación primaria de alto nivel. Se lo instruyó, por ejemplo, que aprendiera a tocar tanto un instrumento musical occidental (eligió el violín) como uno chino (la flauta de bambú). 

Cuando Mao orquestó los ataques al establishment en 1966, los padres de Zhu sufrieron enormemente, junto a muchos otros en posiciones de autoridad, quienes perdieron sus trabajos, su estatus, sus amigos y, a veces, incluso, sus vidas. Entonces, Zhu fue forzado a dejar el secundario (hasta el día de hoy, carece de un diploma en ese nivel) y pasó los siguientes 10 años trabajando en una fábrica de comida enlatada y manejando un camión por el corredor vial de la costa oriental. Pero tuvo, al menos, la fortuna de que lo dejaran quedarse en Shanghái: su hermano fue enviado a la empobrecida provincia de Anhui para trabajar como granjero. Fue recién en 1977, cuando las universidades reabrieron, que la vida finalmente recobró algún tipo de normalidad. “Mis padres me dijeron que debía ayudar a mi hermano a aprobar sus exámenes y entrar a la universidad porque él estaba en una peor situación que yo”, recuerda Zhu. “Pero yo también quería ir a la universidad. ¡Imagine la competencia que había por las plazas disponibles después de 10 años!”.

Ambos hermanos entraron a la Universidad Fudan, la mejor de Shanghái. Zhu, quien siempre había estado fascinado por la Física, sintió que en ese momento era demasiado grande para abordar una temática tan desafiante. Y, cuando su padre sugirió Economía (“para ayudar a reconstruir China luego de una década de cao”), siguió su consejo. Era una época extraña. Y, como le sucede a muchos de su generación, el contraste entre lo que le pasó entonces y donde está hoy es tan extremo que a veces la vida parece poco real, admite. “Durante 10 años hice trabajo manual. Luego, las universidades reabrieron. Estudié poesía y caligrafía... También fui camionero. ¿Cuál es mi vida real?”.

Sus padres murieron cuando él estaba en Fudan, dice Zhu, mientras sus ojos se llenan de lágrimas. “Sufrieron mucho”, agrega, quitándose los anteojos para tocarse ligeramente los ojos. “La Revolución Cultural tuvo un gran costo humano”. Durante unos minutos no le puedo hacer más preguntas: está demasiado angustiado...

Zhu 4 BloombergZhu y su hermano fueron profesores asistentes y luego continuaron su educación en el exterior: Zhu, en Princeton, donde obtuvo una maestría en Administración Pública en la Woodrow Wilson School, y su hermano en Northwestern. A principios de los ‘90, Zhu enseñaba Economía mientras estudiaba un posgrado en Johns Hopkins, y recibió su PhD en 1996.

Según algunos académicos chinos que trabajaron en ambos países, podrían pasar 50 años antes de que la calidad de la educación en universidades como Fudan sea comparable con la de las mejores universidades estadounidenses. El duro control del PCCh sobre las instituciones y su criterio de concesión de becas sobre la base de la lealtad en lugar del mérito significa que muchos de los mejores y más brillantes de China (sean estudiantes o profesores) se van a estudiar al exterior. ¿Eso le preocupa a Zhu? “Lo importante es tener opciones”, apunta. “Hoy, en China, las personas tienen opciones. Hay una gran diferencia entre lo que sucedía hace 30 años y hoy. Tuve que estudiar El capital unas 6 horas al día durante 18 meses, mientras que destinábamos apenas dos horas a la semana, durante un semestre, a analizar el pensamiento económico occidental. Hoy quizás se estudia El capital durante tan sólo una hora”. Zhu está en la junta de Princeton y en la junta consejera de la escuela de negocios de la Universidad de Chicago, ambas casas de altos estudios con lazos con instituciones educativas chinas. “Hay mucha convergencia hoy”, celebra.

La comida llega toda junta y Zhu asume el rol de anfitrión, sirviéndome porciones de los tres platos. La moza me mira con escepticismo cuando levanto los palitos de plástico... La fulmino con la mirada. Cuando lo conocí por primera vez, hace una década, en Beijing, Zhu Min estaba en el Banco de China, uno de los cuatro bancos comerciales más grandes del país. Su cargo era vicepresidente ejecutivo; en la práctica, era responsable de gran parte del manejo diario, e incluso lideró su reestructuración antes de cotizar en la Bolsa de Hong Kong en 2006.

En esa posición, como en todas las subsecuentes, Zhu tuvo que mantener un balance delicado: entre aquellos que apoyaron el experimento de la OPV (oferta pública de venta o IPO, por sus siglas en inglés) y aquellos que la veían como una inquietante salida de los métodos marxistas. Cuando Zhu sugirió que el banco contratara a una firma de contabilidad internacional para revisar los números, la idea fue recibida con horror en Beijing. “¿Podemos dejar que vean todo?”, recuerda a los funcionarios preguntando, insinuando que el balance era secreto de Estado. “Me preguntaron: ‘¿Cómo podemos permitir directores extranjeros? ¿Cómo podemos perder la propiedad del 100 por ciento?’”.

Zhu perseveró, reclutando extranjeros en la junta (aunque el PCCh todavía toma todas las decisiones cruciales) y en roles sensibles como risk management y crédito. También sumó consejeros de bancos extranjeros, incluyendo HSBC y Goldman Sachs, para dar seminarios de mejores prácticas. En reuniones con potenciales inversores, mientras el banco preparaba su salida a cotización en Hong Kong, habló en términos tales que los no chinos pudieran entender (en un momento en que un documento oficial alertaba que el senior management se arriesgaba a la ejecución si era encontrado culpable de fraude). “La práctica internacional es completamente diferente a como se hacen las cosas en China”, continúa. “Era importante para nuestras compañías estatales ser también buenas empresas. Si íbamos a guiarnos por los estándares internacionales, necesitábamos ser comerciales. Nuestros líderes tenían la mente muy abierta y miraban hacia adelante por entonces”.

Zhu Min todavía está comprometido con la reforma, aunque se niega a responder directamente cuando le pregunto si el momento para el cambio en Beijing sufrió altibajos durante los últimos 10 años. De forma similar se resiste a mis preguntas sobre la naturaleza de los cambios de staff en la cima de las agencias regulatorias de Beijing en los últimos meses. Pero él ciertamente no es un obvio propagandista del régimen, como sí parecen serlo algunos economistas chinos senior.

En 2009, luego de más de una década en el Banco de China, Zhu Min se unió al Banco Popular Chino, donde fue responsable de policy research. Ya había mostrado capacidad tanto para la sangre fría como para los vaticinios: en el verano de 2007 argumentó, en un discurso, que el mundo estaba en los comienzos de un largo proceso de desapalancamiento, en un momento en el que esa visión no estaba ampliamente difundida (especialmente en la Reserva Federal). En Davos, al año siguiente, predijo correctamente que China mantendría su tasa de crecimiento alta pero argumentó que, como se lograría por el incremento del rol del Estado, llevaría a un revés de la reforma...

Una de sus preocupaciones actuales es la tensión generada por las políticas intervencionistas de los bancos centrales (lideradas por la Fed y el Banco de Japón), cuyas políticas monetarias vagas complicaron la tarea del manejo del dinero por parte de otros países. “Debato con todos los bancos centrales. Me dicen: ‘El dinero es el único rey de la jungla’. Tienen su propio mandato y jurisdicciones. Pero les pido a los países que por favor tengan en cuenta el impacto global del derrame”. Muchos de los recientes discursos de Zhu son sobre la contradicción de una China cuyo sector manufacturero es un jugador global activo mientras que su sector financiero todavía está rigurosamente blindado. Habla sobre la necesidad de crecimiento, pero también sobre la necesidad de “asegurar que los beneficios del crecimiento sean compartidos con justicia”. Estas opiniones son apenas provocadoras pero, es verdad, dado su rol en el FMI, no se espera que sea demagogo. Persuadir gentilmente sobre los cambios fue siempre su estilo...

Mientras los platos se vacían lentamente, nos volcamos a cuestiones menos profesionales. En contraste con muchos chinos que consideran a la India el lugar más primitivo del planeta (no hay suficientes shoppings ostentosos, argumentan), Zhu ama la India y es un gran fan de su espiritualidad. “Cada ser humano tiene dos lados. Está el camino físico y el del alma. La pregunta difícil es con qué contribuyó uno al final”. Él espera hacer su aporte a la recomposición de la relación entre el FMI y Asia. Desde la crisis financiera asiática registrada hace 15 años, la región mira al Fondo con sospecha. Pero Zhu siente que se está progresando. “El distanciamiento entre Asia y el FMI está mucho mejor. Estaba en una conferencia regional en Seúl en 2010 y vi un gran cambio: los funcionarios coreanos me decían que confiaban en el FMI”, sostiene.

Como muchos de sus compatriotas, Zhu está completamente cómodo en los Estados Unidos, su vida diaria apenas salpicada por pequeños recordatorios de su hogar, sea el tofu mapo que está comiendo ahora o las pinturas chinas tradicionales en las paredes de su costosa oficina. Ama pasar fines de semana en los Hamptons. Su hija trabaja en una firma de consultoría boutique en Wall Street. Y, aunque la mayoría de los chinos prefieren sus vegetales cocidos (dada la cantidad de pesticidas que se usan en China, es una buena idea), él adora las ensaladas frescas.

Le pregunto qué hará cuando se retire. ¿Se quedará en los Estados Unidos o volverá a China? De alguna manera, mi pregunta es taimada. En Occidente, ser un funcionario jerárquico implica opciones, pero no siempre es así en China. Su destino está sujeto al Partido. “Oh, por supuesto volveré a China”, dice sin dudar. “Luego de estudiar en el extranjero, cuando regresé, las personas me decían: ‘Es bueno volver a China, el país te necesita’. Y yo contestaba: ‘Pero yo también necesito a China. Soy chino’”.

Estamos sentados desde hace casi dos horas. La mayoría de los comensales dejaron el restaurante, nuestro té está frío y nadie vino a rellenar el recipiente que una vez tuvo agua caliente. La moza, que estaba desaparecida, finalmente aparece y le da la cuenta a Zhu. Cuando él me la pasa, como es práctica en Almuerzo con FT, ella me mira con una mezcla de satisfacción y conmiseración. Se lleva la tarjeta de crédito y reaparece con dos platos que contienen unas pocas rodajas de melón y naranjas y dos galletas de la fortuna. Zhu Min abre el mensaje que sacó de su galleta y me lo lee. Dice: “La estrella de los ricos brilla sobre ti”. El mío tiene el mismo mensaje. “Esto no debería pasar”, dice, meneando su cabeza. “Es más probable que se aplique a usted que a mí”, lo tranquilizo, mientras salimos a la vereda soleada.

*Henny Sender es jefe de corresponsalía internacional de Finanzas del FT.



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