Vivir en estado de colección
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Vivir en estado de colección

Madre e hija tienen, en su departamento de Montserrat, una colección de arte contemporáneo que, una vez por mes, abre sus puertas a amigos e invitados.  Por Andrea del Rio 28 de Abril 2014

 

 

Se lo alude en clave compartida. Se lo refiere en susurros estridentes. Se lo espera con ansiedad civilizada. Se lo disfruta en presente continuo. Artistas plásticos, galeristas, marchands, curadores, gestores culturales y críticos saben que son convidados naturales. Pero también empresarios y músicos, políticos y actores, científicos y astrólogos conocen sus altas chances de ser invitados al evento que demuestra que Twitter y WhatsApp no pueden reemplazar la inmediatez del cuchicheo en tiempo real entre quienes definen o consagran tendencias brindando con infusiones gourmet y copas de espumante al atardecer. Porque si algo caracteriza a Té de Colección es su espíritu de vernissage festivo e inclusivo.

Hace ya casi tres años que Mariela Ivanier —directora de una agencia de relaciones públicas— y su adolescente hija Mora abren, con frecuencia que apunta a ser mensual, las puertas de su luminoso y afrancesado departamento en el barrio de Montserrat para departir, con amigos de siempre y recientes conquistas, la colección de arte contemporáneo —argentino y con marcada inclinación por los talentos emergentes— con la que conviven cada día. “Empecé a coleccionar formalmente en 1997, cuando definí el estilo que le daría identidad. Pero, en realidad, mi primera obra la había comprado en 1994. Aunque, si tengo que ser más precisa, mi vocación por el coleccionismo es anterior a mi nacimiento, porque mis padres destinaron el dinero que recibieron como regalo de bodas a comprar una obra de arte”, señala Mariela.

Arte en casa. Una vez por mes, las puertas se abren y los invitados gozan de una colección única. Foto: Clase Ejecutiva.

Hoy, en 90 metros cuadrados se exhiben unas 150 obras que son, ni más ni menos, que el total del acervo reunido: “Cuando me mudé, decidí que no habría afiches ni reproducciones en las paredes de mi hogar. También, que no me interesa tener un repertorio de recambio: todo está expuesto, a la vista, para que nos acompañe en la vida. Por eso tengo cierta dificultad para reconocerme como coleccionista, ya que tiendo a concebirme como una acopiadora de arte. Eso no impide que me asesore con el equipo de montajistas del Malba o de Ruth Benzácar para lograr que las incorporaciones dialoguen de mejor manera con las más antiguas”. ¿Qué firmas visten esos muros? Martín Kovensky, Verónica Blejman, Adriana Barassi, Clorindo Testa, Emilio Reato, Fabiana Barreda, Alfredo Prior, Verónica Palmieri (imagen), Diego Perrotta, Dalila Puzzovio et al.

Empecé a coleccionar formalmente en 1997, cuando definí el estilo que le daría identidad.

El origen de las tertulias bautizadas Té de Colección es igualmente heterodoxo: “Quise generar un evento para reencontrarme con los artistas, ya que muchas veces les compré obra directamente y, al mismo tiempo, darles la posibilidad de que se revinculen con sus piezas porque, desde mi punto de vista, compartimos la patria potestad”. El círculo virtuoso se amplió y, pronto, el ágape se transformó en un must de la agenda social de quienes se vinculan con el mundillo del arte por lazos de sangre o elección del corazón. Así, no es raro que departan animales políticos como Felipe Solá y Jorge Telerman, el empresario Gabriel Werthein, el agitador cultural Fernando Entin, el decorador de las celebrities Martín Roig, el publicista Gabriel Dreyfus y la actriz Leonor Benedetto.

“A la manera de los salones literarios que parieron las revoluciones parisinas, el Té de Colección parece promover el encuentro entre desconocidos en torno a una conspiración a favor del optimismo. Abrir las puertas de la propia casa, tal como hacen Mariela y Mora, es de una generosidad casi anacrónica”, apuntó Enrique Avogrado, director general de Industrias Creativas del Gobierno porteño, entusiasta habitué, en el libro-objeto que las Ivanier publicaron y se consigue exclusivamente en la tienda del Malba.

Allí, con el mismo criterio con que eligen sus obras y abren las puertas de su intimidad, las coleccionistas asumen —y testimonian— que no es preciso acumular formalismos academicistas, detentar rancia estirpe de mecenas ni tan siquiera hacer alarde de fortuna ociosa para acceder a esos cuadros buscados, esas fotografías deseadas y esas esculturas encontradas. Según Mariela, “lo más grato es haber integrado el arte en mi vida. Y acepto las críticas más severas que me han hecho sobre criterio de selección y montaje porque no tengo pretensiones: no sé de arte, sólo sé de coleccionar cuadros”. 



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