Un recorrido personal por Marruecos
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Un recorrido personal por Marruecos

En las ciudades costeras, el arte flota en el aire. Tánger —sobre el Mediterráneo— y Essaouira —sobre el Atlántico— atrajeron a músicos, escritores, cineastas y pintores reconocidos y fueron centros internacionales de bohemia durante los ‘60. 

Por Aniko Villalba 17 de Marzo 2014




La medina de la literatura
Es una fotografía en movimiento, una dosis concentrada de colores, sonidos y energía. La primero que sentí al desembarcar en el puerto de Tánger, tras cruzar en ferry desde España, fue que se me habían reactivado los sentidos: entrar a la medina de esa ciudad mediterránea fue como despertar de un letargo en el que ni sabía que había estado inmersa. Todo a mi alrededor se movía: los hombres pasaban en motos y carretas, los panaderos acomodaban sus piezas, los chicos jugaban a la pelota, los gatos paseaban por las franjas de sol, las mujeres atravesaban los mercados callejeros con sus bolsas y bebés. Mi nueva realidad estaba teñida de colores que nunca imaginé encontrar en una ciudad: las paredes de las casas estaban pintadas de turquesa, amarillo maíz, rosa chicle, rojo intenso; los velos de las mujeres eran verdes, marrones, violetas, anaranjados; las túnicas de los hombres (llamadas djellaba) eran lisas, rayadas, cuadriculadas. Todo parecía estar dispuesto para una foto.

En Tánger, al igual que en casi todas las medinas de Marruecos, no existen las veredas: las calles sirven tanto para trasladarse (aunque no en auto, sino en motos o burros) como para sentarse a mirar el día pasar. La vida ocurre afuera, en el espacio público, y todo está envuelto por una banda sonora que se repite hace siglos: la música se escapa de las tiendas y de las casas, en los mercados se escucha el murmullo del regateo, en los cafés se sienten las conversaciones de los hombres y el ruido metálico de las teteras, en la calle flotan los saludos —curiosos y hospitalarios— en inglés, castellano, francés y árabe; y cinco veces por día se escucha el llamado al rezo de las mezquitas. Lo mejor es caminar y dejarse llevar por la confusión, los colores y los estímulos. Así fue como me encontré con un cartel que decía: “Paul Bowles, escritor y compositor estadounidense, vivió aquí entre 1960 y 1999”.

marruecos imgPaisaje natural. Marruecos no sólo cuenta con una variedad gastronómica impresionante, sino que la naturaleza hace lo propio. Foto: Ana Villalba.

Autor de la novela El cielo protector, Bowles fue uno de los habitantes más famosos de Tánger, adonde viajó por primera vez en 1931 por recomendación de la escritora Gertrude Stein, y se quedó a vivir 52 años, hasta su muerte. Formó, junto con su mujer, parte del grupo de expatriados estadounidenses y europeos que se mezclaron con la población bereber, árabe, española y francesa de la ciudad. Por su estatus de zona internacional (de 1923 a 1956), Tánger se convirtió en un refugio de artistas, millonarios, diplomáticos, espías y amantes de la buena vida. La ciudad estaba administrada por España, Francia e Inglaterra, y allí se podía practicar cualquier credo y pagar en cualquier moneda europea. Ese ambiente de liberalismo y convivencia pacífica atrajo a escritores beatniks como Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William S. Burroughs, y a personajes como Truman Capote, los Rolling Stones y George Orwell. Pero ni ellos ni Bowles fueron los primeros en ser inspirados por Tánger. Un siglo antes, en 1832, Eugène Delacroix viajó al norte de África para huir de la vida parisina y pintó escenas de la vida cotidiana tangerina. La ciudad se convirtió en una parada obligada para los artistas que buscaban los colores y la luz que el pintor francés había mostrado. En 1912, Henri Matisse pasó la primera de varias temporadas ahí y pintó paisajes desde la ventana de su habitación de hotel. Tánger también acogió a artistas locales: Mohamed Chukri, uno de los escritores marroquíes más leídos, creció en sus barrios marginales y fue amigo de Bowles, quien lo ayudó a traducir sus novelas al inglés.

Es difícil no sentirse abrumado por Tánger y no marearse con tantos estímulos. Una buena opción para disfrutar la medina desde otro ángulo es subir a su cima y mirar los techos blancos y el mar de fondo. En su ensayo Los mundos de Tánger, Paul Bowles escribió: “Lo que salva a Tánger de ser una pesadilla estética es su topografía; la ciudad está construida sobre pequeños montes ubicados entre el mar y una planicie. Al final de cada calle siempre hay una vista natural y el ojo puede ver una viñeta del puerto y sus barcos, o montañas, o el mar con su horizonte. La intensidad del cielo es tal que las construcciones solamente sirven para enmarcar la belleza natural que tienen por detrás. Uno no mira a la ciudad; uno mira hacia afuera de ella”.

La medina de la música
Llegar a Essaouira después de varias semanas de estar viajando por el interior de Marruecos y volver a ver el mar fue un alivio: ese espacio abierto al infinito hizo que el aire se llenara de promesas y que mi cabeza se vaciara de preocupaciones. Las ciudades costeras tienen algo que las hace especiales. En el caso de Essaouira, todos los detalles que la definen existen porque, a pocos metros, existe el mar: las paredes descascaradas por la sal, las gaviotas que rondan los puestos de comida y descansan en las antenas, los gatos que roban pescados del puerto, la arena que se filtra por todos los rincones, las terrazas que miran hacia los atardeceres. Aquí, el Atlántico forma parte de la vida diaria de 70 mil personas.

camellos imgCamellos. Una postal de Marruecos y su fauna, al alcance del turista. Foto: Ana Villalba.

Essaouira fue fundada con ese nombre —que en lengua bereber significa ‘el muro’, en referencia a la fortaleza que la rodea— en el siglo XVIII por el rey Mohammed III, quien buscaba establecer un puerto atlántico para comerciar con las potencias europeas. Para eso eligió la zona hasta ese momento conocida como Mogador y mandó a construir una fortaleza, una ciudad y una kasbah (los cuarteles reales y las viviendas para los mercaderes y diplomáticos cristianos). En el siglo XIX se convirtió en el puerto más importante de Marruecos y, por 44 años, formó parte del Protectorado Francés de Marruecos. Por eso es muy común que, aún hoy, el primer idioma usado por los marroquíes para interpelar a los extranjeros sea el francés. En una de mis tantas caminatas por la playa, un local subido al lomo de un dromedario se me acercó y me preguntó: “Ça va?”. La conversación siguió en castellano —los marroquíes dominan varios idiomas—: “¿Quieres dar un paseo en dromedario? Te hago buen precio”. Cuando le dije que no, insistió: “Vamos, amiga, ¿no quieres pasear en Jimi Hendrix?”.

El nombre del dromedario podría haber sido un detalle aislado, fruto del fanatismo del emprendedor marroquí por el músico estadounidense, pero no: Jimi Hendrix forma parte de las leyendas urbanas de Essaouira y todos aseguran haberlo conocido, alojado o escuchado tocar. Porque el genio de Seattle viajó a Essaouira en el verano de 1969 para tomarse unos días de vacaciones antes de participar en el festival de Woodstock. Esa visita generó todo tipo de rumores y relatos: se dice que Hendrix quiso comprar una isla de Marruecos, que fundó una comuna con Cat Stevens y Bob Marley, que adoptó niños marroquíes y que zapó con músicos locales. Una de las leyendas más extendidas es que intentó comprar Diabat, una aldea bereber ubicada a cinco kilómetros de Essaouira. En ese pueblito silencioso y polvoriento, se le rinde culto: el Café Hendrix, por ejemplo, tiene las paredes decoradas con su rostro dibujado y fotos recortadas de revistas (aunque, según sus biógrafos y medios de la época, Hendrix jamás pisó el poblado). También se asegura que Hendrix escribió Castles made of sand en honor a los castillos de Essaouira, pero la canción salió en 1967 y el músico viajó allí recién dos años más tarde.

Más allá de las leyendas, la medina de Essaouira es arte en sí misma: vista de lejos, con las olas que rompen contra sus muros y las gaviotas que revolotean en sus techos, es una postal. Y el ruido a mar, si bien es constante, no es el único sonido protagonista de la ciudad: desde 1998, Essaouira es sede del Festival de Música Gnaoua, que congrega a músicos de rock, jazz, reggae y gnaoua de todas partes del mundo. El encuentro dura cuatro días, se realiza una vez al año, casi siempre a fines de junio, y atrae a más de 450 mil espectadores. Un Woodstock marroquí frente al mar: la mejor combinación de bohemia, arte y océano que puede ofrecer el país.

Una medina escenográfica
El Jadida, sobre el Atlántico, estuvo en manos portuguesas entre 1502 y 1769 y dos de sus construcciones más importantes datan de aquella época: la Ciudad Fortificada de Mazagán (la actual medina) y la cisterna portuguesa (construida como depósito en 1514 y convertida en cisterna en el siglo XVI). La cisterna es un sótano de 34 metros cuadrados, tiene cinco filas de pilares de piedra, charcos de agua sobre el piso y un juego de luces y sombras que le da un halo de misterio. Su ambiente es tan intrigante que atrajo a muchos cineastas, entre ellos a Orson Wells, quien filmó parte de Othello en ese escenario silencioso.

Una medina muralística
Asilah es conocida como la medina blanca (por el color de sus construcciones) y es lo más parecido a Grecia que existe en Marruecos. Está ubicada sobre el Atlántico y es una de las ciudades más tranquilas y relajadas del país, pero basta con perderse por sus calles para descubrir eso que la hace única: los murales que cubren gran parte de las paredes de las casas. Todos los años, Asilah es sede de un festival de arte en el que la gente sale a la calle a pintar, y los mejores ejemplos de arte callejero quedan en exposición hasta el año siguiente.

GLOBO/DATO
—32 kilómetros separan a Tánger de Tarifa (España) por el estrecho de Gibraltar.
—6 dirham (1 dólar, 8 dirham) cuesta un té de menta en cualquier bar de las medinas.
—En 2001, la medina de Essaouira fue nombrada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
—Tánger será una de las sedes de la Copa Africana de Naciones en 2015.



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