Tesoros reales
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Tesoros reales

Un recorrido de lujo absoluto para conocer el vestuario, joyas y platería utilizadas por las cortes de las dinastías inglesas Estuardo y Tudor y los zares rusos del clan Romanov se despliega en el Museo Victoria & Albert de Londres.

Por Florencia Bibas 10 de Julio 2013



Treasures of the royal courts: Tudors, Stuarts, and the russian tsars es el fruto de la alianza entre el Museo Kremlin de Rusia y el prestigioso Victoria & Albert de Londres, que puede visitarse hasta el 14 de julio. Un homenaje al mecenazgo consecutivo de la monarquía inglesa y a la de sus más representativos miembros, desde el joven rey Enrique VIII, que ascendió al trono en 1509, hasta la muerte del maduro Carlos II en 1685, concebido como tributo a 500 años de intercambio entre el Reino Unido y la Rusia de los zares de la dinastía Romanov. Con el soporte de una exaustiva audioguía, el visitante puede adentrarse en tres grandes salas con sus paredes pintadas de bordó –color por excelencia de la realeza– que albergan tapices, platería, textiles y joyas propiedad de ambos museos, además de piezas cedidas temporariamente por colecciones privadas.

Allí hay evidencia histórica de que Enrique VIII fue un gran impulsor del asentamiento, en Inglaterra, de los mejores artistas de Europa occidental; así como apreciar en qué medida la reina Elizabeth I dejó su impronta en el ámbito del vestuario, una verdadera pionera en reconocer y potenciar el poderío político de los atributos de la imagen; sin olvidar el aporte trascendental de Carlos I, considerado el coleccionista de arte más importante de la historia de Inglaterra.

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Durante los siglos XVI y XVII las relaciones diplomáticas entre Inglaterra y Rusia eran asiduas y fructíferas para ambas potencias. Ello se reflejaba en los obsequios que intercambiaban ambas coronas como símbolo de poder y comunicación simbólica de sus gobernantes. Estos regalos consistían, entre otros, en piezas de platería realizadas en Inglaterra por artistas holandeses (colecciones que se conservan aún hoy en el Museo de Armas del Palacio del Kremlin) y que se lucían en las cenas diplomáticas llevadas a cabo en la Sala de Oro del palacio ruso, donde los eemisarios de la corona inglesa eran agasajados por más de 100 sirvientes, en banquetes tan prolongados que les permitía renovar sus vestimentas hasta tres veces.

Así, en esta muestra están presentes jarras, vasos, copas y utensilios de plata que se utilizaron en dichas recepciones, inclusive una servilleta de gran formato, realizada en damasco. Se cuenta que, mientras transcurrían las visitas de los embajadores ingleses, el zar Iván IV cambiaba hasta tres veces su modelo de corona. Y que sus vestuarios para la ocasión estaban realizados en seda, brocato y damasco, enalteciéndolo con el uso de capas bordadas en hilos de oro, pieza de gran importancia que se incluye dentro de la curaduría realizada por Tessa Murdoch.

Conocido también como ‘el zar inglés’, Iván IV favoreció una política de comercio con Inglaterra fundamentada principalmente en la importación y exportación de bienes y productos exentos de impuestos. Así, a través de Muscovy Company, los mercaderes ingleses exportaban a Rusia materiales como cobre, pero también textiles, seda y terciopelo, éstos ultimos para uso exclusivo del zar y de su corte. Al mismo tiempo, Inglaterra se veía favorecida con el envío de pieles, parafina y carbón, convirtiéndose en el socio privilegiado de Rusia.

Símbolos de estatus
Una variedad de retratos con imágenes de Enrique VIII, miembros de la corte y la reina Isabel dejan reflejada la suntuosidad de los textiles y sus extraordinarios detalles de bordados con aplicación de piedras preciosas. En ese entonces, dichos retratos eran utilizados como recurso de propaganda política, decorando palacios de los miembros de la nobleza y, en algunos casos, aplicándose en camafeos, que los volvían estandartes portátiles. Artistas holandeses consagrados –como Hans Holbein, Anthony van Dyck o Steven van der Meulen– eran los responsables de lograr los mejores trazos, aunque no estaban autorizados a firmar sus obras.

Una de las piezas más elocuentes es el mural Hampden, que retrata a la reina Elizabeth –también conocida como ‘la reina virgen’– en tamaño real. Es uno de los highlights de la exposición: la monarca de la golden age británica puede ser admirada en todo su esplendor en un vestido borravino bordado con piedras preciosas y corona de perlas. Lleva, además, una rosa roja en su pecho y, como símbolo de fertilidad, la custodia un decorado de frutas.

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En aquellos tiempos, la vestimenta comenzaba a ser percibida como un componente fundamental en la expresión y percepción de la identidad, tanto para las casas reales, como para los miembros de la nobleza y la alta burguesía. Un ejemplo cabal es que Enrique VIII utilizaba pieles importadas de Rusia o Escandinavia, cuya característica principal radicaba en el color: cuanto más oscuras, más lujosas. Debajo del abrigo, según reseña la exposición, el monarca lucía trajes de terciopelo bordado, camisas blancas con voluminosas mangas de encaje, anillos de oro y rubíes y colgantes con dijes de oro. De hecho, fue el primero en promover el mercado de los bienes de lujo en su país: favoreció la importación a través de licencias otorgadas a comerciantes extranjeros, con el fin de obtener prioridad en la adquisición de textiles como la seda y el damasco para sumarlos a su vestuario. Se cuenta que se llegaron a utilizar más de 1.500 metros de seda al año, destinados a la confección de lo que se denominaba ‘el gran vestuario’.

Asimismo, es muy interesante la valorización atribuida al color aplicado a la vestimenta real: el bordó y las gamas del rojo estaban asignadas exclusivamente a los integrantes de la dinastía Tudor; mientras que el negro representaba el máximo exponente en materia de poder, justamente porque implicaba mayor costo en el proceso de teñido de las telas. Vale señalar que uno de los it accesorios del vestuario masculino eran las cofias bordadas en hilo de plata, que los monarcas lucían en el ámbito privado de sus aposentos, algunos de cuyos ejemplares también están en exhibición.

El recorrido de la muestra también permite apreciar en qué profunda medida el vestuario de la reina Elizabeth estaba diseñado para impresionar: si bien le agradaba el uso de colores, el blanco era su predilecto por simbolizar la virginidad y la pureza. Por otra parte, sus vestidos mostraban una profusión de bordados con hilos multicolores y estaban decorados con diamantes, rubíes y zafiros. Otro ícono de su outfit, la gorguera, era realizada en encaje almidonado, que la mantenía intacta por largas jornadas. También se puede apreciar la exuberancia de las texturas y su elaborado trabajo, ejemplificada magistralmente en una chaqueta femenina realizada en lino y bordada enteramente en seda e hilos metálicos, propiedad del V&A. Como complemento, un par de guantes de cuero bordado en seda con hilo de plata y perlas cultivadas, ribeteado en encaje metalizado, que también conserva el museo que aloja la expo.

En tanto, el capítulo textil revela porqué los tapices eran de gran importancia en la decoración de interiores: casi todos eran importados de Holanda y realizados con cloth of gold, sedas bordadas con hilos de oro. Estas piezas ornamentales tuvieron su máximo esplendor durante los reinados de Enrique VII y VIII, período durante el cual eran exhibidos especialmente en ocasiones de visitas oficiales. Utilizados como obsequios, eran indicadores de reconocimiento de rango, con predilección por las imágenes mitológicas o religiosas.

Protegidos en vitrinas de cristal, en tanto, se aprecia una colección de camafeos, en colgantes y en anillos de oro, característicos de la era Tudor. Los camafeos llevaban la imagen de la reina o del rey, y eran utilizados en su honor por miembros de la corte, como elocuente (y visible) símbolo de lealtad. Nicholas Hilliard fue uno de los maestros en esculpir el oro en miniaturas, como las que aún conserva el V&A con la imagen del rey Jaime I. La joya Barbor, realizada en oro y nácar con la imagen de Elizabeth I y con aplicaciones de rubíes, diamantes y perlas en racimos colgantes, también puede apreciarse, en perfecto estado de conservación.

Ya en el tramo final, se presentan armas y cuchillos, expuestos en enormes cajas de cristal. Las armas, bellísimas y tecnológicamente de avanzada, estaban realizadas en plata, algunas decoradas con nácar o piedras preciosas. Llama especialmente la atención un cuchillo de plata con aplicaciones de perlas que le obsequió Jaime I al embajador de Rusia. Cierra este viaje en el tiempo The Moscow Coach, un magnífico carruaje real a escala: el original se conserva en el Museo de Armas del Palacio del Kremlin, junto a la colección de platería que Inglaterra en su momento ofrendara a la Rusia de los zares. El Museo Victoria & Albert, demuestra una vez más, su profunda dedicación a difundir la cultura en formato de clase magistral de Historia. Brilliant! 

*Asesora de imagen personal y corporativa. www.florenciabibas.com.ar

 



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