Qatar y Singapur, espejismo de tigres y jeques
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Qatar y Singapur, espejismo de tigres y jeques

Volar 26 horas con dos escalas (sólo de ida) ahora es compatible con la palabra vacaciones al evaluar un viaje al Sudeste Asiático. Porque el trayecto puede resultar más ameno si uno se detiene tres días en un punto intermedio, como el Medio Oriente. 

Por Camila Fronzo 15 de Enero 2014




Una esfera fucsia tiembla, como un espejismo, sobre el brumoso horizonte de Doha. Amanece en el emirato árabe de Qatar y la temperatura ya roza los 40º. Exponerse a ese sol después del mediodía es casi suicida. Por eso, su capital despierta temprano. Una hilera de palmeras bordea el milenario –y bélico– Golfo Pérsico. En su costa, se alza un puñado de edificios ovalados, triangulares y semicirculares de hasta 300 metros de altura. La futurística postal no está terminada: grúas, montañas de escombros e infinitos perímetros con cintas de precaución anuncian más construcciones. Por lo menos durante los próximos 17 años, según los objetivos del Qatar National Vision 2030, un plan con foco en su desarrollo social, económico y político. Básicamente, sueña con que Doha supere, en opulencia, a sus vecinas Dubai y Abu Dhabi. Recursos no le faltan: las reservas de petróleo y gas qatarí le aseguran caja para rato (representan más del 50 por ciento del PBI).

Además, el país ostenta el ingreso per cápita más alto del mundo y la menor tasa de desempleo. Y en 2022, será sede del Mundial de Fútbol, polémica decisión teniendo en cuenta que, entre junio y julio, la temperatura supera los 50º. Pero inteligente movida para atraer turismo. En ese flujo futuro de visitantes se justificaron los u$s 15 mil millones que demandó levantar su segundo aeropuerto, Hamad International, cuya fecha de inauguración está prevista para principios de 2014. Por otro lado, la línea de bandera nacional, Qatar Airways, se unió a la alianza One World, táctica que le permitió expandir sus 129 rutas a 860 en octubre último. La marca, impresa en la camiseta del club FC Barcelona, seguirá allí por los próximos tres años. Otra jugada para decir presente en el mundo del deporte.

Corazón emiratí
Tres días son suficientes para recorrer Doha. Seduce su costa blanca, bañada por una masa de agua clara. Sobre todo, cuando el termómetro se vuelve cada vez más rojo. La mayoría de los hoteles de mega lujo tienen playa propia. Mansa, el agua relaja pero no refresca: su temperatura es similar a la de una ducha tibia. Otra alternativa es visitar el pueblo Al Khor, a 40 kilómetros de Doha, e instalarse en la playa Al Farkiya. O ir a The Pearl, una isla artificial ideal para pasear en barco por la costa qatarí y admirar los dhows, tradicionales embarcaciones de madera que navegan por el golfo.

Qatar 2Misteriosa. Entre la arena y la historia, Dubai se levanta para recibir a los turistas. Foto: Clase Ejecutiva.

Lejos de la brisa marina, las calles están vacías. Para escapar del calor, la única vía es resguardarse bajo el aire acondicionado de los shoppings. Una opción más interesante, desde el punto de vista cultural, es conocer el Museo de Arte Islámico, moderna construcción sobre la bahía de Doha, que expone objetos de la cultura islámica. También, visitar alguna de las mezquitas que abundan en la urbe. Distinto al típico itinerario turístico, una excursión a Al Shaqab, en las afueras de Doha, invita a descubrir los más de 300 caballos árabes de carrera del emir (príncipe) de Qatar, Sheikh Tamim bin Hamad Al Thani. Allí se los entrena para competir en torneos mundiales. Lo más impresionante del predio son sus dos estadios: uno, completamente techado y con aire acondicionado; otro, a cielo abierto; ambos, posibles escenarios del Mundial 2022. Sin el fulminante sol apuntando en la cabeza, la noche es el momento perfecto para perderse en los angostos pasillos de Souq Waqif, clásico mercado árabe ubicado en el centro de la ciudad. Abundan las tiendas de alfombras, lámparas, narguiles y otros adornos característicos de Medio Oriente. También, las de especias, dátiles, higos, damascos y nueces, entre otras delicias. Tan heterogénea es su oferta que uno puede encontrar hasta jaulas con pájaros, gatos, perros, peces y roedores. Para recuperar energías –o, simplemente, esconderse del caluroso vaho nocturno–, conviene detenerse en un restaurante del mercado y probar dos de los platos más tradicionales: harees (puré de trigo y cordero qatarí cocinado durante 8 horas) y machboos (carne de cordero con arroz, hierbas árabes y nueces). El regreso al hotel puede ser por la corniche, costanera de 7 kilómetros que bordea la bahía de Doha.

Para adentrarse en el solitario desierto qatarí, en tanto, la única opción es contratar un tour. La aventura puede durar medio día o una jornada entera, acampe incluido. Otra opción es continuar hacia el sur para descubrir la joya qatarí Khor Al Adaid, a la que sólo se accede en 4x4. Allí, las dunas tienen forma de medialuna y bordean el canal que divide Qatar de Arabia Saudita. Si queda tiempo en la agenda, el viajero puede continuar su recorrido por Emiratos Árabes e instalarse en Dubai. O apuntar su brújula al Sudeste Asiático, donde lo espera otra potencia económica por ser descubierta.

Perla asiática
Cráteres con agua turquesa asoman entre la frondosa selva asiática. El avión sobrevuela alguna isla de Indonesia. Unas millas más adelante, despliega su tren de aterrizaje y corre por la pista, mientras un ejército de palmeras y árboles tropicales da la bienvenida a Singapur. Pequeño –su superficie equivale a tres veces la de la Capital Federal–, el país es uno de los cuatro tigres asiáticos, junto con Hong Kong, Corea del Sur y Taiwán. Estuvo dominado por los imperios Java y Sumatra, los árabes, los ingleses y los malayos hasta que, en 1965, declaró su independencia.  


Isla de pocos recursos, su estrategia de desarrollo económico consistió en atraer a compañías extranjeras a cambio de mano de obra barata, entre otras tácticas. Desde entonces, Singapur se convirtió en el cuarto centro financiero mundial, después de Londres, Nueva York y Hong Kong. Su puerto es uno de los cinco con mayor tráfico del globo, y las reservas de su banco central casi igualan su PBI, de u$s 286.925 millones, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Unos 5,4 millones de personas habitan sus 63 islas, que limitan con Malasia e Indonesia: 70 % es descendiente de chinos, 14 % es malayo y 8,5 % es indio. Ese mix cultural –presente en cada comida, construcción y barrio– le dio al país cuatro lenguas oficiales: mandarín, inglés, malayo y tamil. Ha sido apodada The fine city: el juego de palabras (fine, en inglés, es un adjetivo que describe algo bueno o lindo, pero que, también, significa multa) hace referencia a las altas penalizaciones –hasta u$s 1.000– que uno puede recibir si arroja basura en la calle. También, está prohibida la venta de chicles (no así su consumo) y escupir en la vía pública. Los resultados están a la vista: el paisaje urbano es impecable.

Obtener un rápido pantallazo de la ciudad no demora más de dos días. Un buen punto de partida es comenzar por sus multiculturales calles. Como ya es natural en los grandes centros urbanos, Singapur también tiene su Chinatown, sobre todo por ser un país en el que la mayoría de sus descendientes provino desde esa región. En el octavo mes del calendario lunar chino (entre septiembre y octubre), el barrio celebra el Mid-Autumn Festival: las familias se reúnen a admirar la luna llena y compartir mooncakes, unos pastelitos redondos de masa fina dulce, rellenos con chocolate y nueces de macadamia, melón y flor de loto y frambuesa con chocolate, entre las creaciones más contemporáneas. Además, en esa época, las calles se plagan de coloridas lámparas de papel que, de noche, son un espectáculo.

Qatar ciudadImponente. De noche, la ciudad destella en el medio del desierto. Foto: Clase Ejecutiva. 

Otro barrio que merece una visita es Little India: perderse entre los laberintos de telas del mercado Mustafa o degustar un chicken tikka masala en un restaurante a la calle son paradas obligadas. También, deleitarse con las especias, frutas y flores comestibles que se venden en sus mercados. En tanto, las raíces islámicas de Singapur quedan al descubierto en el barrio musulmán (o malayo): recorrer sus boutiques exóticas, detenerse en una de sus cafeterías o viajar a una escena digna de Aladino en la mezquita del sultán, Masjid Sultan, son algunas opciones para pasar la tarde. Un poco de shopping en Haji Lane, calle angosta con locales de diseñadores independientes, es una aconsejable terapia femenina. Y si se sufre de abstinencia de sabores occidentales, una buena cura está en el barrio Bugis, entre Little India y el distrito musulmán: vanguardista, joven y lujoso, alberga restaurantes amigos del paladar europeo. Esa oferta gastronómica también está disponible en Marina Bay, un moderno centro hotelero y de compras que, a la noche, regala un impresionante show de luces sobre la bahía y los edificios espejados del skyline singapurense. Majestuosa, la calle Orchard Road, versión local de la Quinta Avenida neoyorquina o la parisina Champs-Élysées, se despliega, como una alfombra roja, sobre el downtown singapurense: caminarla es como abrir una revista Vogue y que todas sus publicidades cobren vida. Ese paisaje no existía en 1960: la calle estaba plagada de huertas que cultivaban nuez moscada; hoy, lo único que quedó de ese escenario rural es una escultura de una gigantesca nuez moscada, frente al local de Louis Vuitton. Más turístico, Merlion Park es otro punto que vale la pena conocer. En su costanera se erige la mascota nacional de Singapur: una criatura con cabeza de león y cuerpo de pez, bautizada merlion. Su adopción surgió de la mezcla entre los orígenes etimológicos del actual nombre del país (Singapur significa ciudad del león, en malayo) y su antiguo nombre, Temasek (ciudad del mar, en lengua java). Es el enclave ideal para admirar, en la orilla de enfrente, Marina Bay, con sus tres edificios unidos por un puente aéreo, una vuelta al mundo y un estadio flotante.

Para huir del bullicio urbano, una buena escapatoria es el templo chino Thian Hock Keng. Levantado en 1839, es el más antiguo del país, donde uno puede pedirles a sus dioses lo que quiera y sellar su deseo con un sahumerio. Otra alternativa es refugiarse en Singapore City Gallery, un Disney para los arquitectos e ingenieros: en esta galería de planificación urbana descansan planos e imágenes que revelan cómo se construyó Singapur; también, una maqueta que anticipa cómo será en 2030, con infinidad de carteles rojos que indican future development. Visión a largo plazo, siempre presente.

Para realmente desconectarse y apreciar la ciudad, la mejor alternativa es hacerlo desde el Singapore Flyer, vuelta al mundo que ofrece una privilegiada vista aérea. O, mejor aún, cambiar el paisaje metropolitano por arenas blancas y aguas claras en la isla Sentosa, a 15 minutos de la ciudad, a la que se accede en el tren Sentosa Express o por el teleférico Singapore Cable Car.

A pesar de sus diferencias geográficas y culturales, Qatar y Singapur comparten una característica: la visión a largo plazo propia de las primeras potencias económicas. Sus faraónicas construcciones, delicias gastronómicas y paisajes únicos funcionan, casi sin esfuerzo, como perfectos anzuelos turísticos. ¿Una sugerencia? Congelar, en fotos, cada esquina de sus ciudades porque, sin dudas, no serán iguales en los próximos cincos años.



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