Próxima estación: Cataluña
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Próxima estación: Cataluña

Es mundialmente famosa por tres cosas: su capital, su club de fútbol y sus artistas. Pero ella es mucho más que Barcelona, que el Barça, que Gaudí, que Dalí, que Serrat.

Por Aniko Villalba 22 de Abril 2013




El tren se aleja de Barcelona a toda velocidad. Atrás quedan La Sagrada Familia, el Camp Nou, las Ramblas, Plaça de Catalunya, el barrio Gótico, el Raval y todo ese mosaico cultural, artístico, arquitectónico e histórico que es la capital de Cataluña. El tren de cercanías va en dirección a Maçanet Massanes y avanza rápido, silencioso y puntual, hacia el noreste de la región. Va bordeando la costa y convierte cada ventana del vagón en un marco donde el mar Mediterráneo queda encerrado cual pintura hiperrealista. De tanto en tanto, una voz de mujer anuncia por los altoparlantes –en castellano y en catalán– cuál es la próxima estación. El tren sigue avanzando y Barcelona deja de ser un escenario tangible y cercano para convertirse en una estación más en el mapa, un mero punto de partida. De ahora en más, la que espera a la salida de cada estación es Cataluña.

Catalunya, en catalán, es una de las 17 comunidades autónomas de España y está conformada por las provincias de Barcelona, Gerona, Lérida y Tarragona. Con sus 7,5 millones de habitantes es la segunda región del país con mayor cantidad de población, después de Andalucía, y por su superficie, la sexta. Comparte fronteras con Francia y con el Principado de Andorra en el norte, tiene 580 kilómetros de costa mediterránea al este y está pegada a la Comunidad Valenciana al sur y Aragón al oeste. En su territorio conviven los Pirineos catalanes, la costa mediterránea, el delta del Ebro y las ciudades del interior. Formalmente, Cataluña es parte de España, pero su historia, su idioma y su cultura hacen que se sienta una nación aparte.

Además, Cataluña fue el primer territorio peninsular de España en tener ferrocarril. Ocurrió en octubre de 1848, cuando se inauguró la línea Barcelona-Mataró, un recorrido de casi 29 kilómetros. Antes de que empezara el siglo XX ya se habían construido más de mil kilómetros de vías, con varias rutas entre Barcelona y las principales ciudades catalanas. Actualmente, la red de vías sigue siendo casi la misma que hace 100 años, con una estructura muy centralizada hacia la capital. En Cataluña todos los caminos conducen a Barcelona, pero lo que vale la pena conocer, además de la gran ciudad, es justamente eso: sus caminos.

Ciudades del interior
Una vez que la estrella de Cataluña –también conocida como Barcelona– queda atrás, cada punto del mapa se convierte en una incógnita, en un lugar prometedor e impredecible. Gerona, capital de la provincia homónima, ubicada a 98 kilómetros de la capital y a poco más de una hora en tren, es un buen punto para empezar a explorar la región. Es, según dicen, una ciudad con una cultura regional muy fuerte: allí, como en el resto de la comunidad autónoma, el idioma que más se escucha es el catalán, una de las tres lenguas oficiales, junto con el castellano y el occitano. Aunque también es un centro urbano, Gerona es muy distinta a Barcelona: más pequeña, más tradicional, más silenciosa, más tranquila. Tal vez por eso fue elegida por los catalanes como la mejor para vivir.

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Para muchos turistas, Gerona es la puerta de entrada a Cataluña, o incluso a España, ya que su aeropuerto es utilizado por aerolíneas de bajo costo y recibe vuelos de toda Europa. Una de las mejores maneras de saber cuáles son los atractivos turísticos o naturales que esperan en cada ciudad es prestarle mucha atención a las postales que se venden en las tiendas de suvenires. En el caso de Gerona, sus postales más reconocidas son tres: las Cases de l’Onyar, una hilera de construcciones de colores que cuelgan sobre el río Oñar; el Barri Vell, el casco antiguo de la ciudad, y la catedral. La historia de Gerona se remonta al 77 a.C., cuando los ocupantes romanos fundaron Gerunda. Hoy, el Barri Vell es lo que queda de aquel primer poblado: está ubicado al este del río, tiene calles empedradas y peatonales y está rodeado por las antiguas murallas de la ciudad. La catedral fue construida entre los siglos XI y XVIII, refleja cuatro estilos arquitectónicos –románico, gótico, renacentista y barroco– y contiene la segunda nave más ancha del mundo después de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano.

Gerona, como muchas ciudades europeas, tiene un aura de historia y tradición que perdura ante los avances de la modernidad. Lo mismo ocurre con Vic, otra urbe del interior –ubicada en la provincia de Barcelona–, famosa por sus ferias musicales, sus mercados callejeros, su niebla invernal y su fuet, un embutido de factura artesanal. En Vic, además, dejó su huella Antoni Gaudí, el arquitecto y máximo representante del modernismo catalán. En 1910 Gaudí estaba sufriendo una depresión nerviosa tras ver que la crítica no terminaba de aceptar su estilo arquitectónico y, por recomendación de un sacerdote jesuita, decidió pasar tres semanas en Vic, alejado del trabajo cotidiano. Si bien tenía que hacer reposo total, aceptó la propuesta de diseñar dos faroles en conmemoración del centenario del nacimiento del filósofo catalán Jaime Balmes. Las piezas lumínicas fueron inauguradas en septiembre de aquel año... y derribadas en 1924, pero la visita de Gaudí jamás se olvidó.

Besalú, otro municipio de la provincia de Girona, es una postal en sí misma: es uno de los poblados medievales mejor conservados de Cataluña. El origen de la ciudad fue el castillo de Besalú, construido en un cerro donde están los restos de la canónica de Santa María. Si bien el trazado actual de la ciudad no es fiel al original, Besalú aún conserva edificios muy importantes de aquella época, como el puente romano, los baños judíos, la iglesia del monasterio de San Pedro de Besalú y el antiguo hospital de peregrinos. Besalú impacta como un todo: si se abstrae de las antenas parabólicas, los aires acondicionados y los turistas, cualquiera podría jurar que allí los siglos nunca pasaron.

La mirada de Dalí
A medida que el tren se acerca a Figueres, en el aire se presiente algo especial, como si alguien estuviera esperando en la estación... Tal vez sea la cercanía con Francia –Figueres es la última gran ciudad de Cataluña antes de la frontera–, la sensación de estar en una región donde lo catalán se funde con lo francés, donde los buenos vinos y la gastronomía típica de la región esperan. Tal vez... Pero aquí hay algo aún más enigmático y atractivo. Es la ciudad donde, en 1904, nació un tal Salvador Domingo Felipe Jacinto Dalí i Domènech, mejor conocido como Salvador Dalí, uno de los mayores exponentes del surrealismo. No hace falta caminar por aquí con mapa, ya que todos los carteles de la ciudad conducen al mismo lugar: el Museu Dalí. ¿Cómo saber si el edificio está cerca? Por las esculturas surrealistas que descansan semiescondidas en medio de alguna escalera o calle aledaña al museo e indican, en silencio y con su sola presencia, que ya falta poco. El museo fue construido sobre las ruinas del antiguo teatro de la ciudad: durante la Guerra Civil Española, aquel edificio fue bombardeado y destruido; varias décadas después, Dalí compró los restos y lo convirtió en su mayor obra de arte. Los huevos gigantes, las estatuas humanas doradas y el domo futurista que adornan el edificio por fuera son solamente un adelanto de lo que se esconde adentro.

La condición para sumergirse en el fantástico mundo dalineano es volver a mirar la realidad con ojos de niño y estar dispuesto a jugar. Entre las paredes del teatro-museo conviven cuadros, esculturas, instalaciones, dibujos, bocetos, objetos, murales, muebles, choclos, gallinas, mujeres, automóviles, hormigas y labios gigantes que conformaron el universo surrealista del artista catalán. No importa la edad: será imposible no observar cada elemento con los ojos transformados en dos relojes blandos...
Pero hubo otro enclave que marcó al artista en varias etapas de su vida: Cadaqués, un pueblo pesquero ubicado en el cabo de Creus, el punto más oriental de la península ibérica. En 1916, mientras la familia veraneaba, Dalí descubrió la pintura contemporánea gracias a Ramón Pichot, un artista local que lo incentivó a tomar clases. Un año después, el padre de Dalí organizó la primera exposición de los dibujos de su hijo en la casa familiar.

Cadaqués está al final de una ruta repleta de curvas, en un rincón de la comunidad donde, por la geografía, el tren ya no llega. Se distingue a lo lejos por la ventana del autobús: es un pueblo típicamente mediterráneo, con construcciones blancas, techos rojos y ventanas azules. Está aislado del resto de la región por la montaña del Puig de Paní y el Puig de Bufadors y vive de cara al mar. Dedica su existencia a la pesca y al turismo y, como muchos pueblos costeros, está más vivo en verano que en invierno. En temporada baja la mayoría de las puertas y ventanas están cerradas y las calles quedan vacías y silenciosas: los espacios son ocupados por los pescadores, que realizan su trabajo durante todo el año, y por los gatos callejeros, que deambulan por las veredas empedradas y se trepan a los techos. Cadaqués tiene calma, y probablemente por eso fue elegido como lugar de residencia o veraneo por artistas como Duchamp, García Lorca, Picasso y Miró.

A pocas cuadras del centro de Cadaqués hay un sitio que, para Dalí, fue seguramente el más especial de todos: Port Lligat, una pequeña bahía aislada, con algunas viviendas. En 1929, Dalí conoció a Gala en París: aquella inmigrante rusa, 10 años mayor, se convirtió en su musa y, más tarde, en su mujer. Al mismo tiempo, Dalí se enfrentó a su padre, quien lo desheredó y le prohibió regresar a Cadaqués. El verano siguiente, Dalí y Gala se instalaron en la cabaña de un pescador en Port Lligat, compraron el terreno y fueron construyendo, durante 40 años, su vivienda frente al mar. La casa –hoy convertida en museo– fue concebida por la pareja como una estructura biológica: su diseño es laberíntico, tiene pasos estrechos, recorridos sin salida y cientos de objetos y detalles. Cada sala tiene ventanas de distintas formas y tamaños que enmarcan uno de los paisajes más representados en las obras de Dalí: esa bahía donde la pareja vivió entre 1930 y 1982.

Esos pueblitos frente al mar
Viajar en tren a pocos metros de la costa del mar produce una serenidad que difícilmente pueda ser igualada. El traqueteo del tren es, de por sí, arrullador. Y, combinado con el océano, genera una calma que se mezcla con la modorra y la ensoñación. Es difícil no imaginar, cada vez que un pueblito entra por la ventana a toda velocidad, qué estará pasando en ese lugar, cómo vivirá la gente, en qué consistirá su rutina, qué aroma y qué color tendrá la felicidad para ellos...

Los que viven en los pueblos costeros de Cataluña ya juegan con ventaja: tienen, todos los días del año, el sonido y el olor del mar Mediterráneo en sus balcones. Tal vez por eso muchos visitantes llegan a alguno de estos pueblitos y nunca más se pueden ir. Cataluña tiene casi 600 kilómetros de litoral: la franja que corresponde a la provincia de Tarragona se llama Costa Dorada, y la que está contenida entre Blanes y la frontera con Francia –en la provincia de Girona– fue bautizada Costa Brava por su paisaje agreste y escarpado.

Antes de convertirse en destinos turísticos de veraneo, eran pueblos de pescadores con callejuelas angostas y casas encaladas. Y aún hoy, especialmente en temporada baja, conservan su esencia, su silencio y su magia.

Para comprobarlo, basta con bajarse del tren, por ejemplo, en Sant Pol de Mar, un pueblo de 5 mil habitantes ubicado 67 kilómetros al norte de Barcelona. Este poblado surgió en el siglo X en torno al monasterio homónimo y fue una villa de pescadores hasta principios del siglo XX, cuando las clases altas catalanas llegaron en los trenes y la entronizaron como su lugar de veraneo. Por eso, en medio de la tranquilidad y las construcciones bajas, aparecen, como de la nada, casas de estilo modernista y residencias de verano. Tossa de Mar, 40 kilómetros hacia arriba por la costa, es considerada la joya de la Costa Brava: bautizada Paraíso Azul por el artista bielorruso-francés Marc Chagall tras su estancia en 1933, es la única localidad de la costa catalana que aún conserva su centro medieval fortificado.

Sitges, ubicada 36 kilómetros al sur de Barcelona, es llamada la Saint Tropez de Cataluña por su belleza –muchos consideran que es la mejor playa urbana de Europa– y por la cotización de sus inmuebles –es el municipio más caro de España–. Tiene 28 mil habitantes y una gran infraestructura turística, es una de las ciudades más gay friendly de la costa y la villa con más puertos deportivos del país. Es, además, la sede permanente del Festival Internacional de Cinema de Cataluña, uno de los eventos cinematográficos más importantes de Europa. En Garraf, uno de los extremos de Sitges, están las Bodegas Güell, un conjunto arquitectónico firmado por Antoni Gaudí.

En su libro El cuaderno gris, Josep Pla, el prosista más importante y prolífico de la literatura catalana contemporánea, escribió: “Cuando un hombre llega a uno de estos pueblos, la falta de pretextos para matar rápidamente el tiempo produce un estado de exasperación, una tensión nerviosa que, vista desde fuera, debe parecer grotesca. Después, el hombre entra en una fase de añoranza mórbida que ataca los músculos del movimiento y produce una gran pereza y ganas de vivir en posición horizontal. Pero después uno reacciona y encuentra entretenimiento en la cosa más minúscula”. Oriundo de Palafrugell, un municipio del interior de la Costa Brava, Pla supo describir la atmósfera que se respira en su pueblo natal y en todos esos poblados –algunos más anónimos que otros– que conforman el litoral catalán.

Las vías del tren se cuelan por la mayoría de los recovecos del territorio. Estos caminos prefijados son una posibilidad y, a la vez, una promesa. Una posibilidad en cuanto que cada tren, por el sólo hecho de existir, tiene la potencialidad de conducir a múltiples destinos. Y cada vagón, a su vez, avanza por las vías con una promesa: no importa qué tan lejos se esté, en Cataluña siempre habrá un tren con destino a Barcelona esperando en el andén más cercano.

Rutas gastronómicas
Uno de los rituales más practicados en las mesas catalanas consiste en cortar un tomate maduro al medio, untarlo sobre una rodaja de pan de payés (rústico) tostado y agregarle un chorrito de aceite de oliva extra virgen y sal. El pa amb tomàquet es una de las comidas tradicionales más consumidas por los catalanes.

La cocina de la región forma parte de la gastronomía mediterránea, caracterizada por su frescura y diversidad y por el uso constante de tres ingredientes: el trigo, el aceite y el vino. En el interior predomina la cocina de montaña: carne, quesos, embutidos, productos de la huerta, del bosque y del corral. Cataluña ofrece 16 rutas temáticas para conocer y degustar: la del vino permite recorrer los principales viñedos, pueblos, bodegas y establecimientos especializados de la comunidad; la del aceite invita a visitar la zona a fines de otoño, cuando se cosechan las aceitunas y se prensan en el molino; la de los productos de mar atraviesa los principales pueblos de pescadores con el objetivo de descubrir las especies autóctonas del litoral catalán; la de los embutidos invita a degustar fuets, somaies, bulls y bisbes, de cerdo y cordero; la de los quesos conduce a través de los secretos de las especialidades de cabra, vaca y oveja; y la de la cocina dulce está dedicada especialmente a los postres, como los barquillos.

Brújula
Aéreo: Buenos Aires-Barcelona desde u$s 1.400 con Iberia.

Clima: La costa mediterránea tiene un clima suave y templado, la zona del interior registra inviernos fríos y veranos cálidos y los Pirineos acusan temperaturas de alta montaña.

Información y horarios de los trenes: www.fgc.cat y www.renfe.com

Más información:
www.turismedecatalunya.com

 



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