Peter Thiel: “Lo más rebelde es pensar por uno mismo”
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Peter Thiel: “Lo más rebelde es pensar por uno mismo”

Formado como abogado, se probó como banquero de inversiones. Pero realmente sobresalió entre los geniecillos de Silicon Valley cuando se convirtió en el primer financista externo de Facebook: aportó US$ 500 mil en 2004 y, para 2012, su participación personal valía US$ 1250 millones.

Por Richard Waters 07 de Febrero 2014




Peter Thiel acaba de sentarse a una mesa en un rincón del restaurante Evvia de Palo Alto y ya lanza una disquisición sobre la historia de las burbujas financieras. “Esto –declara, después de enumerar las frecuentes erupciones del mercado en la últimas tres décadas– es muy anómalo, históricamente hablando. Hubo una burbuja en la década de 1920 y otra en la de 1720”. Es la clase de generalización, pronunciada con tono de afirmación definitiva, en la que Thiel se destaca.

Como dos veces acumuló fortunas de hasta mil millones de dólares en sectores muy diferentes del mundo de las inversiones (aunque perdió muy pronto una de ellas), nos sentimos inclinados a darle el beneficio de la duda. Pero tampoco podemos dejar de pensar: ¿en serio? ¿Y qué de la burbuja de los ferrocarriles en 1870 o de los periódicos auges y caídas de la era dorada del capitalismo? Tal como pasa con muchas de las afirmaciones eclécticas con las que Thiel salpica su conversación –alusiones a Dickens y Shakespeare, pero también a amplias franjas de la economía, la tecnología y la historia política–, desearíamos poder googlear en secreto, por debajo de la mesa, para verificar lo que está diciendo.

Ahora, el multimillonario de 46 años, financista de Facebook, exestrella de fondos de inversión y gran pensador libertario está listo para proclamar que habrá una última burbuja. Esta vez será como consecuencia del excesivo endeudamiento del Estado para reflotar un mundo que se esfuerza por salir de la crisis financiera. Con ella, alega, habremos llegado a la última burbuja. No habrá otras. Punto.



Evvia es una taberna griega que ofrece un complaciente punto de encuentro a la hora del almuerzo en este enclave opulento de Silicon Valley. Se encuentra a media cuadra del lugar, en University Avenue, donde se fundó Facebook. Los u$s 500 mil que Thiel invirtió en la compañía en 2004 lo transformaron en el primer financista externo de la firma. Y ya forman parte de la leyenda del valle: al momento de la oferta pública inicial de Facebook, en 2012, la participación personal de Thiel valía u$s 1.250 millones.

Ese edificio aloja ahora a Palantir, una sigilosa empresa de recolección de datos que ganó fama trabajando para la CIA y que figura entre las más exitosas inversiones recientes de Thiel con su firma de capital de riesgo Founders Fund. Un par de cuadras más adelante está el lugar donde nació PayPal, la compañía de pagos online de la que Thiel fue uno de sus fundadores durante el boom de las puntocom, antes de su venta a eBay en 2002.

Formado como abogado y habiendo trabajado como banquero de inversiones antes de sobresalir entre los ingenieros de Silicon Valley, Thiel llega impecablemente vestido con un suéter sin camisa. Al principio había propuesto desayunar: tiene más tiempo por la mañana. Pero al final parece contento de dedicar las más de dos horas del almuerzo a hablar sobre el estado del mundo.

Thiel 3Sus modales son a la vez directos y cautos. No parece avergonzarse de hacer afirmaciones contundentes que tocan ideas controvertidas, pero las matiza con vacilantes “eh...” y se toma tiempo para formular sus pensamientos. Empieza casi cada frase con “Pienso que...”, dejando, como por cortesía, que el oyente elija si se va a tragar cada nueva afirmación como si fuera un hecho indiscutible. Un ejemplo literal: “Y por supuesto, eh, por supuesto que como libertario pienso que es imperativo que detengamos otro gran atentado terrorista en Estados Unidos porque lo peor que podría sucederle a este país es que tengamos otra Ley Patriótica”.

Zambullirse de cabeza en grandes ideas es una pose de seriedad que gustan adoptar los tipos de Silicon Valley. Y Thiel no es la excepción. Aunque no es del todo culpa suya que nos hayamos lanzado a la historia de las burbujas financieras tras apenas intercambiar algunos saludos de cortesía. Le había recordado una conversación que tuvimos hace varios años, antes de que se hiciera evidente la burbuja del mercado inmobiliario.

Thiel, cuyo fondo de cobertura Clarium Capital estaba acercándose al pico de su éxito, pronosticó que el mayor triunfo en el juego de las inversiones dependería de ser capaz de capear una serie de inesperados auges y caídas en partes inconexas del mundo financiero. Los años buenos a mitad del decenio pasado habían traído a Clarium Capital una catarata de fondos de nuevos inversores, lo que infló su valor hasta superar los u$s 7 mil millones. Pero, tras un puñado de malas apuestas, el dinero volátil volvió a retirarse. Thiel lo resumió así: “Tuvimos, en esencia, 6 años muy sólidos y después dos años y medio malos”.

Admite haber cometido errores al invertir, pero asegura que su mayor equivocación fue haber tomado dinero a corto plazo de inversores que vacilaron cuando los tiempos se pusieron difíciles, en particular debido a que sus inversiones se volcaron a hacer apuestas heterodoxas que iban contra el sentido común. Un desliz fue haberse aferrado a una posición a la baja en 2009 y 2010 frente a una amplia suba del mercado. En algún momento Clarium llegó a perder el 70 por ciento de su valor.

Thiel exhibe todavía rastros de amargura, tanto por la resistencia de los inversores a darle el mérito por su éxito inesperado en los años buenos cuanto por la forma en que escaparon cuando las cosas se pusieron difíciles. “Deben seguir fastidiados porque ganamos dinero, y pensarán que tuvimos suerte”, observa.

El multimillonario de 46 años, financista de Facebook, ex estrella de fondos de inversión y gran pensador libertario está listo para proclamar que habrá una última burbuja.

El capital de riesgo, cuyo éxito depende de escoger los ganadores del próximo mercado tecnológico de moda y aferrarse a ellos, parece algo muy distante de los auges y caídas que tiene que capear un gerente de fondos de cobertura. Sin embargo, en el mundo de Thiel, todas las cosas están conectadas, tal como él borda sus ideas en una gran teoría unificadora de nuestra era.

Las piezas forman algo como lo siguiente. Las burbujas históricamente anómalas de los últimos años –el boom del mercado de valores japonés de los años ‘80, la manía por las puntocom en los ‘90, el frenesí inmobiliario en el decenio pasado y, ahora, la burbuja gubernamental– fueron todas consecuencia del hecho de que la gente mantuvo expectativas desmesuradas sobre el futuro incluso cuando la realidad se había quedado corta.

Thiel sostiene que el motivo de este abismo en las expectativas es que el progreso tecnológico se detuvo a fines de los años ‘60. Según se afirma en la página web de Founders Fund: “Queríamos autos voladores y nos dieron 140 caracteres”. Thiel sigue disculpándose con Twitter por ese golpe seco: afirma que está todo bien con la empresa, y que incluso podría ser digna de la elevada valoración que le asigna Wall Street, aunque agrega con seca ironía que “también podría no ser suficiente para llevar a la civilización a un nuevo nivel”.

Al margen de que Thiel haya ganado una fortuna con Facebook (según Forbes, su riqueza total es de u$s 1.800 millones), en su versión de los hechos, Internet no alcanza a compensar la escasez de innovaciones. Se resiste a hablar en público sobre Facebook, puesto que sigue en su directorio. Pero sí afirma lo siguiente: “La verdad, con matices, es que Facebook es una gran compañía, un éxito específico, pero no basta para salvar a la civilización. Sabes que esas no son afirmaciones incompatibles”.

En cuanto a por qué el progreso se estancó, Thiel dice no estar tan seguro. Pero, al presionarlo, se hace evidente que tiene abundantes teorías. En una formulación suscinta, lo expresó de la siguiente manera: “Fuimos a la Luna en julio de 1969 y Woodstock empezó tres semanas después. Visto a la distancia, ahí fue cuando ganaron los hippies y la idea del progreso terminó”.

Thiel 1El que sabe. En 2004 invirtió US$ 500 mil en Facebook. Foto: Clase Ejecutiva. 

Le pregunto a Thiel si es uno de los seguidores de la dieta paleo, que consiste en suprimir granos, papas y azúcar refinada y que se hizo popular entre los emprendedores de Silicon Valley (y que yo mismo sigo esporádicamente). Responde que la cumple “a veces” y después ofrece una de sus típicas teorías asertivas: “No deberías comer azúcar. En casi cualquier cosa hay diferentes permutaciones de lo que podemos hacer, pero si reduces drásticamente el consumo de azúcar, creo que serás más sano. Es la única regla”.

Pasamos a los desafíos de la mejora personal. A principios de año Thiel, quien de joven fue un federado en ajedrez, decidió que pasar una hora y media por día jugándolo en la red era demasiado tiempo desperdiciado, así que borró el programa de la computadora... Sólo para descargarlo y volver a borrarlo una decena de veces más desde entonces. Lo presiono en busca de otras falencias, con el argumento de que nadie creerá que un exceso de ajedrez es su mayor defecto de carácter. Cautelosamente, sugiere una mala administración del tiempo y agrega que no es propenso a “orientarse a los detalles”. ¿Y qué tal le va a la hora de considerar los puntos de vista de otras personas?, propongo.

“Creo que mejoré con los años. A los 20 años solía pensar que todas las personas era más o menos iguales. Ahora pienso que las personas son en verdad diferentes en todo tipo de formas sutiles que tienen mucha importancia. Por eso, si das una respuesta crítica a la gente, algunos se pondrán a llorar y otros ni si quiera registrarán el comentario”.

Se lo ve igual de incómodo cuando tiene que hablar de sí mismo. Los “eh...” se multiplican mientras trata de explicar por qué abandonó el Derecho y los bancos y se fue a Silicon Valley a buscar algo con más potencial para cambiar el mundo. “La decisión fue volver a California y probar algo nuevo y diferente”, dice, como si hablara de otra persona. Es igual de elusivo cuando habla de los orígenes de su postura personal: “Siempre me interesé por el mundo de las ideas y por tratar de entender las cosas”. El título que obtuvo en la Universidad de Stanford fue en Filosofía, pero en muchos temas su posición contra la filosofía política parece más visceral que intelectual. “Creo que una de las cosas más rebeldes que se puede hacer en nuestra sociedad es pensar por uno mismo”, explica.

Sólo empieza a ganar ímpetu cuando habla de cómo la ambición tecnológica ha desaparecido del mundo y dejó en su lugar lo que denomina “una era de expectativas disminuidas que de a poco se ha filtrado en la cultura”. Como puede preverse en vista de su tendencia libertaria, mucho de eso se debe a las regulaciones. He ahí su explicación de por qué la industria de la computación (que habita “un mundo de bytes”) ha prosperado, mientras muchas otras (“del mundo de los átomos”) no. “El mundo de los bytes no fue regulado, y por eso hemos visto tanto progreso en los últimos 40 años, mientras que el mundo de los átomos fue regulado y por eso se dificulta el avance en sectores como biotecnología y aviación y todo tipo de áreas de la ciencia de materiales”.

Hace tiempo que llegaron los platos principales y Thiel estuvo comiendo sin ganas el salmón e ignoró la ración de puré de papas. A pesar de ocasionales rachas de determinismo –“En mis días malos encuentro muy atractiva la decadencia occidental”–, Thiel asegura que cree en la capacidad ilimitada de los individuos para marcar la diferencia. Pero se queja de que “la gente se ha vuelto demasiado gradualista y esquiva los riesgos, no se esfuerza lo suficiente‘.

“Creo que mejoré con los años. A los 20 años solía pensar que todas las personas era más o menos iguales. Ahora pienso que las personas son en verdad diferentes en todo tipo de formas sutiles que tienen mucha importancia".

Alude a Elon Musk, amigo de los días de PayPal y ahora titular del fabricante de autos eléctricos Tesla Motors y de la empresa privada de cohetes SpaceX, como ejemplo del modo en que pueden florecer las ideas. En comparación, agrega Thiel, la mayoría de las personas están atrapadas por el conformismo social y repiten ideas hechas, “desde el progresista promedio de San Francisco a la ama de casa religiosa promedio de Alabama”. La consecuencia, acota, es que “nunca sé cuánto cree la gente en las cosas que dice”. A pesar de eso, asegura ser un optimista. Aunque su condición no es la que parece endémica en Silicon Valley, donde impera la creencia ingenua en el mejor resultado.

“Creo que las cosas pueden mejorar mucho. Pero hay tantas cosas que no se hacen... El hecho de que no encontremos cura para el cáncer o que un tercio de las personas mayores de 85 años tenga el mal de Alzheimer es una catástrofe delirante. Todas esas enfermedades son evidentemente curables. Creo que encontraríamos fuentes más baratas de energía si trabajáramos en eso. Creo que podría haber una extensión radical de la vida”.

Aunque el Founders Fund se mantuvo al margen del tema energético, que ha demostrado ser el cementerio de inversores en compañías nuevas, sí respaldó a una cantidad de firmas incipientes con objetivos ambiciosos en atención médica y biotecnología. Para Thiel, la solución sólo vendrá de la aceleración de la tecnología. Veamos el problema de la vigilancia descontrolada del Estado. Aunque muchos creen que se debe a la abundancia de tecnología en manos de un aparato de inteligencia sin controles, Thiel cree que la causa es “eh..., la falta de tecnología”, señala.

“Si pudiéramos imaginar formas eficientes de identificar a los terroristas, entonces no tendríamos que ser tan entrometidos. Es la falta de tecnología lo que impulsa la conducta de entrometerse”, señala. Ese es el problema que justamente trata de solucionar Palantir.

A la hora del café hago otro intento con los temas personales. Me pregunto cómo se siente con la caricatura que hacen de él como el típico multimillonario libertario del tecno-utopismo. ¿Le preocupa que lo consideren excéntrico? “Si eso es lo peor que dicen de mí, entonces me siento feliz”, replica.

Asegura que las ideas libertarias, aunque no vayan a convertirse en la ideología dominante de Estados Unidos, son una cepa de pensamiento influyente que tendrá peso en la próxima década en temas tan diversos como la intervención en guerras en el exterior o la legalización de la marihuana. Y lanza un golpe final al movimiento Tea Party y su intento de volver al pasado en busca de soluciones a problemas del presente. “No podemos volver al pasado. Si literalmente volviéramos al pasado, volveríamos a este presente arruinado. Tenemos que pensar en un futuro que sea diferente del pasado”.

Son las dos en punto y la taberna, con sus propias reminiscencias arcaicas de una cultura lejana, casi se ha vaciado. Educado y atento hasta el final, Thiel se asegura de haber dado respuestas minuciosas a todas las preguntas importantes. Después, se marcha con la misma brusquedad con la que llegó, dejando atrás un leve eco del futuro.
 

El autor es el jefe de la corresponsalía de FT en la Costa Oeste de Estados Unidos.



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