Pablo Echarri:
Lifestyle

Pablo Echarri: "Me encantaría poder ahorrar en dólares"

Es uno de los actores populares que más temprano adhirió al modelo K. En esta entrevista en profundidad, confiesa que la sangría entre sus seguidores “fue necesaria”. Reconoce que la inseguridad y la inflación son cuentas pendientes de la ‘década ganada’, al mismo tiempo que asume que, aunque le convendría, no apuesta por la divisa estadounidense para no contribuir al debilitamiento del peso.  Por Andrea del Río 25 de Septiembre 2014

 

 

No deja a nadie indiferente. Nunca lo hizo. No tendría por qué empezar justo ahora...

A pura melena enrulada y look de pibe de barrio, robó corazones en telenovelas como Sólo para parejas, Inconquistable corazón, Por siempre Mujercitas y Mía, sólo mía, que lo entronizaron como uno de los galancitos de la década del ‘90. Desafiando el mito de Sansón, a medida que fue acortando su cabellera sus elecciones interpretativas redoblaron el vigor de su popularidad, a tal punto que el cine (El desvío, Alma mía, Plata quemada) también lo fichó como una de sus figuras más convocantes. Junto con el cambio de siglo llegaron las canas, símbolo de una madurez profesional que se tradujo en papeles de mayor densidad dramática y compromiso argumental. ¿Repasamos? En 2000 encabezó la tira Los buscas de siempre, que le valió su primer Martín Fierro; en plena crisis de 2001/2, la película Apasionados superó el millón de espectadores; en 2003, la telenovela Resistiré batió récords de audiencia con más de 47 puntos de ráting (Martín Fierro de Oro); en 2006 repitió el suceso con Montecristo, cuyo formato se exportó a toda América latina (y sumó otra estatuilla a su colección); en 2011 debutó en su doble rol de actor y productor con El elegido, que también lo consagró como mejor actor del año. Sin olvidar que también estelarizó películas (El método, Las viudas de los jueves y Crónica de una fuga) y obras teatrales (The Pillowman, El hijo de puta del sombrero) que confirmaron su decisión de patear el tablero, aunque eso pusiera en riesgo su mayor capital: la fidelidad incondicional del público.

Puesto a jugarse el todo por el todo, Echarri orientó esa pulsión de libertad artística hacia una dimensión que le era desconocida hasta entonces: la política. Así, su década ganada actoral calza casi perfectamente con los años de gestión kirchnerista. No sólo se posiciona como una de las figuras populares que más temprano adhirió al modelo: a diferencia de otras voces meramente simpatizantes, la suya se ha elevado –y se sostiene– decididamente militante. Y así, en su autoasumida misión de defensor del relato K, se fue puliendo como polemista mediático con suerte dispar: sus recientes declaraciones sobre la inseguridad en Almorzando con Mirtha Legrand levantaron tanta polvareda como sus resonados enfrentamientos con el periodista Jorge Lanata, con quien ha protagonizado una escalada que de dialéctica tuvo poco.

Tras un par de años de retiro creativo, Echarri vuelve con todo: tres filmes en preproducción, una telenovela con destino de prime time que se estrenará en 2015 y Arrebato, el thriller que llegó a las carteleras en septiembre. Ese estreno fue la excusa para que Pablo Echarri compartiera una charla abierta sobre el debe y el haber del ciclo K.

En la primera escena de tu última película, tu personaje dice: “El relato construye realidad”. ¿Es una bajada de línea deliberada?

Lo que mi personaje expresa es algo que hoy por hoy está muy sobre el tapete, y que tiene que ver con que la verdad depende de quién la diga, cómo la construya, qué palabras elige, de qué elige hablar y qué elige omitir. Y cómo esa versión se transforma en la realidad de cada uno. En la película, esa teoría está puesta en la profesión de mi personaje, un escritor que ficciona hechos reales. Lo interesante es cómo esta persona, que elige las palabras a la hora de contar su versión de los hechos, empieza a ser avasallada por la realidad misma. Creo que ese planteo es muy reconocible porque hoy la gente sabe que realmente depende quién construya el relato para saber qué es verdad o qué tiene que creer.

Pero es provocador que tu personaje, cuando tiene la opción de saber la verdad, dude por el alto costo que eso implica...

La película cuenta sentimientos muy profundos y contradictorios de ese deseo de saber la verdad y el dolor profundo que puede generar conocerla. Me gustan los personajes oscuros, los que terminan sumergidos en su propio barro, los imperfectos. Se que me alejan del público (sonríe)... Son los más antipáticos, tal vez por lo que la gente podría llegar a esperar de una interpretación que venga de mi parte. Me gusta jugar con la sorpresa. Provocarle al público algo contrario a lo que espera ver va en contra del negocio, pero me llena de placer causar incomodidad a la hora de actuar.

Esas elecciones ‘riesgosas’ en lo profesional corren en paralelo con otras posiciones que asumiste como ciudadano. ¿La intencionalidad también es incomodar o te motiva algo distinto?

Creo que es diferente. Aunque igualmente se emparentan porque ya no me molesta la incomodidad: la ejerzo y la disfruto de alguna manera en lo laboral, y ya en lo personal no me molesta tanto. La expresión con respecto al pensamiento y a la ideología tiene que ver con una convicción bastante más profunda y no con una necesidad de entrar en discusión por el sólo hecho de hacer sentir a alguien incómodo. No es una postura, como sí lo puede ser la elección de un personaje. A la hora de cristalizar la ideología creo que hay una elección –bastante más profunda y genuina– de expresar lo que esencialmente siento a través de un despertar en ese pensamiento que no lo había tenido hasta hace unos años. Y también tiene que ver con el descubrimiento del grado de importancia que tienen distintas cosas en mi vida. La actuación ya no ocupa el primer lugar, como sí lo hizo hace 20 años: mi vida como ciudadano, padre, esposo y persona es infinitamente más importante. El oficio de actuar es lo que me da la posibilidad de sostener a mi familia y lo que me satisface artísticamente. Pero siento que la expresión ideológica es algo irrefrenable. Y, de hecho, no pasa solamente conmigo sino también con quien está en las antípodas: se expresa a pesar de lo que quiere contener, no decir. Creo que las ideologías se expresan desde las vísceras, desde lo que se siente muy profundamente.

undefined

Confesiones. Echarri aseguró que, la mejor forma de ahorrar, es en dólares. Foto: Clase Ejecutiva.

¿Cuál fue el momento de quiebre para que decidieras expresar públicamente tu adhesión K?

La decisión viene siempre como consecuencia de una interpretación intelectual. El descubrimiento de mi pensamiento –que iba un poco en contra de lo que pensaba mi familia de origen, porque nací en una casa radical, mi viejo sobre todo, un radical férreo, alfonsinista hasta la manija... figura a la que admiré profundamente y sigo admirando, Alfonsín– se dio cuando se me cristaliza sobre los ojos una idea clara que, en el momento en que debería haberla sentido fue el comienzo de los años ‘80 y por imposibilidad –por los años que habíamos vivido de dictadura era algo que había quedado bastante relegado para la mayoría de los jóvenes, se había seccionado la costumbre de expresarse políticamente por el miedo que había reinado–, y con la llegada del neoliberalismo eso se profundizó; y el descubrimiento, entonces, fue posterior, bastante tardío, a mis 40 años o un poco antes. Y fue porque escuché y alguien me abrió los ojos... Sentí que alguien, con su discurso y con lo que ponía adelante de mí, estaba revelándome una verdad que hasta ese momento no podía ver. Entonces, fue como un descubrimiento muy fuerte, imposible de ocultar. Y particularmente tuvo que ver también con la gestión que tuve y tengo dentro de la Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes (N.d.E: Sagai, donde ejerce como protesorero), de haber gestionado con el Poder Ejecutivo toda la cuestión del decreto para reglamentar la ley 11.723 (N.d.E.: En julio de 2006 se reconoció a Sagai como “la única entidad de gestión colectiva autorizada para administrar los derechos de propiedad intelectual de actores y bailarines”, una pelea con cines y canales de televisión que estaba latente desde 1933. El foco de conflicto era el derecho de los artistas a recibir una retribución por la comunicación pública de sus interpretaciones, incluidas las repeticiones). Ahí descubrí que lo que se hablaba, lo que me llegaba con el discurso, estaba directamente emparentado con los hechos, cosa que yo nunca había podido unir en épocas anteriores. Siempre los discursos estaban desprovistos de todo tipo de contenido y eran una forma de llevar a la gente de las narices hacia el lugar de conveniencia del grupo de poder de turno. Y yo lo que noté con los que expresan esta ideología, a los que me sumé, tiene que ver con una coherencia entre lo dicho y lo hecho. Y lo noté desde adentro. Porque nunca me pidieron nada a cambio, que era una de las cosas que estaba esperando: ¿a ver cuándo hay que pagar esta factura? Y esa factura nunca vino. Entonces, empecé a descubrir realmente un grupo político, gente que expresaba una idea que era mucho más genuina de lo que había conocido antes. Sentía que podía creerles. Hay algo, en general, que no he visto en otros políticos. Por eso, fue genuino el despertar: me di cuenta que tenía que salir a defender mi posición como ciudadano. Y que si la defensa de esa posición podía llegar a traer alguna complicación a mi carrera artística, me parecía que valía la pena correr el riesgo.

¿Tu militancia afectó tu carrera, entonces?

Sí, de alguna manera... Cuando uno se expresa, tanto políticamente como en cualquier orden de la vida, genera opiniones encontradas. Es mucho más fácil que la gente no sepa qué pensás para que verdaderamente no esté tan en desacuerdo con vos. Cuando uno empieza a expresar la idea que sea, empieza a encontrar desacuerdos con el otro. Yo sentí en ese momento, y ahora lo sigo sintiendo, que debía ser genuino. Más allá del miedo que podía existir a expresarse abiertamente por temor a una represalia, era mucho más importante el placer de la expresión misma y que mis hijos me vean luchar y defender algo determinado para que el día de mañana, sea lo que ellos piensen, lo defiendan con la misma pasión. Yo así trabajo, así vivo con mi familia y así también sentí que tenía que expresarme a la hora de mis ideales. Y gané. Gané mucho. Tal vez una de las características del artista –de muchos, no todos– es buscar la aceptación general. Y eso trae bastante dolor, porque para poder lograrlo uno debe renunciar a muchas convicciones, o no cristalizarlas. Cuando empecé a ser más genuino conmigo mismo, empecé a tener seguidores y detractores, y eso me hizo sentir cómodo. Primero, porque me sacó el estigma de tener que gustarle a todo el mundo. Y después, porque los seguidores eran mucho más genuinos de lo que eran antes. O sea, que existan detractores o gente a la que dejé de gustarle o de parecerle simpático... (silencio). Valoro mucho a los que les parezco más simpático que antes. Se que dividí el grupo de gente que podía antes llegar a verme por cómo actuaba, porque podían gustarle los productos míos y parecerle simpático... Se que, en ese sentido, hubo una sangría. Pero absolutamente necesaria para constituirme en el ser humano que soy hoy y que busco ser.

Tu posición política te ha enfrentado, mediáticamente, con Jorge Lanata y Alfredo Casero, por mencionar los ejemplos más polémicos. Pero, al mismo tiempo, tu socio en la productora El Árbol es Martín Seefeld, un macrista confeso...

Está en las antípodas...

¿Eso habla de una tolerancia mayor a la que te reconocen? ¿O de que hay una convivencia posible pese a los antagonismos políticos?

Sí, definitivamente. Lo que pasa es que Martín y yo no somos crueles con el otro. El problema es cuando entra la crueldad en la discusión.

undefined

Complicado. Su postura política, según él mismo explicó, ha afectado su carrera. Foto: Clase Ejecutiva.

¿A qué te referís?

A cuando la gente, más allá de expresar su ideal, es cruel en su expresión. Ahí se generan enfrentamientos como los que he tenido con los que vos nombrás... Con Martín pensamos diferente, pero algunas cosas las pensamos bastante parecidas (N.d.E.: Seefeld también integra la mesa chica de Sagai, como tesorero). En esencia pensamos diferente, pero somos muy respetuosos. Hablamos de política: no constantemente, pero hay momentos donde juntamos temas y hacemos ese ejercicio de ver cómo podemos convencer al otro con argumentos sólidos.

¿Cuáles son tus cartas ganadoras?

Yo soy un observador de la realidad y un lector me parece bastante más completo de lo que era años atrás. Entonces, a la hora de la discusión, en el buen sentido, tengo instrumentos que antes no tenía. Cuido mucho el tono, porque se lo que es capaz de hacer un tono mal utilizado, no sólo en una discusión política. Un tono que no es el adecuado hace que lo que se quiere comunicar entre por otro lado. Entonces, cada vez soy más consciente... Aparte porque siempre, desde chico, he sido provocador (sonríe). Crecí en un barrio donde me peleé muuuuucho. De chico era bastante más peleador de lo que soy ahora... Que no lo soy, de hecho. Pero siempre me caractericé por ‘pudrirla’ (sonríe). O sea, cuando había un conflicto, lo escalaba. Había ahí algo natural en mí, que me trajo muchos sinsabores, realmente. Venía ligado a esa cuestión más de macho cabrío que de ser pensante. Siento que modifiqué muchas cosas: en estos últimos años me he equilibrado bastante y, sin dejar de ser genuino, encontré distintas formas de comunicar y transmitir una idea. Me transformé en un especialista de los tonos. Hay algo en la forma en que se dicen las cosas que es el centro de la existencia del conflicto o de su carencia. Uno puede expresar sus ideas sin herir al que está al lado.

Sin embargo, no siempre has mantenido ese medio tono en tus peleas mediáticas...

Se que, como personaje, estoy expuesto, sobre todo en el momento en el que están las promociones de los trabajos. Hoy, el cuestionario es más amplio... ¡Gracias a Dios, porque se hablan más cosas! Pero uno queda expuesto más fácilmente. Entonces, elijo qué batalla dar, cuándo mostrar la cabeza y cuándo no, elijo el silencio cuando creo que me conviene y elijo enfrentarme cuando creo que ya no hay más remedio. Sí trato, todo el tiempo, de luchar con la ira que me provocan algunas situaciones. Y trato de transformarla en estrategia para que me favorezca. Entonces, si en algún momento estoy un poco iracundo, trato que nadie me vea (sonríe). Esto para decirte que sigo siendo un ser humano: siento de la misma manera, pero busco la forma de favorecer mis intereses y los intereses de los que quiero. Y no transformarme en mi propio generador de problemas. Voy entendiendo cada vez más que cambiar la vida, con los conflictos que viene, ya es suficiente como para sumarle los que uno genera. Lucho y trabajo para no generar conflictos de más.

undefined

Continuar. Pese a que Cristina termine su mandato, Echarri quiere continuar con ese sentido. Foto: Clase Ejecutiva.

Se acerca el fin de ciclo K. ¿La inseguridad es una de sus grandes cuentas pendientes?

La verdad, lo que sí me preocupa y me interesa sobre todo es la necesidad de seguir trabajando en el mismo sentido, más allá de que un mandato llegue a su fin. O sea, la necesidad de entender que los flagelos tan grandes, tanto de esta sociedad como de otras, tienen que ver con situaciones de desigualdad. Entonces, lo que me quita un poco el sueño es que se sigan teniendo en cuenta esas situaciones de desigualdad y se siga trabajando por una mayor inclusión, que la hubo durante todo este tiempo y que debería continuarse. La inseguridad me preocupa. Me ha tocado, me ha golpeado profundamente (N.d.E.: Su padre, Antonio, fue ‘levantado’ de su puesto de diarios en Avellaneda y permaneció casi una semana en manos de sus captores durante el pico de ola de secuestros que jaqueó a la provincia de Buenos Aires en 2002). Más allá de lo que a la gente le ha tocado día tras día, y que esas vivencias son intransferibles y el dolor que causan también, no siento que estemos como cuando a mí me tocó vivir los peores momentos de inseguridad. Objetivamente, siento que estamos viviendo otro momento... Y digamos que esas diferencias y consecuencias que tienen que ver con la inseguridad básicamente tienen que ver con desigualdades muy profundas que todavía siguen existiendo. Pensar que el delincuente nace delincuente es realmente un pensamiento estúpido, corto. Entonces, sigo pensando que la necesidad de inclusión definitivamente va a reducir la brecha cada vez más. No lo entiendo de otra manera.

¿Qué opinás de la situación económica?

Siento que la Argentina viene intentando salir de situaciones muy complejas con respecto a deudas contraídas hace muchísimos años. Y creo que hay una intención, en este modelo al que apoyo y con el que acuerdo, de buscar ese desendeudamiento, de buscar que la Argentina tenga autonomía en lo que tiene que ver con su economía interna, en la búsqueda constante de pagar sus deudas, sí, pero con reglas que nos favorezcan. No confío en las reglas ni en los acuerdos económicos neoliberales porque son totalmente leoninos, están construidos para que el poder de siempre fagocite al que carece de leyes adecuadas para poder contener a su población. Entonces, sigo apoyando un ideal parecido a este... Creo que no va a cambiar grandemente la situación: no creo que venga una extrema derecha a arreglar con el capitalismo mundial y que nos vuelva a poner en la misma situación en que nos han puesto los 10 años de menemismo y, por supuesto, los años anteriores de la dictadura, que fueron las primeras muestras de neoliberalismo. Creo que eso no va a suceder porque el pueblo va a estar atento. Pero creo que tiene que seguir trabajándose en esa sintonía. Por eso es que, más allá de la inflación y de los flagelos que nos golpean y que día a día realmente lo hacen bastante difícil porque uno ve cómo se desploma el poder adquisitivo, lo interesante es que ideológicamente no se cambie la construcción de un modelo mucho más igualitario. Y, sobre todo, la defensa de lo nuestro. ¿Qué rescatás, concretamente?

Legislar, buscar una ley de abastecimiento, buscar una democratización de la Justicia, el proyecto que sea pero sí buscar las mejoras en esos terrenos, como las cuestiones de salud y educación... Si nosotros lográramos leyes mucho más completas, como sucede en los grandes países a los que admiramos como sociedad, vamos a tener ciudadanos mucho más contenidos y, a la hora del desembarco del capitalismo que fagocita y devora –porque esa es su razón de ser, es la característica de un depredador– nos encuentre con leyes más sólidas que no permitan que eso suceda. El capitalismo siempre va a terminar invirtiendo en todos lados. El tema es que cuando desembarca en un país donde las leyes no son las adecuadas o tan completas como en otros, se comen, fagocitan y tragan todo lo que encuentran: compran empresas, las montan, les sacan toda la leche que pueden, no invierten, las vacían y se van. Ese mecanismo ha sucedido sistemáticamente. Por eso creo que los conflictos de hoy y las carencias de este modelo y lo que no se ha podido encontrar tiene también que ver con un momento histórico, porque no estamos –legislativamente– lo suficientemente fuertes como para poder afrontar esos embates del capitalismo.

¿Te inquieta que no haya un sucesor K todavía?

Sí, me genera inquietud porque hay figuras que se parecen peligrosamente a lo que hemos dejado atrás. Por supuesto que no las hablan con todas las letras, no es una ideología expresada con claridad...

¿Hablás de Sergio Massa, de Daniel Scioli, de Mauricio Macri?

(Silencio) Hablo particularmente de la centroderecha, de lo que va del centro hacia la derecha. La derecha tiene generalmente una ideología económica que tiene que ver con el liberalismo, el capitalismo, las reglas de libre mercado y la libre competencia, que sirven para los que obtienen el poder, nunca han servido para los que no lo tienen. Y en una relación bilateral siempre hay alguien mejor posicionado a nivel poder que otro. Entonces, no confío en esas recetas. Y veo transitar por la televisión distintos gurúes económicos que hace años apoyaban lo que terminó siendo luego la causa de los males más grandes de la Argentina: megacanje, blindaje, las privatizaciones, la apertura indiscriminada de importaciones... No confío en eso. Pensaría en eso si estuviese en Estados Unidos: si fuera americano diría “pulgares arriba”; y si no pensara y no me interesara lo que pasa en el resto del mundo, bueno, tal vez podría pensar que el libre mercado y las reglas del libre comercio me van a favorecer a mí y al país en que vivo. Pero siendo la Argentina un país donde hoy –si bien ha logrado ajustar una gran cantidad de cosas con sectores postergados– todavía falta un montón... Entonces: el liberalismo me puede llegar a interesar o resultar viable cuando seamos un país mucho más fuerte. Y cuando bajen a invertir, van a tener que hacerlo con las reglas que hay acá, y ahí ya no va a haber problema. Mientras tanto, prefiero que los modelos ideológicos sean de izquierda. No de una izquierda extrema –siempre busco moderación–, pero sí una izquierda o un pensamiento político que incluya a la gente, que legisle a través de eso, para que cuando venga el turno de la derecha, tenga límites.

¿Pero te preocupa que gane la oposición?

A mí la derecha no me preocupa. Lo que me preocupa es la crueldad con la que muchas veces la derecha se maneja, el absolutismo. Y que con la falta de legislación, o la abolición de ciertas leyes que en otros momentos fueron respetadas, se someta al pueblo y se creen esas brechas más grandes y a través de eso, como consecuencia, mucha más inseguridad. Como consecuencia también, un peso mucho más débil. La verdad que a mí también me encantaría poder ahorrar en dólares: hoy por hoy me doy cuenta que es la mejor forma de poder ahorrar... Ahora, ahorrar en dólares implica debilitar cada vez más a mi moneda. Y la verdad que si hoy pienso en mí, me conviene tratar de capitalizar ese ahorro; pero si pienso en mis hijos, tengo que pensar en un modelo que trate de fortalecer cada vez más el peso.

¿Qué te generan las denuncias de corrupción en la gestión K, en particular las que cercan la figura del vicepresidente Boudou?

Es muy incómodo. Es una situación incómoda que un ideal que uno defiende a través de una gestión política determinada sea salpicada por posibles hechos de corrupción. Pero pensar que la corrupción es capital del kirchnerismo es realmente de una miopía alarmante. Creo que los gobiernos más corruptos de nuestra historia fueron los de la derecha militar y menemista, que ha sido un espacio de infección y corrupción realmente muy grande. Veo que el esquema de corrupción, que puede llegar a ser de dádivas y retornos, es inherente a la política global. Siento que lo que se intenta es rotular a una gestión determinada como el adalid de la corrupción y eso me parece que le quita seriedad al tema. Esto viene de las épocas de peronismo-antiperonismo. Siempre fue la forma de estigmatizar al oponente: el peronista siempre dijo que el de derecha era un asesino, y el de derecha siempre dice que el peronista es ladrón... Creo que es una discusión más endémica, más profunda, e inherente a esa lucha ideológica y de clases, si querés, que existe desde que la Argentina existe. Ahora, si querés hablar del vicepresidente puntualmente... Me coloca en una situación muy, muy incómoda. En rigor a la verdad, estoy obligado a esperar que se expida la Justicia. Como voy a intentar, llegado el caso, cuando alguien sospechado de corrupción esté del otro lado ideológico, no ser tan inocente de morfarme lo que me pueden vender ciertos medios de que la gente roba porque roba. Porque decir que alguien es un ladrón es el insulto más facilista y más cruel que puede existir. Digo, yo puedo, el día de mañana colocarme en la vereda de enfrente y tildar a cualquiera de ladrón por el sólo hecho de que le quepa por el lugar que ocupe. Pero voy a estar engañando bastante mi inteligencia... Si alguien es ladrón o no, primero debe expedirse la Justicia. ¿Si la Justicia en este país necesita una modificación? Sí, claro. ¿Si hay jueces que son probos y objetivos con sus decisiones? Sí. ¿Si hay jueces que fallan por cuestión de conveniencia e intereses? También.

¿Apoyás la iniciativa de ‘democratizar’ la justicia?

Vayamos por una discusión un poco más profunda, para que esa Justicia sea cada vez más objetiva y vayamos teniendo la certeza de que quien es juzgado, ante las pruebas sobre la mesa, sea bien juzgado. Apuesto por eso verdaderamente. Y militaría por eso. Pero, ahora, condenar a alguien antes de tiempo –teniendo en cuenta quién es, qué representa y cuál es la lucha política que encarna–, yo sería un poquito más cuidadoso y no tan absolutista. Hay una porción de la sociedad que dice la palabra ladrón muy fácilmente. Entonces, a la hora de discutir con esa gente, cuando no hay argumentos concretos, siento un poco de pena... Es muy fácil clavarte un estigma y ponerte un cartel en la cabeza. Es un hecho cruel y una herramienta muy efectiva a la vez, y que la población más desprevenida compra. Como militante de una idea, de alguna forma estoy obligado a discutir estas cosas más en privado, donde puedo llegar a tener una opinión mucho más cruda de lo que pienso con respecto a cosas puntuales. Pero a nivel público, como en esta entrevista, tengo que ser mucho más cuidadoso. Y, en definitiva, no va a hacer que deje de pensar lo que pienso ideológicamente sino que sí sea objetivo y, con las pruebas ante mis ojos, los condenaré con la dureza que deben ser condenados. Hay que esperar.

¿Cómo te imaginás a CFK el día después?

La veo construyendo su vuelta. Objetivamente, porque estos 12 años van a ser realmente muy significativos en lo que fue construcción de poder... La veo volviendo, la veo esperando su turno. Y, detrás de ella, veo a una gran cantidad de argentinos que ven en ella a una líder indiscutida. Me animo a decirte con toda objetividad, más allá del cariño ideológico que le tengo, que no hay un político de la talla de Cristina. Entonces, creo que lo va a capitalizar... Y que nosotros se lo vamos a pedir (sonríe). No solamente creo que ella lo hará, porque ha mostrado fortaleza física, intelectual y emocional... También es una mujer joven. Creo que tenemos una estadista para rato. Y en este esquema, de seguir avanzando y ajustando derechos en toda la sociedad, no encuentro mejor representante que ella, defensora acérrima a costa inclusive de arriesgar su propia vida, porque ha perdido a su compañero de toda la vida en un compromiso profundo con la sociedad... A mí, como líder, me emociona (le tiembla la voz). Ojalá que quienes están en las antípodas, y lo digo objetivamente, encuentren un líder con el suficiente espesor, la capacidad intelectual y la convicción personal y política, como yo encontré en Cristina, y lo voté primero a Néstor. Realmente me parece que el día que haya un opositor con ese espesor político y con esa talla política, vamos a ser un país mejor, no tengo ninguna duda. Y la verdad, si bien voy a seguir defendiendo mi ideología política de centroizquierda, rezo porque se encuentre un líder que esté del otro lado del punto de equilibrio y verdaderamente pueda generar una convicción en la gente y que, más allá de las ideas concretas, le interese el pueblo.

Si gana la oposición en 2015, ¿sos optimista?

Me parece que vamos a tener unos años maravillosos. Sobre todo la cuestión de los juicios por los crímenes del Estado en la década del ‘70 nos va a traer una Justicia muchísimo mejor. Y creo que vamos a tener políticos a la altura de la ilusión que hemos tenido durante estos años. Por eso, creo que la Argentina se va a transformar definitivamente en una de las mejores opciones en el mundo para vivir. Tenemos mucho por hacer. Por eso, no me asustan las peleas, las contiendas, ni siquiera las chicanas que se están dando. Creo que hay gente que está ganando credibilidad y otra que la está perdiendo: los que mienten decididamente a la larga pierden credibilidad porque la gente, por más desprevenida que esté, no come vidrio. Y creo que ese mismo que hoy miente a diestra y siniestra, mañana va a quedar en evidencia mucho más. Entonces se va a crear, a través del periodismo, una comunicación más coherente y menos salvaje, que construya. Soy sumamente optimista, tengo una ilusión muy grande con respecto a todo lo que vendrá. Y creo que estos años de construcción no han sido en vano. Me parece que, más allá de las diferencias ideológicas, la gente está decidida a mantener esta democracia. Por eso ya no me asustan las derechas, que se que nunca más van a ser extremas. Estará por verse el día que triunfen –si triunfan– qué le otorgan al pueblo y cómo lo defienden. Pero se que no nos vamos a encontrar nunca más con la devastación del país. Y estoy seguro porque hay un pueblo entero que no va a dejar que eso suceda (se emociona).

¿Creés que ‘el relato’ va a sobrevivir a la gestión?

A diferencia de los que piensan que este país es una mierda, yo creo que es maravilloso. Y no lo digo tontamente ni es una arenga deportiva. Lo digo desde la convicción de que hay cosas que han sucedido que van a ser respetadas en los tiempos que vienen. Entonces, creo que inclusive teniendo un gobierno con una ideología contraria a la que está hoy, ya no se puede gobernar de espaldas al pueblo. Ya no hay un sólo diario como fue Página 12 en su momento –que mirá de la mano de quién vino (N.d.E. Jorge Lanata)–, que era el único que te contaba la otra campana. Entonces, ya son muchos medios más y las posibilidades de uno para analizar la verdad. Y vuelvo a mi personaje en Arrebato, cuando habla de cómo la construcción de esa realidad depende de quién la está diciendo y que cada uno saque sus propias conclusiones, que cada uno pueda hacer ese análisis porque en la vida debe hacerlo. Se que existe una parte de la clase media que no quiere enterarse, que no quiere saber la verdad: capitalizan su odio en las antinomias. Entonces, cuando se le muestran dos versiones para que saque su propia conclusión, hay una parte que no quiere escuchar ni ver. Yo escucho las dos campanas, siempre. De ciertos diarios no leo los editoriales porque se cómo viene el aguijón. A veces también encuentro el fanatismo en la lectura que elijo por afinidad: me doy cuenta si está zarpado de fanático e inmediatamente leo lo del otro lado para no confiar ciegamente tampoco en los que piensan como yo, porque a veces también me quieren engañar un poquito (sonríe). Poder hacer ese análisis objetivo es un capital enorme. Entonces, si me volvés a preguntar por qué decidí expresarme políticamente, fue porque alguien me puso sobre la mesa la posibilidad de entender cuántas caras tiene la verdad. Y la necesidad de conocerlas todas.



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos

Notas Relacionadas