Orly Benzacar:
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Orly Benzacar: "A la adversidad hay que ofrecerle excelencia"

En 1965 Ruth Benzacar fundó la galería homónima. Y, pese a ser una outsider del circuito, se convirtió en una marchand de referencia entre los coleccionistas de la época. Tras su repentino fallecimiento, en 2000, su hija tomó la posta del espacio y le imprimió sello propio. Por Delfina Krüsemann 15 de Octubre 2015

 

Cuenta Orly que una vez, festejando el cumpleaños de su hijo Nicolás en el local de la calle Florida, al mago que habían contratado para la ocasión se le escapó la paloma en medio del truco y el animalito alado no tuvo mejor idea que aterrizar “arriba de un (Luis Felipe) Noé”. Recuerda, también, lo sorprendida que estaba la artista Liliana Porter cuando, recién llegada de Estados Unidos para hospedarse en la casa de Ruth, se encontró con un espectáculo inusual: el living con todas las luces apagadas y siluetas bailando en las penumbras, entre cuadros de Antonio Berni y Jorge De la Vega. ¡Era la fiesta de 15 de Mora! Todo esto lo relata sin reprimir las carcajadas.

Así revive las pinceladas más entrañables de su vida personal, tan ligada a la profesional, la presidenta de la Galería Ruth Benzacar: con pura felicidad. Tiene que ver, claro, con estar al frente de un negocio familiar con 50 años de trayectoria, que acompaña tanto a artistas argentinos emergentes –cuyas obras parten de una cotización de $ 4.500– como a consagrados de la talla de Jorge Macchi o Sebastián Gordin, que llegan a valuarse en $ 800 mil. Pero, sobre todo, lo atribuye a la satisfacción que le produce “la verdadera trascendencia: gestar un proyecto así y que el afuera te dé buena devolución es muy lindo. Pero el día que confirmás que alguien de tu familia lo va a continuar... Ahí es cuando decís: ‘Ya está, no puedo pedir nada más’”, admite, exultante, a punto de cumplir 6 décadas de vida.

Cuesta imaginarla 15 años atrás con la alegría desbordante que exhibe hoy: es que su madre Ruth, fundadora del espacio y devenida figura mítica de la escena artística, falleció repentinamente en mayo de 2000, a los 68. Orly, quien se había recibido de bióloga y había trabajado hasta los 35 en investigación científica, ya llevaba una década al frente de la galería junto a ella. Pero el golpe fue, de todos modos, devastador…

“El arte argentino pierde a su principal impulsora”, tituló el diario El País, de España. No se trataba de una exageración. Ruth abrió su primer espacio en 1965, en su hogar familiar en la calle Valle, en el barrio de Caballito. Tenía 33 años y lo que se proponía no era fácil pero, con tenacidad inquebrantable y optimismo militante, logró convertir su casa en punto de encuentro de los ‘raros’ del Instituto Di Tella, desde Marta Minujín y Marilú Marini hasta Jorge Romero Brest y Antonio Berni, quien pintó un retrato de Orly cuando ella era una nena de 9 años. En 1983, Ruth inauguró su galería en un moderno subsuelo en Florida 1000; en 1990 se convirtió en la primera latinoamericana miembro del comité organizador de ARCO, la gran feria de Madrid y, al año siguiente, entró en la lista de los 200 mejores galeristas del mundo. Conocida como la ‘zarina de los marchands’, recibía con la misma sonrisa a pintores, coleccionistas, críticos, académicos, periodistas, políticos y empresarios. Pero su gran logro –o, al menos, el que mejor explica su rol fundamental en el posicionamiento del arte nacional– fue haber sido la artífice de un récord de venta de obra argentina: los u$s 800 mil que alcanzó Desocupados, de Antonio Berni, en una subasta de Nueva York en 1995. Porque fue Ruth quien trabajó sin descanso para dar a conocer al genial rosarino, quien murió en 1981 con casi todas sus obras sin vender pero hoy ocupa un lugar destacado en los mejores museos del mundo.

Sí, Ruth fue despedida con laureles. Sin embargo, muchos de los que lamentaron su fallecimiento no fueron precisamente empáticos con Orly, quien confesó que hubo un “éxodo grande” entre los artistas que hasta entonces habían confiado en la representación de la galería. Y aunque en 2000 todo parecía derrumbarse –el negocio familiar y su vida personal, pero también la Argentina y, con ella, el mercado del arte en general, tan sensible a los vaivenes económicos–, tomó dos decisiones que, en el momento, parecían una locura pero, ahora, considera las más acertadas de su carrera: sumarse a la flamante Art Basel Miami Beach –que se convertiría en una de las ferias más importantes del mundo– y lanzar el certamen Currículum Cero para jóvenes artistas, del cual surgieron Flavia Da Rin y Adrián Villar Rojas, por nombrar dos de los talentos que Orly acompañó en sus inicios y que ya son nombres con peso propio.

Hoy, sigue trabajando con la misma pasión y osadía, pero desde un nuevo espacio físico que implicó, otra vez, animarse a correr los límites. Esta vez, de manera literal. El 18 de diciembre de 2014, la Galería Ruth Benzacar se mudó a su nueva sede en Juan Ramírez de Velasco 1287, en Villa Crespo. En un enorme galpón con techos altísimos, de punta en blanco e inundado de luz natural, Orly trabaja codo a codo con su hija Mora Bacal y recibe las visitas de su nieta Elisa, de 3 años, quien adora jugar con la enorme lupa que perteneció a su bisabuela Ruth, al tiempo que se sienta en el escritorio de su abuela y anuncia a viva voz: “¡Es mi galería!”. ¿Será ella la cuarta generación al frente del espacio? “Así como mi vieja no me puso presión a mí ni yo se la puse a Mora, Elisa hará lo que quiera”, afirma en uno de los pocos momentos de la charla en que se pone seria. Viéndola posar para las fotos, con su sonrisa contagiosa y esos anteojos coloridos que ya son su marca registrada, no quedan dudas: está pasando por un gran momento y sabe cómo disfrutarlo.

A casi un año, ¿cuál es el balance de la mudanza, que todavía muchos juzgan audaz?

Estoy completamente feliz y segura de lo que estamos haciendo. Era una necesidad imperiosa cerrar Florida y abrir un espacio nuevo. Siempre digo que Velasco es un proyecto con porvenir, de cara al futuro: es como refundar, renacer. Incluso desde su arquitectura y su funcionalidad, el espacio fue concebido como una galería de arte del siglo XXI. Está todo pensado en esa dirección.

¿Por qué Villa Crespo es el nuevo polo arty?

Lo que estamos haciendo no es nada demasiado original. En el mundo entero, el arte se usa como motor para transformar zonas y barrios. Salimos del Microcentro y estamos colonizando una zona con accesos fáciles, donde además creemos que está pasando algo muy interesante desde que desembarcamos con esta nave, con nuestra historia y lo que representamos. Sabemos que tenemos que hacer mucho para atraer a la gente y que tome la habitualidad de venir para acá. Pero es un desafío buenísimo, divertido, creativo. A quien le guste lo que hacemos, va a venir. Y ya somos 12 galerías que en muy poco tiempo nos hemos instalado en Villa Crespo. Lo que imaginamos está ocurriendo mucho más rápido de lo que pensábamos.

En su trayectoria parece haber una búsqueda permanente por el riesgo.

Totalmente. Creo que esta es una apuesta arriesgada, corajuda, que va a correr fronteras. Estamos cambiando el mapa de la ciudad, sin dudas. La cosa achanchada no me va. Por eso me gusta tanto el arte contemporáneo. Adoro el arte en general, pero me divierte mucho más ir a un museo contemporáneo que al Louvre. El arte clásico está buenísimo y hay que verlo... Pero ya lo hice. Entonces, soy más de pensar: “Vamos a ver qué está pasando acá y ahora, acompañemos nuestro tiempo”. Esa energía está buenísima.

¿Esa actitud nutre su visión del negocio?

Honestamente, no tengo un master plan. No soy una business woman en ese sentido. Me definiría como una mujer a la que le encanta hacer lo que hace, y a veces le va bien y otras mal porque toma muchos riesgos. Y esa constante –tomar riesgos– implica subir la apuesta cada vez más. Me manejo mucho con la intuición: me escucho y hago lo que siento. En ese sentido, soy muy honesta conmigo. Por ejemplo, después de que mamá murió, ese mismo año, me llegó una invitación a postularme para una nueva feria en Miami. Tengo que decirlo: en la última época de ella, la galería no estaba pasando su mejor momento. Estábamos atravesando una crisis muy seria que llevaba a pensar más en cerrar que en seguir. Pero no solo no cerré, sino que me tiré a la pileta en un momento en el cual, objetivamente, era muy loco hacerlo. Y fue la decisión más acertada de toda mi carrera, porque el Art Basel Miami Beach es hoy la feria más importante del mundo y, durante años, fuimos la única galería argentina participante. Me siento privilegiada de haber sido testigo de ese cambio. Ahí creo que tuve olfato, porque históricamente participábamos en ARCOMadrid, pero no teníamos un pie en los Estados Unidos. Pero mi decisión no pasó por lo racional. Fue una cosa totalmente intuitiva, una sensación de decir: “Tengo que estar en esa feria”. Creo que una ayuda también al factor suerte cuando es positiva, cuando está abierta a que sucedan cosas buenas.

¿Le pesó el nombre de su mamá en la puerta?

Sí, claro. Ella había construido un nombre y una imagen muy fuerte. Y llegó quizás demasiado joven a tener semejante prestigio. Yo porto apellido, sin dudas. Al momento de su muerte, ella era como un prócer para mí. Eso me daba una sensación muy pesada. Entonces, a la decisión de continuar, le tuve que agregar el hecho de que tenía ese nombre atrás... Pasé por todas las opciones: sacarle el nombre, cambiárselo, ponerle el mío. Finalmente me quedé con Ruth Benzacar. Pero una de las cosas que hice radicalmente y sin ninguna duda para ponerle un sello propio a la galería fue Currículum Cero: ahí sí fui absolutamente consciente de que era una estrategia para, por un lado, sacarnos esa especie de plomo de bronce que hacía que los jóvenes ya no se acercaran, porque Ruth les parecía inalcanzable; y, por otro lado, lo hice porque una de las cosas que más claro tuve desde siempre es que quería seguir siendo una galería contemporánea. Lograrlo con 50 años de trayectoria encima, creeme, no es fácil. Porque los artistas se ponen grandes y no son descartables: una tiene vínculos de años, de mucha confianza... Además es muy difícil encontrar el lugar para la renovación, la inyección de lo nuevo que nos hace mantenernos jóvenes y contemporáneos. Pero tengo clarísimo que eso es lo que más me gusta.

¿Su mamá la preparó para que tomara la posta?

Mi vieja me preparó un montón. Nunca me sentí a su sombra en ese sentido. Ella fue muy generosa y respetuosa: siempre me sentó a su lado, no atrás. La verdad es que fue increíble a ese nivel. Y era un figurón, ¿eh? Era una reina, estaba muy plantada en su lugar y lo ocupaba muy bien. Tenía su ego, pero no conmigo. Fueron 10 años de trabajo cuerpo a cuerpo, todo el tiempo éramos las dos, bien coequipers. Mi mamá fue conmigo de la misma manera que soy hoy con Mora: no hago nada sin consultarla, y me parece que así tiene que ser. Es lo que me resulta natural.

¿Siente que ahora, con su hija compartiendo la dirección de la galería familiar, se repite ese modelo sucesorio?

Sí, aunque lo hicimos un poco más rápido. Llegué a la galería con 35 años, después de 10 trabajando como bióloga; en cambio, Mora entró a los 26. Lo primero que me pasó fue que entendí por qué mi mamá estaba tan contenta cuando empecé a trabajar con ella. En su momento, la reacción de Ruth me pareció desmedida, esa típica sensación de hija de decir: “Pero mamá, ¿qué te pasa?”. Y ahora que me tocó estar del otro lado, le doy la razón. Una repite mucho porque una es de donde viene. De hecho, en un clásico comportamiento femenino, cuando me separé me corté el pelo como lo llevaba mi vieja. ¡Tantos años de jurar que no iba a hacerlo! Y de un día para otro me lo corté y cada vez me fui pareciendo más a mamá. Ya está, todo bien, es así. Está buenísimo marcar las diferencias, pero uno lleva los genes que lleva y con eso ya no me peleo, ya estoy grande (risas).

¿Diría que el amor por el arte está en su ADN o lo adquirió con los años?

No tengo una formación teórica, pero sí un expertise de mirar y mirar y mirar. Y de haber recorrido mucho mundo mirando también. Voy a las sensaciones más básicas. Por eso, cuando alguien me dice: “No sé nada de arte”, le respondo que no hay nada que tenga que saber. Que simplemente se fije si una obra le gusta o no le gusta. Eso sí: ¡Que se saque el adoquín que tiene en el cerebro, que abra la cabeza y registre qué le pasa! Lo que sienta va a ser válido porque, ¿quién puede decir qué está bien o mal en el arte?

¿Cómo se acompaña o, incluso, se fomenta el coleccionismo desde la galería?

Creo que el solo hecho de armar una estructura de galería de arte contemporáneo per se, más allá de hacer cosas concretas, ya es un aporte fuerte a la sociedad, a ayudar a que surjan y se desarrollen los coleccionistas. Una galería como esta tiene un rol pedagógico: es darle una oportunidad al público para ser más libre, enfrentarse al arte que lo desconcierta, vivir experiencias diferentes. En lo concreto, estamos generando actividades y propuestas para atraer más gente. Por ejemplo, después de la inauguración de cada muestra, hacemos una actividad con el artista, que puede ser desde una charla abierta con un filósofo hasta una pasada de música o la proyección de una película, lo que se les ocurra. También organizamos talleres para niños, uno por muestra, donde se trabaja con la obra expuesta. Y es gratis. Nunca conseguí un sponsor porque no quiero lucrar con esto, así que lo estamos bancando desde acá... La galería está todo el tiempo haciendo cosas, está muy viva, y así logramos convocar. Cuanta más gente circule, más compradores potenciales habrá y más coleccionistas podrán surgir. Un coleccionista primero es comprador ocasional.

¿Se comunica bien el arte argentino?

Creo que la Argentina está pasando por un momento de poca crítica de arte. Me parece que tenemos académicos muy buenos pero, en el mundo de la prensa, me animo a opinar que hay un poco de déficit. Está respondiendo más al tiempo que vivimos y está más preocupada por el evento que por el contenido: cuánta gente movió o cuánto vendió, pero no se plantea si está bueno lo que se está mostrando. Se prioriza el espectáculo.

Pero gracias a esa difusión el arte se democratizó y se considera, incluso, un pasatiempo cool...

Que el arte esté de moda ayuda. Pero esto es un negocio. Y no es mala palabra decirlo. Comerciar es un acto noble. Lo que no es noble es engañar a otro o correr atrás de la guita desaforadamente, olvidándonos del contenido o de las personas. Que el arte esté de moda implica que más gente pueda acceder a él, que despierte curiosidad.

¿Y qué opina de la proliferación de ferias?

Mirá, ya no disfruto ninguna y disfruto todas (risas). Estamos viviendo un gran momento del arte en ese sentido pero, en lo personal, ¡admito que estoy un poco cansada! Hice más de 100 ferias en mi vida, una locura. Hubo un momento en que la revista Art Forum lanzó una edición de camisetas con la tipografía de Basel que decía Fuck art fair... ¡Y me la compré! Me la pongo abajo como Superman con su traje (risas). Hablando en serio: las ferias juegan un papel bueno desde lo inclusivo, desde lo concentrado, porque nos dan un espacio de encuentro en un mundo en el que vivimos corriendo. Lo malo es que se han convertido en el momento cúlmine del arte y después se pincha todo. Es como un fuego de artificio. Durante la feria estamos todos al mango y después hay que remarla mucho, es como levantar un muerto. Las ferias en muy pocos días chupan mucha energía, adrenalina, libido... ¡Y plata, claro! Pero las galerías y los artistas necesitamos mantenernos todo el año. No está bueno tampoco que hayan proliferado tantas ferias: a principios de los ‘90 había cuatro o cinco importantes en todo el mundo; hoy hay más de mil, es decir, más de una inaugurando por día. ¡A la par de Art Basel Miami Beach, hay otras 24 ferias! En definitiva, creo que quizás hoy se toma el evento ferial con demasiada importancia. Todos los artistas quieren estar ahí porque es la mejor forma de vender, pero es la peor forma de mostrar su arte: ni las paredes ni las luces son las mejores y hay mucha contaminación sonora. Además, hay tanto por ver que a la gente no le entra todo en el cerebro, es saturante.

¿Cuál es la estrategia de Ruth Benzacar?

Un año en Florida, donde teníamos dos salas, me encontré con que había hecho 14 muestras ahí, y a eso tenía que sumarle arteBA, Art Basel Miami Beach y Buenos Aires Photo. En ese momento me dije: “Esto no es una galería: es una productora”. ¡Una locura! Este año decidimos cubrir América latina: hicimos México, Brasil, Perú, Chile, Colombia. Y a eso le sumamos Miami y arteBA, o sea un total de 7 ferias, más cinco muestras en la galería. Es mucho también, pero no un delirio...

¿Qué rol tienen hoy los museos cuando de arte contemporáneo se trata?

Los museos tienen implícita en su constitución el tener una colección. De lo contrario, son centros culturales. En este sentido, me parece que los argentinos tienen que empezar a tener una actitud mucho más activa y eficiente a la hora de incrementar su colección, es decir, de cumplir un rol en la escena económica del arte. En todo el mundo, los museos de cada país compran la obra de sus talentos y así los apoyan. En la Argentina, no: sus presupuestos son bajísimos, salen a pedir donaciones o a pagar miserias... Como galería, entre otras cosas, somos formadores de precios porque descubrimos artistas, los acompañamos, los empujamos, los sacamos al mundo. Y eso va haciendo que el precio de su obra vaya subiendo, si el mercado a su vez te lo convalida, claro. El museo no es sólo parte esencial de ese engranaje sino que, al final, es el único ente legitimador. ¿Por qué? ¡Porque es el único actor que no tiene intereses creados! No está bueno que Ruth Benzacar sea legitimadora, no es el rol de una galería. Yo tengo intereses creados: cuando elijo a alguien, tengo que operar. Esa elección que hago desde ya tiene el aval, el prestigio, el expertise y el sello de calidad de nuestros 50 años de existencia. Pero eso no quiere decir que quienes quedan afuera de nuestra selección no tengan valor. Entonces, el museo, cuando sale a comprar obra de diferentes artistas, de galerías chicas y grandes por igual, hace que todos valgan y todos sean importantes.

Crece el número de compañías que apoyan a artistas, compran obra en las ferias y auspician exposiciones. ¿Son un player que compite?

Apoyar la creatividad y la cultura no sólo le hace bien a una empresa: es también una manera de devolverle a la sociedad una parte de su enriquecimiento, como bien social. Pero nos falta una clase empresarial más comprometida. En otros países, una compañía no dice: “Che, tengo u$s 20 mil, ¿qué tenés?”, si no: “Quiero comprar obra de tal artista, ¿cuánto sale?”. El arte contemporáneo argentino es barato comparado con otros del mundo. Y es así porque no tenemos un mercado local que nos acompañe y pague los precios que hay que pagar. El arte brasileño vale porque ellos lo compran primero, lo mismo pasa con el mexicano. Y acá quizás me meto en un terreno delicado, pero creo que hay algo idiosincrático: nos tiramos muy para atrás, siempre lo que pasa afuera es mejor. Tendríamos que ser un país más nacionalista en el buen sentido: creer en nosotros, en nuestra producción, en nuestra moneda…

Los museos tienen implícita en su constitución el tener una colección. De lo contrario, son centros culturales.

En 50 años, atravesaron muchas crisis de la economía argentina. ¿Cuál es la fórmula?

Primero hay que decir que el mundo del arte es muy sensible a los golpes económicos y, además, está poblado de gente sensible. Dicho eso, no pienso que las crisis sean oportunidades... O mejor dicho: sólo lo son para algunas cosas, y sobre todo para los vivos. Cuando vinieron las crisis más fuertes fueron los momentos en que tomé más riesgos. En 2001 salí al mundo y en 2008 hice mis muestras más radicales. Y me salió una frase, en ese momento, que me gusta repetir: “Desde la galería, a la adversidad hay que ofrecerle excelencia”. Es decir, no hay que arrugar. Sí, es verdad, ahora se planchó el mercado del arte con este corralito cambiario pero, ¿vos ves que nosotros estemos planchadas? ¡Todo lo contrario! Hicimos este espacio nuevo a pesar de los vaivenes porque estoy convencida de que la Argentina es cíclica y que estamos por entrar en un buen momento. Y a mí me va a agarrar arriba de la ola, no abajo. Con esta mudanza subí la vara y estoy preparada. Si se te achica todo y vos te deprimís, ¿qué te queda? Dicho eso, estoy convencida también de que hay algo que corre por mis venas y que tiene que ver con la historia familiar y con cómo eran mis padres, con cómo encaraban la vida. ¡Eran dos locos de atar! Mi papá era un gaucho judío; mi mamá, en cambio, descendía de los judíos orientales de Samarcanda (NdE: En Uzbekistán), un mundo como el de Las mil y una noches. Pero los dos eran hijos de inmigrantes y tuvieron ese mismo espíritu pionero: iban haciendo punta. La pasaban como el traste, estaban solos, nadie los entendía, pero tenían esa cosa de abrir sendero con el machete. En Caballito, cuando mi mamá abrió la primera sede de la galería en nuestra casa, seguro los vecinos pensaban que veníamos de Marte... Y mis hijos también crecieron rodeados de arte, incluso más que yo. Recuerdo que en el comedor de casa había un cuadro de Berni, Chelsea Hotel, que muestra a una mujer desnuda y tetona. ¡Imaginate a mis hijos a los 10 años, cómo se lo quedaban mirando! (risas). Hoy, ese cuadro está en el Malba. Eso es muy emocionante para mí. Crecí así. Estoy recuperando mucho, en estos últimos tiempos, los recuerdos de la familia, la experiencia vivida, lo que somos. En este proceso, me encontré pensando: “¡Qué bueno poder contar una historia y que sea interesante!”. Me siento muy afortunada de ser parte de ella y, también, de saber que me va a trascender.

Herencia de sangre

Mora Bacal dice que es igual de pragmática que su mamá, aunque mucho más dura y estricta. Sin embargo, cuando habla de lo que siente cuando está frente a arte de calidad, si bien es menos efusiva en palabras que Orly, los ojos le brillan con la misma intensidad: “Ver buen arte me conmueve. No me canso de mirarlo... Simplemente eso”, esboza.

La nieta de Ruth Benzacar creció rodeada de arte, pero no pensó que su profesión iría por ese lado. Estudió durante dos años la carrera de Medicina, hasta que se mudó a París para acompañar a su hoy marido. Durante esa etapa lejos de la Argentina, las ferias internacionales de arte fueron la excusa ideal para compartir más tiempo con Orly: de Madrid a Suiza, pasando también por Nueva York, Mora se reencontraba con espacios que ya eran viejos conocidos. “Desde los 14 empecé a ir con mamá y mi abuela a las ferias. Pero ya no era la hija que leía un libro en un rincón, sino que portaba la identificación de expositor y tomé un rol más activo”, explica.

En paralelo, en París conoció a un coleccionista que quería abrir una galería y se ofreció a ayudarlo: “Tuve la oportunidad de vivir algo que acá nunca hubiese podido: presenciar el nacimiento de una galería y todo su desarrollo. Fue una linda aventura que duró un año, hasta que decidimos volver a Buenos Aires”. Fue entonces cuando Orly, “con toda la generosidad del mundo y también con mucho respeto”, la convocó: “Me dijo que las puertas estaban abiertas, pero que podía hacer lo que quisiera, que lo importante era que fuera feliz. Cuando era chica, mi abuela proyectaba mucho en mí: su deseo era que continuara esto... Pero a mí eso me daba pánico. Creo que terminé trabajando acá porque mamá no me puso ningún tipo de presión, se dio todo de manera muy natural. Ahora que lo pienso, no sé cómo llegué a ser directora de la galería”, admite, divertida, sobre el cargo que comparte con su madre. Pero enseguida agrega: “Hoy asumo mi lugar como tercera generación de galeristas, que sé que no es común. Y soy consciente de toda la responsabilidad que conlleva”.

Se anima también a hacer un análisis del mercado del arte nacional: “Creo que el desafío más grande para una galería argentina con calidad internacional es justamente poder mantenerse internacional. La presencia en las ferias es esencial porque es la ventana al mundo, pero desde la Argentina estamos muy lejos. Y si las galerías no pueden llevar los artistas a las ferias, es complicado darlos a conocer para que tengan el crecimiento que les corresponde. Creo que Ruth fue muy visionaria porque, desde que empezó, tuvo el objetivo y la certeza de que el arte argentino tenía que ser visto afuera. Hoy estaría feliz y orgullosa de ver dónde participamos. Pero no es fácil mantener esas posiciones: nuestros costos son muy grandes y, además, el arte argentino, en relación al internacional, es barato. Entonces, nos salimos de competencia. Ahora recibimos ayuda de la Fundación Exportar; sin ese apoyo, sería imposible seguir estando en las ferias. De lo contrario, la mayoría de las galerías argentinas, aún cuando vendieran la totalidad de las obras en su stand, no podrían recuperar los costos de haber participado”.

Según Bacal, este desafío va de la mano de lograr el crecimiento del coleccionismo local. “Hay un movimiento fuerte en el país. El problema es que no se compra mucho acá: la mayoría reniega, compra al principio, dice estar orgulloso y feliz de acompañar a los artistas nacionales... Pero rápidamente se va y compra internacional. Con Orly elegimos, defendemos y estamos orgullosas de trabajar sólo con artistas argentinos y de hacerlo desde Buenos Aires. No nos interesa tener una sede en Nueva York que nos haga subir los precios astronómicamente. Quiero representar a artistas locales y defender lo que pasa acá, que me parece increíble, alucinante y a la altura de lo que se produce en cualquier país del hemisferio Norte”.

Tiene apenas 32 años pero, por la seguridad con la que habla, se nota que es una Benzacar de pura cepa: “Vengo de una familia en donde las mujeres son muy fuertes”, asume. Y cuenta que con Orly suelen tener opiniones muy diferentes, “pero eso enriquece nuestra relación laboral, porque podemos discutir pero, de ese intercambio, sale una solución increíble. Funcionamos muy bien juntas”.

Un punto sobre el cual hubo acuerdo espontáneo entre madre e hija fue la mudanza. “En Florida teníamos, literalmente, el techo muy bajo. El proyecto fundacional de la galería es representar y acompañar artistas contemporáneos, y nos pasaba que los artistas de hoy no se estaban sintiendo del todo cómodos con los desafíos que podía darles ese lugar. Era necesario que se sintieran entusiasmados y convocados por el espacio. Villa Crespo fue el paso natural para acompañar el proyecto. No lo considero una vuelta de página para nada. Fue lo más natural que pudimos hacer para darle continuidad al espíritu con el que mi abuela fundó la galería”.

Además de los desafíos profesionales, Mora es mamá de Elisa, de tres años. “Quiero que aprecie el arte y lo respete. Y creo que ya lo hace, porque hay cosas que le gustan y otras que no. Además, es muy abierta: para ella una obra no es sólo un cuadro que se cuelga en la pared. De repente mira algo y pregunta: ‘¿Eso es obra?’ Espero que disfrute de este mundo, desde el lugar donde quiera pararse, sea como galerista, como artista o sin ligarse profesionalmente”. ¿Y cómo es Orly en rol de abuela? “Ella y Elisa se adoran, tienen una relación increíble. Mamá se toma todos los viernes y se encarga de Elisa, la va a buscar al jardín y hacen sus planes. Me encanta que lo disfrute, porque yo a su vez disfruté muchísimo a Ruth: era una mina súper moderna, canchera, que me daba consejos con los chicos, me dejaba probar el vodka con naranja... Teníamos un espacio juntas muy lindo, de mucha apertura a la experiencia. Ojalá Elisa y Orly tengan esa misma relación”.



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