Muriel Santa Ana: “Si viene otro corralito, me vuelvo loca”
Lifestyle

Muriel Santa Ana: “Si viene otro corralito, me vuelvo loca”

Protagoniza "Lluvia de plata", uno de los éxitos de la avenida Corrientes. Tras lucirse en comedias como Solamente vos y Ciega a citas, la histriónica actriz interpreta a una mujer envuelta en las contradicciones éticas del dinero. Por Alejandra Canosa 10 de Junio 2014





"Antes que nada te pido mil disculpas por haber pasado la nota para otro día. ¡Te juro que ayer se me partía la cabeza!”. Así comienza la entrevista con Muriel Santa Ana en un barcito de la avenida Corrientes pegado al Multiteatro. De una simpleza y frescura incomparables, la actriz se muestra a cara lavada, sin poses de diva. Parece como si fuera una de esas amigas de toda la vida... Viene de un año laboral intenso, repartido entre la televisión y el teatro. “No tuve respiro”, reconoce, ahora que está más relajada. Le tocó en suerte interpretar a ‘La Polaca’ en la tira Solamente vos, un personaje que le permitió desplegar todos sus recursos actorales nada menos que en el rol de exesposa –densa y conflictiva– de Adrián Suar. “Terminé agotada, porque en paralelo hice El gran deschave en teatro. Y correr de un lado a otro no está bueno”, reflexiona la multifacética artista que también coquetea con el canto como la voz femenina de la banda de actores Ambulancia.

murielsantaana
Crédito: Prensa Muriel Santa Ana

Tuvo el privilegio de crecer rodeada de actores, psicoanalistas y músicos: “De chica estudié flamenco, flauta, italiano, francés, canto, cerámica y tango... Porque me aburría de todo”, confiesa con ese repertorio de cómicos mohines que la convirtieron en figura popular con su primer protagónico, la exitosa teleserie Ciega a citas. “Mi viejo (NdR: El talentoso Walter Santa Ana) siempre me decía: ‘Disfrutá tu trabajo, concentrate en lo tuyo, hacé todas las morisquetas y no te guardes ninguna’”, evoca con orgullo. Fue justamente en ese género entrañable en el que Muriel se destacó desde que Luis Brandoni le diera el primer empujón para que participara en Una familia especial, por El Trece. Después siguieron Lalola y Ciega a citas, que le valió el Martín Fierro como mejor actriz de comedia. Y el año pasado, mientras grababa la tira protagonizada por Suar y Natalia Oreiro, se cruzó en un pasillo del canal con Arturo Puig, quien la invitó a tomar un café y le anticipó no sólo que volvería a la dirección sino que, además, la quería en su elenco. “Tardé una semana en responderle. Pero en cuanto leí la obra, me morí: es buenísima y mucho más oscura de lo que refleja el resultado”, describe respecto de Lluvia de plata, que encabeza junto a Luciano Cáceres.

El tema central de la obra es el dinero, del dilema de quiénes somos a partir de tenerlo o no. ¿Es una comedia del absurdo en este país?

Sí, totalmente. El disparador es que aparecen, de la nada, una gran cantidad de billetes en la casa de los protagonistas. Fue un dilema resolverlo desde la actuación porque tiene que ser verosímil y, al mismo tiempo, conservar ese tono de delirio del texto original. Hay una mixtura, justamente, entre el delirio y la reflexión que provoca el dinero. La plata es tan movilizadora que nos modifica todo el tiempo.

A nivel universal, no valora el dinero de la misma manera quien lo hereda, quien acierta un premio, quien se lo gana trabajando. ¿Creés que a los argentinos la obra nos interpela especialmente?

El dinero te modifica y a veces te corrompe. En la obra, mi personaje tiene enormes contradicciones, pero no se quiebra. En cambio, mi marido en la ficción tiene otro recorrido. Todos tenemos un mambo con el dinero. Y por eso la obra te deja pensando: automáticamente buscás en tu interior qué te pasaría a vos en esa situación.

¿Encontraste una billetera en la calle alguna vez?

No, pero Luciano me contó que una vez se encontró una bolsa con dinero en la calle, la agarró y se sintió observado, perseguido. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que alguien, desde una moto, no le sacaba los ojos de encima, por eso la soltó rápidamente. Más allá de que no tenía dueño, sabía que no le pertenecía.


En tu vida personal ¿qué valor le das al dinero?

Soy bastante austera. No fui educada para poner el deseo y la libido al servicio de ganar dinero. Nunca trabajé ni con el objetivo de ganar dinero ni de acumular bienes materiales. Por supuesto, tengo necesidades y compromisos. Y me involucro en el intercambio: en el trabajo me pagan, yo compro cosas que tengo que pagar, lo obvio. Pero no pongo el acento en lo que forma parte del universo del dinero. No me obsesiona en lo más mínimo. Aún en épocas en que no tenía trabajo, mi único objetivo era ser buena en lo que hacía. Siempre tuve oportunidades y nunca perdí la inspiración ni la conexión conmigo misma, tuviera mucho o poco en la cartera. Desde mi punto de vista, creo que las posesiones pesan. Una vez, mi papá me dijo: “Te pido por favor que nunca vivas de rentas porque sino tus días se basarán en administrar cuentas bancarias y no tendrás nada creativo para hacer”.

En la obra, a vos te llueve plata. Y tu papá interpretó un personaje maravilloso, enfermo por el dinero, cuando protagonizó El avaro, de Moliere, en el Teatro San Martín...

Es buena tu comparación... Sí, hay gente enferma por el dinero. Pero si lo ponemos en términos de ricos y pobres, nos vamos a los extremos de un tema complejo. El dinero te lo tenés que ganar. La guita fácil te lleva por mal camino.

 

¿Qué opinás de la inflación?

Es el cuento de nunca acabar. Y no es de este Gobierno: es un tema de arrastre, de acumulación. Y me parece hipócrita culpar a una gestión, porque parte del juego de la democracia es la rotación en el poder. El tema de la inflación es histórico: desde chica escucho que la plata no rinde. A mi viejo lo agarró el corralito de 2002, como a muchos argentinos: tenía los ahorros de sus últimos tres años de trabajo en el Banco Río. Yo no entendía nada: la gente se moría en la puerta de los bancos, les agarraba un infarto, y mi papá estaba tranquilo, sin hablar una palabra.

¿Cómo afectó el corralito el clima familiar?

Le pregunté: “Pero, viejo, ¿cuánta plata tenés en el banco?”. ¡Y él me preguntó qué estaba leyendo! Tenía un depósito en una caja de ahorro en dólares y un día me llamó para que lo acompañase al banco porque lo iban a pesificar: le quedaron dos mangos con cincuenta, pero jamás volvió a hablar del tema. La vida pasa por otro lado. ¡Si me pongo a pensar que va a haber otro corralito, me vuelvo loca! No especulo, porque nunca compro un puto dólar, excepto si lo necesito para viajar. Pero no vivo pendiente de la chicana financiera.

¿Cuáles son los aciertos y desaciertos K?

Prefiero no desarrollar el tema porque todo lo que está pasando es de una enorme sensibilidad. No me considero una estrella ni mucho menos, pero siento que todo lo que diga me expone a un nivel de agresividad que no puedo manejar.

¿Te referís a las redes sociales?

Sí, hay mucha agresividad anónima e impune. Y no tengo cintura para manejarla, así tenga identidad quien escribe o use la foto de un huevo en su perfil.

Subamos al Metrobus y demos una vuelta por la ciudad. ¿Cómo la ves?

¡Amo Buenos Aires! Camino, voy en auto, pero no uso la bicisenda. Soy bien porteña, sumamente urbana: vivo en la zona de Palermo Viejo que no ha prosperado comercialmente, estoy rodeada de talleres mecánicos y casas bajas, no es ni Hollywood, ni Soho, ni esas boludeces. Mi rutina cambia según mi compromiso laboral: hoy vengo con tiempo al Centro, recorro todas las librerías y tomo un cafecito en bares tranquilos. Claro, salgo con bastante tiempo para lidiar con el tránsito.

¿Qué temas te preocupan?

Volvemos a lo anterior: hay un tema de acumulación y de arrastre que tiene que ver con nuestra historia, con las desigualdades. Pero es un tema universal. E incluso en la naturaleza tampoco hay igualdad: el más grande se come al más chico. Es complejo y, cuando hablo con gente que entiende del tema –contadores, abogados, políticos– está claro que hay un tejido social importante que también es responsable. Por eso, me resulta difícil hacer una lectura de por qué pasa lo que pasa. Hablar de todo lo que está mal es muy fácil. Me parece mejor que cada uno haga bien lo que tiene que hacer, que colabore con los demás si puede y sin hacer mucho alharaca. Hoy, todo da lo mismo, los límites se corren y va todo a la misma bolsa. Como decía mi viejo: “Seriedad y compromiso con la tarea que uno hace. Y trabajar para alejar las vaguedades”.



¿Te gustó la nota?

Comparte tus comentarios

Sé el primero en comentar

Videos

Notas Relacionadas