Mirta Romay: la hija del zar de la televisión innova con el teatro
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Mirta Romay: la hija del zar de la televisión innova con el teatro

Hace un año lanzó Teatrix, primera plataforma para ver teatro argentino on demand en el país. Concebida como una start-up tecnológica con corazón cultural, acaba de firmar un acuerdo con su par en Broadway para intercambiar obras del circuito comercial y off. 

Por Andrea del Rio 15 de Junio 2016

“Las mujeres se completan con el hijo y también con el trabajo. Los hombres buscan el statu quo y se afirman en sus trabajos porque tienen todo para perder. Nosotras, en cambio tenemos todo para ganar. Y por eso nos arriesgamos más”. Esa explicación de Mirta Romay sobre las diferencias de liderazgo según la perspectiva de género, aplicables tanto al mundo corporate como al circuito entrepreneur, resulta una excelente parábola del camino que recorrió como empresaria buscando, siempre, un lugar propio bajo el sol, no tan lejos pero tampoco tan cerca de la larga sombra proyectada por su padre. Porque la hija mayor de Alejandro Romay, zar de la televisión nacional y popular desde su trono en el ex Canal 9, lleva más de 20 años gestionando compañías disruptivas en áreas que, hasta ahora, poco tenían que ver con el polvo de estrellas sobre el que reinó su progenitor.

Tras haber liderado Formar, el sistema de educación televisiva que capacitó a más de 100 mil argentinos entre 1998 y 2001 y exportó a otros países de la región durante la primera década del nuevo siglo, en 2012 creó Webee, un canal de transmisión online de congresos y jornadas. Casi en simultáneo con la muerte de su padre, ocurrida el 25 de junio de 2015, se reinventó como innovadora techie al lanzar Teatrix. Definida como “la primera plataforma del país que permite ver obras de teatro por Internet mediante una suscripción mensual fija”, fue presentada nada menos que el 27 de marzo del año pasado, Día Internacional del Teatro. En su catálogo conviven títulos aclamados por la crítica y el público, tanto del circuito comercial como del off, algunos todavía disponibles en salas. El listado está en crecimiento: La omisión de la familia Coleman y Tercer Cuerpo, de Claudio Tolcachir; La casa de Bernarda Alba, dirigida por José María Muscari; Como quien oye llover y Maestra Normal, de Juan Pablo Geretto; La Nona, de Tito Cossa; Acuérdate de Agustín Lara, por Los Amados; El principio de Arquímedes; El cabaret de los hombres perdidos, dirigida por Lía Jelín; Esquizopeña, de Fernando Peña; Chicos católicos, apostólicos y romanos. Pronto se sumarán al portfolio los musicales y unipersonales de Pepe Cibrián Campoy, así como Salsa Criolla 30 años, de Enrique Pinti; y la actual puesta de Venecia, con dirección de Helena Tritek.

Además, acaba de firmar un acuerdo con Broadway Channel para intercambiar contenidos con esa plaza teatral, una de las más prestigiosas y convocantes del mundo. En todos los casos, las obras son sujeto de “un proceso de registro y posproducción en HD propios del lenguaje cinematográfico”, al que se suman backstages, trailers y entrevistas, de modo de potenciar la experiencia de los espectadores. “Si bien tiene el gran mérito de haber encontrado un lenguaje audiovisual propio, que no es la mera suma del teatro y el cine, esencialmente Teatrix es una empresa de tecnología”, enfatiza Romay en los dos encuentros, de más de dos horas cada uno, que mantuvo con Clase Ejecutiva. Y precisa que “si tiene algún porvenir en el mercado, está dado justamente por esa bisagra que pude transitar una vez que entendí el modelo de adquisición de clientes, la importancia de la experiencia del streaming para el usuario y todo lo vinculado a la usabilidad y portabilidad de la plataforma”. Desde luego, psicóloga al fin, no se le escapa el hecho de que este proyecto haya visto la luz casi en simultáneo con el fallecimiento de su padre: “Es inevitable que la gente identifique a Teatrix con él porque tiene su impronta: la innovación, el reconocimiento de los nuevos medios, la integración del teatro y la televisión en un mismo producto. Es un proyecto que agrega valor, sin dudas, y permite la promoción de productores, artistas y autores nacionales, cuestiones que también son una marca en el orillo de ‘lo Romay’”.

Teatrix cumplió su primer año. ¿Por qué tuvo tan bajo perfil hasta ahora?

La escasa pauta publicitaria que ejecutamos hasta ahora ha tenido sus razones. Empecé este emprendimiento como un proyecto de contenidos y, como teníamos apenas 8 obras cuando salimos al mercado, ese catálogo acotado no justificaba invertir en difusión. Pero la clave fue que, al cuarto o quinto mes, entendí que, en realidad, mi empresa es tecnológica. Eso, por un lado, es un concepto muy fuerte para alguien de mi generación. Y, por otro, me hizo asumir que su perfil disruptivo requería constituir internamente las bases técnicas para su viabilidad. De modo que la inversión inicial se destinó, principalmente, a establecer mejoras en la plataforma, en el streaming y en la usabilidad, para lo cual fue vital que nuestra base de datos estuviera bien constituida y que las suscripciones no tuvieran fallas.

Al principio, la propuesta de Teatrix generó resquemor, polémica e incluso abierto rechazo en el ambiente teatral. Hoy, no existe director, productor ni elenco que se oponga a figurar en el catálogo. ¿Cómo lo lograste?

Las resistencias empezaron a diluirse y ya no nos cuesta tanto conseguir las obras porque el mundo del teatro está confiando cada vez más en la plataforma. Y si bien ya estamos cerca de la veintena, este año el catálogo crecerá exponencialmente porque, por ejemplo, Pepito (Cibrián Campoy) nos dio sus musicales y unipersonales. El teatro es una industria esencialmente analógica, de butaca y boletería, bien artesanal, de cuerpo a cuerpo. Uno piensa en las luces de neón pero, en verdad, allí se está en contacto con la pequeñez todo el tiempo. Y se corre siempre un altísimo riesgo, porque el teatro es un misterio: una obra chiquita puede transformarse en un éxito impresionante, mientras que con una puesta grande puede no suceder nada. Hoy, cuando se habla tanto de métricas, el teatro sigue siendo un negocio incontrolable, inefable. Además, es un mundo que empieza y termina en cada función, y por eso las nuevas generaciones sólo conocen la grandeza de Lola Membrives o Alfredo Alcón por tradición oral. Hasta ahora. Porque Teatrix, además de ser una empresa tecnológica y de contenidos, es un servicio de rescate cultural. Por eso, tenemos una solapa de Memoria Artística donde, por ejemplo, está el ciclo Alta Comedia, que se emitió por Canal 9 en la década del ‘90, y también iremos subiendo el teatro filmado entre los ‘60 y ‘70, si bien tiene una calidad que no puede competir con el paradigma audiovisual actual. La aceptación del ambiente tiene que ver con la perdurabilidad que le damos al legado de actores, productores, directores y autores. Cuando entré al camarín de Enrique Pinti, con quien acabamos de firmar por Salsa Criolla, lo primero que me dijo fue: “Me vas a inmortalizar”. También fue gratificante cuando me reuní con Tito Cossa, a quien no conocía personalmente pero imaginaba como una especie de ogro, pero me recibió con los brazos abiertos y me planteó: “¿Sabés que le estás haciendo un regalo al teatro?”. Me siento plena porque esta empresa tiene eso que muchos teóricos enfatizan como clave: generación de valor. Y también es muy apreciado del otro lado del mostrador, entre los usuarios: algunos son mayores y les cuesta salir de noche a ver un espectáculo, otros se fueron a vivir fuera de la ciudad o tienen hijos pequeños y se les complican los traslados, algunos no pueden asumir el costo económico de ver una obra en sala con la frecuencia que querrían.

¿Por qué decís que crearon un nuevo género?

“No es teatro. No es cine. Es Teatrix”, solemos definirnos. Sin embargo, alguien de la industria del espectáculo me planteó que deberíamos decir: “Es teatro. Es cine. Es Teatrix”. Lo que pasa es que, para nosotros, no es teatro porque esa es una experiencia viva, irreproducible, de conmoción. Y somos conscientes de que, por su dinámica, el consumo de contenidos a demanda y móvil convoca desde otro lugar, propone y satisface otra experiencia emocional. La primera obra que filmamos fue La casa de Bernarda Alba, en la versión de José María Muscari, y tuvo un tratamiento visual tradicional. No era un mero registro, como se hacía en otras épocas, dado que usamos cinco cámaras, pero creo que no nos pudimos meter en la historia, tan perfecta, como luego sí logramos hacerlo con el resto del catálogo. De todos modos, junto con La omisión de la familia Coleman (NdE: De Claudio Tolcachir y con más de 15 años en cartel, es considerada pionera de la nueva generación del teatro independiente), son las más demandadas por nuestros usuarios, así como Maestra Normal y Como quien oye llover, de Juan Pablo Geretto, que alcanzaron el podio de una manera vertiginosa a poco de estar online. Cuando hablo de nuevo género me refiero a que logramos que la filmación y la posproducción en HD entendiera, respetara y potenciara el texto y la puesta, generando una experiencia cinematográfica del hecho teatral. Para lograrlo, rompimos la caja del escenario y nos metimos adentro. Tanto, que en algunos casos tuvimos la necesidad de generar inserts para crear escenas que quizás la obra no tiene en sala pero sí requiere en este formato. Es lo que nos pasó con La Nona, por ejemplo, que tiene 12 apagones, lo cual era terrible para la cámara: así, creamos mini escenas que permiten transferir esa dramática porque, si no sos el espectador en la butaca, es difícil que la interpretes si te ofreciéramos un mero registro tradicional. Fue una idea genial de Helena Tritek, directora artística de la empresa.

¿Quién fue el primer peso pesado del teatro que confió en tu idea?

Carlos Rottemberg fue el primero al que le comenté la idea, muy en crudo. No sé si logré que entendiera muy bien de lo que estaba hablando, porque ni siquiera yo sabía si tenía mercado o no, pero tuvo el maravilloso gesto de ayudarme. Y me advirtió: “El primer problema que tenés por delante son los acuerdos legales”.

¿Cuáles fueron los pasos iniciales del proyecto?

Precisamente, decidí no salir a la cancha hasta tener un acuerdo con la Asociación Argentina de Actores, Argentores, Sadaic y Sadem, a quienes les propusimos un sistema asociativo porcentual: si a nosotros nos va bien, a los productores, actores, autores, directores y músicos de cada obra, también. Dado que Internet tiene un marco regulatorio diluido, y ante la reacción inicial del medio, que me planteaba que estaba decretando la muerte del teatro –cuando, para mí, se trataba justamente de lo contrario, de eternizarlo–, me ocupé especialmente de pulir la estructura legal con cada asociación involucrada. Hubiera sido muy pícaro buscar otros modos, pero la picardía tiene un tramo corto y yo, en cambio, aspiro al largo plazo. Gracias a esa seriedad y compromiso legal, me volví confiable. También tuvo su costado arriesgado, porque no hice nada, pero nada, en términos de desarrollo de la plataforma, hasta que el abogado me confirmó que todo lo demás estaba en orden.

¿Cuál es el criterio de selección de las obras que integran la cartelera?

Partimos de que no se pueden filmar todos los hechos teatrales porque no todos son factibles de ser filmados. Hay propuestas del circuito off que me encantan pero se deslucirían mucho frente la cámara porque no cumplen los requisitos para convertirse en un producto audiovisual según los parámetros actuales. De todos modos, tenemos un fuerte compromiso con el teatro independiente, donde hay un montón de artistas con un talento impresionante a los que la gente no conoce porque la televisión ya no apuesta a los nuevos sino a los establecidos, que son garantía de rating. Soy muy crítica de esa postura. Antes, el teatro formaba parte de la televisión de las grandes masas: era de nicho, sí, pero tenía un espacio en la programación y, a su modo, evangelizaba y mantenía vivo el gusto por el teatro. Como creo que es una expresión artística que tiene que ver con lo existencial y, por tanto, nunca muere, podríamos decir que Teatrix es, de algún modo, un intento revolucionario por dar batalla a una cultura muy light, muy líquida.

¿En qué estadío tecnológico se encuentra la plataforma que crearon?

El desarrollo es original. Y ahora estamos haciéndole cambios importantes para mejorar todavía más la experiencia en función del crecimiento tanto del catálogo como de los suscriptores, que rondan los mil y siguen incorporándose a un ritmo de 150 todos los meses, por un monto mensual de $ 120, que me parece un costo razonable para una iniciativa que se está posicionando. Tengo muy presente el recuerdo de haber liderado un proyecto exitoso pero sin la estructura suficiente para gestionarlo. Entonces, cada decisión de Teatrix se analiza al detalle: ¿estamos capacitados para recibir tanta cantidad de adherentes sin expulsarlos?, ¿cuántos servidores necesitamos? Tras una consultoría inicial, incorporé a un Chief Operating Officer que estuvo involucrado en otros emprendimientos donde el software es crucial. Ahora estamos en la etapa final de búsqueda de inversores para lanzar una campaña de difusión a gran escala. Tecnología y catálogo fueron mis dos preocupaciones iniciales. Ahora ya estamos en condiciones de definir en quién delegar la apuesta publicitaria porque estamos seguros de que podremos administrar la gran demanda que se viene.

¿Ya es oficial el acuerdo con Broadway Channel para intercambiar contenidos?

Sí, acabamos de cerrar contrato con esa plataforma. Para mí es un orgullo poder darle a nuestros productores, en el corto tiempo, una segunda ventana –comercial e internacional– que el teatro local actualmente no tiene, y nada menos que en los Estados Unidos. Porque ese pacto va a nutrirnos de obras de Broadway –comenzamos por Romeo and Juliet, con Orlando Bloom; Buried child, de Sam Shepard; y Cyrano de Bergerac, con Kevin Kline– y, a su vez, va a difundir las obras argentinas entre la población de habla hispana de ese país. Desde luego que mis costos ni se comparan con los suyos, ya que ellos destinan u$s 2 millones a la filmación y posproducción de cada obra. Por ahora, acá estamos trabajando con una sola unidad. Como en toda start-up, hay mucha motivación y compromiso, lo cual compensa lo pequeño de la estructura y permite ser sustentable en la etapa inicial. Mi viejo usaba mucho esa expresión que dice: “Todo armoniosamente y a su debido tiempo”. Se lo aconsejaba a todo el mundo, menos a sí mismo, porque hacía lo contrario: todo muy rápido, nada armonioso. Pero yo sí trato de aplicarlo. Aprendí el concepto de marketing mix: a una empresa tecnológica no la podés manejar como a una industrial, ni tampoco podés hacer las inversiones publicitarias tradicionales, o sea, todo tiene que estar de acuerdo con el modelo. Me di cuenta de que estoy al frente de un proyecto que puede crecer muchísimo. No conozco el tamaño de este nicho, pero a los potenciales inversores les parece interesante. Otra de las fortalezas de Teatrix es que no tenemos ni necesitamos una estructura grande, lo cual me permite tercerizar filmación y posproducción con equipos de alta calidad cinematográfica y concentrarme internamente en el desarrollo tecnológico.

¿Cuál fue tu inversión inicial?

Es inevitable que una se pregunte qué hacer con lo que recibió. En mi caso, me ocupé de cuidar el apellido familiar, las relaciones que me ha dejado mi viejo y también el capital económico. Por eso diría que he sido muy austera y no llego en este momento –y estoy lejos de hacerlo– al u$s 1 millón. Mi objetivo principal fue armar una empresa rentable. Porque escucho cómo se manejan otros emprendimientos tecnológicos y me parece una locura: no es posible tirarse a la pileta sólo porque hay disponibles, no sé, cinco palos verdes de los inversores. Eso es subirse a una ola que te puede arrastrar en cualquier momento.

¿Cómo pasaste de ejercer como psicóloga a crear Formar, esa propuesta de televisión educativa a distancia que fue un boom de Canal 9 en los ‘90?

Me recibí en el ‘84, en la Universidad de Belgrano. Estudié esa carrera porque en ese momento me analizaba y me interesó profundizar esa mirada. Y ejercí la profesión –en consultorio y en los hospitales Israelita, Italiano y Güemes– hasta 1998, cuando lancé Formar. En realidad, ya venía gestionando, en paralelo, un proyecto editorial. En esa época se habían hecho los primeros estudios profundos sobre el rendimiento escolar y se evidenciaba la necesidad de promover un upgrade en Matemáticas y Lengua. Entonces, lancé Lápiz y Papel, una colección muy grande y original donde invertimos el camino pedagógico tradicional: proponíamos comenzar por la práctica para luego llegar a lo conceptual. Creció tanto que sumamos Ciencias Sociales y también áreas correspondientes a jardín maternal. Estaba en el medio de eso cuando papá me convocó para que me pusiera al frente de una idea que tenía: aprovechar los horarios marginales del canal para difundir contenidos universitarios. En base a mi experiencia, rápidamente me di cuenta de que no podríamos llevar adelante un abordaje tan complejo. Pero, aprovechando que, por un lado, se empezaba a consolidar la propuesta de posgrados y, por otro, muchas personas necesitaban un upgrade en las nuevas herramientas informáticas para no quedar fuera del mercado laboral, entendí que había una oportunidad interesante de brindar otro tipo de capacitación y con un formato diferente. Se me había ocurrido armar cursos cortos, que no duraran más de tres meses, porque había investigado lo que sucede con las colecciones por fascículos: tienen un pico en los primeros 90 días y luego la gente se desengancha. Entonces, Formar se pensó en base a tres ejes: los cursos que se emitían por la señal –dos madrugadas por semana, con repeticiones los fines de semana–, los libros de texto y un centro tutorial. Pensá que, a mediados de los ‘90, el 80 por ciento de los argentinos se estaba comprando su primera computadora. Por eso, el primer curso que lanzamos fue sobre Word y Excel. ¡Fue un éxito! Me acuerdo que colapsaron todos los teléfonos de Canal 9 –papá ya lo había vendido en el ‘97, pero mi empresa seguía trabajando en unas oficinas en el subsuelo– porque ingresaron al sistema 3 mil personas en un mes. Seguimos sumando otras temáticas –el curso de marketing para emprendedores, totalmente pionero en aquellos tiempos, fue otro boom– hasta que, en 2001, la Argentina se cayó y el proyecto también.

¿De qué modo asimilaste el rápido ascenso y descenso de tu primera empresa?

Fue una experiencia muy satisfactoria y también muy traumática. Más allá del contexto del país, en Formar tuvimos un éxito arrasador que descontroló totalmente el proyecto. Creo, sinceramente, que sus grandes méritos fueron también el motivo de su caída. Algo que, por otra parte, también adjudico a mi falta de experiencia, porque otros empresarios pudieron sortear la crisis de 2001. Yo, en cambio, tuve que despedir a 80 personas. Fue un dolor muy grande. De hecho, desde esa época sigo tomando un antidepresivo: nunca más lo pude dejar. Después de esa experiencia, durante un tiempo le tuve mucho miedo al éxito. Hoy ya entendí que hay que ir con pie de plomo porque un crecimiento al doble o triple, sin la estructura adecuada, te puede sacar de escena rápidamente. Por eso Teatrix está controlada al detalle. La llevo como a un caballo: con las riendas bien cortitas. También influye que ya no tengo los 40 pirulos con que encaré Formar. Estoy en otro momento de mi vida, con 8 nietos a los que dedicarles tiempo. Ya no tengo ganas de pasar ciertas situaciones. No sé si sobrevivo a algo tan movido. Por eso pongo énfasis en que esta empresa crezca con amorosidad. Así, cuando llegue el gran momento, podremos abrir una botella de champagne tranquilos.

Pese a que el 2001 se llevó por delante Formar, lograste replicar el modelo en América latina.

Tras el cierre, firmé un acuerdo con Pramer para que distribuyera los contenidos bajo el formato Formar Latam, porque teníamos tal cantidad de cursos que llenaban una señal las 24 horas. Eso generó que me convocaran de Venezuela, Colombia y Ecuador para implementar iniciativas similares. El proyecto más grande, y que cumplió 10 años al aire, fue en Ecuador, donde las clases se transmitían por cadena nacional: el más modesto convocó a 24 mil personas y el más numeroso, con foco en emprendedorismo, sumó 54 mil. Fue una experiencia muy grata porque, justamente, el Gobierno se había involucrado. Acá nunca pude lograr un acuerdo similar. De hecho, papá me dijo: “Te bajó el Estado”. Fijate que, al tiempo de nuestro cierre, apareció Educar, que fue un gran negocio pero no hizo nada en términos educativos para la gente, mientras que nosotros habíamos tenido 100 mil alumnos en todo el país y nadie nos apoyó. Eso es algo que no encuentro bien: no sólo cuando desde el Estado no se apoya a las empresas privadas sino que, encima, se sale a competirles. Bueno, es la Argentina...

¿Y por qué volviste a intentarlo en el país?

Dirigí el proyecto en Ecuador los primeros cuatro años. Y después intenté revivirlo en la Argentina. Hice algo pequeño en Misiones y algo más interesante en Tucumán (NdR: Donde nació su padre). Me costó, pero pude convencerlos de que la gente quería estudiar y progresar. Hice este cálculo: con 1 millón de habitantes, habría 10 mil personas interesadas en formarse. Por eso, necesitaba que el gobierno provincial imprimiera 10 mil libros. La negociación empezó en 2 mil y la cerramos en 5 mil. A las dos semanas de lanzarlo, nos quedamos sin libros. Es decir, había chances de llegar a los 10 mil que yo había estimado. Fue una lástima...

Sos un hueso duro de roer. Porque en 2012 lanzaste Webee, otra start-up tecnológica con

dimensión educativa (NdR: Es una plataforma de transmisión online y a demanda de eventos

educativos, congresos médicos y jornadas interreligiosas, más soporte de contenidos)

¡Es que ya me había enamorado del streaming! Pensé en ofrecerle a los congresos médicos o de laboratorios, en primera instancia, que sus contenidos fueran accesibles online y, luego le agregué una plataforma educativa para multiplicar su impacto. Lo que me había motivado era la posibilidad que brinda el streaming de no depender de un canal de televisión, como con Formar. A mí me gusta todo lo nuevo y enseguida empiezo a delirarme con la tecnología, que es tan impresionante, vertiginosa, divertida. Por eso, cuando hubo que entrar en la etapa de comercializar Webee, me aburrí y delegué la gestión. Y ahí surgió la idea de Teatrix.

¿Cuánto influyó la herencia simbólica de tu padre, tan vinculado a la actividad teatral y, también a su difusión en la pantalla chica, a la hora de idear Teatrix?

Para mí, Teatrix es esa pregunta que todo hijo se hace en relación a lo que su padre le deja. ¿Qué se hace con el legado? Esta es mi respuesta. Porque mi papá me dejó algo tan maravilloso como es el amor por el teatro, que me conecta todo el tiempo con lo humano, con lo pequeños, frágiles y efímeros que somos. Fijate que Teatrix es un intento por darle vida eterna al teatro y a sus protagonistas... A veces me pregunto si este proyecto, que materialicé al poco tiempo de su fallecimiento, no tendrá que ver con el duelo y una necesidad de acercarme al mundo del espectáculo, algo que durante tantos años evité para hacer mi propio camino. Como sea, gracias a este emprendimiento me encuentro con gente que lo conoció y me cuenta anécdotas: es una forma de tenerlo cerca todo el tiempo.

¿Llegaste a contarle esta idea, a pedirle consejo, antes de que falleciera en junio pasado?

No, porque papá tuvo una enfermedad muy larga que lo fue inhabilitando de a poquito. Pero bueno, son los vericuetos del camino de la vida, tan insondables e imposibles de predecir. Hace poco, conversando con un posible inversor, recordé que fue viendo Manzi, la vida en orsai cuando se me disparó la posibilidad de inmortalizar una obra teatral en formato digital. Y recién ahora que esa idea se convirtió en una empresa, me cayó la ficha de por qué quedé tan pegada a ese espectáculo, que todavía no está en el catálogo. En un pasaje del musical, Homero Manzi habla de los sacrificios que hizo para apoyar a la cultura popular. ¡Y eso está tan vinculado a la historia de mi viejo! Evidentemente, no llegué a registrar esa reflexión de modo consciente, si no que simplemente sentí adhesión por la obra. Pero ahora que puedo analizarlo, entiendo que si me enganchó al punto de inspirarme la idea de Teatrix fue porque linkeé que mi papá formó parte de esa generación que se jugó por la cultura popular. Hay una pregunta que uno se hace siempre con relación al padre: ¿cómo llegó a ser la persona que fue? El mío fue particularmente complicado, porque hay muchas capas de influencia y entrelazamiento de circunstancias que lo definieron. Hoy puedo entender perfectamente que alguien tan pasional como él se haya imbuido de su época y haya levantado esas banderas, e incluso las haya llevado adelante en situaciones muy críticas. Porque el primer período de papá en la televisión fue durísimo (NdR: Entre 1963 y 1974 fue director general y accionista mayoritario de Canal 9, hasta que el gobierno de María Estela Martínez de Perón intervino la señal, cuya licencia había expirado, lo cual llevó a Romay al exilio en Puerto Rico). Hace poco me encontré, por casualidad, con quien fuera su abogado y me dijo: “Imaginate que enfrentamos 18 pedidos de quiebra. Y él seguía con la historia de hacer televisión popular”. Él era así. Siempre siguió adelante.

¿Notás, en algún sentido, un paralelismo con los molinos de viento que enfrentaste con Teatrix?

Esas resistencias eran lógicas porque se trata de un proyecto disruptivo, pero no quiero hacer hincapié en algo que ya fue superado gracias a que demostramos nuestro compromiso con el teatro argentino. Porque esta propuesta no compite con la oferta en salas. Al contrario, recupera espectadores e incluso conquista a nuevos públicos. En todo caso, creo que otros medios le robaron al teatro gran parte de su audiencia y, justamente, nosotros encontramos cómo lograr que el teatro saliera a competirles de igual a igual.

¿Sos consciente de que tus emprendimientos han tenido una dimensión social, tal como pasó con los de tu padre?

Sí, y eso también me define. Todo lo que hice siempre tuvo ese sesgo. Lo que hacemos, como personas, tiene un estilo. Y eso nos condena, porque no podemos escapar de lo que somos. Pero diría que recién ahora entretejo esa mirada tan mía con el legado de mi viejo. Él dejó un apellido que es una vara muy alta y, durante muchos años, esa responsabilidad me generó una enorme ansiedad. Hoy, en cambio, la madurez y la experiencia me permiten asumirlo con tranquilidad. Desde luego, todos venimos de una familia y es imposible no ver ese ADN en las cosas que uno hace. Entonces, el hecho de que Teatrix produzca un bien cultural, es también muy de mi viejo. Vos me preguntarás: “¿Lo pensaste así?”. No, te lo aseguro. Pero me alegra que me haya salido algo que lo representa, que lo mantiene vivo en el recuerdo de la gente. Tengo clarísimo que en Teatrix hay un capital social y cultural enorme que me dejo papá, lo siento todo el tiempo. Si productores, actores, directores y dramaturgos confían en que estoy construyendo una segunda ventana para el teatro es porque él ha dejado un camino muy bien sembrado y por el que tengo mucho respeto: no sería capaz de traicionar un sólo peldaño de lo que hizo. Por eso, por ejemplo, hemos firmado acuerdos que no se han cumplido y todo bien: entendemos que, en determinado momento, alguien se arrepienta y, por eso, estamos abiertos a esperar que sea el momento indicado. Es decir, hemos invertido plata en filmar obras que después nos piden que no subamos a la plataforma y lo respetamos. Este es un momento de construcción.

¿Hay algún rasgo de tu padre, como líder, en el que te reconozcas?

No, no. A él le tocó enfrentar cosas mucho más difíciles que a mí, como los 18 pedidos de quiebra y que le prendieran fuego los teatros. Yo tuve que despedir 80 empleados hace 15 años y sigo tomando antidepresivos. Claro que él no tuvo el padre que yo tuve (sonríe). En todo caso, creo que hoy lidero como él en sus primeros tiempos, cuando era un joven entusiasta y divertido; después tuvo que endurecerse para sobrellevar desafíos complejísimos. Otra diferencia es que él era muy disciplinado, podía manejar todos los cuadrantes cerebrales, mientras que yo soy más caótica. Sí me reconozco en la pasión: él deseaba todo, y yo también. Y en la vocación por hacer, aunque nos ponga un poquito en riesgo. Aunque ahí hay una gran diferencia: una cosa es tirase al mar sin red, como las locuras que hizo él, empezando por comprar un canal de televisión con deuda.

¿Cómo te preparás para este primer Día del Padre sin él?

A veces, las cosas suceden de manera mágica. Porque este domingo 19 de junio lo establecí, sin caer en la cuenta de que era el Día del Padre, para hacer el primer streaming de una obra a través de Teatrix. A las 20, vamos a transmitir la función en vivo de Venecia, dirigida por Helena Tritek, con Adriana Aizenberg en el protagónico, desde El Cubo. Es otra innovación que se me ocurrió cuando caí en la cuenta de que, tal vez, el streaming sea la segunda ventana del teatro y, Teatrix, la tercera. Además, firmamos un acuerdo con varias embajadas argentinas (NdR: Al cierre de esta edición, habían confirmado las delegaciones en Panamá, Costa Rica, Ecuador, Paraguay y Guatemala; al tiempo que estaban avanzadas las conversaciones con Uruguay, Chile, Bolivia Perú, Colombia, Francia, Italia, Portugal y los Estados Unidos; y también comenzaban el contacto con España, México, Honduras, El Salvador, Pakistán y Emiratos Árabes Unidos) para que convoquen a una velada cultural. Es un desafío enorme porque en el vivo no tenés la posibilidad de elegir la cámara, el plano y otros detallecitos de la posproducción. Pero, como le dije a mi equipo: si no somos nosotros, ¿quién?; si no es ahora, ¿cuándo? Y lo que más me enorgullece es que estará disponible, gratis, para todo el público. En Europa y en los Estados Unidos esto ya está sucediendo. Confío en que, en poco tiempo, Teatrix va a ofrecer una experiencia del mismo nivel gracias a esta unidad de negocios incipiente. Como siempre, estoy convencida de que quien golpea primero, golpea más fuerte. Alguien podría decir que es mi homenaje a papá. Y voy a decir que sí, porque no podés encontrar explicación para lo que le pasa a tu inconsciente.



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