Michel Rolland: “Con esta economía, los vinos argentinos pierden”
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Michel Rolland: “Con esta economía, los vinos argentinos pierden”

El célebre gurú francés del vino advierte que la brecha cambiaria afecta seriamente el potencial vitivinícola del país, poniendo en riesgo el espacio conquistado internacionalmente en los últimos 20 años. 

Por Jesica Mateu 10 de Julio 2013




Habla un español que, por momentos, se oye limpio de acento galo. Su voz es una de las más autorizadas a la hora de analizar el business vinícola... y de proyectar su futuro. Hace pocas semanas visitó Buenos Aires, en un viaje relámpago que le bastó para presentar El gurú del vino, un libro de memorias que funciona como balance de vida y gestión de un auténtico pionero. Es Michel Rolland, uno de los más cotizados y emblemáticos representantes de los flying winemakers, esa raza de enólogos itinerantes que impulsaron, en las últimas décadas, el crecimiento del mercado –tanto productor como consumidor–, con especial énfasis en los competitivos terruños del Nuevo Mundo.

En la Argentina, donde desembarcó hace ya 25 años, es la cara visible de Clos de los 7, un grupo de bodegas mendocinas de alta gama con más de 500 hectáreas plantadas. Sus 40 años de trayectoria se traducen en más de 100 bodegas asesoradas en 20 países de los cinco continentes, en base a su marca registrada: sofisticadas técnicas de manejo del viñedo, como effeullage (adelgazamiento de las hojas) y eclaircissage (poda de racimos), resultado de su obsesión por alcanzar la máxima eficiencia y calidad en la planta misma. Graduado en la prestigiosa facultad de enología de Burdeos, posee su propio laboratorio de investigación en Pomerol. Pero hoy, a sus 65 años, acaba de anunciar que comienza su lenta pero definitiva retirada de la primera línea de la enología: con la satisfacción del deber cumplido, Rolland demuestra haber domado los demonios del ego y no teme cederle la posta a los nuevos talentos.

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Bajo la lupa. 
"El posicionamiento de los vinos argentinos en el exterior, por precio, está en riesgo", asegura.

Conoce el país desde hace 25 años. Y en 1998 decidió que era momento de invertir. ¿Hoy sigue siendo un buen lugar para el negocio enológico?
La Argentina, sin duda, tiene potencial enológico. El tema es que no es un país fácil. Es decir, llegamos antes de 2000, cuando no era una etapa económica muy buena; luego vino la crisis de 2001/2, a la cual sobrevivimos; y hoy nos encontramos con otra época difícil, económica y también políticamente. En un momento de crisis me parece que tendríamos que simplificar, pero la complicamos con las restricciones a las importaciones y las dificultades para exportar. El tema es sobrevivir frente a gente que no sabe qué hacer... y hace más mal que bien.

¿Cómo se planta la industria bodeguera local frente a un escenario mundial en crisis?
El posicionamiento de los vinos argentinos en el exterior, por precio, está en riesgo. Habían logrado una muy buena penetración internacional, especialmente en Estados Unidos, donde bajó el poder adquisitivo y entonces los hábitos están cambiando. La Argentina, que llegó hace 10 años con muy buenos vinos, entró muy bien en ese mercado y tiene un espacio cada vez más amplio. Hoy, la paridad del peso y el dólar es mala, lo que implica que, a la hora de exportar, los vinos argentinos sean caros. La vida en este país es demasiado costosa. ¡Cuando vengo aquí gasto más para vivir en pesos que en Francia en euros! Pero si un día la economía interna lo permite, el vino argentino va a explotar en el mundo.

¿Cuáles son los desafíos en este escenario?
Cuando llegué, no se exportaba vino argentino. Recién en los ‘90 empezaron a pensar en hacerlo, pero no fue tan sencillo porque los productos no respondían a las exigencias del mercado internacional. Con la crisis de fines de 2001, los empresarios vitivinícolas cambiaron muy rápidamente la manera de elaborar y, en pocos años, se convirtieron en exportadores importantes. Sinceramente, muy pocos países han tenido una progresión tan rápida en tan poco tiempo. Pero, insisto, el posicionamiento del precio del vino argentino es un problema para una industria que viene castigada por los costos de producción y la dificultad para exportar.

¿Y qué fortaleza considera que se debería defender a capa y espada?
El malbec argentino todavía tiene un espacio grande por explorar y un sabor que satisface al consumidor. Son pocos los países que tienen una variedad que puedan desarrollar tan fuertemente. Mirá lo que pasa con otros protagonistas del Nuevo Mundo: Nueva Zelanda está haciendo muy buenos vinos, pero es una producción muy chica, encima de pinot noir y sauvignon blanc, es decir, no hay originalidad; Australia ha ganado fama por su syrah, pero los consumidores ya están un poco cansados; Sudáfrica todavía no hizo buen vino, aunque tiene muchas variedades; Brasil está atrasado: no tenía buenos viñedos plantados, por lo que tuvo que arrancar todo y empezar de cero, así que va a necesitar 10 a 15 años para elaborar; y Chile, si bien tiene una historia de exportación mucho más importante que ustedes, nunca desarrolló una imagen particular: recién ahora, tras la experiencia argentina con el malbec, está considerando a su carménère, pero le tomará tiempo. Por eso, creo que aquí tienen que seguir apostando al malbec como uva emblemática. Tener una bandera es importante.

¿Qué define a un proyecto bodeguero exitoso?
La vinicultura es una de las actividades más completas y complejas. Hay que tener en cuenta desde el concepto, el suelo y el viñedo hasta el vino, el posicionamiento y el márketing. Hay que ser campesino para plantar la viña y, al mismo tiempo, contador para saber sacar un poco de plata. Entonces, el bodeguero más inteligente, o la empresa vitivinícola más exitosa, debe hacer todo eso... y bien. Porque elaborar vino es un negocio: los grandes fracasos que he visto fueron al nivel de las ventas, nunca de la producción. La producción es más bien fácil, es todo inversión: comprar un terreno, plantar un viñedo, construir una bodega, elaborar y fraccionar. Pero, a partir de ese momento, hay que saber dónde y cómo vender.

Acaba de anunciar que, en breve, se retira de la actividad. ¿Le costó tomar esa decisión?
Si bien en mi libro escribí que “no estoy listo para dejar mis valijas”, creo que hay un límite para todo. Claro que me encantaría conocer más a China y descubrir países, como Brasil, que tienen un montón de tierra buena donde plantar viñedos. Pero todo eso, que fue lo que conseguí en la Argentina, pasó hace un cuarto de siglo, y resultó posible porque tenía 45 años. Hoy ya no es lo mismo. Y me di cuenta de que no existe, en el mundo, otro enólogo asesor que haya hecho vino en 20 países diferentes. Por eso, me pareció que era el momento. Además, tengo 65 años: si espero demasiado, puede ser tarde. 



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