Mercedes Morán: “La grieta se hace y profundiza de a dos”
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Mercedes Morán: “La grieta se hace y profundiza de a dos”

Llegó al Maipo para presentar un unipersonal, autobiográfico y con sus propios textos, donde deja de lado su legendario bajo perfil para revelar tanto su pasado de madre y actriz precoz en tiempos de la dictadura como su presente de figura consagrada. 

Por Susana Parejas 22 de Julio 2016

De morocha argentina a rubia de New York. Rubio cóctel que emborracha, tal como cantaba Carlos Gardel. Sus televisivas Roxy en Gasoleros, el personaje televisivo que la hizo popular; o Chechu, acumuladora de amantes en Culpables; la gran puteadora e inmoral Gloria en El hombre de tu vida; o la insegura Tali en la película La Ciénaga... Todas fueron morochas, castañas, algunas viradas al colorado. Pero nunca rubias...

Los cambios de look de Mercedes Morán siempre tienen que ver con su jugarse a todo a la hora de encarar un personaje. El director de cine chileno Pablo Larraín la había convocado para la película Neruda. El papel que le ofrecía era el de Delia del Carril, la segunda mujer del escritor trasandino. “Me habían enviado el guión y me había encantado. Cuando tuve la entrevista, me miró y me dijo: ‘Ay, como que me das más joven’. Nunca pensé que esa frase me iba a joder un papel, si siempre fue al revés”, se ríe. “A no ser que te animes a teñirte canas”, le sugirió el cineasta. “¡Sí, desde ya!”, fue la respuesta de Morán. “Y ahí me blanquearon todo el pelo. Luego empezó a crecer el mío y me di cuenta de que no había diferencia. Venía coqueteando con la idea, pero temía que me limitara a la hora de hacer otros personajes. Y, no: luego de esa película hice dos más. Fue asumir mis canas, pero tuneándolas un poquito”, revela la actriz que recientemente estrenó ¡Ay, amor divino! en el Teatro Maipo. Ella, que hizo tantos papeles y personajes escritos por otros, esta vez se para ante el público para hablar de sí misma –y con textos propios– en un espectáculo unipersonal cuyo diseño de arte está a cargo de su pareja desde hace 10 años, el artista uruguayo Fidel Sclavo, y cuya dirección asumió Claudio Tolcachir, quien definió a la propuesta como “una clase de actuación, de esas donde lo simple se vuelve poderoso”.

¿Todo vale en pos de un personaje, incluso un cambio radical de look?

No sólo no me importa: me encanta hacerlo. Si no fuera así, no lo haría. Es una excusa para cambiar. Me gusta convertirme en otras mujeres y son los personajes los que me posibilitan eso. Además, me gusta construir los personajes de afuera para adentro: cómo se visten, cómo se paran, cómo tienen el pelo, cómo se ríen... Hay algo en la imaginación que me empieza a funcionar cuando los construyo así.

¿Cómo nació la idea de este unipersonal, además autobiográfico y de tu autoría?

Estos relatos fueron, antes, una especie de cuentos orales informales con los que he entretenido reuniones familiares, cumpleaños, grupos de amigos. Historias de mi vida, sencillas, quizás contadas a partir de una mirada que tiene que ver con el humor y que las vuelve entretenidas. Empecé por escribirlos para ponerles un poco de dramaturgia y, cuando lo convoqué a Tolcachir para que me dirigiera, hice hincapié en que se ocupara de elevarlos a la categoría de espectáculo para que no fuera una cosa casera, pobre. Esa era mi duda y él se encargó de disiparla. Acá me jugué a contar mi historia, teniendo plena conciencia de que no tengo nada extraordinario digno de ser contado en términos anecdóticos. ¡No soy una sobreviviente del avión que se cayó! Son todos cuentos donde trato de evocar lo que fueron mi infancia, mis vínculos primarios, mi vida en el pueblo y tras dejarlo para venir a la gran ciudad, mi adolescencia, mi despertar sexual, el comienzo de mi vocación, mi maternidad temprana. Esa parte evocativa se lleva un 80 por ciento de la obra. Y en una especie de epílogo largo, o segundo acto muy corto, ya empiezo con un estar presente.

Mucha muchacha

El pueblo del que habla Mercedes Morán en su obra es Concarán, en la provincia de San Luis. Allí nació un 21 de septiembre de 1955. Y fue donde vivió su infancia. Su mamá era maestra rural y su papá, un militante peronista, luego diputado provincial. A los 17, antes de terminar el secundario, se casó con el padre de sus dos primeras hijas, Mercedes y María. “Todos pensaban que me casaba embarazada. Mi madre fue la primera que pensó que me casaba de apuro.... Sí, de apuro por irme de la casa”, relata. Su tercera hija, Manuela, fue fruto de su relación con el actor Oscar Martínez, casi pisando los 40. La ‘nena’ creció, ya tiene 21. Y justamente el paso del tiempo y cómo la afecta es el eje del cierre de su unipersonal. “Tengo la enorme esperanza de que el paso del tiempo sea portador de sabiduría y algo más allá del hecho de que se te caiga todo”, se ilusiona.

Bien decís que te “jugás a contar tu historia”. ¿Cómo impacta este ejercicio de exposición, siendo una actriz que siempre se cuidó de mostrar su vida privada?

Espero que sea una manera de acercarme más a la gente, de estrechar un vínculo que tengo con el público y que siento muy precioso. Porque no es un vínculo de estrella con sus fans o de celebrity inalcanzable. Siento que cuando la gente se acerca a saludarme, le pasa conmigo lo que a mí me sucede con mucha gente que admiro y no conozco: una especie de familiaridad, como si nos conociéramos. Y desde ese punto de vista parto para contar lo que cuento. No siento que se lo estoy contando al público sino a un amigo. Creo que me hace bien, como cada vez que charlo con un ser querido. En un momento del espectáculo hablo de cómo enamorarme de la actuación me salvó. Antes de empezar a escribirlo tenía ganas de rendirle un homenaje a China Zorrilla y también a Alejandro Urdapilleta, dos actores a los que adoro y admiro, y que ya no están con nosotros. Y, la verdad, no encontré un modo, dentro de la dramaturgia y del lenguaje de la obra, para hacerlo. Cuando me dijeron: “Pensá una fracesita para la gacetilla”, me apareció una de China. Me acuerdo que fue exactamente así: estaba por debutar con mi primera obra comercial, Una margarita llamada Mercedes, donde hacía de su nieta. Y ella me dijo: “¿Estás nerviosa?” (NdR: Imita el tono de voz a la perfección). “Sí, estoy nerviosa. Está el teatro lleno de gente”. Entonces, me contestó: “Hacelo como en el living de tu casa, pero más fuerte y sin chocarte con los muebles” (ríe).

¿De qué te salvó la actuación?

Con respecto a esa época tan oscura de los militares, esos años tan terribles, siento que me salvaron dos cosas. Una, fue quedar embarazada, porque eso me hizo sentir muy poderosa: tener a mis hijas me hizo sentir que, de alguna manera, no iba a estar nunca más sola, me hizo sentir protegida, me empoderaron. Y otra cosa que me salvó fue que descubrí la actuación. En esos tiempos tenía 19 años y dos hijas, más un marido exiliado en España y muchos parientes y amigos huyendo de acá, así que estaba sola. Mis hijas y el teatro me salvaron del miedo, del terror, del deseo de irme y abandonar el país.

¿Cómo vivís la situación actual de la Argentina?

Nunca estuve afiliada a ningún partido político porque quiero tener la posibilidad y la libertad de apoyar o criticar lo que me parezca, sin ningún tipo de condicionamiento. El hecho de que haya apoyado de la gestión anterior un montón de cosas probablemente ha hecho pensar que pertenecía a ese movimiento. Más allá de que sigo agradecida como ciudadana y como actriz de un montón de cosas que se hicieron, como las políticas de Derechos Humanos, la ley del actor y el matrimonio igualitario; también he criticado muchas cuestiones –y en ese momento–, como la postura que se tenía con la minería. Pero, ahora, una está como muy azorada, tratando de leer, de interpretar, de ver qué es verdad y qué no, cuánto hay de espectacularidad y de novela de un lado y del otro. Es un momento muy difícil, de verdad muy difícil. Pero quiero mantenerme en ese lugar de libertad total.

¿Y cómo te llevás con la visión de la política del gobierno de Macri?

No me gusta el tipo de política en la que él cree. Yo puedo creer en su deseo de hacer algo para mejorar al país, pero no coincido con que ese tipo de política ayude. No, para nada: por eso, no lo voté. Sin embargo, el famoso tema de la grieta yo no se lo adjudicaría a un lado o al otro. Creo que los dos lados de la grieta son responsables. Es un poco como una pareja: ¿quién tiene la culpa? Está demostradísimo que una grieta se hace y se profundiza de a dos, porque todo lo que pasó y lo que está pasando, no hace más que demostrarlo. Y los artistas, por lo menos algunos, tratamos de ser honestos y decir lo que nos parece.

¿Pagaste costos por ser una figura pública que se expresa políticamente?

Sí, los he pagado de un lado y del otro, porque no dejo conforme a nadie con mi postura. Pero quedo conforme yo, sintiendo que digo lo que pienso y que, a lo largo de los años, todavía, puedo mantener esa libertad.



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2 Comentarios

Fernando Molochnik Reportar Responder

Me parece que busca despegarse de su pasado kirchnerista como todos ....Y todas....se nota que se le acabó la guita de arriba y tiene que salir a enfrentar un ayer que la deja mal parada....ahora hay que bancar las consecuencias!

Nicholas Jimenes Reportar

HAY COSAS QUE SE HEREDAN, EL PADRE TRABAJO DE MILITANTE HASTA QUE LLEGO A DIPUTADO, SEGÚN CONFESO EN LA NOTA

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