Maximiliano Guerra: “No sirve manifestar  porque ya no nos escuchan”
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Maximiliano Guerra: “No sirve manifestar porque ya no nos escuchan”

El bailarín está en plena gira nacional con Carmen, que protagoniza junto a su propia compañía, el Ballet del Mercosur. Como empresario –también gestiona una escuela de arte–, considera que el proceso inflacionario actual atenta contra el consumo cultural.

Por Jesica Mateu 24 de Mayo 2013




Todo amor verdadero implica un compromiso sincero y una dedicación cotidiana. La sabe Maximiliano Guerra, bailarín de renombre internacional que hoy elige gestionar su propia compañía y escuela de ballet en suelo argentino para, a su modo, devolverle a su tierra el apoyo recibido en casi 30 años de carrera.

A poco de salir de gira por el interior del país y de estar a punto de presentarse, nuevamente, en el teatro ND Ateneo (7 de junio, a las 21) con la versión del clásico Carmen que estrenó en 2009 junto al Ballet del Mercosur, y donde comparte protagónico con su mujer y madre de sus tres hijos, Patricia Baca Urquiza, Guerra reconoce que cuando él y Julio Bocca –los mejores de su generación, y de fines del siglo XX en el país– comenzaron su carrera, lo hicieron “apoyados por una tradición y un nivel importante de bailarines que lograron que la Argentina, junto con Cuba, fueran los líderes de toda América, incluyendo a Estados Unidos, Canadá y Alaska”.

Por eso, lamenta que, si bien ahora la isla caribeña “decayó un poquito, nosotros directamente perdimos el trono y, hoy, los brasileños nos pasan por encima”. Sin embargo, no pierde las esperanzas en el talento local “y la tradición de un país que siempre bailó. Para ello, hace falta redescubrir nuestra escuela y tener conciencia del compromiso que uno deber asumir como artista”.

¿Cuál es la clave para que el ballet argentino no sea un fenómeno exclusivamente porteño?
Hay que llevar el ballet a todos lados, mostrarlo. El arte siempre es disfrutable, en cualquier ámbito, porque es lo que te sucede con lo que ves o escuchás en un espectáculo de danza o un concierto, ante una pintura o una fotografía. Siempre digo que los artistas no nos tenemos que olvidar que nacimos de los juglares, quienes recorrían los lugares donde había mucha gente y mostraban lo que hacían. Entonces, si bien podemos ser grandes actores, bailarines o músicos de esa gran ópera house de la Argentina que es el Teatro Colón, hay que entender que esa sala no está abierta para todo el mundo. Y no estoy hablando de política: me refiero a que para quien vive en Jujuy, por ejemplo, venir hasta acá es un garrón, porque tiene que recorrer 1.200 kilómetros para ver si quedaron entradas, pagarlas y hasta cree que se tiene que vestir de una determinada manera para que lo dejen entrar. Entonces, para mí, es casi una obligación y una responsabilidad, como artista de la cultura argentina, llevar el ballet a Jujuy. Eso es lo que hace popular al arte, y se consigue cuando te reconoce el taxista y el carnicero, y no porque salgas en las revistas sino porque te escucha, te ve y le interesás.

Guerra Maxi
Guerra, íntimo. 
"Como artista de la cultura argentina, llevar el ballet a Jujuy".

A pesar de haber vivido en el exterior, eligió volver al país e incluso crear aquí su compañía y escuela. ¿Alguna vez se arrepintió?
Mi carrera me sorprendió muchísimo: nunca imaginé lo que finalmente viví, lo que viajé, lo que pude aprender, la gente que conocí... Pero siempre me sentí un pedazo de la Argentina creciendo por el mundo. Soy una consecuencia de nuestra cultura: todo lo que pude aprender en mi país y todo el apoyo que tuve de mi público fue lo que me dio el empujón para seguir adelante, incluso lo que me llevó a bailar en lugares inhóspitos como Siberia y Yakarta. Siento una necesidad muy profunda de devolverle todo eso a mi patria. Durante muchos años venía por uno o dos meses a bailar, pero ahora hago al revés. Mi escuela, Fábrica de Arte, es otro intento de retribuir todo lo que recibí: me parece imprescindible hacer, hoy en día, una suerte de recopilación de adolescentes que estén en contacto con la danza, el teatro, la música. Soy un convencido de que si los jóvenes encuentran su vocación, se salvan de un montón de peligros porque emprenden un camino y se hacen responsables. Eso es bien diferente de la caja mágica fabricante de famosos, que no son talentosos pero, en tres meses de concurso, ya se creen bailarines.

Como empresario, al frente del Ballet del Mercosur, y en este contexto inflacionario, ¿encuentra más dificultades que en otros momentos para cumplir con los objetivos?
Es complicado decirlo pero, cuando las cosas andan más o menos estables, la gente sale a comer y al teatro; cuando las cosas están más o menos turbias y no se entienden, la gente tiene miedo y lo primero que guarda es la billetera. Entonces sí, claro que nos afecta la economía, aunque no en el largo plazo.

¿Qué rasgo de la argentinidad considera más representativo de cara al mundo?
La virtud del argentino es hacerse el problema necesario y suficiente, pero no parar. El campo, por ejemplo, a pesar del lío de hace unos cinco años, con las retenciones, no dejó de sembrar y cosechar; a pesar del problema económico y del dólar, la gente no dejó de viajar. Nos van pasando cosas y vamos aprendiendo a vivir con ellas. Eso es ir madurando de a poquito. Que después esas cosas estén bien o mal, es otra cuestión. Pero lo que veo es que es una Argentina que no se queda quieta, que tiene la idea de ir siempre para adelante.

Sin embargo, ese empuje individual a prueba de contratiempos convive con expresiones de hastío ciudadano, como el 18-A...
Estamos en un proceso muy importante de cambio y creo que los cambios siempre son positivos. En la movilización, me llamó la atención que había muchísima gente pero que muy poquitos decían que habían ido a protestar por lo mismo: y esa es un poco la idiosincrasia argentina. Con el fútbol te lo digo más claro: tenemos un Messi, un Tévez, un Agüero, un Higuaín... Pero la selección va a jugar y no ganamos un mundial. ¿Por qué? Porque somos excelentes individualistas pero en equipo no funcionamos. También hay que tener en cuenta que el país recuperó la democracia hace 30 años: siempre nos comparamos con Estados Unidos, Italia, Alemania o Inglaterra, países que tienen mucha más experiencia. Como sea, tengo mucha fe: somos un país que no se hunde.

¿Qué temas faltan en la agenda inmediata y urgente de los gobernantes?
Tenemos que rever profundamente dónde está la confusión de nuestros dirigentes. Nosotros pagamos impuestos. Con eso, en parte, se paga el salario de esta gente, lo que los hace empleados nuestros. ¡Y encima los elegimos mediante el voto! El tema es que esta gente tenga claro que ese es su trabajo. Porque en la Argentina estamos confundidos: acá, llegar a ser senador –por dar un ejemplo– parece que da el poder de subestimar y pasar por encima de todos. Y no sólo están equivocados los políticos que están en esos lugares, sino también nosotros, que pensamos que, como ellos tienen ese poder, no podemos hacer nada. Y hay que poder decirles: “Señores, los contraté para hacer este trabajo; si no lo hacen bien, váyanse”.

Cree, entonces, que los ciudadanos necesitan involucrarse en la democracia más allá de las citas electorales...
Sí, porque la manifestación en la calle pasó a ser casi un folclore. Que te corten la calle con un piquete o una marcha ya no significa nada. Cuántas veces a uno le cortan el paso y ni se fija la razón: simplemente te desviás y llegás a destino cuando podés. No sirve manifestar cuando lo hacemos casi sin sentido, porque ya no nos escuchan. Para mí, se trata de aprender a votar: prestar atención a quién le vamos a dar ese trabajo, para que nos cumpla. Esa es la verdadera madurez social.

Está recorriendo el país con su compañía. ¿Qué diferencias nota entre las grandes urbes y el interior, con respecto a otras épocas?
Todo el país está mejor que la capital y el Gran Buenos Aires: no está tan peligroso ni tan complicado vivir allí, no hay tanta desesperación ni enloquecimiento. Aunque, obviamente, veo un país que sufre. Habría que descentralizar, porque somos un país supuestamente federal pero seguimos funcionando desde la ciudad de Buenos Aires y el GBA. Hay que reveerlo, porque tenemos centros importantísimos, como Córdoba y Mendoza, donde todavía tienen la capacidad de sentarse debajo del árbol a pensar. Acá no tenemos tiempo.

Al estar comprometido con la educación, ¿qué piensa del eterno conflicto docente?
Estoy por cumplir 46 años. Cuando era chico, no había opción: escuela pública. Si ibas a la privada, eras un burro que, como pagaba, aprobaba. Hoy, los docentes se sientan a discutir el tema de las paritarias cuando están por empezar las clases. ¿Por qué no lo hacen en diciembre o en enero para solucionar el tema y empezar las clases cuando indica el cronograma? Por otra parte, creo que el sistema está anticuado: mandás a un chico desde las 8 hasta las 16.30 al colegio y, cuando llega a tu casa, cansado, tiene que sentarse a hacer la tarea. ¿Cuándo juega, cuándo se distrae, cuándo tiene tiempo para aburrirse? Es muy importante que se aburra, porque eso hace que su imaginación empiece a desarrollar ideas nuevas. Que vuelva la gente a la escuela pública va a ser complicado. Me lo explicaba el otro día Luis Andreotti, el intendente de San Fernando (N.de R.: Guerra fue convocado para una campaña de prevención del HIV-Sida en ese municipio): cuando la educación se hizo complicada, la clase media no la defendió, sino que se fue a pagar un colegio privado y la dejó indefensa. Lo mismo pasó con la salud.

Entonces, es complicado. ¿Qué opina del fenómeno de los artistas que se comprometen a viva voz con una gestión?
Nadie tiene derecho a juzgar lo que hace el otro. Lo que puedo decir es que soy artista y aprendí, en mi carrera, a no tener ni religión, ni política, ni frontera, porque el arte es para todos. Claro que tengo religión y política, pero en mi casa. Y claro, soy argentino, porteño, de Almagro. Es decir, tengo mis raíces, mi fe espiritual y mi convicción política para vivir y educar a mis hijas, pero no las puedo poner en mi profesión. Aparte, el que está hoy, dentro de cuatros años quizás ya no esté más. Y hoy, si te pegás al Gobierno central, tenés una conveniencia; y si te despegás, tenés otra conveniencia. Y, sinceramente, manejarse por conveniencias en la vida es complicado. Yo quiero ser libre y no deberle nada a nadie.

Jurado de lujo. Maximiliano Guerra será jurado en Celebrity Splash, un formato televisivo que la productora Eyeworks importó desde Holanda, y que se emitirá por Telefé. Sin embargo, confiesa que hecha de menos a Talento Argentino, el ciclo con el que viajaba por el país en busca de ignotos artistas: “No entiendo cómo Telefé no lo saca del cajón. Es insuperable en cuanto a la posibilidad que le da a la gente. Soñando por cantar o La voz argentina están muy buenos, pero son sólo para cantar”.



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