Marcelo Piñeyro:
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Marcelo Piñeyro: "Como en los ’90, me da rabia la impunidad del poder"

Es uno de los directores de cine más taquilleros del país. A 20 años de Tango feroz, con la que inició una seguidilla de películas que cuestionaban la realidad argentina, estrena una comedia intimista rodada en España. Por qué no consigue financiación en el país y, sin embargo, apoya la política cinematográfica.

Por Andrea del Rio 26 de Marzo 2014




Y un día, Ismael creció. Con apenas 10 años, mulato en una España con crisis de identidad, decide salvar en tren la distancia entre Madrid y Barcelona para buscar a ese que una carta mal escondida nombra como su padre. En lo que tarda el sol en salir, ponerse y volver a asomar, el niño pasará de gusano de seda a mariposa. Y su aleteo inocente provocará tempestades en las vidas de los adultos que replegaron sus alas cuando fue su turno de volar. Estrenada la pasada Navidad en España, Ismael es la nueva película del director argentino Marcelo Piñeyro, que debutará en las salas locales en marzo. El octavo filme del taquillero cineasta (Caballos salvajes, Cenizas del paraíso, Plata quemada, Kamchatka, El método, Las viudas de los jueves) debutó el mismo año en que se cumplieron dos décadas de su exitosa Tango Feroz, la leyenda de Tanguito. Una –comedia intimista, rodada en España y estelariza por consagradas figuras ibéricas, como Mario Casas y Belén Rueda– y otra –épica dramática sobre un héroe malogrado del rock nacional, protagonizada los debutantes Fernán Mirás, Cecilia Dopazo y Leonardo Sbaraglia– son mojones en un camino artístico que, con mayor o menor sutileza, recorre el lado oscuro de la vida.

¿Te costó el registro de la comedia después de una filmografía más orientada al drama?
Ismael no es una comedia en sentido clásico, porque tiene humor pero no gags. Es una película que tiene una ligereza de tono que no le impide ir hondo cuando es necesario. Mis dos últimas pelis (El método y Las viudas) tenían una visión muy negra del ser humano. Y no me desdigo de nada de lo dicho en ellas, pero siento que hay otras cosas para mostrar. Aquellas eran muy cerebrales y racionales, en cambio Ismael está construida desde lo emocional. Sin ser una historia emotiva al estilo hollywoodense, podría calificarse como cozy: es amable, optimista y positiva.

piñeyro imgÉxitos. El director cosechó una larga filmografía que le dio muchas alegrías. Foto: Clase Ejecutiva. 

Sin embargo, sigue siendo una historia piñeyreana en tanto señala cuestiones macro, como la inmigración y la identidad, de agenda en España.
A nivel de los vínculos, es una reflexión sobre las diferentes formas del amor y cómo uno se acostumbra a convivir con zonas propias muertas hasta que duelen, tiran y te obligan a decir, hacer y sentir lo que no te animabas. A nivel sociológico, estuve yendo frecuentemente a Barcelona y pude observar una comunidad que está encontrando un camino piola, dentro de España en particular y de Europa en general, para resolver la cuestión de la identidad.

¿No podrías haber filmado sobre el mismo tema en la Argentina?
Es que acá me tapan las ramas... Observar una sociedad ajena me dio la distancia que necesitaba.

En los ‘90, tus películas criticaban al neoliberalismo en auge. Después, hacías leña del neoliberalismo caído. ¿En esta década no hubo nada de la realidad nacional que te motivara a filmar?
Sigo pensando que el neoliberalismo está en la base de la mayor parte de los males que atraviesa el mundo. Pero creo que hay otras cosas de las que también vale la pena hablar. Sí, mis pelis anteriores tenían una fuerte reflexión y crítica social, incluso política, si querés, porque creo que el contexto es determinante de lo que somos y de lo que nos pasa. Pero que ahora quiera quedarme un poquito en esta zona de trabajo, con el eje en el corazón, no significa que los otros temas no me sigan interpelando.

¿No querés exponerte tanto como antes?
No, nada de eso. La verdad, creo que uno se expone más cuando habla de su interioridad. Igualmente, esa toma de posición de algún modo política en mis otras películas tampoco me dio miedo en aquel momento. Cuando en 1997 estaba filmando Cenizas del paraíso, que era un cuestionamiento feroz al sistema judicial, muchos temían que me fueran a volar la casa. Y en 2002, cuando hicimos Kamchatka, sobre los protagonistas y cómplices de la última dictadura, todavía estaba la amnistía vigente y estaban todos sueltos. Y El método la hice en 2005 y con actores españoles porque allí empezaban a vislumbrar lo que nosotros ya sabíamos: el costo de tantos años de pizza y champán. Entonces, no creo que los temas sociales ni políticos sean menos relevantes ahora. Es más, creo que es tan o más necesario reflexionar sobre ellos. Pero también creo que puedo abordarlos de un modo diferente: en Ismael, la crítica está para quien quiera verla, pero no es el tema central.

Sigo pensando que el neoliberalismo está en la base de la mayor parte de los males que atraviesa el mundo.

¿Vas a volver a filmar en la Argentina?
Ojalá.

¿De qué depende?
No me produzco, así que necesito alguien que crea en mi proyecto y lo apoye financieramente.

¿O sea que no filmás acá porque no conseguís financiación?
Bueno, la financiación siempre es un problema acá, pero también en Estados Unidos o Taiwán.

Pero para tus últimas tres películas conseguiste el dinero en España, pese a su crisis brutal...
Y sí, acá se te hace cuesta arriba.

Rechazaste propuestas para trabajar en Estados Unidos, donde muchos colegas de tu generación, como Juan José Campanella, triunfan hace años, sea en cine o televisión...
Tuve algunas propuestas que, sin dudas, hubieran implicado más reconocimiento, dinero y poder. Pero no soy un director todoterreno sino un director que hace películas en las que cree.

¿Y no hay sintonía entre las películas que quiere hacer uno de los directores más taquilleros del país y quienes podrían producirlas aquí?
No quiero ser taxativo, porque he tenido productores que entendían el cine como lo hago yo. Ojalá tuviéramos sintonía con los de ahora... Me gusta mucho el cine argentino y siento que hay talentos pero, al mismo tiempo, existe un sistema de producción muy generalizado que, si bien permite que surjan nuevas voces, también puede ser limitativo. Pero no me quiero meter en estos temas, te pido por favor.

¿Hablás de la política cinematográfica oficial?
Sin financiación pública no hay manera de que haya cine en ningún país del mundo. Y la financiación pública determina la política cinematográfica. Acá, desde José Miguel Onaindia, director del Incaa en tiempos de la Alianza, esos mecanismos no han cambiado ni un poco.

¿Eso es bueno?
Todo es mejorable en la vida, hasta lo que funciona bien. Objetivamente, creo que el foco oficial está en la producción –que se empiece y se termine de filmar– y se soslaya la exhibición, es decir, las condiciones para que, de algún modo, esas 140 a 180 películas que se hacen cada año se encuentren con su público. Si en la Argentina, donde los recursos no sobran precisamente, en los últimos años y atravesando los más diferentes gobiernos, se separan fondos públicos para preservar la existencia del cine nacional pero la gente no se entera, algo está fallando. Insisto: del gobierno de la Alianza para acá, la política cinematográfica oficial se maneja con reglas claras respecto de marcos, regulaciones y fondos. Mi sensación es que, como industria, el cine argentino lleva varios años en un escenario previsible y estable, dentro de lo que es el contexto argentino.

¿Qué te molestaba del país en 1993, cuando debutaste con Tango feroz, y te sigue rebelando hoy?
Creo que del romanticismo exasperado y la rabia furiosa en Tango he pasado a un romanticismo más tranquilo y una rabia acolchada en Ismael, pero lo que me preocupa y apasiona sigue estando ahí. Porque la impunidad del poder me sigue dando una rabia bestial, también las injusticias cotidianas que se asumen como estructurales. Hay muchas cosas que me importan, me duelen y me enojan. Y si no me quiero ir del país es porque, en contrapartida, lo que me pega bien también me cala más hondo. No es que me quedo para sufrir, pero la vida me ha hecho vivir temporadas largas en otros sitios y eso me dio una perspectiva que me ayuda a valorar lo que sucede aquí. Entonces, cuando escucho eso de “qué país de mierda la Argentina”, no me lo creo.

Es llamativo que vos, que siempre anclaste tus películas en el contexto argentino y con una mirada crítica, ahora estrenes una comedia, intimista y filmada en España...
Y sí, van a empezar a decir que me refugio en una historia emotiva porque no quiero hablar de política argentina...

¿Y no querés hablar de política argentina?
La verdad es que tenía muy clara mi mirada de los males del país cuando hacía Tango, Caballos, Cenizas. Hoy, estoy mucho más confundido y no tengo tan claras las cosas como antes. En esa época, sabía perfectamente qué estaba mal y por dónde podía venir lo bueno. Hoy, estoy en una nebulosa. En realidad, hasta hace unos pocos años, cuatro o cinco, tenía una mirada muy, pero muy positiva, de lo que estaba pasando. Así como toda la vida había sentido un poco de vergüenza, o aversión directa, de nuestros gobiernos, por primera vez estaba frente a un proyecto político que me gustaba, que me identificaba. Nunca fui un militante, ni siquiera un adherente, pero estaba a gusto. Y ahora lo tengo menos claro. Nada más que eso.

Pero llevó casi una hora de charla que lo dijeras.
Mirá, no es que no diga lo que pienso porque tengo miedo. Cuando escucho a gente que dice que no habla por temor, pienso ¡qué pavada! Porque en este país ha habido épocas en las que, de verdad, hablar costaba. Es un argumento de una ignorancia indignante, especialmente viniendo de gente que si no se acuerda es porque no quiere o, si en esas épocas se sentía libre para hablar... qué querés que te diga.

Reestrena Tango feroz. El 5 de junio, exactamente 21 años después de su lanzamiento, volverá a proyectarse Tango feroz en los cines porteños. Será una versión remasterizada que ya tuvo una pasada cerrada en Village Recoleta en 2013, de la que participaron los actores y técnicos de una de las películas más taquilleras del cine argentino. “Fue muy emocionante descubrir que la película no envejeció, que sigue comunicando un mensaje de inconformismo muy potente más allá de las épocas”, valora Piñeyro. Estrenada en 5 salas, sin apoyo inicial del mainstream (“Canal 13 compró 12 de las 13 películas argentinas de ese año... Y Tango quedó afuera”) ni de la crítica (“Era mi debut, pero también el de Fernán Mirás, Cecilia Dopazo y Leo Sbaraglia”), fue un éxito gracias al boca a boca (“Pasamos a 25 salas y llegamos a vender 10 mil entradas por día en cada una”) y se quedó con el 7,6% del total de entradas en 1993 (1.4 millón de espectadores).



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