Laurencio Adot:
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Laurencio Adot: "En Estados Unidos me bautizaron como el nuevo Oscar de la Renta"

What more can I say? (¿Qué más puedo decir?) se titula la última colección del diseñador, quien festeja sus 25 años con la moda. Sin embargo, en esta charla demuestra que la verborragia es un vicio difícil de superar. Un repaso por los hitos de su carrera. 

Por Delfina Krüsemann 04 de Julio 2013



"Yo aprendí en la calle, porque en mi época no existía la universidad de moda. Quise estudiar pero no pude: cuando se abrieron las carreras, ya no podía ser alumno ¡porque era maestro!”. Ríe Laurencio Adot en su coqueto showroom en Recoleta, “un edificio de Bustillo que me recuerda a la belle époque de mis abuelos”. Allí acuden mujeres en busca del Santo Grial: el vestido perfecto. “Las contengo en sus días más importantes. Una chica que cumple 15 años y ya se siente mujer, una joven que se casa, una señora de 80 años que se prepara para la que quizás sea su última fiesta, una nena de 12 que va por primera vez a un evento social. Son situaciones que me llenan de energía. Siento que mi dedicación, en un momento en el mundo en que no hay compromiso general, es especial. Una creación mía es cara, pero no se mide en dinero. Es un lujo porque si una mujer se lo puede dar, va a sentir que estoy con ella y que le entrego lo más importante que tengo: mi tiempo”, sentencia.

¿Cómo nace su amor por la ropa?
Yo fui lo que se dice un chico bien: mi familia siempre vivió en la avenida Alvear, fui a uno de los mejores colegios privados de la Argentina (N. de la R.: Cardenal Newman) y a los 19 años ya había recorrido el mundo. Mucho antes de convertirse en shopping, el Patio Bullrich fue mi potrero, donde jugaba a la pelota con mi amigo Diego Bullrich. Mi abuelo había llegado de España y había fundado una empresa textil que llegó a la Bolsa, y se hizo millonario. Mi padre continuó ese legado. Al mismo tiempo, mi abuela, mis tías y mi madre siempre fueron personajes de la alta sociedad argentina, consideradas mujeres elegantísimas y pilcheras. Desde muy chico, las acompañé a las casas de las modistas todas las semanas. Así fue como recibí una educación en valores como el trabajo, el respeto, la integridad, pero también en la que la fantasía no era una mala palabra. Ya de niño hablaba de manera diferente al resto de mis compañeros de colegio: mientras ellos pensaban en la pelota, yo pensaba en cashmir, seda, satén. Mis primeros figurines los hice en los libros de geografía, porque me aburría en las clases.

¿Y cuándo esa pasión se volvió profesión?
Creo que estaba predestinado a suceder, aunque al mismo tiempo nunca lo planeé. Yo iba a estudiar Arquitectura, pero por un revés económico, en el que perdí todo, empecé a importar ropa para venderla acá, en un departamento alquilado frente al cual las madres e hijas hacían fila por horas. También estacionaba en la puerta el auto de Amalita Fortabat, el chofer tocaba el portero y me avisaba que ‘La Señora’ quería ver qué había traído de afuera ‘ese chico Adot’. El éxito fue impresionante, pero luego no pude traer tanta cantidad. Ahí fue cuando empecé a hacer yo los primeros modelos, trabajando con el sastre de mi padre y las modistas de mi madre. Al año, estaba haciendo un desfile en el Club Francés, donde mi familia jugaba a las cartas. Al siguiente, era un personaje del año de la revista Gente. Era un nene y, de repente, estaba en una misma foto con Mirtha, Susana y otras 80 personalidades de la Argentina. Y así, algo que empezó por accidente, casi como un juego, se transformó en mi primera boutique, que dio inicio a una empresa exitosísima.

Tuvo entonces, además de talento artístico, un gran olfato comercial...
En mi familia hay arquitectos, artistas y empresarios: llevo esa mezcla en la sangre. De alguna manera, estoy hecho para el márketing y los negocios. Además, nunca se me cayó un anillo por meterme en la moda: no tuve vergüenza ni miedo. También comencé en un momento muy interesante: antes de los ‘90 no había ropa para la gente joven. Yo soy de la generación de Alan Faena y Via Vai: éramos un grupo de diseñadores que apostábamos al futuro de la moda en el país.

¿Una época dorada?
Más que dorada, era una época en la que existían la palabra, los códigos, la familia, una educación que ya no se encuentra.

Laurencio Adot¿Cree que en la Argentina estos principios ya no están presentes?
El vacío es en el mundo, no sólo en nuestro país. Acá, se siente mucho el cimbronazo porque somos 40 millones de personas, la mitad de la población total que tiene la ciudad de San Pablo, en Brasil. Esas comparaciones dan una buena perspectiva de nuestra situación. Así y todo, yo amo a mi país. Me ofrecieron pasaportes de todos los países de Latinoamérica y de Estados Unidos para radicarme en el exterior y trabajar allá. Viví por estadías cortas en Madrid y París, pero siempre vuelvo a la Argentina. Claro que tuve mis momentos difíciles. El año pasado, por ejemplo, tuve una causa penal porque me acusaron de tener talleres clandestinos y contratar trabajadores esclavos (N. de la R.: A raíz de una investigación del semanario Democracia del Grupo Crónica junto a la ONG La Alameda, que también implicó a los diseñadores Benito Fernández y Jorge Ibáñez). Realmente la pasé pésimo: amenazas, hackeos, persecución política, escraches. No sé quién armó esa operación ni me interesa, pero hay personas que todavía me encaran y me dicen barbaridades.

Pero usted ganó ese juicio...
Sí, a los tres meses. Es que yo jamás podría esclavizar a una mujer porque las amo y desde siempre trabajé para hacer cosas que las hagan más felices. Nunca podría dedicarme al mundo de la mujer como lo hago, con toda mi sensibilidad, si estuviese involucrado en actividades tan oscuras y patéticas. Cada vestido es cortado por mí, hecho por mí, no hago confección general ni en cantidad: hago en calidad y en exclusivo, no uso talleres y tampoco valijeo. Trabajo con materia prima de afuera, pero la compro acá, en la Argentina. Yo tengo mis valores y, si hay una ley, la cumplo. Claro que hay leyes que son un desastre, que se dictaron en la época militar y aún no fueron reformadas. Por ejemplo, si yo contratara un taller, sería directamente responsable de los empleados que ahí trabajan. ¿Pero cómo puedo saber de qué modo se manejan puertas adentro si debería poder confiar en el dueño? Cosas como esas tienen que cambiar. De todas maneras, si en el 2001 no me bajé los pantalones ni me fui del país, ¡menos ahora! Amo a la Argentina, es un país muy especial, de acción y reacción todo el tiempo, todos los días. Es lo que lo hace interesante. Como buen sagitariano y como artista, necesito eso. Nunca sé qué va a pasar mañana, ¡y siempre pasa de todo! Este contexto es muy interesante para crear.

¿La moda también es acción y reacción?
Totalmente. La moda es algo muy femenino: tiene que ver con festejar, con concebir vida, con resaltar y brillar. Por eso, el desafío es seguir sorprendiendo a la mujer. Quiero que mis creaciones generen siempre una reacción: que el hombre desee, que la mujer envidie, que las amigas critiquen. Ninguna colección mía es igual a otra porque, aunque mantengo mi estilo, el cambio es constante. Me considero un diseñador porque no me encasillo en un color o un tipo de género. Necesito siempre de nuevos proyectos e ideas, transformaciones permanentes, porque si no me aburro.

¿Qué es la alta costura?
Es un juego que pocos se pueden permitir, una industria pequeña que sólo algunos diseñadores en algunos países llegan a formar. Es increíble que en el fin del mundo haya un lugar como la Argentina en donde nos interesemos por la alta costura. Es más: acá también se preservó el oficio. Tengo chicos que ya son tercera generación, hijos y nietos de costureras, que eduqué y fomenté. Lo vivo como un gran orgullo.

¿Otras cosas que lo enorgullezcan?
Estoy cumpliendo 25 años en la Argentina y los festejo con todo. Esa historia que empezó mal tantos años atrás, ahora termina bien porque mantuve un eje. Como buen hijo de industrial, me dediqué a trabajar y a crear un nombre que hoy es mi tesoro. Te puede o no gustar mi ropa, pero Laurencio Adot es sinónimo de trabajo y de calidad. Salvo a Mirtha, ¡vestí a todas las grandes mujeres del país! También fui uno de los 200 invitados de la presidenta y del Ministerio de Cultura a la cena del Bicentenario. Represento a la Argentina en el mundo, hice las fashion week de toda América latina y en Estados Unidos me bautizaron ‘el nuevo Oscar de la Renta’. ¿Qué más puedo pedir? Me siento halagado y elegido. Al mismo tiempo, no me convertí en personaje: sigo siendo persona. Quiero que se vea mi ropa pero también, más allá del vestido, que se vea a un hombre de bien. Siento que lo logré.

Mencionó a la CFK, ¿qué impresión...?
Me siento muy bien con que nuestro máximo gobernante sea una mujer. Más no puedo decir. Es una estadista: su deber es cumplir con lo que dice que va a hacer. Y todo el resto me parece una charla muy frívola. No tiene un papel fácil y no estoy para juzgarla si se viste bien o mal. Lo único que sí puedo opinar es que me gustaría que viera la moda un poco más desde el lado de los diseñadores argentinos: que no se vista tanto con marcas de afuera, si acá sobra talento y calidad.

¿Siente, desde su rol de diseñador, alguna especie de compromiso con la sociedad?
Absolutamente. Creo que cambié mi perfil completamente cuando, hace unos años, descubrí mi faceta solidaria. Hoy, esta vocación es lo más importante para mí. Todos los fines de semana voy al interior y allá me siento un embajador: viajo a todas las provincias, hago casi 40 desfiles por año en todo el país. Empecé a levantar el piso de una clínica de rehabilitación de adicciones en Gálvez, Santa Fe; ayudo al Hospital Central de Santiago del Estero con el gobernador Zamora; colaboro con comedores en Tucumán. Donde me llamen, voy. Llego a pueblos y lugares donde nunca antes hubo moda y me hace re bien. También amo participar en Señor Amor, el evento de La Rural que concientiza sobre el valor resignificado de la ropa usada y donada. Hoy no considero la moda si no es sinónimo de devolver. Y me invitan todos: gobiernos, empresas privadas, fundaciones. Yo voy y ayudo. Soy el show que lleva el foco de atención a donde más se necesita. Pero ojo: no hago política. Es mi lema personal que la política te aleja de la religión. Y yo soy profundamente católico apostólico romano, que para mí significa ayudar, devolver, estar con la gente.

¿Y a veces no se siente entre dos polos?
Es que a mí me eligen los famosos y el pueblo por igual. Soy elitista y popular. Creo ser el más progre y todoterreno de los diseñadores: puedo estar en el abono del Colón un día y viajar en colectivo al otro, ¡y termino hablando con todos los pasajeros! ‘¡Vos viajás con nosotros!’, me dicen sorprendidos. Y les respondo: ‘¿Por qué no?’. Luego me puedo ir a una fiesta con Elton John y Lady Gaga. Disfruto de esos momentos de glamour: los tomo como un premio, pero no me la creo nunca.

¿Cuál es su cable a tierra en esos momentos en que necesita no creérsela?
Mi familia: mis sobrinos, mi madre, mi padre. Mi madre estuvo 15 años trabajando conmigo y le dediqué esta última colección, a la que bauticé What more can I say? (¿Qué más puedo decir?). Ella es la persona que me dio vida y que me influyó como nadie más. Le tengo todo el respeto y la admiración, más allá de que sea mi madre, porque es una mujer bien mujer, de gran sabiduría y con mucho mundo. Ella es el tipo de clienta que busco. En cuanto a mi padre, hasta el año pasado daba clases en la facultad de Diseño de Indumentaria de la UBA para 2 mil personas, sin ganar un peso. Tiene también una ONG que preserva las vicuñas y las llamas en el país. Ambos me han dado una enorme lección de amor y de trabajo. Son quienes construyeron la estructura que me contiene.

¿Cómo es su relación con las nuevas generaciones de diseñadores?
Me he aggiornado muchísimo a mentes más voladoras, más jóvenes. Creo que somos pocos los que nos abrimos a las nuevas generaciones, porque venimos de muchos años de egoísmo. Admito que a mí también me costó muchísimo. Hoy me gustan Marcelo Giacobbe en alta costura, Pablo Bernard en pret-a-porter, Garza Lobos es ‘la’ marca de tendencia en Palermo; en zapatos, me gustan Sofía Sarkany y la marca Le.Hoi, de Sofía Oyenard y Geraldine Gerome; en accesorios, Julio Toledo es el número uno. Hay toda una nueva generación de diseñadores que avanza y me gusta que no se coman la gran mentira del diseño de autor, un concepto que se inventó para vender cursos. ¡Somos todos diseñadores! Cada uno, hasta el de menor rango, le pone su garra, su estilo y su firma. El éxito es crear una marca con identidad.

¿Cuánto cuesta un Adot?
“No hay precios fijos en lo que es a medida, pero cuesta mucho menos de lo que la gente cree porque es ropa hecha en la Argentina. Vivo de la gente: mi público es el pueblo. Por eso tengo mi línea pret-a-porter, Dot by Laurencio Adot, que no tiene talles de modelo ni precios de millonario. Por ejemplo, un vestido largo empieza en unos $ 5 mil. La idea es cada vez tener más Adot para más gente”. Además de las nuevas colecciones en alta costura, vestidos de novia y su marca casual, el diseñador lanzó su primera fragancia y evalúa abrir su propia escuela de diseño.



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