Julio Hirsch Chávez: “No es tan fácil escaparse de uno mismo”
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Julio Hirsch Chávez: “No es tan fácil escaparse de uno mismo”

Es actor, director, autor, pintor, maestro de intérpretes. Polifacético, puede interpretar tanto a un artista extravagante y mal humorado o bocetar dibujos en una obra de teatro para luego exponerlos en una galería. Entonces, ¿es un actor que pinta o un pintor que actúa? Por Cecilia Filas 25 de Agosto 2016

Al principio, parece extraño verlo caminando entre las obras de 57”, su reciente exposición como artista plástico. El escenario de la Galería Rubbers le queda como descontextualizado, lejos de lo que se supone su ámbito natural: la actuación. Sin embargo, Julio Hirsch Chávez se mueve cómodo entre los dibujos y las pequeñas esculturas que llevan estampadas sus iniciales como una marca de pertenencia. Un reaseguro de su autoría.

Luego de 36 años de convivencia, Hirsch Chávez define a la pintura como un lenguaje en el que está “metido”, en el sentido más absoluto de la palabra. “La pintura es un espacio donde, de alguna manera, se imprime lo que entiendo que es mi existencia. Es una vida, un lugar de pensamiento, de ocupación constante, de reflexión, obviamente de expresión, de investigación, de descanso y de trabajo. Para mí, esas palabras no conllevan una especie de pelea o tensión: el trabajo es una zona de descanso también, importantísima. Entonces, la pintura es un hacer y un quehacer que me espera, que me obliga, que me enseña, que me pide, que me da, que me estimula y que me hace desplegarme a mí mismo en mi identidad, que es una de las maravillas del arte. Y comprueba, para mí, que la identidad no es algo fijo sino un devenir que se va desplegando, como un viaje que no va solamente por una montaña, sino también por mesetas. Entonces, la pintura es otro espacio en el cual también mi identidad va deviniendo, se va desarrollando, a través de problemas, de certezas, de encuentros, de repeticiones, de zonas muertas y otras vivas”.

No hay mejor testigo de ese devenir que su propio nombre. El 14 de julio de 1956 nació Julio Hirsch (Cáncer con ascendente en Leo) pero, a los 19 años, aceptó adoptar una variante artística por miedo a que su apellido fuera un obstáculo fonético en su incipiente carrera de actor. Finalmente recaló en Chávez, una adaptación del materno Jabes. En tanto, Julio Hirsch, el artista plástico, iba por un camino paralelo hasta que, finalmente, dos años atrás, los nombres se cruzaron en Julio Hirsch Chávez o J.H.C., la firma que aparece al borde de sus cuadros. “La verdad, ya muy poco me importa a esta altura del partido. Me podría llamar Juan Gutiérrez. Más todavía: ese cambio permitiría que mi obra fuera vista con una cierta mirada de desconocimiento y así podría hablar de mí, más que de mi nombre. A veces, la identidad del artista daña el mismo hecho que él produce, porque el espectador se acerca ya con un plus, con una opinión. Está muy bueno, de golpe, mostrar una obra y que el espectador, como no sabe quién es Jacinto Gómez –si hay algún Jacinto Gómez leyendo, que me disculpe–, se acerca a la obra y el único dato que tiene para conocer a Jacinto Gómez es su trabajo. Esa es la dicha del anonimato”. Mientras habla, no deja de jugar con una lapicera, un contraste con su tono sereno y la economía de gestos faciales.

“En la pintura he transitado por muchísimos lenguajes y te diría que no he establecido, todavía, identidad fija con ninguno... Voy saltando y atravesando. Y eso también es parte de una característica de mi hacer que no está buscada ni está sostenida por una filosofía. Será que tengo Acuario sobre mi ascendente Leo –los años estudiando astrología traslucen enseguida– que, justamente, no le va a permitir a ese leonino fijar identidad de una manera muy estricta porque Acuario te la vuela, te la cambia, te la electrocuta”. Definitivamente, Hirsch Chávez no le escapa a esa mística del azar: “Como decían los griegos, el misterio se protege a sí mismo, no te es dado conocerlo... En la obra Yo soy mi propia mujer, el personaje del autor dice, al final: ‘Era un enigma. ¿Y cómo se puede retratar un enigma?’. En el mismo momento en que lo retratás, deja de serlo. En ese sentido, los seres humanos somos un enigma que pretendemos aclarar”.

Luces y sombras

El devenir (o, mejor dicho, las idas y vueltas, los tira y afloje) es un factor esencial en su relación con la pintura. A casi 20 años de su primera exposición, en junio pasado volvió al circuito del arte con el mismo pudor con que recibe los aplausos al finalizar una obra de teatro. De hecho, 57” partió de una premisa que es impensable sin Red, la puesta en que encarnó a Mark Rothko, un pintor que está ante la disyuntiva de aceptar un precio alto por una serie de murales que se usarían para decorar las paRedes de un restaurante de lujo o aferrarse a sus principios y rechazar ese proyecto netamente comercial. “57 bocetos hechos cada uno en 57 segundos rescatados entre todos los producidos en cada una de las funciones. Así pensé la muestra, así la hice”, explica Chávez. 57 segundos. Un instante. O “un intenso encuentro con mi pintor”, como él lo describe; una puerta o una enorme boca, como diría Rothko.

Fiel a su método, Hirsch Chávez llegaba dos horas y media antes al teatro para repasar todo el texto de la obra. A pesar de que lo repetiría unas 320 veces, sólo en escena. A pesar de que, a esa altura, en el fondo, sabía que se lo podía ahorrar. “Me asusta la oscuridad, la ausencia de luz”, confesaba imbuido del personaje de Rothko mientras se sentaba en un sillón, tomaba papel y crayones y seguía discutiendo sobre el significado del color negro, sinónimo de la “disminución de la fuerza vital”, de la vejez y, eventualmente, la muerte. Mientras tanto, Hirsch Chávez, el pintor, se colaba ahí, de modo inconsciente, deslizando trazos rojos, verdes, amarillos, naranjas y azules sobre la hoja. Estaba como ausente, en segundo plano, latente pero no pasivo.

A dos décadas de su primera exposición, y ya consagrado en televisión, teatro y cine: ¿es un actor que pinta o un pintor que actúa?

La muestra se llama 57” porque tiene como protagonista el asunto del boceto, y ahí difiere mucho de todo lo que he presentado hasta ahora. Jamás pasaría a primer plano el tiempo en el que fue hecho, pero es muy importante ese tiempo para mí, porque mientras estaba ocupado de mi actor en escena, como el rol tenía que bocetar, mi actor le delegó al pintor que él se ocupase de hacer eso mientras yo actuaba. Y se ve que mi pintor, estando bastante más libre de lo que está generalmente, pintó. Descubrí que mi pintor estaba ocupado en escena. Y no sabía que me iba a devolver un trabajo de crecimiento en relación a una suerte de libertad que consiguió en menos de un minuto, día a día, en escena. Fue como ganando confianza, seguridad y variedad, inclusive, en el trazo. Y como no tenía tiempo, ni se me ocurría pensar qué iba a hacer, era realmente un momento en el momento. No había proyecto, no había idea: había crayón, papel, un oficio y una relación establecida con el color durante 30 años. Y después, el azar. En terapia, hablábamos de la diferencia que hay en inglés entre game y play... Game es un juego que tiene reglas y play no está reglado, es jugar. Se ve que mi actor estaba haciendo un game y mi pintor estaba jugando. Después, de los 320 bocetos seleccioné 57 en homenaje al tiempo promedio de la escena. La selección también fue un trabajo muy atractivo: hay algunos que los puedo considerar obra y hay otros que son bocetos, intentos, jugueteos.

¿Descubrió alguna influencia de Rothko?

No, no es que yo pintaba emulando a Rothko. Estuve influenciado inconscientemente, tal vez, por una invitación que te da Rothko acerca de escaparte de una literalidad y entrar en el mundo de la sensibilidad del color. Y creo que ese asunto me dio autorización a estar protegido o justificado, si lo querés, por la ideología de este hombre. Cuando yo empecé a estudiar pintura, por el año ’82, mi primer trabajo de taller fue una abstracción: el otro día la puse al lado de los bocetos y tiene la misma estructura, la misma vibración, el mismo trazo... Así que no es tan fácil escaparse de uno mismo.

¿Guardó lo que pintaba en escena pensando, deliberadamente, en exponerlo?

No. Mi asistente Max (NdR: Otranto, stage manager de Red) me preguntó qué íbamos a hacer con los bocetos. “¿Qué? ¿Vos los estás guardando?”, le pregunté. Y me respondió: “Sí, claro. Todos, hasta los del ensayo general”. Había cuatro o cinco meses de bocetos, unos 120. Y cuando los empecé a desplegar era como un regalito, una sorpresa. A partir de entonces los recontra guardo porque ya son muy significativos para mí. Cada uno está numerado y encarpetado. Es muy atractivo ver cómo los iniciales eran muy tímidos, muy diletantes todavía. El 6 de enero de 2014 fue la primera función y, si ves el boceto, es, literalmente, una rayita temerosa. Claro, porque estaba tan preocupado por la escena que mi mano no tenía la libertad que fue ganando a medida que fui confiando. Sin saber, sin haber especulado, sin haber creído, se transformó en una muestra.

¿Siente, como se dice en Red, que “es un riesgo enviarlas al mundo”?

Todo pensamiento que uno sueña es perfecto pero, en el mismo momento en que lo comunica, se manifiestan sus imperfecciones, los que lo aceptan, los que no lo aceptan... Bueno, porque salió al mundo, y en el mundo están los otros. Y los otros no están para colaborar para que tus sueños se cumplan. Los otros tienen cada uno sus sueños, que a veces coinciden y, a veces, no. Entonces, entiendo que cuando mostrás tu obra es un riesgo. Y no solamente porque puede ser rechazada; a veces es un riesgo porque puede ser aceptada. Y muy aceptada.

¿Temió que ser aceptado como artista implicara un encasillamiento?

Ya no. Ahora, ya no. Yo no hago comerciales, cuando me lo han ofrecido, porque podés tener la suerte de que la publicidad no pegue pero, también, podés tener la mala suerte de que pegue. Y, si pega, ¿quién te saca del imaginario del espectador como el tipo del vino lo que fuere o del reloj no sé cuánto? Cuando tenés éxito es una alegría y un agradecimiento, pero es un problema también. Tenés que correrte de ahí. Entonces, el mundo es un riesgo en muchos sentidos: un riesgo porque te pueden criticar, pero también porque te pueden alabar; un riesgo porque te puede ir muy mal, pero también porque te puede ir muy bien. Hay seres que han salido al mundo, no los han tratado bien y los han quebrado de por vida: se han asustado o se han resentido porque les ha dolido enormemente algo. A veces, uno sale ingenuamente, desprevenido, ¿no? Pero hay algo que se llama templanza también. Y es muy importante, porque los golpes pueden ser muchos. Ya el aprendizaje es difícil: el debatirte, el pelearla, el insistir, el humor de la imperfección, tener un poco de piedad pero también ser despiadado, y, sobre todo, la inevitable certeza de la falla. Vos tenés una mirada y tu mirada es certera, pero es fallada, porque no es universal.

¿Se arrepiente de haber relegado su yo pintor?

Cada vez que veo una obra mía pienso: “Si hubiera seguido por ahí...”. En este momento estoy mudando mi taller a otro espacio y miro trabajos de 2001 ó 2002. Es muy común, en un pintor, que vea una obra y retome, porque uno boceta mucho, juguetea, prueba, abandona, se olvida. Con mi condición de actor, a veces me puedo pasar tres semanas sin poder abrir el taller, y algunas cosas quedan. Entonces, el “si hubiera seguido por ahí” es algo que sigo sintiendo. Lo mismo pasa en la vida: si me hubiese casado, si me hubiese encontrado con otro ser humano... Uno tiene colores en la paleta y después pinta algo. Tal vez podría haber hecho muchas otras cosas.

¿El secreto es estar satisfecho con lo que sí hizo?

¿Quedar satisfecho? (repite, incrédulo). Una persona como yo no puede quedar satisfecha: soy muy voraz. Te puedo decir que la vida me ha dado muchos tentempiés, y eso se le agradece enormemente porque, cada tanto, mi león descansa. Pero satisfecho, no. Porque, además, relaciono el deseo de vivir con la insatisfacción de querer más y más. Es la belleza del ser humano, que es un hacedor. Eso es lo más hermoso que tenemos: el hacer. De hecho, cuando una madre está desesperada con sus hijos, busca qué puede hacer para que se dejen de joder. Y yo creo que, finalmente, somos chicos que estamos todo el tiempo dándonos cosas para dejarnos de joder (ríe).

 

Un acto riesgoso

Las exposiciones de Hirsch Chávez son esporádicas, “por ciclos”, como él define. Las obras de 57” parecerían estar muy lejos de la serie de trabajos figurativos que “el kamikaze” –dice, entre asombrado y divertido– Julio Hirsch envolvió y llevó él mismo hasta Alemania para exhibir en Art Frankfurt ’94. Sin embargo, años después, los recuperó de su propio taller, los desembaló y volvió a estar frente a la misma duda: ¿y si hubiese seguido por ese camino?

¿Hay alguna diferencia entre el actor que interpreta un guión y el artista plástico que se expresa en su propio lenguaje?

Cuando comprendés un rol, lo hacés desde la humanidad que te asiste. No desde la identidad que construiste o que se construyó en tu ser, sino más que eso, desde la humanidad que te asiste, aunque no pertenezca a tu identidad. La identidad es algo necesario para constituirnos como seres humanos, pero también es un devenir. En la plástica, finalmente, también es así, porque lijar una madera al punto de dejarla como si fuese una seda o un papel japonés, también es una experiencia de identidad.

¿Las expectativas, opiniones y miradas ajenas lo condicionaron para no exponer más y antes?

No, ya no. Tiene que ver con el tiempo. La vida es como salir de compras: sabés que el negocio cierra en algún momento; empezás a seleccionar lo que vas a comprar y lo que no; y si hay algo que se te vuelve muy pesado en el bolso, empezás a decir “ya está”. En ese sentido, las opiniones son lo primero que uno tiene que sacar del bolso y tirar. Porque son muy pesadas y no sirven para una mierda (ríe, aliviado). Entonces, tiro las opiniones y hago mi vida en función de mis principios. Como mi principio es expresarme, soy un actor que pinta y soy un pintor que actúa: y eso a mí me permite seguir de shopping. Es así como lo resolví: he decidido que las opiniones no sean más un problema y las boto de mi carrito de compras.

Hace unos años, confesó haber vivido un quiebre con “el circuito de la administración del arte”. ¿Qué motivó esa crisis?

Los espacios legitimados, los no legitimados, las luchas de poder, las admisiones, las no admisiones, el comercio y todo eso forman parte de lo que llamo “la administración del arte”. Sí, tuve una crisis porque había hecho una exposición, en Sonoridad Amarilla, llamada Mueblecitos inútiles, que para mí tuvo mucho sentido. Por primera vez, sentí, tal vez equivocadamente, que estaba arribando a algo bastante auténtico como expresión. Pero me sentí muy incómodo con toda la situación: por cómo fue recibida, por la superficialidad que sentí, y no por parte solamente del medio de la pintura, sino de mi gente querida también. Recuerdo que yo decía: “¡Pero qué pedazos de pelotudos que son! ¡Qué superficiales!”. No me gustó ese espacio, no me gustaron los colegas artistas plásticos que se acercaban, y sobre todo, desde mi punto de vista, no me gustó que no me hicieran fácil la entrada al mundo de la pintura. Quedó claro que no me la iban a hacer fácil.

¿Sigue enojado por el vacío que le hizo el ambiente plástico tradicional?

Me enojé. Mucho. Ocho años estuve enojado. Se dieron dos cosas: por un lado, me expandí mucho actoralmente en esos años; y, por el otro, me retraje mucho en relación con la pintura. Mes tras mes pensaba: “Voy a volver, voy a volver, voy a volver a pintar”. No podía entrar al taller. Pero empecé a desenojarme... Me acuerdo que una vez, cuando tenía 8 años, me enojé, hice el bolso y actué que me iba de mi casa. Vivía en Núñez, en una planta baja. Era de noche, abrí la puerta, salí a la calle y me fui caminando a la esquina. Cuando llegué, me di cuenta de que ninguno de mi familia había caído: volví y estaban todos haciendo lo suyo. Así fue cómo volví a la pintura. Es algo que nos pasa en la vida, ¿no? Cuando voy caminando por la calle, me digo: “Pensar que al día siguiente, al minuto siguiente que muera, todo va a ser exactamente igual, nada va a haber cambiado”. Es muy fuerte cuando te das cuenta de esa obviedad. Cuando cayó en mis manos Red, lentamente fui entrando de nuevo al taller. Y en un año produje la muestra. Estaba con una necesidad de trabajar imperiosa. Y todos esos años de no pintar me habían vuelto más liviano, más flojito, y más artista plástico, creo.

¿Ganó la batalla contra los prejuicios?

No, por el contrario. Porque, además, esa batalla no está afuera sino adentro mío. Mi decisión es seguir en matrimonio con el lenguaje de la plástica porque eso, finalmente, hace de mí muchas más cosas. Lo otro genera, en todo caso, una noche de insomnio, pero no más que eso.

Perfecta imperfección

Hacia el final del tercer acto de Red, la tensión entre Rothko y su aprendiz escalaba a tal punto que hasta el silencio –métricamente calculado– desbordaba de ansiedad la sala. Rothko, disfrazando una disculpa tácita detrás de una lección de historia del arte, decía: “Hay un cuadro de Rembrandt que se llama El festín de Baltasar. Baltasar, rey de Babilonia, hace un festín y blasfema. En la pintura aparece una mano divina que escribe una sentencia en la paRed que dice: ‘Has sido pesado en la balanza y has sido hallado defectuoso’. Esa sentencia significa negro para mí”. La falla también resuena profundamente en Chávez.

En sus esculturas hay un vacío, ¿es deliberado?

Primero, en los objetos aparece la tridimensión, que es una experiencia muy diferente a la pintura. Segundo, mis objetos escultóricos son pretensiones de ingeniería hechas por un ignorante. Me gusta jugar a que soy un constructor de edificios que se van a ir a la mierda en cualquier momento. Me expresa enormemente construir todo de una manera casi infantil. Además, soy torpe, tosco, y se nota. Hay algo que tiene mi trabajo: se nota que está hecho por una persona imperfecta, con pretensión, casi de una manera ficcionada. Para mí, como actor que pinta y como pintor que actúa, la ficción no es una palabra ajena. Por el contrario, es casi como el aire, como el corazón, como el palpitar. Para mí, la ficción es la cosa más hermosa que hay en el mundo. Y para mí ficción es todo.

¿La vida también es una ficción?

Me acuerdo cuando murió mi padre. Fue un día único en mi vida, como generalmente supongo que es. Lo estaba enterrando en un día de una belleza... Casi como para confirmar la muerte de mi padre había un sol tan vivo, tan hermoso. Y yo estaba mirando cómo el cajón estaba bajando y cómo unos señores le estaban tirando tierra encima. Me observaba despidiendo a mi padre y pensaba: “Ojalá un día pueda hacer una escena donde pueda representar esto”. Y en ningún momento sentí que eso disminuía mi dolor; por el contrario, lo agrandaba en su conciencia. Entonces, no porque era consciente lo que hacía era mentira, sino que era la articulación social de un algo. Todo lo vemos en términos de ser representación de un algo. Es inevitable, ¡vemos las cosas en escenas!

Actúa, pinta, esculpe. Es un despliegue que demuestra su gran capacidad expresiva...

No la tengo sólo yo, la tiene todo el mundo. En todo caso, soy dichoso porque la puedo ejercer. A veces, pienso: ¿cómo los demás no desarrollan la necesidad de comunicarse? ¿Cómo carajo hacen para callarse la boca? Cuando veo un colectivo atestado de seres humanos, siento que cada uno de ellos tiene una biblioteca en su interior en términos de ganas de comunicar y de articular. Y pienso: “¡Qué mansedumbre!”. En ese sentido, no tengo mansedumbre. Y quiero hablar, sobre todo, porque el mundo me habla. Todo el tiempo. ¡Y yo también tengo cosas para decir! También escucho, me alimento de expresiones ajenas, hermosas. Hablo, escucho, leo. ¡Y miro! Cuando era chiquito, mi mamá me decía: “¡Dejá de mirar a la gente así!”. A mí siempre me pareció que el mundo está hecho para que uno lo mire.

¿Es cierto que está coleccionando libros y películas para cuando se jubile?

Sí, sí. En verdad, pasa lo siguiente: el tiempo a veces se hace escaso y las ganas de ver y leer son muchas. Tengo muchas deudas con grandes autores, entonces los compro. Sé que voy a tardar en ir al encuentro de ellos, pero agarro la obra completa de Fiódor Dostoievski o de Walter Benjamin pensando: “Espérenme, en algún momento voy a leerlos”. A veces pienso que no va a haber vida suficiente para que pueda leer tanto. Pero los compro pensando que ahí estará mi alimento cuando ya no pueda trabajar o decida trabajar menos. Y lo mismo con las películas: hay millones de directores que adoro y me gustaría ver toda su filmografía, como Woody Allen, Akira Kurosawa o Ingmar Bergman. Compro las películas y las ordeno una y otra vez, con sus tarjetitas, como los chicos de antes, que agarraban las figuritas y las contaban 8 veces.

¿Qué tan próximo o lejano está su retiro?

Me gustaría actuar hasta que pueda. Hasta que tenga ganas (se corrige inmediatamente). Supongo que las ganas de actuar no se me van a ir hasta último momento. De expresarme, mejor dicho. Entonces, no sé, tal vez escribiré, pintaré, actuaré... Algo haré. Mansedumbre no, eso seguro. Creo que va a ser muy duro para mí si tengo que entregarme a la existencia sin expresión. Eso me parece un calvario.

Suena lógico, viniendo de un artista cuyo leitmotiv vital ha sido la expresión...

Sí, pero una cosa es la expresión con la posibilidad de expresarte y otra cosa es cuando ya el instrumento no quiere colaborar. Eso, para mí, es la prisión, la verdadera prisión.

¿Significa que no poder expresarse le daría, eventualmente, más miedo que la muerte?

Bueno, de elegir no sabría que elegiría. ¡Cuidado!

Es un dilema complicado de resolver.

Sí, sí… Bueno, no sé si es tan complicado. En mi interior, ya contesté. Así que... ¡Dios ya sabe lo que contesté! (sonríe).



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